Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 36
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DORIAN

Estamos solos en casa y no voy a parar hasta conseguir que me escuche.

La necesito como nunca he necesitado a nadie.

Esta vez no la dejaré escapar, nada me hará cambiar de opinión porque ya he catado lo que es estar sin ella, intentar no recordarla mientras poseía a otra, probar a olvidarla.

Y es imposible. Está incrustada en mi alma, tallada en ella.

Llamo a su puerta como cada noche, con esa sensación ansiosa arañándome la piel, los pulmones, el corazón.

—Ash —digo en voz alta, porque hoy no necesito susurrar—. Ábreme. Solo quiero dormir contigo, abrazarte. Por favor. Te quiero.

No escucho sus pasos como cada día, ni cómo se detiene frente a la puerta ni cómo solloza agarrada al móvil mientras la bombardeo con mis mensajes. Solo hay silencio al otro lado.

—¿Ash? —pregunto de nuevo, con un acceso de inquietud, sin entender este cambio en su rutina—. ¿Estás ahí?

La respuesta es la misma. Nada. Silencio total.

Se me encoge el corazón, respiro más rápido y apenas me sostengo.

¿Acaso se ha largado mientras estaba en la ducha para no estar a solas conmigo?

Sé que mi comportamiento es enfermizo, y hasta quizá contenga un alto grado de locura, pero la idea de tenerla al otro lado, de escuchar sus reacciones a mis intentos nocturnos de recuperarla, me da esperanzas. En cambio, este silencio es demoledor.

—Ash, contéstame —suplico con dolor—. Cariño, dime algo. Por favor.

Hoy he cortado toda relación con Sasha, he estado con ella estas semanas por obligación. Ha de significar algo para Ashley. Ha de entenderlo. Me equivoqué, pero no puede castigarme por eso para siempre. Ha de abrirme la puerta y su corazón. Ha de escucharme. Ha de darme otra oportunidad.

¡Joder! Siento que si no logro atravesar pronto sus defensas, la perderé para siempre, porque su cumpleaños se acerca, nuestro periodo para acogerla termina entonces y ella suele mencionar ese día como un punto de inflexión para marcharse y buscarse un trabajo para subsistir.

¿Y si lo hace? ¿Y si desaparece? ¿Y si me abandona sin más?

No puedo permitir que se vaya de mi lado, que se olvide de mí, que encuentre a alguien que ocupe mi lugar.

Solo imaginármela con otro se me congela la sangre.

Cuando estábamos juntos jugaba a idear un futuro en común, en Austin, aunque entonces solo era una fantasía, porque conocía la fecha exacta en la que lo nuestro terminaría, y ese final anunciado desvanecía la posibilidad de consumar mis fantasías.

Pero ahora quiero construir esa realidad porque, a pesar de mi gilipollez innata, lo he entendido: el amor es mucho más real de lo que pensaba.

Recuerdo algunas conversaciones acerca de compartir piso en Austin, cerca de mi universidad.

A ella no le gustaba demasiado hablar de ello, pero yo le ponía imaginación y ganas.

La describía trabajando mientras yo me labraba un futuro en el fútbol para convertirme en una de las estrellas de la universidad y acabar en los Cowboys de Dallas.

Antes de saber que acabaría alejándola, solía especular con la idea de compartir piso con ella, Juliette y Ralph, de mantenerla a mi lado, de seguir juntos para siempre.

Le di tantas opciones de a qué dedicarse… Es tan polifacética…, tan perfecta en tantas cosas… Si fuera una heroína de una película, nadie se creería que de verdad domina todos esos campos con tanta perfección.

¿Por qué no lo hice realidad? ¿Cómo fui capaz de irme con Sasha de esa forma?

Ya no busco ser mejor que ella, ni demostrar nada ni ganar medallas y superar récords.

Una vez herede esa fábrica tendré mucho más de lo que mi viejo ha poseído en la vida, será una perfecta manera de darle un zasca en toda la cara.

Eso y mi beca completa para la Universidad de Texas, con entrada en mi equipo soñado.

Lo va a reconcomer por dentro. La envidia le saldrá a borbotones por la boca en forma de torrente de insultos, y me dará igual porque yo sabré la razón de su rabia, de su intento de hundir mi autoestima.

Y no le voy a dar más cancha para herirme.

Porque al fin tengo algo por lo que luchar y de lo que sentirme orgulloso: mi amor por Ashley.

Llevaba desde niño esperando este momento, de poder mirar a mi padre con la convicción de que quiere lo que yo tengo, de demostrarle cuánto valgo, de no sentirme depreciado.

Pero no significa nada si no lo puedo compartir con ella, si la he perdido en el camino, si he sido tan idiota como para quedarme solo.

Quiero tenerla, cuidarla, serlo todo para ella.

Llevo semanas pensando en sus labios, en su cuerpo, en sus gemidos.

Estar con Sasha ha sido un suplicio, necesitaba recurrir a los recuerdos de Ashley para besarla, para conseguir una erección, para follármela sin sentirme sucio.

¿Cómo pude creerme capaz de superarla sin más?

