¿Sabe mi nombre? Carol #2
Conocí a Diego en el nuevo instituto, poco después de haber conocido a Berta.
Hicimos un buen grupo. Los tres fuimos inseparables: Berta era la loca, Diego era el tierno y cariñoso, y yo era la fría.
Hasta que empezamos la universidad. Cada uno fue a una diferente, y él se fue juntando con otro estilo de gente, amigos de su primo, que era dos años menor que nosotros, y a Berta y a mí no nos gustó ni un pelo lo que estaba pasando.
Poco a poco nos fuimos distanciando, hasta que no volvimos a verlo.
Me dio mucha pena porque le cogí mucho cariño.
Fue uno de mis grandes apoyos después del cambio tan grande que supuso la adopción.
Pero no soy quién para pedirle a alguien que no desaparezca de mi vida si esa persona no quería formar parte de ella. Así que lo dejé ir, sin más.
—¿Cuánto hace que nos vimos por última vez, sin vergüenza? —así era como lo llamaba yo después de saber que estaba pillado de una chica desde hacía muchos años.
—Mucho tiempo… —confiesa, y ríe por la nariz.
—Oye, te veo más grande ¿no? —le digo con admiración y con algo de sorna, mientras le toco los brazos.
—Tengo que llevarte a casa, Carol.
—¿Perdona? —me quedo inmóvil e intentando asimilar lo que acaba de decirme.
—Por favor —me insiste, y me señala hacia la salida.
—No sé a que viene esto, Diego, pero he venido con Berta y voy a esperarla —le digo cruzándome de brazos.
—Me han dicho que Berta va a tardar en salir y que, por favor, te lleve a casa —me dice frotándose el puente de la nariz.
—¿Quién te lo ha dicho?
—El hombre con el que acabas de estar hace unos minutos.
Me quedo petrificada. Creo que los ojos se me van a salir de las órbitas.
Nadie sabe que vengo a estos sitios. Es un secreto entre Berta y yo.
Que Diego lo sepa, después de haber sido en su momento mi mejor amigo, la verdad es que me da un poco de vergüenza.
Empiezo a notar que el calor me sube hasta las mejillas, y quiero que me trague la tierra en este mismo instante.
—No es la primera vez que llevo a una chica a su casa después de que hayan estado con ellos —me aclara, e intenta convencerme de que no es nada raro.
Me bajo del taburete, lo miro y empieza a andar hacia la salida. Lo sigo sin abrir la boca en ningún momento.
Me monto en el asiento del copiloto de un Mercedes todoterreno negro, con todos los cristales tintados. Arranca y me quedo mirando la puerta del local. No me gusta nada dejar allí a Berta. Cojo mi móvil y le mando un WhatsApp.
Berta, me voy a casa. Llámame mañana en cuanto te despiertes, por favor. Ten cuidado. Te quiero mil!
Vamos un rato callados, y esto es muy incómodo.
—¿Qué haces en este sitio, Carolina? —menos mal que ha hablado por fin, pero podría haberme preguntado por cualquier otra cosa.
—¿Carolina? —solo me llamaba así cuando se enfadaba conmigo, o cuando quería tener una conversación seria.
—Déjate de rollos… ¿qué cojones haces tú en estos sitios?
Sí, me quedo con la primera opción. Está cabreado.
—Pensaba que te alegrarías de verme: ¡cuánto tiempo, Carol! ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo va todo? Espero que todo te vaya bien. ¡Ah! Y perdona por haber desaparecido de tu vida para juntarme con un puñado de gilipollas —yo también sé cabrearme.
Solo me da como contestación un resoplido.
—Reapareces así, de repente, en mi vida, diciéndome que me llevas a casa porque te lo ha dicho un tío que no conozco de nada, y al que me acabo de tirar y ¿pretendes que te diga que qué hago viniendo a estos sitios? —me río con ironía—. Parece que no me conociste lo suficiente.
