Siempre Tuyo Gustos similares, ¿no? Carol #2
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Gustos similares, ¿no? Carol #2

—Que no te quepa duda —le contesta guiñándole un ojo—, aunque no es el único en casa que habla de las Hidalgo —nada más soltar esa bomba, pasa de mirarnos a nosotras, a mirar a Gabriel.

—Bueno, no las entretengamos más —dice Gabriel intentando cambiar de tema—, iban a buscar a Claudio ¿no es así?

—Cierto —responde mi madre.

—Como siempre, un placer hablar con las Hidalgo —dice Héctor, despidiéndonos.

—Igualmente —termina mi madre diciendo, nos damos la vuelta y echamos a andar.

Mi madre está esperando para alejarnos un poco y poder abordarme en preguntas.

La conozco muy bien, y sé que se viene el momento interrogatorio pero, para mi sorpresa, seguimos andando en silencio hasta dar con mi padre.

¿Qué le pasa? No me ha hecho ni una sola pregunta…

Esto es muy raro y sospechoso. Ella se pone a hablar con mi padre y con los dos clientes que está, y yo me excuso un momento para ir al baño.

El champán que me tomé nada más entrar, junto con los otros dos que me he tomado luego, están haciendo acto de presencia, y necesito despejarme un rato sin tener que pararme a hablar con más gente.

Cuando por fin vacío mi vejiga, abro el grifo del lavabo, me lavo las manos y me remojo un poco la nuca. Necesito alejarme de aquí y estar con Berta. Salgo del baño y voy en busca de mis padres para decirles que es hora de marcharme.

Voy zafándome como puedo de la gente que intenta pararme para mantener una conversación conmigo, hasta que alguien me agarra del brazo y no tengo más remedio que pararme.

Miro la mano que me agarra, y voy subiendo la mirada siguiendo el brazo hasta encontrarme con unos ojos negros llenos de perversión. ¡No me jodas!

—¿Siempre vas con prisas? —me pregunta Gabriel con la sonrisa ladeada.

—Esta vez, sí —le digo cortante, y sin fingir una sonrisa—. Si no te importa…

—Sí que me importa.

—¿Perdona? —frunzo el ceño, confusa.

—Me largo de aquí. Voy a una fiesta privada, ¿te vienes?

¿Hola? ¿La persona que más odio ahora mismo del mundo me está invitando a ir a una fiesta, con él? Esto tiene que ser una broma. Detecto cuando no le caigo bien a alguien, y este alguien es Gabriel. Y él tiene que detectar lo mismo por mi parte, sin duda alguna.

—No tengo toda la noche —me dice poniendo los ojos en blanco—. ¿Vienes, o no, princesita?

—Que te jodan, Gabriel —le digo tajante, e intento zafarme de la mano con la que aún me tiene agarrada, pero no lo consigo, y me aprieta más fuerte.

—Me da a mi que te puede gustar —me dice susurrándome en el oído—. A fin de cuentas, tenemos gustos similares, ¿no?

Uffff… ¡lo odio! Pero a decir verdad, tengo muchísimas ganas de salir de fiesta.

—Voy a despedirme de mis padres —le digo consiguiendo soltarme—. Espérame fuera.

Amplía aún más su sonrisa, y se va.

Esto es una mala idea, Carolina. ¿Por qué cojones voy a ir de fiesta con este imbécil? Pero es que… ufff… ¡no! No quiero ni que se me pase un puto pensamiento sexual por la cabeza con Gabriel. Ya tengo bastante con que casi me masturbo el día que lo conocí pensando en él.

Cuando encuentro a mis padres, les digo que me voy con Berta porque me necesita.

Una mentirijilla a medias, porque pienso llevarme a Berta conmigo a esa puta fiesta, quiera o no Gabriel.

Mis padres me dan el visto bueno, les doy un beso a cada uno (nos da igual estar delante de quien sea para mostrar nuestro afecto), y me dirijo afuera.

Le digo al aparcacoches que no hace falta que me traiga mi coche, que me de las llaves y voy yo a buscarlo.

