Siempre Tuyo ¿Sabe mi nombre? Carol
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¿Sabe mi nombre? Carol

¿Sabe mi nombre?

Carol

Presente

Me coge de la mano, sin abrir la boca para hablar en ningún momento, y me guía hasta el borde la cama. No me gusta hacerlo con la luz apagada. Prefiero verlo y ser consciente de todo lo que pasa, pero si él es feliz así… Por lo menos ya nos hemos quitado las máscaras.

Empieza a rozarme el brazo con los dedos, desde el hombro hacia abajo, hasta llegar a mi mano y, cuando llega, entrelaza sus dedos con los míos. Cada vez tengo más calor, si eso es posible, y tengo muy mojada la entrepierna.

Con el dorso de la otra mano me recorre la mejilla, ladea la cabeza, mirándome como un animal a su presa.

Levanto mis manos y le recorro los pectorales con ellas.

Suelta un pequeño gemido cuando le toco y deja de rozarme la mejilla para cogerme de la parte de atrás del cuello y atraerme hacia él.

Roza sus labios con los míos y me da un pequeño y sensual mordisco en el labio inferior.

Yo también suelto un pequeño gemido. Enreda los dedos en mi pelo, me echa la cabeza hacia atrás y me besa por el cuello, despacio, para luego seguir un fino camino con la lengua hasta llegar a mi boca, solo para rozarla, sin llegar a besarme.

Me está volviendo loca por momentos, y solo me ha estado rozando, aún no me ha hecho nada más.

No puedo dejar de pensar en cómo va a ser tenerlo dentro. ¡Joder!

Se separa de mí, muy lento, y se queda ahí parado, enfrente, unos segundos. ¿Qué hace? ¿Me está mirando? Joder con la puta luz apagada. Aunque he de reconocer que hay cierto morbo en esto también.

Se vuelve a acercar, me coge de la cintura y me da la vuelta, poniéndome de espaldas a él.

Me agarra el tirante del vestido, que sigue en su sitio, y me lo va bajando por los hombro.

Cuando los tirantes van por la mitad de los brazos, me los sueltas y el vestido se cae inmediatamente al suelo.

Lo escucho suspirar. Solo llevo un tanga y voy sin sujetador.

Casi siempre voy sin sujetador. Tengo unos pechos pequeños, por ahora los tengo en su sitio, y no tengo ningún complejo por no tener dos tetas enormes.

Me agarra del pelo con una mano, me echa la cabeza a un lado y me va besando por el cuello y la oreja.

La otra mano la empiezo a notar por el vientre y sus dedos se abren paso por el filo de mis braguitas, hasta llegar a mi clítoris totalmente abultado.

Emito un gemido al notar el contacto de su mano en mi entrepierna, y nada más escucharme, empieza a rozar su miembro, que aún está dentro de los pantalones, por mi culo.

Mi respiración se acelera, gimo un poco más fuerte y él mete los dedos por mi hendidura.

Me frota el clítoris con el dedo pulgar mientras va alternando un dedo, dos, dentro de mí.

Supongo que se ha venido arriba así de repente al haberme notado tan mojada.

Acelera el movimiento de los dedos, y sigue besando y lamiéndome el cuello.

No puedo más. Voy a estallar de un momento a otro.

Estoy en una nube de éxtasis del que no quiero escapar nunca.

Suelo tardar mucho en correrme, pero no sé que me pasa, o no sé qué me está haciendo, que necesito correrme ya.

Cuando el orgasmo está a punto de llegarme, se para en seco, me da la vuelta y me mete en la boca los dedos con los que ha estado tocándome. Me gusta notar mis fluidos a través de él.

Se separa un poco y empieza a desnudarse.

Vuelve a acercarse a mí, pero no me toca, y empiezo a vislumbrar como se lleva una mano a su miembro, y empieza a tocárselo con unos movimientos lentos y sensuales.

Joder, el clítoris me va a estallar de un momento a otro.

Me agarra del pelo y me obliga a ponerme de rodillas.

Ya se lo que quiere, y yo también lo quiero, así que le agarro el miembro con una mano y me lo meto en la boca.

Nada más notar el contacto, empieza a gemir.

Me encanta tener ese control en mis manos.

Esto cada vez me pone más. Se lo voy chupando y lamiendo, y cuando parece que no puede más, empieza a arremeter contra mi boca hasta casi llegar a atragantarme.

Las lágrimas me recorren las mejillas y comienza a dolerme la garganta y la mandíbula, pero no puedo parar.

Ni quiero. Cuando creo que me va a reventar, lo saca de mi boca, me coge por el cuello y me levanta.

Se queda mirándome un par de segundos, y me besa.

Esta vez no es despacio y sensual, es con fogosidad.

Con deseo, con ganas y con hambre de más.

De mí. Entrelazo los dedos en su pelo y pegamos nuestros cuerpos sudados.

Me quita las braguitas, me coge de las piernas y me sube encima de sus caderas.

