Una mirada tan intensa Carol
Una mirada tan intensa
Carol
Este sábado no voy a poder salir con Berta porque tengo un evento que organiza mi padre, y al que tenemos que asistir mi madre y yo.
Ir a estas galas me gusta, hasta cierto punto.
Solo la parte en la que me tengo que poner un vestido monísimo de la muerte y lucirlo.
Pero me aburre sobremanera la parte de tener que hablar con todo el que me presenta mi padre, y hacer como la que me gusta la conversación con una sonrisa fingida (cuando en realidad mi mente está en otro sitio: casos sin resolver, la lista de cosas pendientes para la próxima semana, los posibles candidatos a polvos que veo por la sala…), pero como están tan obsesionados con sus propias vidas, no se dan ni cuenta de que no les estoy escuchando.
Y a esto hay que sumarle que yo soy una actriz fabulosa.
Asia siempre se queja porque quiere venir, pero aún es muy pequeña para estos rollos de eventos, y no tiene ni idea de lo que se libra. Se aburriría, se pondría a liarla, y yo me tendría que hacer cargo de ella. ¡Ni de coña! Quiero con locura a mi hermana, pero es demasiado intensa, y me agota.
Llega su canguro y, antes de salir, me miro en el espejo de la entrada.
—Estás increíble, cariño —me dice mi madre dándome un beso en la sien.
—Lo estamos las dos —le digo guiñándole un ojo.
Esta mujer es espectacular. Podría parecerme a ella perfectamente, pero soy adoptada.
Aunque para mí, Iria, es mi madre. Siempre voy a tener dos madres, y eso se respeta mucho en casa.
Estoy muy agradecida con ellos por haberme aceptado en su familia tal y como soy, con todo lo que acarreo, y que, aun así, tengan presente a mi madre biológica.
Nunca la han querido apartar de mi vida, pese a que ya no esté entre nosotros.
Iria lleva un vestido azul marino, de brillo, con cuello de barco. Esa melena castaña de rizos, que tanto me encanta, la lleva con un recogido que le resalta el cuello.
Yo tengo una pequeña manía, por así decirlo, y es que me visto acorde con mi estado de ánimo.
Como hoy me siento tranquila, calmada y en paz, me he decidido por un vestido de color turquesa, de satén.
Esta tela es mi favorita. Elegante y muy sensual, (que me sienta relajada no significa que tenga que dejar a un lado la picardía…
este lado siempre me acompaña a donde quiera que vaya).
Mi vestido no lleva escote por delante, pero si lo lleva por detrás, hasta casi llegar al culo. Asombroso.
—Estáis muy guapas las dos, pero ¿podríamos irnos ya, antes de que desgastéis ese espejo? —nos dice mi padre con arqueando una ceja. Y sí, mi madre y yo somos muy presumidas, y nos encanta mirarnos en ese espejo antes de salir a la calle.
¿Qué decir de Claudio? Hasta su nombre es perfecto.
Todo un emperador. Es cierto que a veces es un cascarrabias, pero lo normal.
¿Quién no se pone de mal humor en cualquier momento?
Pero hasta sus días malos son perfectos.
Sus enfados son de otra galaxia. Nos riñe bastante a mi hermana y a mí, pero ¿la manera en que nos regaña?
Jamás había visto a alguien hacerlo con ese estilo y esa clase.
Joder. Mi padre tiene clase hasta enfadado.
Mi moreno preferido. Aquí sí tengo que hacer una diferencia con respecto a mis madres.
Y es que, ojalá hubiera sido él mi padre biológico.
—Sabes que eres el padre más guapo del mundo ¿verdad?
—le digo dándole un abrazo, y apoyando la cabeza en su pecho.
Es más alto que mi madre. Un metro ochenta de padre, ojos de color miel, y es como si abrazara a un armario.
Aunque después sea el hombre más achuchable y tierno que conozca.
Eso sí, siempre serio de puertas para fuera.
Tiene que hacerse respetar por su trabajo.
—Y el marido más sexy —se acopla mi madre al abrazo.
—Dejar de hacerme la pelota, que vamos a llegar tarde —nos dice sonriendo e intentando apartarnos.
—¡Eh! !Yo también quiero! —y se sumó una personita de ocho años.
Todo el mundo nos tiene como la familia perfecta, y así es. Y menos mal que llegó a mi vida algo así de bonito después de todo lo que pasó.
Llegamos al palacio de congresos donde se celebra el evento. Una subasta para recaudar fondos destinados a varios centros de adopción. Exacto. Mi padre, como buen padre adoptivo, ha organizado este evento pensando en mí.
Los flashes de las cámaras me ciegan en un pequeño pero intenso momento.
Mi padre es un director de banco, pero no cualquiera.
Y mi madre, una abogada muy famosa y codiciada.
El matrimonio perfecto que decide adoptar a una jovencita de catorce años.
Noticia que salió en todos los periódicos por aquel entonces.
La gente pensaba que al ser una adolescente, la iba a liar, pero nadie me conocía.
Por suerte, tuve una madre que me educó muy bien, y que era el amor personificado.
Y con unos padres como Iria y Claudio, no fue muy difícil adaptarse a una nueva vida.
