Siempre Tuyo Una mirada tan intensa Carol #2
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Una mirada tan intensa Carol #2

—Eso espero, me gustaría mucho presentársela a Iria —escucho la voz de mi padre a lo lejos, aunque está pegado a mí.

Creo que se me está nublando la vista.

—Si me disculpáis, necesito ir a por algo de beber —sonrío como puedo, y me voy sin decir nada más.

Luego me llevaré la bronca monumental de mi padre. Luego. Ahora necesito tomar aire… No. Los paparazzis. Freno en seco, y voy directa a los baños.

Consigo llegar a través del gentío y, nada más entrar, me apoyo con las manos en el revestimiento de mármol de los lavabos e intento hacer respiraciones profundas, tal y como me enseñaron en el orfanato.

Cuando logro mantener a raya mi respiración, me mojo las manos y me refresco la nuca.

¿Qué me acaba de pasar? Hace años que no me daba un ataque de ansiedad.

No puede ser verdad. ¿Ha estado a punto de darme un puto ataque por conocer a un tío?

Esto no me está pasando a mí. Es surrealista.

Me miro al espejo y me fijo en que el pintalabios no me hace nada.

Tengo los labios blancos. No puedo salir así.

Rebusco en mi minúsculo bolso, en el que solo me caben mi móvil, un paquete de pañuelos y el gloss .

Lo encuentro, me lo aplico, lo vuelvo a guardar y respiro hondo.

Venga, Carolina. Has podido con cosas peores.

Creo que podrás con un tío presumido y pretencioso.

Cuando me lo han presentado parecía estar en otro mundo, pero estaba atenta a lo que había dicho su padre y, por su aspecto, tiene que ser un imbécil de aupa.

Salgo del baño decidida a ir hasta ellos de nuevo y pedir disculpas por mi repentina huida.

Me tengo que inventar algo. Me había entrado un pequeño mareo porque apenas había comido, por ejemplo.

Mientras voy con mi cabeza bien alta, sumida en mis pensamientos e intentando creerme mi propia mentira, me tropiezo con alguien.

—¡Perdón! —cuando miro a quien he atropellado, se esfuma toda mentira que estaba metiendo con calzas en mi cabeza.

—¿Vas siempre con tanta prisa a todas partes? ¿O es que eres así de maleducada por naturaleza? —me pregunta Gabriel con aires de grandeza.

—¿Disculpa? —frunzo el ceño, cabreada.

—Disculpas aceptadas. Tanto por el choque, como por la bomba de humo que te acabas de marcar hace un rato delante de nuestras narices.

—Oye, una duda que tengo —le digo haciendo una breve pausa, y poniéndome la mano en la barbilla como si estuviera pensando—, ¿tú eres siempre así de directo? ¿O es que eres un gilipollas por naturaleza?

—Vaya con la ratita presumida. Si tiene carácter y todo —dice intentando disimular una sonrisa.

—¿Cómo me has llamado? —estoy más cabreada por minutos. Creo que de un momento a otro me va a empezar a salir humo por las orejas.

—Yo que tú iría a buscar a tu padre, lo he notado bastante… molesto. Ya nos veremos, princesita.

Me guiña un ojo, se da media vuelta y se larga con paso tranquilo, con toda la naturalidad del mundo.

Perfecto. Te odio, Gabriel Dubois, y espero no volver a verte en mi puta vida.

Quiero gritar de enfado, tirarme de los pelos y patearle a algo, o alguien. Pero no voy a darle ese placer al capullo que acabo de conocer. Sin embargo, me sereno y voy en busca de mi padre.

Aunque me cueste reconocerlo, ese cretino acababa de tener algo de razón. Había salido escopeteada de allí, y mi padre seguro que no estará muy contento conmigo.

Respiro un poco más aliviada al encontrarlo hablando con mi madre y que no esté con Héctor. Puntos a mi favor. Mi madre sabe mejor que yo cómo apaciguar la ira de mi padre. Menos mal.

—Papá…

—¿Qué te ha pasado? —no veo cara de enfado en él, sino de preocupación.

—No lo sé, papá. Me ha entrado como una especie de mareo, y me he tenido que ir corriendo al baño a echarme un poco de agua.

—¿Te ha dado un ataque? —pregunta mi madre con los ojos como platos, y cogiéndome de las manos.

—No ha llegado a tanto. Me he relajado, y me he puesto a hacer las respiraciones —le quito importancia al asunto. Lo que menos quiero es que se preocupen sin ningún motivo de sustento.

—¿Y por qué ahora? ¿Te has agobiado por algo? ¿Estás bien? —mi padre me cose a preguntas en cuestión de segundos.

No sé si prefiero a mi padre el gruñón, o a mi padre el detective.

—No ha sido nada en concreto. Creo que ha sido por el jaleo de tanta gente.

—La verdad es que hace bastante tiempo que no venías a un evento, entre los exámenes finales y el nuevo trabajo —me excusa mi padre.

—¿Quieres que nos vayamos? —me pregunta mi madre sin apartar aún sus manos de las mías.

Si supiera lo que me alivia ese contacto.

Tanto, o más, como cuando me abraza mi padre, Asia o Berta.

