Fiesta de máscaras Carol #2
Nada más decirme eso, me suelta, y la guía a ella hasta el sofá para que se siente a su lado.
Esto es, como poco, extraño. De todos los locales a los que hemos ido, en ninguno nos han tratado así.
Me quedo mirando a Berta y ella me asiente conforme con lo que está pasando.
Me quedo más tranquila. Ahora es mi turno.
Miro al moreno, sentado justo al lado de mi amiga, con una pierna cruzada, y los brazos estirados en respaldo del sofá.
Me quedo esperando para ver si hace lo mismo que el rubio (levantarse y venir a por mí), pero se queda totalmente inmóvil.
Tampoco me hace ningún gesto como para que vaya a sentarme con él.
Empiezo a mirar hacia los lados… ¿me estarán gastando una broma?
Confirmado: esto es surrealista; pero como soy una persona que se cansa rápido en algunas situaciones, lo vuelvo a mirar y le levanto una ceja.
Se incorpora un poco, y coloca los codos en las rodillas, tapándose un poco la boca con las manos.
Mira hacia el suelo, y niega con la cabeza, pero con un movimiento muy sutil, casi imperceptible.
Sin mirarme, me tiende la mano como para que se la coja, pero en vez de eso, me cruzo de brazos.
Al ver que no le sigo el juego, baja el brazo, vuelve a negar con la cabeza y se levanta con demasiada parsimonia.
Se planta frente a mí, muy pegado, y cruza los brazos, imitándome.
Lo miro de arriba abajo, con la ceja levantada, incrédula ante lo que ven mis ojos.
Ni se inmuta. Sigue en la misma pose. ¡Me canso!
—La paciencia no es una de mis virtudes —le advierto con voz seria.
—Ni la mía —me dice con una voz muy varonil y muy seca—. ¿Te vas a sentar conmigo ya?
—¿Sabes que pasa? —suspiro, y no le dejo que me conteste—. Que hasta ahora yo no soy adivina, y si alguien quiere algo, me lo tiene que decir. Verbalizar. Por lo que veo sabes hablar, aunque sea de manera escueta.
¿Acabo de notar el intento de una pequeña sonrisa? ¿Le he hecho gracia?
—Si es usted tan amable… —me señala el sofá.
—¿Era muy difícil pedirlo? —niega con la cabeza, y se frota el puente de la nariz por encima de la máscara, pero no dice nada más.
Le hago caso y me siento al lado de Berta, pero cuando lo miro me niega con la cabeza, y me dice que me aparte con la mano.
Vale. Quiere estar entre las dos. No sería la primera vez que veo algo así, no es nada descabellado.
Aunque nunca hemos llegado a hacer un trío las dos juntas con un tío, ni jamás lo haremos. Siempre por separado.
Llega el camarero y les decimos lo que queremos tomar.
No sé porqué estoy tan nerviosa. He hecho esto montones de veces ¿por qué ahora me pongo así?
Creo que es el sitio, el ambiente, la música, las putas máscaras y este tío que tengo a mi lado que parece que le va a estallar las mangas de la chaqueta de un momento a otro.
Joder… está tremendo, y no quiero imaginarme como tiene que ser el sexo con él.
De repente tengo muchísimo calor, me empiezo a abanicar con la mano y el moreno me la coge.
Me la empieza a acariciar, con mucha delicadeza, y dirige su boca hacia ella para besarla, pero mirándome fijamente a los ojos.
¡Joder! ¿Cómo es posible que con una simple caricia y un beso en la mano, me haya puesto más cachonda que en toda mi vida?
Bueno, miento. Solo otra persona ha llegado a ponerme así, pero es un capullo de campeonato, y jamás lo reconoceré, así que no cuenta.
Este hombre emana sensualidad por todos los poros de su piel. ¿Dónde cojones se ha metido el camarero con las bebidas? Necesito beber, ya.
Aprovecho que me suelta la mano para mirar a mi amiga, pero la veo muy entretenida.
Bien. Parece que las dos estamos satisfechas.
Como para no estarlo… el rubio de mi amiga tampoco está nada mal, por lo poco que he podido ver, pero menos mal que a mí me ha elegido el moreno.
Los rubios no me gustan. Podría hacer alguna excepción, de hecho, hace un par de meses me lié con uno, pero no son mi tipo.
Los prefiero como el hombre que tengo sentado a mi lado. Morenos.
