Siempre Tuyo Gustos similares, ¿no? Carol
15%

Gustos similares, ¿no? Carol

Gustos similares, ¿no?

Carol

Después de la presentación de hace dos semanas con Gabriel Dubois, no tengo ganas de volver a encontrármelo de nuevo, pero me temo que mis deseos no se van a cumplir. Estamos invitados a un evento y, esta vez, organizado por Héctor Dubois.

Ya queda poco para que mi padre y él sean socios, así que no puedo escabullirme como me hubiera gustado.

Hoy estoy cabreada por tener que volver a encontrármelo, sin embargo, no puedo dejar de lado mi parte juguetona y guerrera, así que opto por un vestido largo, rojo, con el escote de palabra de honor y con una raja en la pierna que me llega hasta algo más arriba del muslo.

Me hago un recogido, me pongo un abalorio de brillo en el pelo y me pinto los labios con un carmín rojo pasión, acorde con el color de mi vestido.

Siempre vamos en coches separados, pero hoy he salido un poco más tarde de lo habitual de trabajar, y voy a llegar algo más tarde.

Cojo mi abrigo, el bolso y salgo corriendo para meterme en el coche antes de quedarme congelada por el frío que arrecia.

Cuando llego a la puerta del centro de convenciones, me bajo de mi Audi y le dejo paso al aparcacoches. Antes de que se marche, le doy unos toquecitos a la ventanilla para que la baje, me agacho un poco y lo miro entornando los ojos.

—Mucho cuidado con no rayarlo —le susurro, y le guiño un ojo.

—No se preocupe por nada, señorita Hidalgo —me confirma, y me dedica una disimulada sonrisa.

Los aparcacoches son los mismos en cada evento.

Y los camareros, y todo el personal. Hasta los paparazzis siempre son los mismos.

Estoy de espaldas a ellos, escuchando como gritan mi apellido para que mire y que puedan hacerse con una buena captura, pero hoy no me apetece posar.

Como he dicho ya, estoy cabreada, aunque mi aparcacoches me ha alegrado la noche, y la vista.

Siempre lo hace. Es guapísimo, aunque no llega a ser tan atlético como el imbécil de Gabriel, pero tiene buena pinta, y hoy tengo hambre, y no de comida, precisamente.

Nada más entrar, un camarero se me acerca con una bandeja de copas llenas de champán.

Le acepto una, con una sonrisa educada y voy en busca de la única persona a la que quiero ver aquí.

Mi madre. Está noche no me apetece mucho ver a mi padre y tener que aguantar charlas aburridas, aunque presiento que no voy a poder escaquearme con tanta facilidad como la última vez.

Voy a tener que comerme con patatas a los Dubois.

Voy paseando por la estancia hasta llegar a la zona donde está la comida.

Perfecto. Me pongo a mirar los pequeños canapés en busca de mi preferido: unas mini salchichas, envueltas en una masa crujiente y que nadie las coge porque pringan un poco, pero cogiendo una servilleta y teniendo cuidado ¿quién le dice que no a una salchicha?

Cuando por fin la consigo divisar y voy a ir a por ella, se me pone un cuerpo enorme delante mía.

Frunzo el ceño, me fijo en el espectacular traje azul que lleva puesto, y mi enfado aumenta cuando me topo con los ojos negros más increíbles, bonitos, sexis y que más odio de todo el planeta.

—Vaya… como no… —digo haciendo una mueca con la cara.

—Una señorita debería vigilar las calorías que se mete en el cuerpo —me dice mirándome de arriba abajo con una ceja levantada, y esa odiosa sonrisa de medio lado.

Ambos sabemos que no tengo que vigilar las calorías que ingiero.

Y también sabemos que me acaba de comer con la mirada.

Venía muy cabreada, y lo sigo estando, y cuando estoy en este estado, mis reacciones pueden tener dos salidas: o paso de todo y me largo, o juego un poquito.

Y da la casualidad que tengo ganas de esto último.

—¿Sabía usted que es una grosería hablarle de calorías a una dama?

—¿Me podría indicar por dónde ha visto usted a alguna? —me dice con tono guasón, mirando alrededor mía.

—Te advierto que tengo mucha hambre, y que con la comida no se juega —le digo intentando rodearlo, pero se vuelve a interponer en mi camino.

Se me acerca al oído, despacio, y se me eriza todo el bello del cuerpo al notar su aliento tan cerca.

—Con alguna comida sí que se juega ¿no lo sabía, señorita Hidalgo?

¿Quieres jugar, Gabriel? Pues has dado con tu peor contrincante.

—Lo sé, y muy bien, señor Dubois.

—Mmm… —me gime en el oído—. Y ¿con qué comida le gusta jugar?

—Con una comida que no me toque tanto los cojones —le susurro yo esta vez en el oído a él.

Noto como ríe por lo bajo, e intenta disimularlo.

Me aparto de él y voy directa a coger el canapé al que ya le había echado el ojo.

Me lo meto en la boca, despacio, y emito un leve gemido de satisfacción mientras cierro los ojos.

Al abrirlos, me veo a un Gabriel que está intentando aguantar la risa, e intentando aguantar las ganas que tiene de devorarme, y que ya lo está haciendo con la mirada.

Noto como el calor me sube hasta las mejillas, de repente, y tengo que concentrar toda mi atención en el odio que le tengo para no sucumbir a su poder mental, o lo que coño sea eso que desprende.