Son las cuatro personas más importantes de mi vida, y a las que les debo todo lo que tengo, y parte de lo que soy.

Otra parte se la debo a Tania, mi madre biológica.

Y la otra parte, y por desgracia la más fría, cruel e insensible, a Enrique, mi asqueroso padre biológico.

Solo con pensar en su nombre me dan náuseas.

—Te lo agradecería mucho, mamá —le digo con una sonrisa—, pero papá…

—No os preocupéis por mí, lucecilla. Yo me disculparé en vuestro nombre —afirma él guiñándome un ojo.

Empezó a llamarme por ese mote cariñoso cuando se dieron cuenta de mis pesadillas.

Me decía que tenía que relajarme, que disfrutara de la nueva oportunidad que me había llegado y que no tenía nada que temer porque ahí iban a estar ellos para todo lo que me hiciera falta.

Que, gracias a mí, su vida y la de Iria habían cambiado por completo.

Yo era la luz que les había vuelto a iluminar sus caminos.

Y desde entonces, todas las noches se despedía de mi dándome un beso en la frente y diciéndome eso de: que duermas bien, lucecilla.

Le doy un buen achuchón a mi padre antes de irnos. Mi madre le da un beso y le acaricia la mejilla con la mano. Por ese gesto tan simple que siempre tiene con él, mis ojos se ponen vidriosos. Cuanto amor emanan. Los adoro.

Nos metemos en mi Audi cuando el aparcacoches me lo trae, y nada más salir de allí, noto la mirada de mi madre.

—Estoy bien, mamá. Te lo prometo.

—¿Estás segura? Y ¿puedes conducir?

—Sí, mamá. Solo ha sido un momento de nada. Ya estoy perfectamente —le digo poniendo una amplia y falsa sonrisa, enseñando todos mis dientes.

Mi madre se echa a reír. Esta táctica nunca falla.

—Adoro tu lado payaso, pero…

—Mamá. Ya está.

—Vale, vale. Perdona.

Cuando le digo esas tres palabras, ya sabe que tiene que parar de inmediato.

Continuamos el camino a casa en silencio.

—Pero es que ha sido justo cuando tu padre te ha presentado a Héctor y a su hijo —adiós al silencio. No se puede resistir.

—Cinco minutos has aguantado en silencio, mamá. Nuevo récord.

—Vale, vale. Ya no te digo más nada.

Cuando llegamos a casa, a eso de las once de la noche, Asia ya está metida en la cama, dormida.

Mamá le da las gracias a la canguro, y le paga.

Antes de subir a mi habitación, me paso por la cocina. Sigo con hambre porque solo me he llevado a la boca dos canapés, contados, gracias a la presentación tan peculiar de esta noche.

—Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea ¿verdad? —aquí viene el tercer round .

—Lo sé, mamá. Y de verdad te digo que no hay nada de lo que hablar —le intento aclarar, pero sé que esto no se va a quedar así.

Hoy sí, pero me volverá a sacar el tema otro día.

No es una de las abogadas más destacadas del país por nada.

Esa nariz de sabueso huele a kilómetros de distancia cosas imperceptibles para las personas normales y corrientes de este mundo, e incluso de otra galaxia.

—Me hago un bocadillo, y me voy a mi habitación ¿vale? Estoy un poco cansada —le digo estirando los brazos y mirando el frigorífico con la puerta abierta.

—Vale, cariño —se acerca y me da un beso en la sien—. Yo me voy a dar una pequeña ducha, y me meto en la cama también. Que descanses, mi vida.

—Tú también —le digo dándole un abrazo—. Te quiero, mamá.

—Y yo a ti, mi guerrera.

Sí, tengo muchos motes, y todos me encantan. La procedencia de este no tiene mucho misterio, y no hace falta que explique porqué me llama así.

Cuando termino de hacerme el bocadillo de atún con mayonesa (mi favorito), me meto en mi habitación, me siento en el escritorio y abro mi portátil.

Gabriel Dubois. ¿Por qué estoy poniendo en el buscador de internet su nombre?

¿Qué me ha hecho? ¿Por qué me he puesto así?

¿Quién se cree que es? Paso. Cierro el portátil de golpe y tiro el bocadillo a la basura.

Se me han quitado hasta las ganas de comer (y eso es complicado en mí).

Me lavo los dientes, me aseo y me meto en la cama.

Quiero que se termine el día y, a poder ser, olvidarlo por completo.

Intento quedarme dormida pero, para mi sorpresa, no lo consigo.

Pues nada, tengo dos opciones: o cojo un libro y leo, o cojo mi vibrador.

Como estoy cabreada, opto por lo segundo.

Nada más encenderlo y pasármelo por la entrepierna, me empieza a subir el calor que tenía acumulado, hasta las mejillas.

¡No! Paro en seco, apago el vibrador y lo tiro al suelo.

Gabriel. ¿En serio, Carolina, te ibas a empezar a masturbar, y se te viene ese gilipollas a la cabeza?

Definitivamente, no. Me niego. Cojo el libro de mi mesita de noche, e intento meterme en la historia.

Lo consigo y me sumerjo en la novela (la fantasía siempre lo consigue), hasta que se me empiezan a cerrar los ojos.