Anda unos pocos metros conmigo encima hasta estamparme con la pared.

Grito por el golpe, pero sobre todo por lo extasiada que estoy.

Se agarra el miembro y me lo mete de una estocada.

¡Jo-der! Lo tiene perfecta. Ni exageradamente grande, ni pequeño.

El tamaño perfecto. Eso sí, bastante gordo, como a mí me gustan.

Quiero agarrarme a algo mientras me da empellones, pero no consigo encontrar nada a lo que echarle mano, así que le cojo del pelo con fuerza y veo que no se queja, pero no de dolor.

—Joder… —susurra con apenas un hilo de voz.

No me lo puedo creer. ¿Acaba de pronunciar una palabra?

Se me corta la respiración por un momento al escucharlo.

No me lo esperaba, estando todo el rato tan callado.

Suponía que era de los que no hablan cuanto tienen sexo.

Me acaba de sorprender, y él lo ha notado.

Me vuelve a coger del cuello, saca su miembro y me lleva hasta la cama sin soltarme.

Estoy andando de espaldas y parece que voy a tropezarme de un momento a otro, pero consigo llegar a la cama sin caerme.

Me tumba con ganas, me da la vuelta y me pone a cuatro patas.

Se acerca por detrás, me lo mete con ganas y vuelven las fuertes estocadas.

Me agarro con las uñas a las sábanas de satén negro, y cuando ya empiezo a pensar que se va a olvidar de mí y que solo se va a correr él, como si me hubiera leído la mente, noto su mano en mi hendidura, y gimo aún más fuerte.

Yo no soy como muchas mujeres, y aunque disfruto con todo el sexo en general, para correrme necesito que me toquen el clítoris. Puntos a favor del moreno misterioso.

El clítoris me palpita a más no poder y me envuelve una explosión de placer mientras llego al orgasmo.

Cuando nota que he llegado a lo más alto de mi placer, aparta los dedos de mi entrepierna, y me coge con ambas manos por la cintura.

Aumenta el ritmo y la fuerza de los empellones, pero esto solo dura un par de minutos después de que yo haya llegado al clímax.

Empieza a emitir unos gemidos más fuertes hasta que a él también llega al culmen del placer.

Va aflojando el ritmo mientras nuestras respiraciones acompasadas van disminuyendo.

Se queda quieto dentro de mí unos segundos y luego se aparta enseguida.

Se dirige a una puerta que hay dentro de la habitación y que yo ni si quiera me he dado cuenta que estaba ahí.

Me levanto de la cama, cojo el tanga y el vestido, y empiezo a vestirme.

Cuando sale de detrás de aquella puerta, la deja entre abierta y veo que es un baño.

Perfecto, lo necesito. Pasa por mi lado sin dirigirme la palabra, me quedo mirándolo, y va directo a por su ropa.

Yo soy muy fría con los hombres, pero este tío me gana.

Me encojo de hombros, me doy la vuelta y me meto en el baño.

Tardo unos cinco minutos en lo que me aseo y me adecento un poco, y cuando salgo…

¿Hola? ¿Se ha ido? In-cre-í-ble. Estoy flipando.

Señoras y señores, y el premio al tío más frío y más raro se lo lleva…

Don moreno misterioso, porque no tengo ni puta idea de cómo se llama, ni de quién es, ni me interesa.

Termino de vestirme y salgo de aquella habitación en dirección a la sala principal del local para buscar a Berta.

Me siento en la barra y pido un vaso de agua.

Estoy seca, necesito saciar la sed y el agua es lo único que la calma.

Miro a mi alrededor pero no veo a mi amiga.

Decido esperar un poco, y si no aparece, le mando un mensaje, pillo un taxi y me voy.

Los días en los que salimos y que sabemos que vamos a beber, no cojo mi coche.

—¿Cuánto tiempo llevas currando aquí? —le pregunto al camarero cuando me pone el vaso de agua.

—Un año, señorita —me contesta muy educado, y con una sonrisa preciosa.

Vaya, no solo los escogen por su físico, también son educados y respetuosos.

—¿Os tratan bien? —ya tuvo que salir Carolina, la abogada.

—Sí, nos tratan muy bien, a todos los empleados —me confirma levantando una ceja.

—Creo que te reclaman por allí —digo sin más, con una sonrisa. Hasta yo misma me he dado cuenta que no viene a cuento aquella pregunta, pero necesito distraerme mientras espero a que aparezca mi amiga.

Me giro en el taburete, quedando de espaldas a la barra, miro hacia el centro de la pista, y me doy un susto de muerte al encontrarme con tío pegado a mí.

—¡Joder! ¿No sabes lo que es el espacio vital de una persona? —le digo con una mano en el pecho.

—Lo siento. No era mi intención asustarte, Carol.

¿Cómo? ¿Sabe mi nombre? Abro los ojos como platos y lo miro a la cara de inmediato.

—¿Diego? —le pregunto sorprendida.

—El mismo —me contesta con esa sonrisa tan característica, tan suya.