34 #2
—Solo tengo dos sillas, por eso os habéis subido las vuestras —se disculpa Ash sentándose en una de ellas—.
Cuando Juliette empezó a pasar horas aquí conmigo, le compré una, pero no contaba con más visitantes.
—Se recoge el pelo en un moño mal hecho con una goma, enciende los monitores con un ratón que hay sobre la mesa y teclea algo con inquietud en el único teclado del lugar, como si estuviera sobrepasada—. Tomad asiento, por favor.
Las pantallas cobran vida mostrando fondos verdes y un sinfín de códigos indescifrables al ritmo de sus dedos.
—¿Qué coño es todo esto, Ash? —pregunto conociendo de sobra la respuesta, pero incapaz de mantenerme en silencio.
—Mi cueva —susurra sin dejar de mover los dedos—. Mi equipo. Mi todo.
La realidad de la situación me explota en la cara. Es como si un par de muros de contención de emociones se acabaran de volatilizar para permitirles salir en tromba e invadirme sin piedad. Una cólera irracional me atrapa, me enloquece, me insta a respirar más rápido de lo normal.
—¡Esto es la hostia! —No soy capaz de sentarme, camino en círculos, con pasos rápidos, largos, ansiosos, mientras nuestros amigos se sientan en silencio, dándome espacio para alcanzar la cima de mi arrebato—.
¡Joder! ¡Tienes una puta cueva en la casa, llena de una tecnología cara que te mueres!
¡Cobras por petar la seguridad de los demás!
¡Me has estado ocultando muchas cosas! ¿Y luego te cabreas conmigo por lo de Sasha? ¡Eres una jodida hipócrita!
—¿En serio estás comparándolo? —Ella también se levanta y estalla como una bomba nuclear—.
¡Te he ocultado cosas! ¡Vale! ¡Joder! ¡Lo he hecho!
—Se acerca mucho a mí, tanto que se queda solo a unos milímetros y puedo sentir la furia borbotear en su cuerpo—.
¡Pero tú te has follado a otra después de fingir que me querías!
¡Te la has tirado, Dorian! ¡Y no una vez!
—Apuñala mi pecho con un índice, con rabia—.
¡Sales con ella después de dejarme como un cobarde!
¡Con una puta nota en la puerta! Eso no es una simple ocultación de datos, es una bala directa al corazón.
—¿Sabes a quién veo mientras entro en ella?
—Intento abrazarla, pero se separa de mí, resollando al mismo ritmo que yo—.
¡Joder, Ash! ¡Solo puedo pensar en ti! Te has metido en mi jodida piel y no tengo ni idea de cómo quitarte de ahí.
No es a Sasha a quien me follo, ni a quien beso ni a quien toco. ¡Es a ti! ¡Solo a ti!
—¡Pues menuda forma de demostrarlo! Porque me dejaste por ella.
—Se derrumba—. Me traicionaste. Te fuiste sin dar ninguna explicación, como si quisieras destrozarme, vengarte de mí por algo que todavía no entiendo.
—Da un par de pasos atrás y se tapa la cara con las manos—.
Y lo conseguiste. ¡Lo hiciste! Me has roto y no sé si voy a poder reconstruirme alguna vez.
—¡Lo siento! —Los gritos suben de volumen—.
¡Perdóname! Haré lo que sea, Ash. ¡Lo que sea para volver a estar contigo!
—Necesito abrazarla, pero ella no me deja y eso me hunde en la miseria.
Su cuerpo rechaza mi acercamiento con un gesto tenso, como a la defensiva, y me doy cuenta de que quizá la he perdido de verdad—. Por favor, créeme.
—No puedo. —Se aparta de mí con las lágrimas surcando caminos en sus mejillas encendidas por la fiereza de su dolor y de su rabia—. Si fuera al revés, ¿podrías olvidarlo? ¿Serías capaz de volver a confiar en mí? ¿De darme otra oportunidad?
Y entonces es como si se encendiera una luz en mi cerebro, una capaz de precipitarme en barrena emocional, porque lo entiendo. Me pongo en su lugar y sé que yo jamás la absolvería. Que mis actos condenan para siempre mis deseos.
No digo nada más. Me limito a caminar hacia las sillas, desplegar una y sentarme al lado de mis amigos, esperando a que Ashley se serene lo suficiente para explicarnos por qué nos ha traído aquí.
Una hora después estoy en shock . No puedo digerir la información que ha llenado los monitores, acompañando la voz de Ashley, ni masticarla siquiera.
Mi tía Melissa va a legarme media fábrica. Meyer quiere arrebatármela. Ha elaborado pruebas para hundir a mi familia. Y lo peor es que encaja. Demasiadas piezas encajan.
Mi padre… ¿lo mandó él a la cárcel?
Ernesto también heredará. Sasha quizá no ha sido nunca «Sasha», sino una jugada. Una trampa.
Siento la garganta cerrarse mientras miro los documentos otra vez, como si fueran a cambiar si parpadeo. Emily… Mi tía Emily trabaja para un hombre que quizá ni siquiera es el dueño real de esa fábrica. ¿Lo sabe?
Sigo disparando preguntas en mi mente mientras repaso una vez más el plan de Ashley para recuperar mi libertad y neutralizar a los Meyer.
Estoy sentado frente a esas pantallas repletas de revelaciones y no puedo mirarlas sin sentirme a punto de gritar y mandarlo todo a la mierda.
Es como si toda mi vida se desdibujara de repente y ahora se sustentara en otras verdades.
He visto poco a Melissa en mi vida. Un par de videollamadas al año, conversaciones breves donde su enfermedad parecía algo lejano, casi manejable.
Vive en Houston, en una mansión, se pasó años viajando por medio mundo hasta que el cáncer la obligó a parar.
