32
DORIAN
Escucho cómo la puerta de su dormitorio se cierra tras Ashley y mi mundo se viene abajo.
Aprieto el puño. No sé si correr detrás de ella o fingir que nada ha pasado.
Es como si otra vez sintiera ese peso imposible sobre mis pulmones.
No sé qué narices me pasa, pero llevo demasiado tiempo inmerso en un desequilibrio perturbador.
Me bastaron unas horas al lado de Sasha para darme cuenta de mi estúpido error. De que ya no podía tocarla, de que había perdido ese derecho. Necesitaba a Ash, me sentía sucio y despreciable. Con tendencias autodestructivas. Pero ya era demasiado tarde.
Hace un instante lo he visto claro. La he perdido. Su mirada llena de dolor y rencor cuando he entrado en este cuarto ha sido el detonante para mi caída al infierno.
¿Cómo he podido cagarla tanto?
—¿Has visto a Dorian? —La voz de mi «novia» resuena en el pasillo. Mi corazón se dispara—. Ha ido al baño, pero no está ahí.
Silencio.
Escucho los pasos acelerados de Ash, su «me voy con Juls», la puerta de la calle al cerrarse. Y el mundo se me cae encima.
Empiezo a caminar de un lado a otro de la habitación, sin medir mis pasos acelerados .
Los recuerdos se forman en mi mente con claridad, como si quisieran rememorar mi gilipollez y asestarme un golpe mortal.
Necesito terapia. A cada segundo estoy más convencido porque no actúo con lógica ni puedo capear el temporal de emociones que abaten mi interior en tromba.
Cuando me subí al coche de Sasha esa mierda de mañana, estaba tan convencido de mi capacidad de olvido… ¿Qué salió mal? ¿Por qué esa misma noche mi cuerpo se negó a reaccionar como tocaba en la cama? ¿Cómo pudo Ashley hacerme tener mi primer gatillazo de la historia sin estar presente?
Nunca me había pasado algo similar, y me hundí al enfrentarme a ello. No por haber fallado en mi primera vez con Sasha, ni por la situación ni por nada parecido. Fue por los remordimientos. Lo entendí de golpe, como quien tiene una revelación súbita. Una que aniquiló mi cordura.
Me detengo frente al mural de fotos de Ash, ese que se alza en una de las paredes. Nunca sale ella, solo sus personas. Juliette, Ralph, yo…
¡Joder!
Esa noche no pude dar la talla. Me quedé más minutos de la cuenta sentado en el borde de la cama mientras ella se giraba dándome la espalda.
Miré mis manos. Temblaban. Fui incapaz de empalmarme, a pesar de haberme pasado años de cama en cama, sin sentir más que placer y deseo por mis compañeras.
Las excusas salieron a tropel por mi boca, le di placer a Sasha con la lengua para contentarla tras escuchar una sarta de amenazas veladas por su parte, pero solo podía ver a Ashley, pensar en ella, avergonzarme, sentirme asqueado con mis acciones.
Fue como si despertara para internarme en una pesadilla donde yo era el más terrorífico de los monstruos, el capullo con armas autodestructivas tan potentes que acabó con la posibilidad de ser feliz por creerse invencible.
Repaso con el dedo el lomo de uno de los libros preferidos de Ashley.
Si digo que no me afectó, mentiría.
Quería cambiar mi mente, vaciarla, eliminar los sentimientos, convertirme en un autómata sin alma para seguir adelante sin sentirme al borde del abismo, pero fallé.
Esa noche la pasé en el baño, con el teléfono en la mano, mirando el número de Ashley con fijación, deseando escribirle y a la vez no sabiendo qué decirle.
Me había prometido no darle el control de mi vida a nadie.
Y, esa noche, en ese baño de la lujosa suite del Palace de Nueva York, frente al imponente Central Park, rodeado de lujos, con una novia guapísima esperándome en la cama y el futuro deseado abriéndose frente a mis ojos, me sentí tan vacío, jodido y odioso. Tan dependiente a pesar de mis actos…
Comprenderlo fue como si me arrancaran el corazón del pecho y lo masacraran frente a mi mirada. Así de jodido es el amor. Porque la peor lección que aprendí durante esas horas de insomnio fue la imposibilidad de domarlo, de decidir sobre él, de elegir.
Se agarra a ti sin pedir permiso, se filtra por cada una de tus grietas, se adentra en tu corazón y en tu alma y se cincela en tu interior marcándote para siempre. Y no hay antídoto.
Enfrentarme a esa revelación fue devastador.
Entonces vino la desolación, el desgarro abrupto. Me di cuenta de mi estupidez cíclica, de ese bucle interminable en el que estaba inmerso: necesitarla, conseguirla, temerla, alejarla, sentirme desolado, recuperarla… y vuelta a empezar.
Esa noche, en Nueva York, tras unas horas nadando en la autocompasión, una determinación se abrió paso en mi mente.
Ya no había vuelta atrás, la había perdido y nada conseguiría traérmela de vuelta.