—Vale, perdona, pero este mundo no es para ti —me dice tajante.
—¿Eres mi padre ahora?
—No, pero imagina si se enterase.
—¿Es una amenaza, Diego? —le digo con una ceja levantada. Cada vez estoy más cabreada.
—No, pero tienes una reputación, Carolina. ¿No te has parado a pensar en el qué dirían si se enterasen? Tus padres, la prensa, y acto seguido se enterarían tus clientes. No da muy buena imagen para la empresa, ¿o me equivoco?
Mierda, tiene razón, pero no voy a consentir que se me ponga en plan protector después de haber desparecido de mi vida hace muchos años.
—¿Y tú? —pregunto muy serena—. Por lo que veo, trabajas en estos sitios. Si yo vengo aquí, está mal visto, pero si estás tú, todo bien ¿no?
—No compares, Carol —me dice con un tono más grave de lo normal—. Este es mi trabajo, tú vienes aquí por placer.
—¿Y eso está mal visto?
—¡Joder, Carol! —me grita y frena en seco—.
¿No lo ves? Es verdad que siempre has sido muy fría, pero eres una tía con una gran corazón, tienes a una familia que te adora, y a la que tú adoras también.
¿Quieres echarlo todo a perder? ¿Por qué?
¿Por un simple capricho? ¿Por aburrimiento? ¿Qué cojones te pasa?
—¿Qué te pasa a ti? —estoy confundida. Sé que hay parte de razón en todo lo que me está diciendo, pero no entiendo a qué viene decírmelo así, tan descaradamente, y después de tantos años sin preocuparse por mí.
—Que no quiero que estos sitios te corrompan —me dice suavizando la voz, lo miro, y entonces vuelvo a ver la mirada de mi amigo.
Esa mirada dulce, tierna y llena de amor—.
Yo ya estaba corrompido desde antes de conocerte, aunque no tuvierais ni idea, ni tú, ni Berta.
No tiene nada que ver ni la clase de gente con la que me junté en la universidad, ni mi trabajo actual. Pero ¿tú? Tú no eres así, Carol.
Estamos parados en un semáforo en rojo, y aprovecho la situación.
—No tienes ni puta idea de cómo soy, ni de lo corrompida que puedo llegar a estar —abro la puerta del coche, me bajo y pego un portazo.
Empiezo a alejarme, sin mirar atrás. Todavía sigue ahí con el coche, aunque el semáforo ya está en verde.
Sé que está esperando por si cambio de opinión, pero algo me conoce como para saber que no puede ir detrás de mí en estos momentos.
Espera un poco más, hasta que doblo la esquina y lo escucho como sale quemando ruedas.
Bien. Prefiero que esté cabreado a que me tenga pena.
Me apoyo en la pared, me deslizo por ella con la espalda hasta terminar sentada en el suelo, me agarro de las rodillas, hundo la cara en ellas y se me saltan las lágrimas.
Muchas son las personas que creen conocerme, y que han intentado que no me hundiera.
Esto último lo han conseguido. Después de todo lo que pasó, siempre he ido con la cabeza muy alta y orgullosa de lo que soy, y de quien soy.
Pero nadie conoce a la Carolina de verdad.
Solo conocen a Carolina Hidalgo, la niña buena, la hija perfecta, la estudiante ejemplar, la segunda mejor abogada de la zona.
No conocen a Carolina Castillo, esa que sigue en mi interior y que es la que ya está corrompida.
Esa que está guardada en un cajón para el resto de la humanidad, a la que dejo salir los fines de semana por la noche, y a la que doy rienda suelta.
No soy rara, ni mucho menos, porque todo el mundo tiene diferentes caras, por más que digan que ellos son tal y como se muestran. Mentira. Todos tenemos en nuestro interior algo de oscuridad, algo que nos ha corrompido en algún momento de nuestra vida, por muy ínfimo que sea.
Todos tenemos presente las dos caras de una moneda, aunque una esté más escondida que la otra.