Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 31
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ASHLEY

Cuento los días para mi cumpleaños, para largarme de aquí de una vez, para poder alejarme de Dorian, de sus miradas, de su olor, de nuestros recuerdos, del dolor de perderlo y de cómo nuestros encuentros desde entonces se llenan de tensión, ansiedad y sufrimiento.

Pero todavía quedan dos meses y medio y no sé si voy a conseguir superarlos con nota.

Me rompió. Su abandono me partió en tantos pedazos que a veces creo no haberlos encontrado todos para rehacerme y siento esos huecos perforarme el alma.

Jamás imaginé que le entregaba mi corazón para darle la potestad de pisarlo, molerlo, golpearlo, estrujarlo y desangrarlo.

Pero lo hizo. Y todavía no me he recuperado ni encuentro las fuerzas para seguir en esta casa sin ponerme a llorar en todo momento, para caminar por el instituto sin fragmentarme cada vez que los veo juntos, sin sentirme morir al escuchar sus risas.

Aunque Dorian no es quien ríe, ni quien da muestras de la situación ni quien es efusivo con su nueva «novia».

Es todo lo contrario. Parece tan cansado, dolido, triste…

Es como si estuviera con ella a desgana.

A veces, incluso me da pena por la tensión de su cuerpo, por ese dolor que se percibe en cada uno de sus gestos, en sus ojos, en su lenguaje corporal …

Todavía no entiendo lo sucedido. Cómo me engañó, esa nota en la puerta como declaración de intenciones, su traición.

¿De verdad todo fue mentira? Es como si sus actos gritaran una cosa y sus ojos se desgañitaran para contarme otra historia y dejarme entrever su fondo, ese al que había llegado con máquinas de demolición y me había llenado de esperanza, amor y alegría.

Hoy están en su habitación, a pocos pasos de mí, con la puerta cerrada, escuchando música, y quizá retozando, besándose, tocándose… No quiero oírlo, ni imaginarlo ni pensar en ello.

Sasha ha venido a la comida familiar del sábado a oficializar lo suyo y se ha sentado a nuestra mesa con una de esas sonrisas de suficiencia que me agrian la bilis y me cierran el estómago, impidiéndome tragar ni un solo alimento.

Ha sido tan horrible…

Estar ahí sentada escuchando el monólogo de Sasha acerca de sus mil virtudes ante una Sutton silenciosa, tensa, enfadada, una que intentaba contener su ira, y a un Ernesto apocado, casi empequeñecido por la situación, porque ella no ha prestado atención a nadie, solo se ha preocupado por mostrarnos sus maravillas sin tener en cuenta a los demás.

Me he pasado la comida tragándome bilis.

Sé que Sutton no la soporta, ni entiende el comportamiento de su hijo. Pero también sé que hoy ha hecho un esfuerzo sobrehumano para no ser una completa maleducada, a pesar de cómo rechaza esta relación.

Yo tampoco soy capaz de explicármelo.

Ese terrible día desperté tan contenta como cualquier otro y cuando vi la nota en la puerta me ilusioné.

Tras leerla y darle la vuelta mi mundo se hizo añicos.

Bajé a la cocina y encontré a Sutton con una misiva similar, donde Dorian le explicaba su decisión y sus planes de volar a Nueva York con Sasha, saltándose las clases y la celebración de su mayoría de edad con la familia.

No necesitamos palabras para transmitirnos nuestro desconcierto ni esa sensación de pérdida que nos atenazó a ambas.

Solo nos abrazamos y nos sentamos a desayunar con la mirada perdida y nuestros sentimientos a flor de piel.

Ella estaba muy afectada. La palidez de su piel y los temblores en el cuerpo eran la prueba de ello.

Y cuando Dorian volvió tuvieron una épica discusión en la que Sutton le prohibió salir con Sasha.

Pero mi «hermanito» de acogida le aseguró que le importaba un pimiento su opinión. Sus palabras no fueron tan formales .

Desde entonces he sentido cómo Sutton me consuela, cómo está a mi lado, cómo intenta ayudarme a superar la forma cruel en la que Dorian me dejó.

Y también cómo su odio visceral hacia la unión de su hijo con Sasha aumenta con el paso de los días.

Eso ha creado un muro entre ellos, uno muy difícil de derruir por la actitud de Sutton.

Es inflexible en su forma de ver a Sasha y está tan en contra de la pareja que todas las comidas familiares acaban con portazo de Dorian y llorera de su madre.

Quizá con el tiempo limen asperezas…

Yo no voy a perdonarlo en la vida. Cuando lo veo con ella y me fijo en su postura, solo leo rechazo, como si le costara abrazarla y besarla. Aunque yo también fallé por no ser sincera con él, por faltar a la promesa de confianza total que envuelve a un compromiso.

Pero no me arrepiento.

Durante nuestros tres últimos meses juntos no le conté nada de Madison.

Era tan feliz, sentía tanta alegría, estaba tan inmersa en una espiral de emoción, que tenía miedo de romper la burbuja, de perderlo, de enfrentarme a una decisión dolorosa por su parte.

