Fiesta de máscaras Carol
Fiesta de máscaras
Carol
Presente
Cuando entramos en el local, no puedo evitar quedarme fascinada. Hemos oído hablar mucho de este sitio y está en boca de todos, pero jamás podía haberme imaginado algo así.
—Creo que esta es una de las veces donde la realidad supera a la ficción —me dice mi amiga con la misma cara de asombro que la mía.
Acabamos de entrar en el Inferno , que es como se llama este local swinger , aunque parece más una discoteca.
Hace ya dos años que Berta y yo empezamos a frecuentar locales de este tipo desde que Mario (el ex follamigo de mi amiga) nos llevó a uno por primera vez hará como unos tres o cuatro años.
Él trabaja de fotógrafo en estos locales, y por eso nos consigue los pases para estas fiestas, aunque el resto de locales a los que hemos ido eran normales, excepto uno al que fuimos hace un par de meses: el Paraíso .
Es un poco más pequeño, pero con una decoración ambientada en, como su propio nombre indica, el Paraíso de Adán y Eva.
Es todo lo contrario a este, pero tienen algo en común: están decorados por la misma persona, y tienen el mismo dueño.
Mires donde mires, todo emana lujo por doquier.
Paredes de color negro, con dibujos dorados y muchos espejos repartidos por toda la estancia.
Del techo cuelgan lámparas de araña de cristal, cortinas de terciopelo rojo con los bordes dorados.
El dorado es el color estrella, está por todas partes.
Bailarinas y bailarines dentro de unas jaulas que cuelgan también del techo y ¿cómo van vestidos?
¡Exacto! Con ropa interior oscura, y con todo el cuerpo pintado de dorado.
Y todo ambientado con una luz azulona, muy tenue, que deja ver lo justo y necesario para que de cierto morbo y misterio.
Si a eso le sumas que es una fiesta de máscaras…
tenemos todo lo esencial para una noche morbosa al completo.
La música que suena es más sensual que la de una discoteca.
Lógico.Y todo esto metido en una enorme nave de dimensiones que se me escapan a la vista.
Nos acercamos a la barra para pedirnos una copa, sin dejar de lado nuestra fascinación. Intento que no se note lo absorta que me tiene este sitio, pero es imposible.
—¿Has visto la zona VIP? —le pregunto a Berta, señalando la parte del fondo del local.
—Ahora mismo estoy observando otras cosas —sigo la mirada de mi amiga y, como ya suponía, está haciéndole un escaneo completo, y exhaustivo, al camarero.
—A ver, querida amiga, cómo te explico yo esto… —resoplo e intento relajarme—. ¿Has echado el mínimo vistazo a la gente que hay a nuestro alrededor?
—Claro, pero ahora mismo tengo otro objetivo en mente —dice con los ojos entornados, fijándose atentamente en el jovencito que nos está sirviendo las copas.
—Gracias —le pago con el móvil, le sonrió y me vuelvo para mirar hacia el centro, donde se supone que está la pista de baile.
—¿El camarero? —le pregunto a Berta arrugando la nariz—. ¿En serio?
—Pero ¿tú has visto cómo está? —me dice poniendo los ojos como platos—. ¿Has visto cómo están todos?
Le hago caso por un momento, paseo la vista por el resto de camareros, y por si ya no estoy lo bastante impresionada, el personal que trabaja aquí vuelve a dejarme con la boca abierta.
—¿Crees que el físico será un requisito para trabajar aquí?
—Amiga, lo confirmo.
Hasta tengo que reconocer que las tías están buenas.
—Bueno, pasemos a otro plano —me dice dándose la vuelta para mirar a toda la gente mientras sorbe de la pajita de su copa—. ¿De qué me estabas hablando?
—Zona VIP —digo sin más, señalando a la parte donde solo hay sofás, sillones y mesas. Todo rodeado de un cordón muy elegante de terciopelo rojo.
Por regla general, las zonas VIPs de todas las discotecas están delimitadas por una valla, y allí todo el mundo se pega a esa zona a más no poder cuando la discoteca empieza a abarrotarse.
Pero aquí hay como una especie de barrera invisible donde nadie se acerca a menos de un metro del cordón rojo. Alucino.
—¿Nos acercamos un poquito? —me pregunta Berta, curiosa.
La miro levantando una ceja y me sonríe con cara de inocente (mi amiga tiene de inocente, lo que yo de rubia… nada). Pongo los ojos en blanco y le hago un gesto con la cabeza para que empiece a caminar hacia donde ella quiere.
—¿Ya eres feliz? —le pregunto cuando llegamos cerca de la zona VIP.
—¿Podrías, al menos, disimular que te entusiasma venir aquí?
—Sabes que es donde me gusta estar, y este sitio es alucinante, pero no quiero encontrármelo.
—¿Tú crees que un gilipollas de tal rango va a pasearse por uno de sus locales un viernes?
—Supongo, y espero que no.
A quien menos ganas tengo de ver es al dueño de este sitio: Gabriel Dubois, que resulta ser también el hijo del socio de mi padre y, por supuesto, mi archienemigo. Y a quien menos ganas tendría de encontrarse mi amiga es a su ex follamigo…
—Vaya, vaya… —nada más escuchar la voz, Berta resopla—. Habéis venido.