Y mírame ahora, jodido de narices, suplicando detrás de una puerta, temblando como un niñato, con el corazón hecho trizas y rezando para que me abra.

Si esto no es un baño de realidad, ya me dirás qué es porque me importan una mierda mi viejo, las palizas, demostrarle mi valía, conseguir mi puesto en los Dallas Cowboys o cualquier otra chorrada si llego a la cima solo. Antes de nada va ella. Compartir mis ilusiones, mis logros, mis avances.

Espero unos segundos frente a la puerta de madera, atento a los sonidos de su dormitorio, con mis latidos cardíacos sonando a toda potencia en las sienes, anunciadores de mi grado de ansiedad. Escucho el latido inestable de mi corazón.

Bum, bum, bum, bum.

Va rápido, pulsa a una velocidad de vértigo, casi como si quisiera salirse del pecho y colapsar mi respiración ansiosa y precipitada.

Los oídos reproducen el bombeo inusual de sangre y palpitan amplificando el sonido, como si fuera un concierto de percusión a toda potencia.

Y me cuesta respirar sin soltar resuellos roncos de agitación.

Bajo la mano despacio hacia el picaporte, con una súplica latente en mi interior. «Por favor que esté abierta. Por favor que esté en la habitación. Por favor que pueda dormir con ella. Por favor que me perdone».

¿Cuándo he dejado atrás mi bravuconería de siempre? ¿Quién narices está usurpando mi cuerpo y mi cerebro? ¿Y mis sentimientos? ¿Dónde coño está el Dorian de antes? ¿Ese que estaba seguro de la inutilidad del amor?

Bum, bum, bum, bum.

Ha desaparecido esa parte de mí. Ahora no me acojona el amor, sino bajar el picaporte y ver si está cerrado o consigo entrar en ese cuarto para encontrarlo vacío o escuchar cómo Ashley me echa, negándome lo único que ansío.

Bum, bum, bum, bum.

Toco el pomo de metal alargado, sintiendo cómo el sudor de mis dedos se pega a él, a juego con mis jadeos ansiosos.

Esta noche ansío tanto que esa puerta esté abierta, que me permita entrar, que esté dentro, que por fin aprovechemos estos días de soledad en casa para arreglar lo nuestro y empezar un verano compartido, lleno de emociones, de instantes, de locura.

Aguanto la respiración y deslizo el picaporte hacia abajo, repitiendo mi ruego.

Bum, bum, bum, bum.

«Por favor que me dé otra oportunidad».

Cuando está abajo suelto una milésima parte del aire por la boca, pego mi otra mano a la madera y empujo con suavidad, escuchando un bombeo todavía más escandaloso de mi sangre en las sienes y en los oídos.

Cede. Se abre. Se desliza un poco hacia delante y acaba de abrirse cuando la ayudo con la mano.

Suelto todo el aire, reiniciando mi respiración, permitiéndoles a mis pulmones funcionar como toca, pero sin perder su ritmo desbocado.

La estancia está a oscuras y la cortina impide la entrada de la luz de la noche a través de la ventana.

Me quedo un instante quieto para acostumbrar mis ojos a la penumbra.

Solo se escuchan mis resuellos y los suyos.

Saber que está en su cama, respirando muy rápido, llena mis ojos de una humedad extraña.

Es culpa de la esperanza, esa maldita ingrata que solo quiere mostrar cómo es capaz de brillar en un momento como este.

El colchón vibra apenas. Está temblando.

Siento su mirada. Es como si me quemara, como si me llamara en la distancia.

No hablo mientras avanzo hasta ella y me meto en su cama para abrazarla, como solía hacer en nuestros meses de felicidad.

Está de lado, girada hacia la pared, dándome la espalda, con las piernas encogidas.

Sus labios permanecen sellados al sentir mi cuerpo acoplarse al de ella, en esa posición llamada «la cucharita», con mi torso desnudo apoyado en su espalda cubierta, y le paso un brazo por la cintura para notarla lo más unida a mí posible.

Siento cómo me envuelve su calor, su aroma, su presencia.

—Solo dormir —musita colocando una mano encima de la mía.

—Te quiero, Ash —susurro dándole un beso en el cuello—. No volveré a dudar de nosotros, te lo prometo.

Estoy en el puto cielo. Me da igual si quiere ir despacio, si no me da permiso para tocarla demasiado o para besarla como mis labios desean o si necesito pasarme la mañana bajo un chorro de agua fría ocupándome de mi tremenda erección.

Porque he logrado estar aquí con ella y le voy a dar el tiempo que le haga falta.

—No prometas lo que no puedes cumplir. —Su voz es condenadamente triste.

—Siempre has sido tú. —Le acaricio el vientre sobre la camiseta de su pijama—.

Desde el primer día en que te vi, cuando te quitaste la toalla para enfrentarte a mí.

Entonces no lo supe ver, pero en el fondo ya lo sabía.

Porque eras diferente a las otras chicas.

Me retaste en vez de tirarte encima de mí o de convertirte en otra persona solo para seducirme.

Me molestó tu actitud y a la vez me cautivó.

Noto cómo mis palabras la afectan. Con la mano libre le acaricio la mejilla para descubrir la humedad de sus lágrimas.