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DORIAN
Los Warriors ganamos la final de los playoffs , conseguí coronarme como el mejor jugador de la liga y superar algunos de los récords presentes. Fue un subidón hacerlo junto a mis compañeros, abrazarlos por última vez en el campo, despedirnos por todo lo alto.
Roger Slavie estuvo en las gradas viéndome alzarme con la victoria y ser el precursor de ella, animando a los chicos y planeando unas ofensivas perfectas.
Nuestra conversación postpartido fue menos entusiasta de lo esperado, Roger es un tío de pocas palabras y no demasiada efusividad, pero me aseguró su absoluto interés en reclutarme para la Universidad de Texas y quince días después tenía una carta en mis manos con la confirmación de la beca y de mi aceptación en esa institución educativa soñada desde niño.
Ese se convirtió en uno de los mejores momentos de mi vida. Y Ashley estuvo a mi lado para celebrarlo por todo lo alto en la casa del bosque, entre esas cuatro paredes custodias de muchos de nuestros instantes de placer, cada vez más atrevidos.
Aunque hay una enorme sombra planeando entre nosotros, una demasiado grande para mirarla a la cara, para aceptarla, para detenerme a pensar en ella.
Y yo la he provocado .
Hablé con Sasha el día de la final. Lo hice tras descubrirme cayendo en un abismo al imaginar por un segundo que las palabras de Ashley fueran ciertas. Porque entonces supe la verdad, una muy dolorosa y desgarradora.
Cuando la deje, mi mundo se fragmentará en mil pedazos. Es tan simple y aterrador a la vez…
Ash ha conseguido derribar mis muros más gruesos, los ha resquebrajado para luego derruirlos de un golpe, arrasando hasta sus cimientos. Y ha llegado a mi corazón, a mi alma, a ese lugar inexplorado donde la vulnerabilidad es patente y cada uno de los traumas de mi pasado sale a la superficie.
Nunca había mostrado tal grado de posesividad ni de agresividad con algo como ese día en la casa del bosque, cuando aporreé la puerta dispuesto a derribarla, sin pensar en las consecuencias, solo movido por el desgarro de perderla.
Entonces me convertí en mi padre. Fui una sombra de él. Adopté esa parte de su personalidad que odio y me dejé vencer por unas emociones equivocadas.
La amo.
Y el amor es una fuente inagotable de malas decisiones.
Comprendí de repente que no puedo permitir que ese maldito sentimiento me pierda, dejarme dominar por él para renunciar a mi futuro, volver a cometer un acto parecido, consentirle a una mujer ser dueña de mi vida así.
Solo de pensar en lo que significa eso me siento al borde del colapso, como si estuviera en una máquina de tortura imparable y me arrancara la piel a tiras una y otra vez, en un bucle interminable.
Esa noche no dormí. Me quedé en su cama, abrazado a ella, mirándola, escuchándola respirar, sintiéndola.
Lo necesitaba. Su tacto, su contacto, su calor.
Entendí que lo nuestro iba a ser un paréntesis.
Decidí alargarlo. Disfrutarlo. Exprimirlo.
Antes de cerrarlo yo. Porque si esperaba a que lo hiciera ella, me rompería.
Después de hacerle el amor contra la puerta, con furia, me suplicó que acabara con lo de Sasha, que dejáramos atrás la parte tormentosa de nuestra relación, que no la convirtiéramos en tóxica.
Que protegiéramos nuestro amor. En ese instante supe que no iba a existir un «felices para siempre» y mi conversación con Sasha tras el partido me ayudó a poner un límite temporal a lo nuestro.
Y por eso llevo desde entonces manteniéndola a base de mentiras.
A ella y a mí mismo.
Han pasado tres meses desde mi punto de inflexión y los he dedicado a ser feliz con Ashley, sin explicarle el tipo de conversación que mantuve con Sasha, ni mi promesa ni cómo he conseguido nuestra libertad; ni que es solo provisional.
Soy egoísta, lo sé.
Pero necesitaba tenerla un periodo sin dolor, sin presiones, sin reproches.
Sentir cómo el amor puede transformarme, cómo soy capaz de tocar el cielo con las manos al consentirme sentir.
Sin embargo, no podía permitirme el lujo de perder la cabeza para siempre.
Por eso acepté el trato con Sasha y he vivido de prestado cada día desde entonces, dejándome seducir por la ebriedad de estar enamorado y ser correspondido.
Mintiendo. Engañando. Relegando mi oscuridad. Enseñándole solo una de mis caras a Ashley. Guardándome para hoy el momento decisivo, ese en el que prevalecerá mi futuro y mi necesidad de mantener el control.
Se me acaba el tiempo.
Siento el tictac del reloj acercarme inexorablemente a un punto de no retorno, y no estoy preparado para afrontarlo. Pero a la vez estoy decidido a poner fin a una relación sin cabida en mi corazón, porque debe convertirse en un recipiente hermético a ese sentimiento. Frío. Congelado. Oscuro.
