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DORIAN
Aparco frente al garaje de la casa del bosque con los recuerdos aguijoneándome el corazón.
No he vuelto desde que la dejé marchar y ahora regreso con la convicción de luchar a muerte para recuperarla.
Porque este lugar es donde más horas dimos rienda suelta a nuestro amor, a nuestra pasión, a un sexo alucinante.
Que me haya citado aquí un día después de nuestra pequeña charla es una buena señal, ¿verdad? Quiere perdonarme, escucharme, estar conmigo, aunque sea de escondidas otra vez y con Sasha todavía presente entre nosotros.
No sale a recibirme como de costumbre, aparece Ralph con cara de circunstancias, como si estuviera alterado.
—¿Qué haces aquí? —pregunto sin entender demasiado bien su presencia porque eso invalida de repente mis esperanzas y me golpea en el estómago.
—También me han llamado a mí. —Niega con la cabeza—.
No sé, tío. Estoy preocupado. Quizá el capullo de Reese le ha hecho algo a Juliette y por eso nos han hecho venir.
—Esa posibilidad desmonta de forma catastrófica mis expectativas, pero también me pone alerta.
Porque mi amiga me contó lo de sus malos tratos y las amenazas de Ralph a Reese para mantenerla a salvo, pero su hermano está mejor, ha empezado terapia desde que conoció a su nueva novia y ha dejado de beber—.
O algo peor. Están muy raras, no quieren contarme nada hasta que llegues, y parecen tan tensas…
Me siento mezquino por estar decepcionado. Pero estoy tan desesperado por conseguir a Ashley de nuevo que no acabo de procesar las palabras de mi amigo, ni las connotaciones de esta extraña reunión ni lo que puedo esperar de ella.
Esta madrugada, a las cuatro en punto, cuando he recibido su mensaje, me he levantado para ir a su habitación y meterme en su cama, pero no había nadie allí. Solo tenía sus palabras en el móvil: «ven a las nueve de la mañana a la casa del bosque».
Al bajar a desayunar, mi madre me ha asegurado que Ashley se había quedado a dormir en casa de Juliette, pero yo sabía dónde estaba en realidad, dónde me esperaba.
Ha sido difícil aguantar mi inquietud mientras tragaba la comida y un café para bajarla.
Mi madre lleva desde mi cumpleaños enfadada conmigo.
Aprobaba mi relación con Ashley, incluso llegó a decirme lo feliz que la hacía verme tan diferente a su lado.
Fue durante nuestros idílicos meses juntos.
Y, cuando la dejé, tuvimos una desagradable discusión donde me recriminó mis actos y me gritó su desprecio por Sasha.
Tenía razón.
Quizá por eso me puse a la defensiva y llevamos desde entonces pelándonos a todas horas. Ambos sabemos que he perdido lo mejor de mi vida.
Inspiro y suelto el aire mirando a mi amigo, con una sensación nociva en el cuerpo, sintiéndome caer de nuevo en el abismo de la desesperanza. Si no me ha llamado para recuperarme…
—Vamos. —Entro en la casa con paso firme, dispuesto a averiguarlo de una vez por todas—. Cuanto antes las escuchemos, mejor.
No hay nadie en el recibidor, ni oigo ruido en la cocina ni música, ni ninguno de los sonidos habituales del lugar.
A Ashley le gusta tararear en voz alta y desafinada, reír mientras se mueve al son de las canciones cuando está feliz.
Echo de menos sus carcajadas, esa expresión despreocupada, sus ojos chispeantes…
Sigo a Ralph hasta el salón, donde las encuentro a las dos sentadas en el sofá en absoluto silencio. Hay una tensión palpable en sus posturas rígidas y ansiosas. Se me ponen los pelos de punta, como si estuviera a punto de escuchar algo difícil de digerir .
Mi mirada se pierde un instante en ella.
El dolor vuelve a invadirme y a borrar todo lo demás.
En este momento me da igual cualquier problema ajeno a mis ansias de besarla, de tocarla, de arrodillarme para suplicarle que vuelva a mi lado.
Porque la necesito. Y sé que la he cagado, pero no tanto como para no encontrar la forma de arreglarlo.
¿Verdad?
—Sentaos. —Juliette señala el otro sofá y consigue que pierda el hilo de mis elucubraciones dementes.
El salón no tiene muchos muebles, pero sí dos grandes sofás bastante cómodos donde mis recuerdos me la muestran desnuda, deseosa, entregada…
La necesidad me ahoga. Le lanzo una mirada ansiosa, pero ella se niega a devolvérmela.
Está pendiente de su amiga. Tiene las manos en el regazo y las retuerce sin tregua.
Y está demasiado rígida y tensa para augurar nada bueno.
Ralph y yo obedecemos sin dejar de mirarlas en silencio.
—¿Por qué estamos aquí? —inquiere mi amigo, lanzándose directo a desentrañar el misterio—. ¿Ha pasado algo con Reese? —Mira a Juls, quien niega con la cabeza levantando un suspiro de alivio en su novio—. ¿Entonces?
Juliette le coge una mano a Ashley y la aprieta como si de alguna manera le quisiera dar valor para algo.
