35 #2
Tengo un plan de huida y, a partir de este momento, me voy a concentrar en preparar el terreno para mi vuelta a casa y la entrada de Juliette en mi otra vida, la de verdad, esa que he dejado en suspenso durante demasiado tiempo.
Mañana vamos a ejecutar el primer movimiento y ya no habrá vuelta atrás.
Ashley McGregor será historia y Dorian se quedará en el pasado junto a ella.
Suspiro y recuerdo la maleta preparada en mi habitación, lo poco que voy a conservar de mi tiempo aquí. He dejado fuera una sola cosa. La pulsera que me regaló el primer verano. No he sido capaz de meterla dentro.
Mis pesquisas me han llevado a descubrir que Martha Meyer tenía constancia de la situación desde el principio, ya que la propia Melissa se lo había contado cuando pactaron el futuro de Sasha.
Pero callará, no le interesa desprestigiar a su familia ni dañar a su hija.
Sin embargo, Sasha es una bomba de relojería, y no puedo calibrar cómo acatará la detención de su padre, la pérdida de su estatus, del dinero, del poder.
De Dorian. A quien no se resigna a perder.
Meyer empezó a acosarlo cuando le diagnosticaron el cáncer a Melissa. Las fechas cuadran demasiado bien. Y, aunque tenía los documentos para chantajearlo llegado el momento, prefirió atarlo antes. Sasha fue su arma. Y ella no se opuso en ningún momento.
Una vez vestida bajo a la cocina a prepararme un sándwich mientras repaso algunos de los cabos sueltos que incrementan mi ansiedad.
Y regreso a Sutton, a mis sospechas, a la sensación de que conocía la historia de Melissa y decidió callar antes de descubrirla ante Dorian.
Su reticencia a que saliera con Sasha es de lo más sospechosa y crea indicios bastante certeros de su conocimiento del parentesco que los une, incluso de la existencia del testamento de Melissa.
Además, Emily entró a trabajar en la fábrica de papel desde su vuelta al pueblo dos años atrás, ocupando un puesto de mucha responsabilidad.
¿Y si lo consiguió gracias a la amistad entre Sutton y Melissa?
¿Y si la pusieron ahí con visos a prepararla para asumir la dirección de la empresa?
Hay demasiadas casualidades y yo no creo en ellas.
He investigado la amistad entre Sutton y Melissa, he retrocedido tanto en el tiempo que apenas he encontrado indicios digitalizados, pero no he hallado nada sospechoso, a pesar de haberme empleado a fondo.
Si Sutton de verdad lo sabe, lo ha guardado en secreto y jamás ha hecho una mención en un chat ni en un medio digital al que pueda acceder.
Sin embargo, y a pesar de la insistencia de Dorian, no se lo hemos preguntado ni la hemos encarado para conocer su verdadera implicación.
Es importante mantener la información oculta en nuestro círculo para evitar cualquier recelo por parte de los hombres de Meyer.
Tampoco podemos arriesgarnos a confiar en cómo reaccionará Sutton si la acorralamos.
En cuanto a Melissa…
Con ella tengo sentimientos encontrados. No me explico cómo una madre puede deshacerse de su hija con esa facilidad, cómo puede estar a las puertas de la muerte y no despedirse de ella, redimirse, encontrar la forma de reconciliarse con la persona a la que trajo al mundo.
No la ha llamado en ningún momento, ni la ha mandado avisar ni ha dado muestras de querer acercarse a ella, ni siquiera tras entrar en la recta final de su enfermedad.
¿Qué clase de persona es tan insensible? ¿Y cómo puede Sutton ser amiga de alguien con esos pocos valores familiares?
No puedo mirar a Melissa con buenos ojos porque Sasha se merece conocer la verdad acerca de su nacimiento y tener la potestad de decidir si quiere despedirse de su madre biológica antes de que sea demasiado tarde.
Llego a casa a la hora de la cena, con los nervios a flor de piel, sintiéndome inquieta por mis próximos pasos, por desaparecer y por alejarme de Dorian, de la familia, de la serenidad de morar en un lugar tan perfecto, de casi dos años siendo yo misma.
Me duele más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Sutton y Dorian están en la cocina poniendo la mesa en la barra, como cada noche.
Entre ellos las cosas siguen muy tensas, sobre todo por las constantes discusiones acerca de Sasha, pero intentan reconducirlo lo mejor posible, y más ahora, con la ruptura de la relación que tanto los ha separado.
Espero que puedan reconducir la situación y volver a ser una familia unida.
Los quiero tanto que necesito verlos felices. Aunque no sea conmigo.
Escucho con claridad el crujido de mi corazón al despedazarse porque no puedo imaginar despertarme sin Dorian cerca, sin verlo a diario, sin desearlo en la distancia.
Quizá si algún día logra estabilizar su vida y centrarse, será capaz de no convertir sus noviazgos en algo plagado de toxicidad, tanto para su pareja como para él.
Y puede que entonces sea el momento de volver a su lado.
Me pregunto de nuevo si no debería permitirle entrar esta noche en mi habitación para despedirme como clama mi cuerpo, para no irme de aquí con el enfado como último recuerdo.