Fui una cobarde. Esa es la pura verdad. Una cobarde y una egoísta; podía haberlo condenado a ser pasto de Albert y sus secuaces.

En algunos momentos, percibía que lo nuestro era algo temporal, como si una sombra nos acechara, como si mi cuerpo presintiera esa despedida final. Pero era algo residual, un pálpito muy débil, porque la actitud de Dorian cambió esos tres meses.

Lo achaqué a mi situación y me dediqué a vivir mi gran aventura convenciéndome de que encontraría el momento justo para hablar con él y confesarle mi situación. Aunque ese momento nunca llegaba y cada día concebía nuevas excusas para continuar callando.

Esos tres meses fueron los mejores de mi vida. Jamás me había sentido tan cerca del cielo. Quizá por eso aparqué los remordimientos en un lugar apartado de mi mente y no hablé ni hice otra cosa que disfrutar de los momentos compartidos.

Tengo la nota en el cajón, escondida, alejada de mí y a la vez cercana. Es como si me costara separarme de ella, ya que, si lo hago, quizá no seré capaz de seguir apartada de Dorian.

Solo necesito volver a mirarla para sentir la rabia neutralizar los impulsos de encontrar argumentos para disculparlo. Nunca lo haré.

Aunque Dorian está tan apagado, afligido, inestable …

Y, por extraño que parezca, es como si sufriera por nuestra separación, como si a él también se le hubiera roto el corazón y le costara horrores encontrar los pedazos para unirlos un poquito.

Se coló un par de veces en mi habitación tras regresar de Nueva York.

Lo hizo a traición, con un ademán ansioso y desesperado, con súplicas para que lo escuchara, con una angustiante necesidad de hablar conmigo.

Pero yo no podía abrirle, ni pronunciar ninguna palabra ni permitirle encontrar una brecha por la que colarse de nuevo en mi corazón.

Debía apartarlo de mí el tiempo suficiente para sanar un poquito, conseguir respirar y no sentir cómo cada pedazo de mi cuerpo se partía al tenerlo enfrente.

Así que en ambas ocasiones lo eché de mi habitación sin ofrecerle la oportunidad de pronunciar ni una palabra.

Porque no quiero enredarme en algo tóxico donde sus excusas me valen para justificar algo inexcusable.

Jamás me convertiré en una mujer débil, sin capacidad para ver cuándo la traición es tan inmensa que, a pesar de amarlo con locura, no puedo estar con él.

Me mira en muchos momentos cuando Sasha no está pendiente de él, y sus ojos están tan desmigajados y muertos como los míos. A veces me intercepta e intenta hablar conmigo, incluso se atreve a tirar de mi brazo y hacerme alguna encerrona en casa, pero hasta ahora he conseguido evitarlo con éxito.

Es tan difícil dejar de querer a alguien a pesar de sus acciones.

Los sentimientos no funcionan así, no se apagan o se encienden a placer, solo obedecen a estímulos ajenos a nosotros.

Por eso usamos el odio cuando la situación nos sobrepasa.

Nos refugiamos en él para no admitir que el amor sigue ahí, asido a nuestras almas, incapaz de extinguirse de un día para otro aunque la felonía haya sido brutal.

Pero entenderlo no me va a convertir en alguien que no quiero ser. Y todavía no estoy preparada para escucharlo, por eso instalé un pestillo en la puerta tras su segunda incursión y lo uso a diario, impidiendo que vuelva a invadir mi espacio personal, que me tiente, que juegue conmigo otra vez.

Voy con pies de plomo en casa y en cualquier lugar para evitar quedarme a solas con él. No me lo pone fácil. Me manda mensajes, me llama, me espera muchas veces y busca cualquier excusa para acercarse a mí y hablarme. Pero lo ignoro cada vez y lo he bloqueado en mi móvil.

Hoy he sentido la necesidad de echarle en cara su actuación, de pedirle explicaciones, de darle esa voz que le llevo negando treinta largos días. Cuando se quiere de verdad olvidar, no se pueden enquistar los recuerdos, y quizá la presencia de Sasha en la comida ha superado mi límite.

He de hablar con él, no esconderme más, acabar de una vez por todas con lo que hubo entre los dos y aclarar la situación para cerrar el capítulo.

Con el móvil en mis manos, dudo durante unos instantes.

Pero enseguida tomo la determinación porque, si algo me enseñó mi padre, fue a ser valiente, a encarar los obstáculos, a no amedrentarme por los giros de la vida.

Y llevo un mes nadando en la autocompasión.

Abro la aplicación de mensajes, desbloqueo a Dorian y escribo: «Tenemos que hablar».

Su respuesta no tarda en llegar: «¿Dónde y cuándo?

». Tecleo con rapidez: «Eso depende de ti, ¿cuándo se va la reina de pacotilla? ».

Espero una respuesta que no llega. Siento el peso de lo sucedido y me recrimino mis ansias de saber de él.