35 #3
Niego con una sacudida de cabeza y le pido por gestos que me deje espacio para recomponerme.
Si sigue tocándome, solo conseguirá que colapse.
Me siento sobre la tapa del retrete y él lo hace en el suelo, a pocos centímetros de mí.
Sus ojos son como dos imanes. Los miro con la sensación de perderme en ellos, de sentirlos, de que me ayudan a regresar.
Cinco minutos después, he vencido el ataque de ansiedad y soy capaz de levantarme para mojarme la cara y acabar de serenarme.
—¿Qué acaba de pasar? —Dorian se sitúa a mi espalda, tan cerca que inicia de nuevo mis resuellos—. Me has asustado.
—Demasiados días sin dormir —miento—. Esto es una mierda, Dorian. No sé por qué tuviste que destrozarme así. Te quería tanto…
—¿Querías? —Su voz se atraganta, como si el tiempo verbal que he usado lo hubiera dejado fuera de juego—.
¿Ya no me quieres? —Me pasa los brazos por la cintura para abrazarme y acercarse mucho a mí, disparando mi corazón hasta la estratosfera—.
No puedes decirme eso, Ash. Me sigues queriendo, tanto o más que yo a ti.
Cierro un segundo los ojos, deseando no sentirme tan traicionada ni tan decidida a erradicar la toxicidad de mi futuro.
Pero no puedo arriesgarme a que vuelva a conseguirme para abandonarme al poco tiempo, preso de sus inseguridades y sus miedos.
Cuando los abro, sé que no voy a mentirle en lo referente a mis sentimientos.
—Te quiero —admito—. Muchísimo. Pero no confío en ti ni quiero una relación con alguien como tú. Me merezco mucho más, Dorian.
Sus manos escalan por mi cintura, abrasándome. Siento su aliento en el oído, muy cerca.
—Voy a ganarme tu confianza —susurra—. Te lo prometo, Ash. Conseguiré que vuelvas a fiarte de mí y nunca más te fallaré. Porque te quiero. Eres lo más importante de mi vida.
Ojalá pudiera creerlo…
Me deposita un beso en el cuello, justo debajo de la oreja, se me eriza todo el vello del cuerpo.
Mis labios hormiguean suplicando un beso que no llega.
Sus labios se quedan a un suspiro de los míos antes de apartarse.
Si hubiera tardado un segundo más, habría sido yo quien cerrara la distancia.
Con mucha lentitud, deshace el abrazo, como si hubiera comprendido la necesidad de no presionarme, y regresamos a la cocina separados, manteniendo una distancia de seguridad, con el deseo no satisfecho planeando entre ambos.
En sus besos, en su cSutton está sentada a la mesa, con la mirada ausente, la cara pálida, lágrimas en los ojos y temblores en los labios.
—Está en fase terminal —explica—. No creen que dure más de unos días. Debo ir con ella, soy su única amiga. No tiene a nadie más.
Trago saliva. Podría decir ahora mismo la verdad. Podría romperlo todo. Pero me quedo callada. Y el silencio me pesa más que cualquier mentira.
Dorian se acerca a su madre y la abraza olvidándose de la tensión de los últimos días. Sabe que quiere a Melissa y necesita apoyarla en un momento así.
—Haz lo que debas, mamá. Lo entendemos.
—Solo os queda mañana para terminar el instituto —musita ella, todavía en shock, pero adoptando su rol de madre responsable—.
Ernesto se mudará con el abuelo y con tía Emily hasta que vuelva.
Vosotros tendréis que permanecer en casa, ¿podréis estar solos?
¿O le digo a Emily que se instale aquí? En casa del abuelo no cabe más gente…
Y como mínimo voy a estar una semana fuera, o quizá sea más tiempo.
No lo sé. Estad preparados porque cuando Melissa muera os enviaré un billete a Houston para asistir al entierro.
La palabra «muera» la pronuncia quebrada, llena de dolor.
—Nos apañaremos —afirmo—. Somos muy capaces de llevar la casa, no te preocupes.
Si ella no está, será más fácil ejecutar mi huida tras graduarme en el instituto.
Nos pasamos una hora arreglándolo todo. Compramos un billete para Sutton para esta misma noche, hablamos con el reverendo y con Emily para que vengan a recoger a Ernesto y lleven a Sutton al aeropuerto, anotamos en una lista todo lo necesario para sobrevivir los siguientes días sin supervisión adulta y escuchamos sus normas y las advertencias de que van a controlarnos al máximo.
Cuando, tres horas más tarde subo a mi habitación, estoy destrozada. A veces, cuando te pierdes y te encuentras, has de volver a perderte… Y ahora estoy tan extraviada…
Las palabras de Juliette acerca de Dorian cobran otra dimensión, se filtran en mis venas, me llenan de necesidad, de anhelo, de ideas locas. ¿De verdad me voy a ir sin estar con él una vez más? ¿Podré soportar no verlo nunca más? ¿Alejarme de él?
Unos minutos después, cuando ya estoy en la cama, escucho los golpes en la puerta, acompañados de su voz. Y me desgarro otra vez, con las lágrimas manando sin tregua de mis ojos y una indecisión demasiado dolorosa.
Me levanto. Camino hasta la puerta. Apoyo la frente en la madera mientras él vuelve a golpear, más suave esta vez. Mi mano roza el pomo.
Él susurra mi nombre al otro lado.
¿Debería abrir?