35
ASHLEY
Levanto la vista de la pantalla un segundo para frotarme los ojos. Llevo muchas horas frente al ordenador, trabajando a contrarreloj para meter al alcalde Meyer entre rejas y demostrar su intento de extorsión a los Stone.
Sonrío al teclear el último comando. A pesar del cansancio, de los días sin dormir y del esfuerzo titánico, por fin lo tenemos donde queríamos y ni de coña le permitiré escapar, como es su intención.
Los últimos diecinueve días han resultado un reto constante, una batalla intensa contra el vendaval que azota mi corazón y una auténtica locura, porque no es fácil destruir a una persona como Tyler Meyer sin despertar sospechas y, mucho menos, minimizando los daños colaterales.
Pero, si algo he aprendido durante años de trabajo constante para ser la mejor, es que la perseverancia logra despejar las nubes en los momentos más oscuros. Y la mía brilla en cualquier lugar.
—¡Lo tengo! —Alzo los brazos en un gesto triunfal—. La policía no tardará ni un segundo en llegar a él.
Juliette me abraza con un grito de júbilo, Ralph da un golpe a la mesa, acompañado de un «sí» eufórico y Dorian se acerca a mí en cuatro pasos y me aprieta el hombro. Estas últimas veinticuatro horas han sido muy tensas, pero todo ha acabado bien.
—¡El muy cabrón! —masculla—. ¡Joder, Ash!
¡Eres la hostia! —Suspira, con fuerza y lanza un puñetazo al aire, con emoción—.
Has conseguido retenerlo en el aeropuerto colapsándolo todo.
—Señala la pantalla—. Odio a ese capullo, quería destruir a mi familia a cambio de las elecciones a gobernador del estado.
—Si no lo veo, no lo creo —secunda Ralph—. Tiene razón, has estado increíble, Ash. ¿Cómo has logrado petar la seguridad del aeropuerto en tan poco tiempo?
Mis labios tiran hacia arriba para mostrar mi satisfacción ante sus alabanzas y mis hazañas. Ha sido complicado llegar hasta aquí, pero ha valido la pena no moverme de esta silla hasta obtener los resultados esperados.
Me fijo en el monitor, donde vemos a un Tyler Meyer a punto de perder los nervios frente a una puerta de embarque bloqueada por un fallo informático global en el aeropuerto, junto a su mujer y a su hija, que lo siguen a corta distancia.
Su expresión es una clara máscara de desesperación; sabe que le ha fallado el plan de huida y acabará arrestado. Y no le quedan opciones.
—No podía dejarlo escapar —susurro.
Dorian está a pocos centímetros de mí, casi rozándome.
Su olor y su calor me embotan los sentidos, bastante sensibles por la falta de sueño.
Me clavo las uñas en las palmas para obligarme a rebajar mis emociones.
Suspiro y continúo hablando con aceleración, en busca de una distracción para conservar mi coraza intacta.
—No cuando habíamos conseguido mandar las evidencias al FBI y a un grupo de medios de comunicación elegidos para regalarles la primicia. Y menos tras ver cómo el juez emitía una orden de arresto a su nombre.
Exhalo con fuerza, entrelazo los dedos y estiro los brazos sobre la cabeza para deshacerme de la rigidez.
También roto las cervicales. Me ha costado casi dieciocho días reunir un dossier suficientemente jugoso para acelerar la investigación federal, uno cargado de pruebas incriminatorias de la implicación de Meyer en un montón de tramas delictivas y en la construcción de pruebas falsas contra nuestra familia, Dorian. Ahora ya no hay escapatoria para él.
Una de mis bazas más importantes para conseguirlo fue encontrar un servidor muy bien protegido donde el alcalde guardaba toda la información referente a sus delitos —me alucina la estupidez de la gente, ¿por qué lo guardó en vez de destruirla?
O, ya que estamos, siempre quedan medios analógicos u ordenadores no conectados a la red para protegerse—.
Había e-mails, mensajes y transacciones con el informático al que pagó para ayudarlo en sus múltiples transgresiones de la ley.
Petar la seguridad de la carpeta de archivos fue un reto, pero todos y cada uno de los segundos dedicados a ello son valiosos, porque ha sido la clave para llegar a este punto.
—¡Mira! —Juls me suelta para fijar su atención en las imágenes del aeropuerto—. Ese poli cachas le ha puesto las esposas ante su indignación. ¡Ya está! —Da un par de saltitos y aplaude—. ¡Se va a pudrir en la cárcel!
He pinchado las cámaras para ver en directo la detención. Martha Meyer lo observa desde un segundo plano, no parece demasiado afectada. En cambio, Sasha grita, llora y muestra su vena dramática. Carecemos de sonido, pero nos hacemos una idea de las palabras pronunciadas por los Meyer y los agentes.
Tardan apenas unos minutos en llevárselo hacia la salida escoltado mientras su mujer y su hija los siguen a corta distancia.
La pantalla se llena de flashes y uniformes, pero el ruido se me apaga por dentro. Durante un segundo no siento euforia, ni alivio. Solo un cansancio denso, como si al caer él también se hubiera derrumbado algo en mí.