Joder. Creo que acabo de mojarme las putas bragas.

Carraspeo un momento y le doy un sorbo a la copa de champán.

—¿Está bien, señorita Hidalgo? —me pregunta arqueando una ceja.

—Perfectamente, gracias —no, para nada—. Si me disculpas.

Me doy media vuelta, dispuesta a irme de allí cuanto antes, pero me paro un momento. No, no va a ganar esta batalla de nuevo.

—Por cierto —le digo girándome sobre mí misma.

—¿Sí?

Me acerco a él, me aúpo para llegar hasta su oído y él me facilita el proceso agachándose un poco.

—Yo soy la única que decido lo que me meto en el cuerpo —le susurro, me aparto de su oído y me quedo con la cara pegada a la suya un par de segundos, mientras me paso la lengua por el labio superior.

—Uffff… —resopla mirándome los labios y ladeando la cabeza.

Y si más dilación, me doy la vuelta y desparezco.

Sumo un punto a mi favor: Gabriel - 1; Carolina - 1.

Por fin encuentro a mi madre y me quedo con ella. Me relajo un poco con la bebida que le he cogido al camarero que me he encontrado por el camino, mientras vamos dando un paseo, una al lado de la otra, y saludando a varios conocidos durante el recorrido.

—Los Dubois saben cómo organizar un buen evento —me susurra mi madre mientras les sonríe a una pareja de avanzada edad que son clientes de mi padre.

Lo cierto es que es un evento muy elegante y atractivo, a diferencia de los de mi padre, por ejemplo, que son elegantes, pero más sencillos.

La decoración está inspirada en la antigua Grecia, todo con tonos claros y mucho dorado por todos lados.

¿Por qué a la gente con poder le encantaba el dorado?

Mis padres tienen un poder adquisitivo bastante alto, pero no por eso están rodeados de oro.

Creo que ellos son la excepción que rompe la regla, dos personas que tienen poder, dinero y fama, y de lo más humilde que te puedas echar a la cara.

—Oye, que los eventos de papá son la caña —le reprocho levantando una ceja.

—Por supuesto, y son mis favoritos. Sino, no estaría con él —me guiña un ojo—. Pero una cosa no quita la otra, y estos dos se lo saben montar y llamar la atención de la gente.

—Demasiado ostentoso para mi gusto —le digo con indiferencia.

—Que te caiga mal Gabriel, no significa que no te gusten los eventos de su familia—me dice mirándome de reojo, y luego aparta la vista, sonriente, para saludar a alguien.

Estoy tan absorta en lo que me acaba de decir mi madre (¿cómo se ha dado cuenta que odio a Gabriel?), que no me doy de cuenta de a quien va a saludar hasta que lo tengo delante de las narices.

—¿Están pasando una buena velada las señoritas? —nos pregunta Héctor Dubois con una sonrisa.

—Después de mi marido, son ustedes los mejores anfitriones —le contesta mi madre.

Cómo no, Gabriel está a su lado.

—Carol ¿todo bien? ¿Estás a gusto? —me pregunta luego a mí.

—Por supuesto, Héctor —le digo con mi educada y fingida sonrisa—. Y los canapés están exquisitos ¿verdad, Gabriel?

—Así es —responde él con la misma sonrisa fingida—. Sobre todo unos rellenos de pequeñas salchichas.

—¡Anda! Esos son los favoritos de Carol —salta mi madre enseguida, y me mira solo de reojo—. Menuda coincidencia.

—Ah ¿sí? —pregunta con las cejas levantadas, como si no supiera de lo que está hablando mi madre—. Parece que tenemos gustos similares.

—Lo dudo —digo tajante, y mi madre, que va agarrada de mi brazo, me da un pequeño apretón de advertencia.

Vale, tengo que relajarme y no estar a la defensiva. Indirecta captada.

—Lo dudo porque el dorado no es de mis colores favoritos, por ejemplo —intento explicar mi anterior respuesta, y haciendo referencia a la decoración de la sala—. Pero ustedes saben cómo hacer que el dorado se convierta en un tono súper elegante.

Problema resuelto.

—Muchas gracias por tus halagos, Carol —me responde Héctor, y cuando paso a mirar a Gabriel, me está fulminando con la mirada como supongo que miraría un asesino a su próxima víctima, aunque con un toque de sadismo en su mirada. Mierda, tengo que irme cuánto antes de aquí.

—Es un placer, Héctor —le sonrío, aguantando el tipo—, pero ahora tenemos que ir en busca de mi padre ¿verdad, mamá?

—Claro. Llevamos ya un rato desaparecidas y se estará preguntando dónde están sus chicas —comenta mi madre siguiéndome el juego.

—Por supuesto, pero antes me gustaría presentarles a mi esposa —dice cogiendo de la cintura a una rubia despampanante que acaba de llegar a su lado—. Iria, Carol, ella es Nuria.

—Es un auténtico placer, Nuria —le dice mi madre dándole dos besos.

—Encantada —le digo con una sonrisa y dándole otros dos besos después de mi madre.

—El placer es mío —dice ella con una sonrisa muy sensual—, por fin puedo conocer a las famosas Hidalgo. Héctor me ha hablado mucho de vosotras y de Claudio.

—Espero que solo hayan sido cosas buenas —replica mi madre.