33
ASHLEY
Mis ojos parpadean frente a la pantalla, alucinados, sin acabar de entender lo que les muestra y con una sensación de hundimiento total.
¿Por qué me quedé en la parte superficial de la investigación acerca del alcalde en vez de incidir más?
Enamorarme me ha vuelto despistada, o quizá ha sido el cambio de identidad, el sentirme libre, el no vivir bajo amenaza constante.
Y, en vez de ser yo misma, de activar ese gen ansioso de encontrar hasta el último detalle de las personas con las que me relaciono, lo ha diluido todo, convirtiéndolo en un mero latido distanciado y débil.
Escucho el gemido de Juliette a mi lado, su ansiedad, cómo nota la misma efervescencia que yo y cómo ambas necesitamos procesar la información porque cambia nuestro enfoque de una forma brutal.
Cuando cierro un segundo los ojos vuelvo a enfrentarme a la conversación con Dorian en mi habitación, a la constatación de que me ama a pesar de haberme destruido a conciencia.
Debería haberlo olvidado y exiliarlo de mi alma para siempre. Pero, en vez de eso, siento la necesidad extrema de librarlo de los Meyer. Aunque es lo único que voy a hacer por él. Su toxicidad es inaceptable y estoy decidida a no involucrarme en una relación así de dolorosa nunca más.
No ha hecho falta a Albert para destruirme, Dorian se ha bastado solito. Y, si algo tengo claro, es que amar no puede condicionar mi dignidad ni justificar sus actos.
En julio volveré a Dallas y Dorian formará parte del recuerdo. Pienso quedarme solo con lo bueno, desechar lo malo, como si fuera una anécdota capaz de redimir mi decisión inamovible de mantenerme lejos de él para siempre. Y ser feliz.
Sé que con el tiempo mis sentimientos se mitigarán y lograré superar la pena, el desgarro y el sufrimiento.
—¡Flipo! —La voz de Juls me aleja de mis pensamientos.
Suelto un profundo suspiro y me centro en la pantalla—.
¿Esto es real? Se parece tanto a tu historia…
Y es tan, tan, tan fuerte… —Señala el monitor del ordenador—.
¡Es que parece la trama de un libro de Camilla Läckberg!
Pensar que el alcalde puede llegar hasta esos límites para conseguir sus metas…
—Me agarra la mano con una escalada de inquietud—.
Tu tío Albert no es el único capullo de este mundo.
El dinero corrompe y la política ni te digo. ¡Es asqueroso!
La historia de mi vida se repite. Poder, corrupción, chantaje, sed de dinero… Y, en este caso, me invade el mismo asco y repugnancia que sentí ante la ocurrencia de mi tío de casarme con Carl a los dieciséis. Con mi primo carnal… Y encima me exigía descendencia…
Ahora viene la pregunta del millón, esa que me persigue desde hace un rato, cuando he accedido a esa cuenta de correo secreta de Meyer: ¿por qué me persigue la lucha por el poder ahí donde voy? ¿Acaso soy un imán para ese tipo de tramas?
—Tyler Meyer es un hombre sin escrúpulos, un maldito sociópata, un capullo con muchos recursos para no rendirse ante nadie.
—Inspiro con fuerza para intentar calmar mi acelerado corazón—.
Pero Melissa Stone no se queda atrás. —Señalo su foto—.
La lista de ambos es tan larga… Extorsión, sobornos, tráfico de influencias, espionaje industrial, asesinatos…
—De nuevo levanto el índice para indicar los papeles que forman un archivo larguísimo en mi disco duro—.
Tenemos un montón de pruebas incriminatorias capaces de mandarlos a los dos a la cárcel durante toda su vida, y sin despeinarnos. Pero no sé cómo proceder.
Me froto los ojos enrojecidos tras tantas horas mirando la pantalla, y resoplo con exasperación.
Mi premisa al empezar a investigar ha sido que Sasha está enamorada de Dorian y que su padre solo quería ayudarla a ser feliz, aunque con métodos cuestionables.
Y quizá es cierto, es posible que Sasha desconozca la verdad y esté loca por él, pero hay una clara implicación de su padre en ese sentido, una coacción, ya sea sutil o descarada.
Porque quien quiere la relación entre Sasha y Dorian, siempre ha sido Tyler Meyer, nuestro alcalde.
No imaginaba su pérfida mente, ni sus maquinaciones reales ni cómo Melissa Stone —la tía de Dorian y Ernesto— se la jugó convirtiéndolo en una versión más letal de él mismo. ¿Cómo podía pensar en la posibilidad de que entre los Stone y los Meyer había una conexión? ¿Una tan brutal? ¿Tan explosiva?
Hay un paralelismo tan doloroso con mi situación…
¿Podemos Dorian y yo estar en el mismo tablero sin saberlo? Dos herederos convertidos en fichas, movidos por manos sucias, empujados hacia un matrimonio que no elegimos, hacia un poder que no pedimos. ¿Estamos nadando en el mismo mar lleno de tiburones, o solo somos el cebo?
Recuerdo con claridad el día de la propuesta envenenada de Albert, sus palabras y cómo me impactó su intención de casarme con mi primo.