—¡Joder! —blasfema Ralph entre un suspiro de satisfacción—. Ya podemos respirar tranquilos. —Abraza a Juliette y mira la hora en el móvil—. La una y cuarto… ¿Vamos a tomar una hamburguesa y a celebrarlo? Tengo un hambre canina. ¡Nos hemos saltado el almuerzo!
—Venga —secunda mi amiga—. Después, incluso podríamos pasarnos por el depósito de agua con unas cuantas cervezas.
El teléfono de Dorian anuncia una llamada. Su cara se contrae con furia al consultar el remitente. Descuelga con rabia y lo pone en altavoz para compartir con nosotros la conversación. Sus pupilas llameantes se quedan asidas a las mías y no tengo la fuerza para despegarlas.
—¿Cariño? —pregunta Sasha en un tono bastante agudo—. Ha pasado algo horrible. Han arrestado a mi padre. —Solloza—. ¿Puedes venir a comisaría? Te necesito.
—No —responde él en un tono seco.
—¿No? —Su novia parece desconcertada—. ¿Qué significa ese no?
—Que se acabó —sentencia él con los ojos puestos en mí—.
Lo nuestro, tu chantaje, estar con alguien que me repugna.
—Se aproxima demasiado a mí. Tiemblo. Sasha gime al otro lado de la línea—.
¿Lo sabías? ¿Por eso me perseguiste y me jodiste la vida?
—Tensa la mandíbula. Está tan cerca que percibo su aroma, su calor, su aliento—.
Solo querías la herencia. ¿Cómo se puede ser tan cabrona, Sasha?
—No sé de qué hablas. —Suena cero convincente—. Yo te quiero…
—¡Y una mierda! —Sigue mirándome con intensidad, y yo desvío mis ojos porque si me quedo en los de él, me derrumbaré—.
Has jugado conmigo, me has troleado y has intentado destruir todo cuanto me importa solo para proteger a tu papaíto y tu estatus de mierda.
¿También sabes quién es tu madre biológica?
¿O el muy cabrón te ha utilizado sin decirte la verdad?
—¿Mi… madre… biológica? —pregunta entre gemidos—. ¿Qué insinúas? —La rabia se filtra en su voz—. ¿Se te va la olla?
—Adiós, Sasha —suelta él sin deseos de seguir con la conversación—. Hasta nunca.
El silencio se apodera del lugar.
Durante un segundo imagino que todo podría empezar de nuevo. Que basta con ese adiós. Y me odio por pensarlo.
Dorian ha permanecido atado a Sasha por el bien de su familia y de nuestro plan durante casi tres semanas, y ha sido duro para él, pero no por eso me ha dolido menos ni me ha evitado imaginármelos juntos, con unas imágenes devastadoras de él explorando su cuerpo, gimiendo al introducirse en ella, besándola, perdiéndose en ella en vez de en mí.
Él solito se metió en la boca del lobo cuando aceptó el maldito trato y no voy a olvidarlo, ni a redimirlo ni a permitirle volver a mi lado.
Aunque he deseado ser Sasha cada perverso segundo; a pesar de mi batalla por erradicar mis sentimientos.
Y, como no mandamos en ellos, pero sí en nuestras acciones, estoy decidida a no flaquear en mi intención de alejarme de él.
Impido que sus dedos me acaricien la mejilla. Él contrae el gesto con dolor.
—Lucharé por ti hasta la muerte, Ash —susurra en mi oído—. Te quiero. Siempre te querré.
Me estremezco.
—Yo casi prefiero comer aquí. —Me levanto y le doy la espalda enseguida, temblando de ansiedad, deseo, necesidad—. Estoy reventada, me irá bien una ducha y dormir un poco.
—Me quedo contigo —anuncia Dorian.
—No. —Niego con la cabeza—. Necesito descansar.
Se coloca a poco menos de diez centímetros de mi cuerpo, levanta el brazo y roza mi mejilla con un dedo. Mi nivel de avidez alcanza la estratosfera. Rehúyo sus ojos, me aparto, no cedo a los impulsos de lanzarme a sus brazos. Si algo tengo claro, es mi decisión de no volver con él.
—Ash, por favor —suplica con dolor—. Por favor.
—No. —Me giro y empiezo a caminar hacia la puerta para desaparecer rumbo a mi habitación—. No puedo volver a confiar en ti.
Escucho su marcha sentada en la cama, con la cara escondida entre mis manos y las lágrimas asomando en mis ojos. Es mejor así.
Me encamino al baño para meterme bajo la ducha.
Estos últimos días me he dedicado a vaciar de posibles fotos mías los dispositivos de todos los habitantes de Elberta, incluidos los de los Stone.
Anoche Juls se ocupó de quitar del tablero del circuito las instantáneas donde se me veía de refilón alcanzando algunos pódiums y he erradicado cualquier posible amenaza que pueda traer a Albert hasta aquí.
Estoy preparando mi marcha antes de tiempo, en dos días, tras el decimoctavo cumpleaños de Juliette. Una vez los medios se hagan eco de lo sucedido, habrá un acoso de los periodistas a la familia Stone y quedarme aquí no es una opción.
Tampoco soporto estar cerca de Dorian.
Lo mejor es desaparecer. Dedicaré el tiempo extra a prepararme para volver a ser Madison, a curar mis heridas emocionales, a recomponer mi corazón y llenarme de energía vital. Mi tío y mis primos no han estado quietos estos dos años. Estoy segura.