Solo me quedaba conseguir que valiera la pena el sacrificio, alcanzar todas y cada una de mis metas, demostrarle a Ashley por qué lo había hecho y aprender a lidiar con el sufrimiento de no tenerla a mi lado.
Quizá me pasara el resto de mi vida lamentándome por mis actos, pero había decidido un camino y a partir de ese instante trataría de seguirlo con la cabeza bien alta, conociendo mi dolor, pero sin alimentarlo.
Lucharía.
No le escribí esa noche. Ni la siguiente. Preferí aparcar mi realidad para intentar cambiar las cosas y verter mis energías en interesarme por Sasha.
Pero el remedio fue letal.
Los pasos furiosos de Sasha en el pasillo me aceleran el pulso. La odio.
Me la follé en cuanto se despertó. Fue un acto de desesperación que intentaba borrar las huellas de Ashley en mi corazón, pero solo consiguió traérmela a la mente cuando besaba a Sasha, cuando la tocaba, cuando la penetraba.
La imaginaba a ella, la anhelaba, la ansiaba y le hacía el amor a pesar de saber que no era ella quien gritaba mi nombre.
El olor de Sasha no era el que deseaba, ni sus curvas ni su piel ni su boca ni su sabor…
¿Alguna vez habéis sentido cómo nadáis a la deriva? ¿Cómo estáis dentro de una pesadilla sin fin?
Me he convertido en mi peor enemigo. Y duele. Destroza.
Cada vez que entro en Sasha siento asco de mí mismo. Lo hago con dureza, necesidad y rabia. Contradicción total. Confusión. Desequilibrio. Ira. Estoy sumergido en ese torbellino implacable.
Estoy tan perdido…
Me siento en la cama de Ashley, huelo su almohada como un jodido drogata y las lágrimas asoman sin control.
Pasé los días en Nueva York intentando convencerme de que había tomado la decisión correcta. Necesitaba tanto que fuera verdad… Invertí todas mis escasas fuerzas en lograrlo. Pero la verdad cayó a peso sobre mí. El chantaje, mi cobardía. La pérdida real.
Volver a casa acabó de hundirme.
Solo tardé unas horas en caer en picado y entrar en barrena emocional. Ya no me importaba ganar las carreras, ni ser el mejor futbolista de la historia ni lograr esa beca. Ver las heridas reflejadas en Ashley me abrió los ojos. Y fue un golpe mortal.
De repente todos mis sueños palidecieron. Se quedaron vacíos y solitarios. Quería a Ash. Tenerla conmigo, compartir cada uno de los logros, creer en mi capacidad para permanecer a su lado sin venderme tan barato.
A veces no eres consciente de la profundidad en la que te hunden tus errores.
Quizá mi locura sigue siendo la misma, no puedo evitar estar montado en un carrusel que da vueltas cíclicas por el mismo camino.
Porque en este instante todas mis miras están puestas en una única cima: recuperar a Ashley. A cualquier precio.
Incluso terminé con Sasha. Pero entonces el alcalde Meyer me dejó clara su postura con respecto a mis intenciones de abandonar a su hija. Me metió el miedo en el cuerpo y me demostró que yo solito me había encerrado en una cárcel con barrotes de oro que me asfixiaba.
Me tapo los ojos con las manos y limpio la humedad de mis ojos.
Intenté hablar con Ashley una y otra vez, para suplicarle perdón, para pedirle una segunda oportunidad, aunque fuera mientras encontraba una solución a mi situación, pero no quería escucharme.
Y no podía culparla por ello. Así que esperé.
Porque tarde o temprano ella iba a exigirme esa charla donde yo le suplicaría su comprensión mientras le confiaba mis heridas y acabaría absolviéndome, como siempre.
En mi mente me besaba, me tocaba, me dejaba entrar en ella.
Pero la realidad nunca se adapta a nuestros deseos, no si la has cagado hasta tal punto.
Cuando he recibido ese «tenemos que hablar» mi mundo entero ha empezado a explotar en pedazos.
No tenía capacidad de esperar, ni de razonar ni de valorar mis próximos pasos.
Me ha dado igual la presencia de Sasha en mi habitación, la posibilidad de descubrirnos, el momento, el lugar, los demás…
Ni siquiera he valorado la necesidad de proteger a mi familia, porque lo único importante era ella.
Todo mi cuerpo ha reaccionado como esa vez en las gradas, cuando le di un puñetazo a Bobby Larson, como si no hubiera nada de lógica en mí.
He tecleado «¿dónde y cuándo?», sintiendo la urgencia en mis dedos, en mi estómago revuelto, en esa vena que pulsaba furiosa en la sien.
Y entonces ha llegado su respuesta y me ha lapidado.
«Eso depende de ti, ¿cuándo se va la reina de pacotilla?
». Celos. Era eso. Estaba celosa y enfadada por su presencia aquí.
La había herido otra vez, pero si se sentía así, era porque todavía me quiere, ¿verdad? Mi inestabilidad mental se ha ocupado de moverme. Sin pensar ni valorar mis actos. Como si acabara de poner el piloto automático.