Mientras lo estoy buscando, me da tiempo de llamar a Berta y decirle que se arregle porque en unos quince minutos paso a buscarla para irnos a una fiesta.

Berta me chilla de emoción en el oído y tengo que separarme el teléfono para que no me reviente el tímpano.

Le doy al mando para que se enciendan las luces del coche y ver dónde está aparcado.

Ya lo veo. Me monto, arranco y me pongo al lado del Mercedes de Gabriel.

Lo miro desafiante, y bajo la ventanilla.

—Sígueme tú primero. Tengo que hacer una parada antes de ir a esa fiesta.

—¿Se te ha olvidado algo? —me pregunta arqueando una ceja y con cara de aburrimiento.

—Sí. Mi amiga —le especifico, acelero enseguida y salgo quemando ruedas de allí.

Voy mirando por el espejo retrovisor mientras me dirijo hacia la casa de Berta, y veo que me sigue.

Parece que sí que tiene ganas de que vaya a esa fiesta.

Como es de noche, le aprieto un poco más de lo normal al pedal del acelerador.

Me flipa la velocidad, y aprovecho cuando no hay muchos coches circulando.

Gabriel se pega a mi culo y no lo dejo atrás.

Muy bien, a otro que le gusta picarse. Eso me da vidilla.

Está bueno, tiene una mirada que me deshace, le gusta la velocidad y es gilipollas. Perfecto. El pack completo.

Llegamos a casa de mi amiga y, para mi asombro, Berta está en la puerta esperando. Se acerca casi corriendo y se monta en mi coche.

—¿Sabes que tienes un coche detrás del tuyo? —me dice cruzándose de brazos por el frío.

—Es el que nos va a guiar hasta la fiesta —le confirmo.

Justo en ese momento, Gabriel pone su coche al lado del mío y bajamos los dos las ventanillas.

—Ahora te toca a ti seguirme —me dice, y sonríe, pícaro—. A ver si eres capaz de no perderte.

Acto seguido, da un acelerón, sale quemando ruedas como yo hice antes en el centro del convenciones y yo lo imito.

—¿Tengo que preocuparme? —me pregunta Berta, pero no le contesto. Me concentro en él, en sus trazadas y en la carretera.

—Vale, estás en modo “rally”, lo pillo —dice sin más.

Ya sabe que cuando me pico con el coche, no se me puede hablar hasta que yo lo haga. Lo sigo hasta la zona más adinerada de la ciudad, como no, y va reduciendo la velocidad poco a poco.

—¿Te acuerdas del hijo del futuro socio de mi padre? —hablo por fin.

—Gabriel Dubois —me dice acentuando cada sílaba—. Cómo olvidarlo si te pusiste a despotricar de él durante una semana entera.

—Pues estaba en un evento que organizaba su padre, y cuando iba a irme, me ha parado y me ha invitado a una fiesta.

—¿Así, sin más?

—Sí —confirmo con un suspiro.

Aparcamos detrás de él, se baja, nos bajamos, y no puedo evitar mirar la cara de mi amiga cuando lo ve. Y no es para menos.

—Y esto que se te había olvidado ¿tiene nombre? —me pregunta Gabriel cuando se acerca, refiriéndose a Berta.

—Su mejor amiga, Berta —se presenta ella misma, y le tiende la mano.

Mi amiga tiene el don de la palabra y, a veces, ese don se le intensifica. Sobre todo cuando tiene a un tío bueno delante suya.

—Encantado, Berta —le dice Gabriel con una voz seductora, y dándole un beso en la mano.

—¿Esa es tu forma de saludar a todas las mujeres? —le digo arrugando la nariz, y me pongo a andar hacia la puerta de la casa—. Tengo sed ¿podemos entrar ya?

Me mira de reojo, me dedica una sonrisa maliciosa, y me sigue junto a Berta hasta la puerta.

Toca el timbre, y sale un rubio, guapísimo, que se nos queda mirando con lujuria.

—Vaya, vaya —dice cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta—. Me encanta cuando traes invitadas, Gabriel.