Mi madre es quien mantiene el contacto real, quien la visita un par de veces al año, quien la acompaña en lo importante.
Yo apenas sé nada de su relación con Meyer, ni de Sasha, ni de por qué ha decidido dejárnoslo todo a Ernesto y a mí.
¿Lo sabrá mi madre? Tendría sentido. No quiere que me acerque a Sasha y está tan de culo con nuestra relación que solo puede tener una explicación: sabe que es mi prima. ¡Joder! ¡Me he follado a mi prima! Debe ser como mínimo un pecado, ¿no?
El estómago se me revuelve. Recuerdo su boca, sus manos, su piel, y la palabra «prima» lo contamina todo. Se suma al asco de mí mismo por haberme dejado atrapar por ella. Por haber sido un imbécil.
Me levanto y empiezo a caminar por el escaso espacio.
Todo esto me viene muy grande. No sé cómo lo voy a gestionar, ni cómo seré capaz de seguir tirándomela ni cómo voy a salir de esta cuando lo único que quiero es a Ashley, tenerla, conseguir que sea ella la que se meta en mi cama cada noche y no Sasha. Me doy cuenta de hasta qué punto la he cagado.
Tengo arcadas.
—Dorian, ¿estás bien? —pregunta Ralph.
—Ser el dueño de la fábrica implica una responsabilidad enorme —digo.
Mi cabeza necesita aferrarse a algo práctico, a algo que no sea este caos—.
Es una herencia chunga, tío. —No puedo mirar a Ash sin venirme abajo, así que me concentro en mi amigo—.
Mi tía la consiguió engañando y no debería ser mía.
Ni de Ernesto. Pero, según todos esos papeles, lo va a ser.
Mi cabeza necesita agarrarse a algo que no sea esta mierda.
Podría convertirse en una fuente de ingresos perfecta para planear mi futuro con Ashley, porque le podré dar todo cuanto desee.
Ashley…
La observo un segundo. Está quieta, mirando la pantalla, con una expresión de dolor que me parte el alma.
—Reuniré todas las pruebas y quitaré cualquier evidencia de la implicación de tu familia con esa cuenta de las Bahamas, Dorian —afirma Ashley sin girarse ni un segundo—. Solo necesitaré que me cubráis en el instituto y con Sutton porque pasaré aquí la mayor parte de las horas.
—¿Y si tiene documentos en papel? —pregunta Ralph—. Si Emily ha firmado algo…
—Todo eso quedará anulado si demuestro que ha sido obra de Meyer —insiste Ashley.
Habla con un tono tan profesional… Y, joder, no puedo sentirme más miserable—.
El FBI no es tonto, ni los medios. Una vez tengan el material que he reunido no tendrán dudas acerca de la inocencia de Emily.
Y encontraré más, estoy segura. Solo llevo unas horas con esto y ya veis lo que tengo…
Además, el muy idiota ha basado todo su plan en los movimientos de esa cuenta, y la voy a registrar a su nombre.
—¿Cuánto tiempo crees que necesitas? —pregunta Juls.
—Es difícil de calcular. —Sopla para apartarse un mechón de la cara y empieza a teclear—. Hay bastante trabajo por hacer. Y debo ser sigilosa en la red. No puedo precipitarme o nos olerán a distancia.
Durante unos minutos mis amigos lanzan ideas y contingencias. Hasta que Ashley pronuncia mi sentencia.
—Has de continuar con ella hasta el final. —No ha levantado la vista de la pantalla, ni siquiera ha dejado de escribir la mierda de código que se lee en ella.
Sus palabras son un golpe seco en el estómago. Me dejan sin aire.
—No. —Camino hasta ella, me arrodillo y le doy la vuelta a la silla para obligarla a mirarme, pero ella cierra los ojos. Se le escapan lágrimas que limpio con las yemas temblorosas de mis dedos—. Ash, por favor, no me obligues. Te quiero solo a ti. Perdóname, por favor.
Cuando al fin me mira, su dolor es tan desgarrador que soy yo quien empieza a llorar en silencio.
—Hay cosas imperdonables, Dorian —dice—. Si quieres salvar a tu familia has de interpretar tu papel hasta el final. Tú decides.
—No. —Aprieto los puños con la necesidad de estamparlos contra lo que sea.
Y subo el tono de voz—. ¡No, joder! ¿No lo ves?
¿No te das puta cuenta de lo que me pides?
Esa cabrona me la ha jugado. ¡Nos separó!
—La agarro de la camiseta para acercarla a mí.
Ella solloza y su llanto se descontrola—.
Quiero estar contigo, Ash. Te quiero, joder. Te quiero demasiado para perderte.
Se zafa de mis manos con un movimiento rápido. Se levanta de la silla y camina hacia las escaleras.
—Ella no fue quien decidió —susurra bajando—. Fuiste tú, Dorian. Y ahora no hay nada capaz de redimirte.
—Ash, por favor.
Intento seguirla, pero Ralph y Juliette se interponen en mi camino.
—Déjala en paz, tío. —Mi amigo no da su brazo a torcer y no tardo ni dos segundos en escuchar el motor de Stan alejándose—. Céntrate en mantener a tu «novia» ocupada y aléjate de Ashley.
—La fastidiaste —añade Juls—. La has perdido por ser un imbécil. Ahora haz lo correcto.
Cuando regreso a casa a la hora de comer, apenas puedo sostenerme en pie.
Me encierro en mi habitación fingiendo estar indispuesto porque necesito un tiempo a solas para digerirlo.
¿Cómo he podido joderla tanto? Escucho el rumor lejano de la conversación en la cocina, la voz de Ash, la de mi madre, la de Ernesto.
No puedo perderla, no puedo.