Para saciar mi deseo de hacerle el amor una y mil veces.
Juliette me insta a ello. Entiende mi decisión de desaparecer, pero también cree necesario envolverme en una efímera felicidad antes de cambiar mi destino para siempre.
¿Y si tiene razón? ¿Y si vale la pena una última noche? ¿Y si cedo?
Saludo y subo un segundo a mi habitación a asearme para la cena. También a prepararme mentalmente para verlo y compartir mi aire con él.
Me cuesta tanto pensar en el adiós…
Es como si me clavaran otro puñal en el corazón. Pero he de asumir la realidad, porque cuando me vaya, nuestros caminos no pueden volver a cruzarse.
El móvil vibra. Es otro de sus mensajes: «Sasha ya no está conmigo.
Por favor, Ash, déjame demostrarte cuánto te quiero.
Necesito recuperarte, muero sin ti». Estas pocas palabras consiguen desatar mis lágrimas.
Mis ojos parecen beber de un manantial secreto capaz de incitarlos a provocar un llanto insano.
Entro en la cocina unos minutos después, tras haberme calmado, puesto colirio para borrar la rojez, eliminar los rastros del dolor en mi rostro y hablarle unos segundos al póster de mi padre.
El amor es realmente una mierda. Aunque a veces sale bien. Como les pasó a mis padres, a Garrett y Simon, a mis abuelos, a Juliette y Ralph…
¿Alguna vez tendré su suerte? ¿Podré amar y ser amada?
Solo necesito encontrar a un chico que me trate bien tras neutralizar las amenazas de Albert y saberlo a salvo.
Aunque mi mente insiste en dibujar a Dorian como el único hombre de mi vida.
Y me hago pedazos otra vez porque estoy a punto de abandonarlo.
Durante las comidas familiares suele comportarse bien conmigo.
No quiere desatar una guerra en medio de la cocina, ni con su hermano o su madre delante ni en casa del reverendo, y menos con la tensión reinante entre Sutton y él.
Eso me concede la tregua necesaria para no pasarlo fatal en esos únicos momentos compartidos de forma voluntaria.
Solo se acerca con disimulo cuando la situación es propicia, incluso busca el contacto físico en forma de roces y de caricias encubiertas.
Soy una adicta a esos descuidos. Son como pequeños oasis en medio de mi sedienta travesía por el desierto de la desesperanza.
Por eso siempre hago ver que no me percato de sus movimientos y reprimo las reacciones de mi cuerpo, permitiéndome tenerlo aunque solo sea así, sabiendo que no puede haber nada más entre los dos.
El teléfono de Sutton suena a media cena, mientras Ernesto está relatando una anécdota interesante acerca de uno de sus juegos en línea con varios amigos.
—Es un número de Houston —anuncia mirando la pantalla—. ¡Oh, Dios! ¡Melissa!
Mi pulso se dispara. Sé lo que significa eso, y por la cara de Dorian, él también lo intuye. De repente cae sobre mí la realidad. Es como si el mundo se me hubiera desplomado encima y me oprimiera los pulmones.
Mi mirada se queda en Dorian. ¿Y si paso estos dos días con él?
¿Y si le abro la puerta esta noche y la siguiente?
¿Y si me permito ser feliz durante un breve paréntesis?
Una vez desaparezca de Alabama, ya no lo veré a diario, ni podré fingir que no noto sus roces, ni sentarme detrás de la puerta cuando él la intenta abrir por las noches suplicándome perdón.
Ya no habrá más mensajes en un móvil que va a quedarse en esta casa. Porque Dorian ya no estará. Seguirá adelante, conocerá a otras chicas, se olvidará de mí. Y sí, es lo mejor. Yo también puedo encontrar a otro hombre más capacitado para quererme como merezco.
¿Por qué me parece un imposible? ¿Por qué me destroza imaginarlo amando a otra?
No quiero irme.
Me cuesta respirar. Llevo mal las pérdidas, ha habido demasiadas a lo largo de mi existencia. Y no ha hecho falta Albert para quitarme a Dorian, ha sido mi absurda manera de enamorarme de él, su carácter, sus traumas…
¡Qué idiota he sido! ¡Dios!
Me voy a ir de verdad, volveré a ser Madison, lo abandonaré, tendré que lidiar con las ofensivas de mi tío y sus secuaces, dirigir el holding, los Dallas Cowboys, la casa… Y será sin Dorian.
Allí no habrá treguas. Ni bosque. Ni refugio.
Inspiro con fuerza porque conozco los síntomas de un ataque de ansiedad. Cuando me dispararon pasé una época con crisis frecuentes.
«Respira, Madison», me digo. «Despacio, respira, no dejes que te domine».
Dorian me pasa el brazo por los hombros al comprobar mi estado y me lleva al baño de abajo.
—¿Estás bien?
Asiento con la cabeza y me concentro en inspirar y exhalar, en superar mi pánico, en volver a recuperar el control. En el peso firme de su brazo. En el ritmo de su respiración…
—¿Qué te pasa? —insiste—. Nunca te había visto así.