36 #2
—Yo también empecé a quererte un poquito ese día —susurra con la voz quebrada—.
Aunque no como te he querido después. Entonces solo fue atracción, ese cosquilleo en el cuerpo, ese magnetismo que te prepara para sentir algo más con el tiempo.
Después, al conocerte, al tratarte, al pelear contigo, al descubrirte, ya no podía dejar de pensar en ti.
Has sido mi primer amor, Dorian. Nunca te olvidaré.
¿Por qué me suena a despedida? Escucharla me retuerce el corazón, como si lo estuviera punzando, estrujando, pellizcando. Esas palabras, ese «nunca te olvidaré»…
El aire se vuelve más denso entre nosotros.
—No permitiré que lo hagas —aseguro con un desespero en la voz que no quería transmitir—. A partir de ahora me voy a pasar la vida demostrándote cuánto te quiero. Porque me he equivocado muchas veces, Ash, pero siempre vuelvo a ti. Eso ha de significar algo.
—Ya vuelves a prometer imposibles… Antes deberías buscar tu equilibrio.
Pensar si estar co nmigo es lo que realmente quieres, si estás dispuesto a todo por conseguirlo, si no vas a volver a asustarte.
—Calla un segundo y gime al sentir cómo mi mano pasa de su mejilla a sus labios para acariciarlos con el dedo—.
Tienes demasiados demonios contra los que luchar antes de embarcarte en una relación de verdad.
—Eso no es cierto. —Me cabreo, porque algo en sus frases me llega muy dentro, despertando una vocecita oculta, una que quiere gritar en mi cerebro cuanta parte de realidad está enunciando Ashley. Pero me niego a aceptarlo, prefiero luchar por conseguirla.
—Sabes que lo es —afirma con convicción—.
A veces no basta con querer a alguien. Los dos nos merecemos una relación sana, sin peleas, sin rencores, sin oscuridad.
Y en ti sigue habiendo mucha, Dorian. Demasiada.
No has superado lo sucedido con tu padre, y en el fondo sigues queriendo demostrar lo mucho que vales, y si se te presenta la oportunidad, volverás a darme la puñalada por la espalda porque te aterra amar a alguien.
Cada una de esas palabras me golpea de forma más profunda, me asesta un puñetazo tras otro y me encara con la realidad.
Tiene razón. Llevo casi dos años oscilando entre mi amor por ella y mi odio al compromiso, al amor, a las relaciones, mezclado con mi necesidad de brillar ante mi viejo.
Pero estoy dispuesto a cambiar, a agarrarme a ella, a demostrarle lo que quiero.
—Podemos ir despacio —propongo—. Dame tiempo para recuperar tu confianza. Con hechos, comportándome como toca, otorgándote lo que necesitas. —Ahora me enfilo en la desesperación de nuevo—. Por favor, Ashley. Puedo cambiar, adaptarme a lo que tú mereces. Puedo, de verdad.
—Ojalá estuvieras preparado para eso. —No, no, no.
Tengo que convencerla de lo contrario, no puede dudar de mí, no ahora, no cuando la tengo abrazada, no cuando vuelvo a sentirla pegada a mí—.
Pero la gente no cambia de un día para otro.
A veces no lo logra en toda su vida. Y en tu caso, dudo que sea tan fácil.
—Yo lo conseguiré —aseguro con voz suplicante. Si sirviera de algo, me pondría de rodillas, incluso en posición de rezar—. Eso y cualquier cosa, porque tú lo vales y te quiero demasiado.
—Estoy segura de que ahora te lo crees, y a mí me encantaría creerlo también.
Pero no es lo que pasará. —Deslizo la mano hacia su cuello arrancándole un suave gemido.
No me detiene y eso me da alas para soñar, a pesar de sus palabras—.
Te fuiste a Nueva York con ella después de más de un año de tira y afloja entre nosotros y de pasar los meses más alucinantes de nuestra vida.
Estabas convencido de que podías olvidarme, pero una vez allí no tardaste ni un día en darte cuenta de que querías estar conmigo.
¿No lo ves? No era la primera vez que actuabas así.
Cuando estás a punto de darte del todo, te asustas y te vas, pero cuando te enfrentas a la pérdida, te agarras a mí de nuevo.
Es cíclico. Y volverá a pasar si no solucionas tus contradicciones internas.
—Nunca más me acojonaré ni te daré motivos para dudar de mí.
—Mi voz se tiñe de impotencia porque no puedo obviar la parte de verdad que contiene su discurso.
Y me astilla. Me rompe. Me hace añicos—.
Haré lo que sea, Ash. Si necesito un psicólogo, buscaré uno.
Si quieres atarme en corto, te daré una cuerda.
Si necesitas tenerme controlado las veinticuatro horas, me coseré a ti.
Créeme cuando te digo que tú vas a ser lo primero en mi lista para siempre.
—Ojalá pudiera.
—¡Claro que puedes! Me has dejado entrar en tu habitación, eso ha de significar algo.
Suspira.
Aguardo unos segundos, embriagado por su aroma natural, ese olor floral que suelta su pelo y el vainilla de su piel.
—Vamos a dormir. —Se mueve un poco para acomodarse—. Estoy cansada, hoy ha sido un día muy largo.
—Necesito saber que me darás otra oportunidad —ruego abrazándola más fuerte—. Por favor, Ash. No puedo imaginarme despertarme un día sin ti. Te quiero tanto…
Responde con un gemido.
Espero durante mucho rato a que vuelva a hablar para aceptarme.
Sé que está despierta, su respiración no es regular y está llorando, escucho sus lágrimas silenciosas.
Pero no vuelve a pronunciar palabra. Y no me atrevo a continuar tensando la cuerda ni a provocarla lo suficiente para que me eche del dormitorio. Por eso permanezco en silencio.
Cuando al final se calma y su respiración empieza a acompasarse, el sueño me mece con lentitud. Sentirla contra mí es un potente somnífero y acabo cerrando los ojos y dejándome vencer por Morfeo para soñar con ella.