—No, Mario —empieza la función—. Somos un puto espejismo, un producto de tu imaginación, la reacción que tiene tu minúsculo cerebro cuando le inyectas alcohol a tu cuerpo.
Mierda. Ya salió a relucir el lado irónico de mi adorable amiga. Tengo que poner remedio a esto, de inmediato. El pobre es el que nos ha conseguido los pases para poder venir esta noche, y ella lo trata así. Después hablaré con ella, pero ahora mismo tengo que solucionar esto.
—Perdona, Mario —me interpongo entre los dos y le digo acercándome a él—, estos días está hasta arriba de curro, y está insoportable.
—¿Qué dices? —Berta intenta quitarme de donde estoy, pero no la dejo—. No oigo lo que estáis hablando.
—No se lo tengas en cuenta, por favor —le suplico—, y muchas gracias por los pases.
Mario solo me sonríe, asiente y se va.
—¿Qué mierda le has dicho?
—Lo mejor para que no nos echen de aquí y siga invitándonos a fiestas como esta —le contesto más seria de lo habitual—. Por favor ¿sería mucho pedirte que te comportes el resto de la noche?
—Es que me jode que sea mi sombra, Carol, y lo sabes —me dice haciendo aspavientos con las manos—. Y si nos sigue invitando a fiestas como estas, siempre va a querer que se lo pague con sexo.
Tiene razón. Cuando termina la noche, Berta se tiene que escabullir si quiere liarse con otro tío que no sea Mario, y si no lo consigue, no tiene más remedio que complacerle. Aunque la mayoría de veces se terminando escaqueando.
—Bueno, ya hemos entrado aquí, estamos en la lista, y no hace falta que nos invite más —le guiño un ojo.
Es lo bueno que tienen estos locales. Una vez que has sido invitado a una de sus fiestas, y tu nombre queda registrado en la lista de asistentes, ya puedes entrar de por vida. A no ser que hagas algo chungo y te veten.
—Cierto, y por eso me deberías haber dejado portarme como una capulla con él —se cruza de brazos—, y así espantarlo de una vez por todas.
—Berta, siempre hay que tener amigos, hasta en el infierno, nunca mejor dicho —el enfado se le esfuma enseguida cuando hago ese chascarrillo, y empezamos a reírnos y a bailar.
Pero nuestro pequeño disfrute solo dura como unas tres o cuatro canciones.
—Perdonad por molestar —aparece Mario de la nada—, pero me temo que os reclaman.
—¿Cómo? —pregunto frunciendo el ceño.
Mario hace una señal hacia uno de los sofás de la zona VIP, y vemos a tres tíos enmascarados, perfectamente trajeados, y uno de ellos con una chica sentada en su regazo.
—Creo que te has confundido, Mario —le contesto acercándome a su oído para que me escuche bien—. Sabes que es la primera vez que venimos a este sitio, es imposible que nadie nos reclame aquí.
—Por desgracia para mí, no estoy confundido —me dice mirando de reojo a Berta—. Me han pedido que os acompañe hasta allí con ellos, a las dos.
Vuelvo a mirarlos, y entre sus máscaras y lo que la luz me deja observar, creo que están mirando hacia nosotras.
—¿Y tú qué eres? ¿El mensajero? ¿Su intermediario? —y llegamos al segundo acto del espectáculo de Berta.
—Tranquilízate —la cojo por los hombros y hago que me mire a los ojos—. Vamos a hacerle caso. Total ¿qué podemos perder?
Me vuelvo para mirar Mario y le hago un gesto con la mano para que comience a andar. Lo seguimos hasta la zona VIP donde hay un armario empotrado como seguridad que nos abre el cordón rojo para que podamos pasar.
—Me conformo con pasar esta noche con ese gorila —me susurra Berta refiriéndose al segurata.
La fulmino con la mirada, y no hace falta que le diga nada más para que se cierre la boca con una cremallera imaginaria.
Llegamos al sofá donde nos señaló Mario hace un momento, y me quedo mirando fija a uno de ellos.
Al del pelo negro que le brilla con algo que se ha echado.
Tiene a otro tío al lado, un rubio, pero no me llama tanto la atención.
Y hay un tercero, pero está con una chica sentada encima de él.
Es lo único que se les distingue un poco con esta luz, con esos trajes tan oscuros y con las máscaras.
—Aquí las tienen, señores —dice Mario señalándonos con la mano.
—Gracias —dice el rubio—. Ya puedes irte.
Mario asiente con la cabeza, se da media vuelta y se va.
No sin antes mirar con carita de cordero degollado a Berta.
La verdad es que me da un poco de pena. Por mucho que se quiera hacer el chulo y el interesante, sabemos que está colado de mi amiga hasta las trancas.
Pero a Berta no le gustan este tipo de tíos.
Mario es un pijo de pies a cabeza, y a ella le gustan con pinta de malotes.
Se lió con él porque estaba pasando por una mala racha en su vida, y la pilló con las defensas bajas.
Pero de normal, nunca se habría liado con él, por muy guapo que sea, y por muy bueno que esté, todo hay que reconocerlo.
Nos quedamos las dos allí, de pie como dos pasmarotes, esperando, hasta que el rubio se levanta, se coloca entre ambas y nos rodea por la cintura con las manos.
—A ti te ha pedido él —me susurra en el oído—. Yo me quedo con tu amiga.