Por fin llegan las bebidas, pero antes de que el camarero las suelte en la mesa, el moreno le coge la copa, se levanta y me tiende la mano para que se la coja.
Miro de nuevo a Berta, que nos está mirando con los ojos bien abiertos, y me asiente.
Está alucinando tanto como yo porque nunca nos habían querido llevar adentro tan rápido como pretende hacer este tío.
Le doy la mano, me levanto y se pone a andar hacia una puerta roja, sin soltarme.
Saluda con un movimiento breve de cabeza al seguridad que está al lado de la puerta, y él la abre para que pasemos.
Berta y yo nunca quedamos una segunda vez con ningún tío.
Su única excepción es Mario. Pero yo nunca me he visto con un hombre más de una vez, lo que significa que nunca quiero saber ni sus nombres, ni de dónde son, ni nada relacionado con sus vidas, es una regla que tenemos las dos, pero ¿quién será este misterioso hombre?
Nos adentramos en un pasillo bastante oscuro, con varias puertas negras, pero estas, a diferencia de otros locales, no tienen luces arriba de las puertas.
Cuando Mario nos llevó por primera vez a un local swinger , nos explicó el significado de las luces que había encima de cada puerta.
Ninguna luz encendida: habitación libre, puedes pasar.
Luz roja: ocupado, y no se puede pasar. Luz verde: ocupado, pero estás invitado a pasar y ver con qué te encuentras detrás de dicha puerta.
Ahí puedes encontrar de todo: parejas follando y que solo te permiten mirar, parejas a las que te puedes unir y formar un trío, tríos a los que te puedes unir y formar una orgía…
yo ya he visto y probado casi de todo. Pero esto es nuevo para mí.
Tanto el local, como el servicio, y que no tengan las luces arriba de las puertas.
Y otra cosa que me llama la atención: las puertas tienen números, como en los hoteles.
Caminamos hasta el fondo del pasillo y subimos unas escaleras con una moqueta roja que amortigua el sonido de los pasos.
Llegamos a la segunda planta, pero seguimos subiendo.
¿Cuántas plantas tiene este sitio? ¿Y cuántas puertas?
Llegamos al tercer piso, y solo hay tres puertas con los números 61, 62 y 63, y no hay más escaleras, eso quiere decir que hay, ni más ni menos, que sesenta y tres habitaciones en este local. ¡Joder!
Nos acercamos a la puerta 63, la abre y entro después de él. Vale, la caballerosidad brilla por su ausencia, pero me la suda. Ahora mismo solo quiero una cosa de este tío.
La habitación está pintada entera de negro, y sigue con los toques dorados al igual que el resto del local, y tan elegante como todo lo demás.
En el centro hay una cama con dosel de madera, y justo arriba, en el techo, un gran espejo redondo.
Hay un sillón tántrico en una esquina y, no puede ser…
¿un jacuzzi? Parpadeo un par de veces para cerciorarme de que lo que estoy viendo es real.
El moreno se quita la chaqueta, y la deja en una silla que hay en otra de las esquinas, pero no se quita la máscara.
—¿Tenemos que llevar las máscaras todo el rato? —no contesta. Me estoy cansando de las máscaras. La suya le tapa más de media cara, y solo consigo verle la barbilla y parte de la boca.
Se acerca a mí, me aparta el pelo de la cara, y me mira todas las facciones de la cara.
Luego se aparta un poco y me mira de arriba abajo.
Menos mal que me he puesto un vestido fácil de quitar, y que tampoco es que deje mucho a la imaginación.
De color verde oscuro, con unos tirantes muy finos, un escote bastante pronunciado y una apertura por un lado que deja ver la pierna cada vez que ando.
Me coge uno de los tirantes con un dedo, y lo desliza poco a poco hasta quitármelo del hombro.
Suspiro y me muerdo el labio inferior sin apartar la vista del tirante.
Me coge la barbilla con esa misma mano, y me gira la cabeza para ponerme cara a cara con él.
Me pasa el pulgar por el labio, y lo entreabro un poco.
Sé que eso le encanta a los tíos. Esto es muy sensual, aun así, no consigo concentrarme del todo con las putas máscaras.
Suele gustarme el misterio y el morbo de no saber quién es, pero esta vez estoy muy intrigada, y tengo demasiado calor.
—¿Nos podemos quitar las máscaras? —le pregunto con apenas un hilo de voz.
Se separa de mí y se dirige a la pared para apagar las luces. ¿En serio? ¿Con la luz apagada? Vaya mierda… y encima no le voy a ver la cara.