He disfrutado de todos y cada uno de los minutos compartidos, de nuestro paréntesis.
Se lo he dado todo y no he permitido el peso de la rutina entre nosotros, ni la amargura de verla ganarme una y otra vez en el circuito ni dejarme arrasar por los celos absurdos cuando no podía estar con ella en público.
La llevé a una feria para recrear una de sus escenas preferidas de El diario de Noah en la noria.
Sus risas y besos valieron la pena, aunque me hubiera convertido en un ñoño de narices.
Estaba feliz, ilusionada, llena de luz, y eso bastó para valorar hasta el último aliento destinado a cumplir sus sueños.
Pasamos un día entero en el bosque siguiendo las pistas de un juego de rol que encontramos en Internet, donde nos indicaban cómo distinguir todos y cada uno de los insectos que lo habitan.
La jornada estuvo llena de momentos maravillosos, con carcajadas compartidas y su boca pegada a la mía, sus manos tocándome, su calor…
Acabamos haciendo el amor sobre las hojas del suelo, desesperados por sentirnos.
Cuando fuimos a Mobile, al USS Alabama Battleship Memorial Park, hicimos la visita abrazados, con sonrisas en todo momento, internándonos en el mundo de la Segunda Guerra Mundial de una forma divertida.
Dentro del submarino USS Drum, durante el recorrido autoguiado, ella se puso un mechón de pelo rubio sobre los labios y asumió el papel de un marino de la armada, arrancándome la risa y llevándome a quererla todavía más, si eso es posible.
No nos importaba demasiado la historia o dónde estábamos o a qué dedicábamos las horas mientras pudiera apoyarla en lugares escondidos para besarla y tocarla.
Mi mejor recuerdo es el fin de semana que pasamos con Ralph y Juliette en el Refugio Nacional de Vida Silvestre en Eufaula, esas caminatas en plena naturaleza, las dos noches a solas en la tienda de campaña, haciendo el amor con los sonidos del lugar de fondo, charlando de todo y de nada, sintiéndola muy cerca.
Y cada uno de nuestros momentos. Cada beso, cada caricia, cada sonrisa, cada carcajada.
Mi vida a su lado es diferente, como si de verdad existiera el mundo arcoíris donde la felicidad es parte del colorido.
Pero en el fondo sé que solo he estado alargando el momento hasta hoy.
A pesar de mis deseos, del subidón que es tener una novia y de quererla con todo mi corazón, he de cumplir con mi parte del trato que cerré con Sasha y conmigo mismo, ese donde no volveré a ser vulnerable ante nadie ni le daré la llave para romperme a una mujer.
Porque el amor solo es un camino plagado de dolor.
Me levanto de la cama de Ash con una sensación inquieta en el cuerpo. Hoy cumplo dieciocho años, voy a ser mayor de edad, podré votar, ser dueño de mis decisiones. Y cometer una locura que terminará con mi relación con Ashley.
Voy a hundirle un puñal en el corazón, a alejarla para siempre, a renunciar a este momento idílico para enfrentarme a la realidad.
Amar te convierte en un hombre posesivo, en alguien incapaz de tomar tus propias decisiones sin pensar en la otra persona, te debilita, te precipita a surcar límites prohibidos, incluso te da alas para usar la violencia cuando te nubla la razón por culpa de los sentimientos demasiado a flor de piel, cuando un cóctel emocional arrecia en tu interior y te absorbe sin fin.
Si no quiero ser como mi padre, debo renunciar al amor y herir a la persona más importante de mi vida, con quien he pasado los mejores meses de mi existencia.
A veces pienso que no rijo bien, que oscilo demasiado en mis pensamientos, que tan pronto soy capaz de convertirme en un romántico empedernido para demostrarle a mi chica cuánto me importa, como, al siguiente, me interno en una espiral de negación, de oscuridad, de intenciones egoístas y carentes de lógica.
Quizá tantos años recibiendo golpes de mi padre han barrido mi cordura y la han convertido en un amasijo de impulsos contradictorios.
Siento como si me estrujaran el alma mientras meto la mano en el bolsillo del pantalón para rescatar la nota que ayer guardé para este momento.
Es tan rastrera, tan llena de crueldad, tan capaz de aniquilarnos…
Porque también me va a destrozar a mí, pero no puedo cambiar mis decisiones.
Nunca más consentiré que una mujer se apodere así de mi alma.
Acaricio el papel con un dolor abrupto abriéndose paso en mis entrañas. En la parte delantera pone: «Recuerda… lo nuestro se acabó». En la trasera, en vez de escribir una de mis múltiples frases bonitas, hay una copia de dos billetes de avión a Nueva York para dentro de tres horas.
Uno está a mi nombre y el otro al de Sasha Meyer.
Antes de colgarlo en la puerta retrocedo con la mente a tres meses atrás, a esa conversación con Sasha, a todas sus amenazas y sus promesas, a mis sentimientos de entonces y a la decisión inamovible que tomé y he estado escondiendo hasta ahora.