Era una niña muy madura, la vida me había obligado a serlo.
Por eso entendía las implicaciones de ese matrimonio, de acostarme con Carl, de vender mi alma.
¿Cómo es posible que esté ante algo similar?
¿Que Dorian, sin saberlo, se encuentre en la misma tesitura?
—La madre de Sasha, la biológica, no es la esposa del alcalde —repite Juliette, como si necesitara volver a escucharlo para asegurarse—.
Hemos visto su partida de nacimiento y todavía no me lo creo.
Martha Meyer nunca estuvo embarazada. No podía estarlo porque es estéril.
Y aceptó la hija de la amante de su marido para cumplir sus sueños de ser madre.
—Sacude la cabeza mirándome con una expresión desencajada, asimilándolo todo a medida que reitera los datos en plan síntesis—.
¿Y quién era la amante de Tyler? ¡Nada más y nada menos que Melissa Stone!
Sí, la hermana de Jason, la tía de Dorian, la que se largó hace dieciocho años a Houston para darse la vida padre.
—Se frota los ojos y suelta un nuevo suspiro muy profundo—.
Todavía no me lo creo. ¿De verdad todos los tíos buscan ese tipo de líos entre primos?
—¡Qué asco de gente! —Tenso todos los músculos de mi cuerpo—. ¿Cómo puedo encontrarme siempre con ellos? Tengo una tara, está clarísimo.
—¡A ti no te pasa nada! —se exalta—. Ni se te ocurra pensar eso. Estar rodeada de capullos no significa que tú tengas la culpa, solo eres la víctima.
Asiento luchando contra las lágrimas traicioneras porque en este momento se me cae el mundo encima. Llevo demasiado peso sobre los hombros, demasiados dolores, demasiadas muertes, fracasos, traiciones, puñaladas traperas…
—Sé que esto no indulta a Dorian. O como mínimo no debería. —Cierro los ojos con una exhalación profunda—. Pero necesito encontrar algo para perdonarlo, y me odio por eso.
—Así es el amor. —Me abraza y permite que llore contra su pecho—. Mírame a mí. Te hice caso, le di una segunda oportunidad a Ralph y valió la pena porque con él soy feliz.
—No es lo mismo —digo entre sollozos—. Ralph cometió un error de los gordos, pero se arrepintió de verdad, y solo fue una vez.
Además, se pasó más de un año demostrándote que no volvería a equivocarse, y lo ha cumplido.
Dorian… —Se me quiebra la voz—. Ha sido mezquino.
Lo suyo fue premeditado, quería dejarme, sabía cuándo y por quién.
Duele mucho, Juls. Me gustaría poder redimirlo, pero sabes que no es posible.
No quiero ese tipo de relación en mi vida, ya tengo suficiente drama en ella. Y Dorian no cambiará.
—Vas a ser feliz sin él, te lo prometo. —No insiste porque está de acuerdo conmigo.
Hay grados de traición y la de Dorian supera todos los marcadores—.
Estaremos juntas en Dallas, derrotaremos a Albert y a los suyos, encontraremos a un macizorro para ti, un tío bueno tipo el repartidor de la Coca-Cola, pero con clase y dinero, y el capullo de Dorian solo será un recuerdo lejano.
—Lo haremos. —Sonrío limpiándome las lágrimas y obligándome a calmarme—. Creeré en ti.
—¡Eh! —Me da un puñetazo suave en el brazo con un tono distendido—. Yo soy muy confiable. Y estoy segura de que vas a superar a Dorian. No todos nos quedamos con nuestro primer amor. A veces hay un segundo o un tercero, o incluso un cuarto, y es mil veces mejor.
Me tomo un par de minutos para acabar de serenarme del todo y volver a fijar mi atención en la pantalla, en ese testamento robado de una notaría, en sus implicaciones, en las pruebas falsas que Tyler Meyer ha preparado para hundir a Sutton, a su padre y a su hermana.
—¿Qué vamos a hacer con eso? —pregunta mi amiga cuando vuelvo a examinar el plan del alcalde para recuperar lo que cree suyo.
—Voy a destrozarlo —susurro con convicción—. Lo haré para librar a Sutton y a su familia de escoria y para ofrecerles una estabilidad económica a largo plazo.
—¿Y qué pasará con Melissa? —Arruga la cara en un claro gesto de desagrado—. También se merece un escarmiento.
—Va a morirse de cáncer dentro de poco. —Las palabras me saben metálicas en la boca—.
Supongo que ese será su castigo. —Observo la foto de la tía de Dorian en la pantalla—.
Y, ¿sabes una cosa? Melissa me parece una de las mujeres más inteligentes que he conocido.
Luchó por su futuro, aunque no por su hija.
—Las habladurías populares dicen que timó a un millonario —explica Juls—.
Ni se imaginan por qué se fue ni de dónde sacó el dinero.
¡Se ha pasado diecinueve años viviendo del cuento!
Con un lujo que te cagas. Y solo por engatusar a un chico de buena familia y robárselo todo ante sus narices.
—Asiente con contundencia—. Yo también admiro su inteligencia, aunque le reprocho que se desentendiera de su hija. Eso la convierte en una mala persona.