Como si no fuera capaz de hablar por sí misma o no se sintiera segura de confiar en nosotros.
Mi chica inspira aire por la nariz, cierra un segundo los ojos y lo expulsa despacio por la boca.
Al vaciar sus pulmones parpadea y me enfoca con los músculos faciales apretados, los labios casi blancos de tanta tensión y una de sus piernas moviéndose espasmódicamente.
—Te mentí, Dorian. —La afirmación me llena de desasosiego, pero no es nada comparado con lo que provocan sus siguientes palabras—. Esta casa no me la cedió Rod. Es mía. La compré.
—¿Cómo? —pregunto conmocionado, casi ahogado por la impresión—. ¿Con qué dinero? Pero ¡si no eres mayor de edad! —Voy subiendo el tono de mi voz a medida que las preguntas me ametrallan la mente—. ¿Por qué me mentiste? ¿Qué coño está pasando, Ash?
Otra vez veo cómo Juliette le aprieta la mano y Ashley respira profundo para intentar encontrar la fuerza y continuar explicándose. Esta vez tarda un poco más. Necesita un «venga» de nuestra amiga para desviar la mirada hacia el infinito y susurrar casi sin voz.
—Tengo dinero porque soy una ciberdelincuente.
Me levanto en un movimiento rápido y furioso. ¿ Una cracker ? ¿En serio es una jodida cracker ? ¿Alguien que vulnera o rompe la seguridad de los sistemas de seguridad con fines ilícitos? ¿Ashley? ¿Mi Ash? ¡No! ¡Ni de coña!
—¿Te estás quedando conmigo? —grito, deteniéndome a pocos pasos de ella y fulminándola con la mirada—.
¿Es eso? —Entonces me percato de algo que me jode todavía más.
Ni Ralph ni Juliette parecen sorprendidos por esa declaración.
Y eso me hiela la sangre. Porque solo puede significar una cosa…
—. ¿Vosotros lo sabíais? —Los miro perplejo, entendiendo la respuesta y su significado—. ¿Desde cuándo?
—Lo descubrí el primer día —interviene Juliette, con un poco de vergüenza en la voz—.
A Ralph se lo contamos cuando te fuiste a Nueva York con Sasha.
A Ash le dio por investigar los movimientos de la tarjeta de crédito de tu novia, las fotos de su teléfono, los mensajes, las llamadas…
y por beber demasiado tequila. —Suelta un suspiro—.
Y en plena borrachera habló de más con Ralph delante.
Estábamos aquí mismito, apoyándola porque te habías portado como un capullo, y ella se regodeó en la autocompasión listando sus hallazgos.
—Mira a su novio con una sonrisa un poco torcida—.
Nos pasamos las dos horas siguientes intentando convencerlo de que no lo había entendido bien, pero al final subimos al altillo y lo comprobamos.
—¿ Hackeaste a Sasha? —Me acerco amenazadoramente a Ash, con los recuerdos de las fotos que Sasha me hizo en Nueva York presentes en mi cabeza, destrozándome—.
¿Me espiaste? —Ella se limita a asentir y a apretar los dientes—.
¡Joder! —Me coloco las manos en la cabeza porque mi asquerosa novia me fotografió haciéndole cosas demasiado depravadas como para no darme cuenta de hasta qué punto está informada Ashley de mi traición.
Me arrodillo frente a ella y la miro a la cara, desesperado—.
Cariño, ella no significa nada. Solo tú…
—No estás aquí para hablar de cómo te follaste a otra después de dejarme con una simple nota —masculla intentando no mostrar el dolor que asoma en sus ojos—. No tenía ninguna intención de explicarte nada de esto. Pero las circunstancias me obligan.
Aparta la mirada y veo rastros de humedad en ella, como si estuviera sufriendo. Durante unos segundos busco una explicación racional a todo esto, una calma imposible debido a los datos que danzan en mi mente de forma desestabilizadora.
—Antes de subir al altillo y mostrártelo, necesito que me prometas guardar el secreto. —Se separa de mí levantándose—. No puedo exponerme a que me enchironen. ¿Lo entiendes?
—Sí. —Solo pronuncio una única palabra porque ahora mismo mi cerebro está colapsado y es incapaz de funcionar de una forma lógica.
—Bien. —Nos indica por gestos que la sigamos—. Pues coged esas dos sillas plegables y vamos.
Las señala y emprende la marcha. La casa tiene dos pisos, la he explorado varias veces, y nunca se me hubiera ocurrido que también tiene un altillo escondido en el techo de la habitación principal.
Accedemos a él por una trampilla oculta.
Ashley la abre, baja una escalera plegable y nos indica que la sigamos.
No está tranquila, sus movimientos la delatan.
Son ansiosos, un poco temblorosos y hasta cautos, me atrevería a decir.
—¿En serio? —exclamo al observar el lugar donde aparecemos.
Es una estancia bastante generosa en proporciones, recubierta con material aislante y repleta de teclados, pantallas, ordenadores, discos duros…
Hay un enorme tablero de madera donde se asientan siete monitores, frente a un par de sillas con ruedas de alta gama.
La luz proviene de dos hileras de focos colocados en el techo y de una enorme claraboya disimulada en el tejado de la casa.