Me porté como era debido, y acallamos las bocas de toda la prensa y chismosos.
[Aunque ya estoy acostumbrada a tener tantos ojos puestos en mí y en mi familia, a veces me gustaría correr para que nadie me viese, ni que hablaran de mí.
Echaba de menos la intimidad de un hogar de clase baja-media.
Pero ¿para que nos vamos a engañar? ¿A quién no le gusta los halagos, o estar en boca de mucha gente por ser “la hija perfecta”?
Sin embargo, todo tiene su parte mala. Cuando salgo de fiesta, tengo que tener mil ojos porque, al menor descuido, ya tengo fotos mías rondando por todas las redes sociales.
Como una de las noches locas con Berta. Después de los exámenes finales del segundo año de universidad, nos cogimos una cogorza monumental.
Terminé fuera de la discoteca, enrollándome con un tío, con la mala suerte que se me subió todo lo que había comido ese día, y le vomité encima.
Pobrecito… pero lo peor no fue eso, sino que al ser una discoteca bastante famosa, había paparazzis merodeando por allí y, como era de esperar, al día siguiente tuve que aguantar la resaca, y la bronca de mi padre.
Esa creo que ha sido la única vez que lo he visto más serio de lo normal conmigo.
Me dio un poquito de miedo, pero era comprensible.
Pedí perdón por lo ocurrido, no obstante, con eso no bastaba para la prensa.
Mi padre tuvo que recurrir a uno de sus famosos eventos, y decir que la idea de la organización de ese evento había sido de su hija.
Solucionado. Aunque la gente no suele olvidar los malos actos tan fácil y, a día de hoy, todavía me siguen llamando borracha, libertina o la hija descarriada de la familia Hidalgo.
Pero hemos aprendido a hacer oídos sordos con esos tipos de comentarios.
Sino cogería una depresión de caballo, y acabaría con mi vida.
Cosa que no pienso hacer, ya que la aprecio mucho].
Nada más entrar, empezamos a saludar a socios de mi padre, clientes y trabajadores.
Hasta que mi madre y yo nos aburrimos y nos escabullimos con elegancia a por algo de beber.
Bueno, y yo a por algo de comer. Con la comida no se juega.
Es algo sagrado, y cuando mi estómago me dice, aquí estoy yo, más vale hacerle caso de inmediato.
Puedo llegar a transformarme en un ogro si tardo más de media hora en comer desde que mi barriga emite su primer rugido.
—Carolina, ¿puedes acompañarme un momento? —mierda, y yo con un canapé a medio comer. Asiento a mi padre con la cabeza, y le sonrió intentando que no se me vea la comida que tengo en la boca.
Lo sigo, y tengo que hacer un sobresfuerzo para tragar rápido, porque creo que me voy a atragantar cuando veo a esos dos portentos.
—Héctor, ella es mi hija, Carolina —le doy la mano con la mejor de mis sonrisas al hombre que me está presentando mi padre y que, por lo que deduzco, ha tenido que ser un cañón en sus años mozos—. Carolina, él es Héctor Dubois, un futuro socio de nuestra empresa.
—Un placer, Carolina —me sonríe y agacha la cabeza a modo de reverencia. ¿Ahora soy de la monarquía y no me he enterado?
—El placer es mío, señor Dubois.
—Llámeme Héctor, por favor —con lo estirado que parece, y quiere que lo tutee. No me cae mal.
—Solo si usted me llama Carol.
—Me parece justo —responde con cortesía, pero de un modo cercano. Miro hacia su lado, y casi me sonrojo al encontrarme con los ojos negros más increíbles que he visto en mi vida.
—Carol, te presento a mi hijo, Gabriel Dubois —Héctor me mira, mira a su hijo, y le cede mi mano.
Me quedo con cara de imbécil mirándolo, porque no es para menos.
Una cara con facciones perfectas y con una mandíbula bien marcada.
Labios gruesos, sin ningún solo pelo por alrededor, bien rasurado, y una mirada tan intensa que parece que te va a atravesar y llegar al alma.
Un cuerpo esculpido por los mismísimos dioses y, para rematar, pelo negro (mi perdición).
—Un placer, Carolina —y me besa la mano. ¿Me acaba de comer con la mirada, o han sido imaginaciones mías? ¿Me acabo de derretir con su media sonrisa? ¿Es el beso más sensual que jamás me han dado, y ha sido en la mano? ¿Qué cojones?
Mierda, mierda. Todos me están mirando esperando una respuesta. ¿También me acabo de quedar petrificada?
¡Carolina! ¡Responde, a la de YA!
—El placer es mío, Gabriel —consigo decir, casi tartamudeando.
¿Hace mucho calor aquí de repente? Creo que me va a dar algo. Creo que voy a desmayarme. ¡Mamá! ¿Dónde estás? Ven a salvarme, por favor.
—Gabriel acaba de abrir un negocio, y va en aumento —explica su padre—. Es muy ambicioso, y tiene muchos planes de cara a unos años.
—Entonces tiene a quien parecerse —dice mi padre—. ¿Tu mujer no ha venido hoy?
—Está visitando a su familia en Barcelona, espero que para el siguiente evento la podáis conocer.