—Necesito ir al baño —he dicho mirando a Sasha.
Ella estaba sentada a mi lado en la cama, tocándome, como siempre, riendo mientras seguía con su trillado monólogo acerca de lo buena que está, lo fantástica que es y todas esas gilipolleces de las que habla sin parar, como si a mí me importaran.
—No tardes. —Ha agarrado su móvil para prestarle atención a la pantalla tan pronto como me he levantado—. No me gusta estar sin ti.
Mi respuesta ha sido un asentimiento con la cabeza. Me importaba una mierda lo que le gusta a ella. Y también me la sudaba si me descubría o si se enfadaba. Porque lo único trascendental era hablar con Ashley en ese mismo instante, antes de que cambiara de opinión.
He entrado en su habitación imaginando un final muy feliz, pero el karma me odia, joder.
Mi declaración de intenciones ha sido una devastadora súplica para que entendiera que a partir de ahora la voy a sobreponer a todo, sin importar las consecuencias.
Creía que al menos se ablandaría con mis explicaciones.
Lo esperaba. Lo deseaba. Y, sin embargo…
—¿Dorian? —La voz de Sasha se escucha más alejada, como si estuviera caminando hacia el pasillo—. ¿Has bajado a por un vaso de agua o algo?
Mi situación es muy jodida. Ahora que una parte de mi cerebro se acaba de poner en funcionamiento, lo veo claro.
Si me ve salir de la habitación de Ashley, las cosas podrían desmadrarse.
Y no debo olvidar las palabras del alcalde.
Aunque estoy dispuesto a enfrentarlas si Ash decide darme otra oportunidad.
No me dio pruebas concretas, solo nombró los papeles y un par de cosas poco precisas, pero supe desde el primer momento que no mentía.
Ese hombre tiene mil defectos, pero cuando amenaza, va en serio.
Los pasos de Sasha se alejan por la escalera. Está descendiendo al piso de abajo, llamándome a la vez. Necesito un plan, una forma de salir de esta sin delatarme mientras planeo cómo conseguir que Ash me perdone. Lo hará, ¿verdad? He cruzado una línea. Y no sé si tiene vuelta atrás.
Cuando la puerta se abre, siento cómo mi corazón se acelera.
—Ven. —Ernesto compone una expresión decidida al mirarme desde el pasillo—. Está abajo, pero no tardará en subir.
—Pero…
—Vamos, Dorian —insiste mi hermano—. Si te encuentra en mi cuarto, no va a sospechar nada. Pondremos un juego en el ordenador y fingiremos que estábamos tan metidos que no la hemos oído.
Me levanto con rapidez, sin entender demasiado bien la aparición de Ernesto.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunto.
—No soy idiota, Dorian. —Salimos al pasillo escuchando a Sasha hablar con mi madre en el salón, preguntándole por mí—.
¿De verdad creías que no sabía lo tuyo con Ash?
Duermo al otro lado de tu pared y no soy un crío con pajaritos en la cabeza.
Estás colado por Ash, y ella también por ti, pero la has fastidiado mucho.
—La quiero —admito sin esconderme, porque Ernesto es alguien importante en mi vida, una persona a la que no pienso mentir.
Llegamos a su dormitorio y nos estiramos en la cama con dos mandos que ha preparado Ernesto para enfrascarnos en uno de sus videojuegos.
—Recupérala. —Inicia el juego—. Te convertía en mejor persona. Me gustaba ese Dorian.
Trago saliva. No recuerdo la última vez que alguien dijo algo así de mí.
—A mí también.
Unos segundos después escucho cómo la puerta se abre y las palabras cabreadas de Sasha. Doy un paso hacia ella. Me detengo. No sé si salir detrás de ella o quedarme quieto.
—¡Estás aquí! —grita fuera de sí—. ¡Llevo un buen rato buscándote! ¿No ibas al baño?
—Es culpa mía —musita mi hermano—. Lo he visto en el pasillo y he insistido en enseñarle mi nuevo juego, y luego una cosa ha llevado a la otra…
—Vamos —ordena Sasha mirándome—. Quiero un helado y dar una vuelta por el pueblo.
Siento la mano de Ernesto apretarme la mía y, en silencio, le agradezco su ayuda mientras dejo el mando y me levanto para aproximarme a mi horrible novia.
—Lo siento —mascullo sin sentirlo lo más mínimo—. Se me ha ido la olla. Me lo ha pedido con tanta insistencia…
—Que no vuelva a pasar. —Me acerca los labios para darme un beso—. Yo siempre soy lo primero en tu vida, ¿estamos?
«¡Ni de coña! Ni siquiera estás en mi lista».
Tardo un segundo de más.
—Siempre —digo en vez de anunciar en voz alta mis verdaderos pensamientos.
Al pasar por delante de la puerta de Ashley, percibo un vacío en el estómago. Necesito encontrar una salida a esta situación para estar con la mujer a la que de verdad quiero.
No pienso quedarme quieto. Y esta vez no voy a dejar que el miedo decida por mí.