Gustos similares, ¿no? Carol #3
¡Ah! Que no somos las primeras a las que trae a fiestas. No sé de qué me sorprendo, intuyendo que Gabriel es el típico chulo e imbécil que puede conseguir a la tía que quiera con solo un chasquido. Él solo les dedica una sonrisa y les besa la mano, y ya las tendrá a sus pies.
—Adelante, no os quedéis ahí —nos invita el rubio—. Por cierto, soy Dante, y dentro hay bebidas de todo tipo, para que podáis entrar en calor.
Eso es lo que quería oír, aparte de la música que está llegando a mis oídos.
—Tía, no me habías dicho que tu enemigo número uno estaba tan cañón, y que tenía un amigo igual de cañón que él —me susurra Berta mientras lo seguimos hasta la cocina.
—En mi defensa, no conocía a ninguno de sus amigos.
—Vale, pero ¿cómo pudiste obviar el pequeño detalle del cuerpo esculpido por los dioses que tiene? —me dice sin mirarme, y devorando a Gabriel con la mirada.
—Si te vas a poner en modo “caza”, paso de ti —cojo una bebida, la primera que pillo, me doy la vuelta y me voy.
—¡Espera, Carol! —la escucho por detrás, pero no noto que me siga.
Me giro un momento para mirarla, y veo que está hablando con el tal Dante.
Como no. Ya ha encontrado juguete nuevo.
No puedo quejarme de las acciones de mi amiga, porque las mías son exactamente las mismas.
Pero en esta fiesta, en especial, no tengo ganas de quedarme sola.
No conozco a nadie, y no tengo ganas de encontrarme a Gabriel por ahí, y menos tener que verlo enrollarse con alguna tía.
No es que me vaya a poner celosa, ni mucho menos, pero no quiero tener que vomitar antes de estar borracha.
Ando entre la gente durante un rato, pero enseguida me agobio y necesito alejarme a un sitio más tranquilo.
Subo las escaleras, rezando para no tener que encontrarme con gente follando por las habitaciones (lo típico de una fiesta en una casa) y me meto en una de las habitaciones.
Bien. Esta vacía y tiene premio: una terraza.
Perfecto. Necesito aire y relajarme un poco.
Cierro la puerta cuando entro, salgo al balcón, y enseguida noto como el frío me roza la cara, y la luna llena me envuelve con su luz blanca.
Respiro, y mis fosas nasales se llenan del olor a tierra mojada.
Ha llovido un poco mientras estábamos en el evento, pero cuando salimos de allí, ya había parado de llover.
Sin embargo, seguía oliendo a lluvia, mi segundo olor favorito después de la colonia de mi madre, Iria, porque la colonia de Tania no la recuerdo.
Sí que me acuerdo que siempre olía a jabón, y mi casa, a café recién hecho.
De ahí a que yo no lo beba. Todavía no soy lo bastante fuerte como para recordar cosas que a ella le gustaban.
Mientras estoy absorta en mis pensamientos, escucho que la puerta de la habitación se abre, despacio y con un sonido casi imperceptible. Me giro, pero solo consigo apreciar una silueta bastante alta.
—¿Quién eres? —pregunto intrigada más que asustada. No conozco a nadie en esta casa, y no ame apetece entablar conversación. Por eso mismo me he ido del evento.
No obtengo respuesta por parte de la silueta, que se va acercando a mí, poco a poco, hasta que por fin le veo la cara gracias a la luz de la luna.
—A quien sea que estés buscando, no está aquí —le digo a Gabriel, girándome para darle la espalda, y mirar de nuevo hacia el exterior.
No noto que se vaya, sino todo lo contrario. Lo noto cada vez más cerca de mí.
—Pues yo creo que la he encontrado —me dice susurrándome en el oído.
Respiro hondo, disimuladamente, e intento controlar la reacción que acaba de tener mi entrepierna al escucharlo y al notar su aliento tan cerca.
—¿Para qué me buscabas? —pregunto haciéndome la indiferente.
—Quería asegurarme de que mi invitada está bien servida y a gusto —sigue susurrándome mientras me acaricia con los dedos el brazo, empezando por mi hombro, y bajando lentamente.
Joder. Tengo que hacer un esfuerzo muy grande por intentar no concentrarme en las cosquillas que noto en mi vientre, y de la única manera que puedo conseguir esto es haciéndome con el control de la situación.
Me giro para ponerme de frente a él, y no pensaba que estaba tan cerca.
Casi se rozan nuestras narices. Abro ligeramente los labios, y suspiro.
Él sonríe de lado, me mira la boca, y luego vuelve a mirarme a los ojos.
—Parece que no me odias tanto como intentas aparentar, ratita presumida —y al decirme eso, roza sus labios con los míos.
Tengo que parar esto ya porque, de un momento a otro, voy a tener ganas de más, y la entrepierna me va a explotar.
—Eso es que no me conoces en absoluto, querido arrogante —le digo, siendo yo esta vez quien roza los labios con los suyos, pero me doy la vuelta enseguida y vuelvo a darle la espalda.
En milésimas de segundos, me doy cuenta que eso ha sido una pésima decisión.
Me agarra de la cintura con una mano, y con la otra me coge el cuello.
—No intentes jugar conmigo, Carolina, porque vas a salir perdiendo —me roza la oreja con la lengua—, o ganando… depende de cómo lo mires.