Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 29
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ASHLEY

No puedo seguir con este bucle interminable de dolor, enfado, conversación, perdón y sexo de reconciliación.

Es como volver a la casilla de salida cada vez para después caer en una espiral sin fin, sin bordes, sin nada a lo que asirse.

Siempre es por culpa de la maldita Sasha, de cómo se comporta Dorian con ella y de la inseguridad que me produce esta situación.

Hace unas semanas estaba decidida a hablar con Dorian, a contárselo todo tras el partido de mañana, a encontrar la forma de seguir juntos en Texas, de no dejar de vernos, de estabilizar lo nuestro al máximo.

Pero entonces la estrategia de Sasha se hizo más agresiva, más insistente, más física. Y decidí postergarlo.

Nos queremos. Lo sé. Pero a veces no es suficiente con eso; se necesita compromiso, seguridad, ir los dos en una misma dirección.

Su comportamiento es difícil de aceptar.

Porque ella lo besa y él no la detiene, coquetea, le da esperanzas y todo para lograr algo que podría conseguir por sí mismo.

No entiendo cómo toda la confianza en sus capacidades se pierde cuando se trata de demostrar de verdad su fuerza interior, es como si los años de malos tratos lo hubieran debilitado y solo mostrara una coraza al mundo para esconder su vulnerabilidad.

Sasha la ha descubierto y ataca esa grieta .

Eso demuestra que es más inteligente de lo que pensaba. De esas personas perseverantes que nunca aceptan un no por respuesta. Se dedica a arremeter contra el flanco más débil de Dorian, a prometerle un futuro, a disparar en una única dirección para alcanzar su objetivo.

Quizá no apruebo sus métodos, pero no puedo culparla de la reacción de mi novio, ni de sus flaquezas ni de cómo me siento al ver su escasa lucha por nosotros.

Hoy no quiero discutir, ni reconciliarme ni prometerme a mí misma que puedo soportarlo porque no es verdad. Y no puedo más de esta situación. Es tóxica.

Merezco su amor incondicional, su respeto, su entrega absoluta. ¿Y si ha confundido deseo con amor? ¿Y si lo que veo en él solo es lujuria y atracción? Jamás me ha dicho que me quiere ni ha priorizado lo nuestro cuando se trata de ganar en las carreras o de su futuro en la universidad.

Sasha solo es la punta del iceberg. Porque quien debería detenerla es él.

—Vete a casa —susurro rompiendo su abrazo—. Necesitas descansar para el partido.

—Ash… —Esa voz bajita, llena de necesidad y anhelo, me lacera de una forma demasiado intensa para aguantarme en pie.

Doy un par de pasos tambaleantes hacia la mesa de las herramientas y coloco las manos encima, sin girarme, en busca de un punto de apoyo—.

Vamos, cariño. —Avanza hasta volver a rodearme por la cintura y envolver mi espalda con su torso—.

Cuando estemos en Austin todo cambiará. Te lo prometo.

Si pudiera creerlo, si mi realidad fuera distinta, si tuviera la certeza de que entonces no cederá a cualquier otro chantaje si sus sueños se ven amenazados…

Pero cuando él se vaya a Austin, yo estaré en Dallas, boqueando en busca de aire en medio de un océano repleto de tiburones con deseos de morderme.

Nadando entre ellos. Sorteándolos. Y él tendrá su ansiado puesto en los Texas Longhorns, con su beca, con su vida universitaria, con su libertad.

¿Con Sasha?

Me tomo unos segundos para controlar mi llanto, esa bola de dolor que me oprime los pulmones.

Nunca estará preparado para asumir el peligro, ni para renunciar a algo para estar a mi lado cuando lo necesite.

Me lo demuestra cada vez que Sasha se acerca a él, con esa cobardía que quizá solo esconde falta de amor.

Con sus palabras. Y no puedo engañarme más.

No me lo puedo permitir. Merezco a alguien que me priorice por encima de todo, que me elija a mí sin pararse a pensar en las consecuencias.

Entiendo su temor, pero no sus decisiones ni su debilidad.

Cuando me recupero un poco, me deshago de él para mirarlo a la cara. Primero quito sus manos de mi cintura, después lo empujo un poco y me enderezo para tener espacio y escurrirme de debajo de su cuerpo. Y termino dando dos pasos a un lado para alejarme.

—Lo siento, Dorian. Se acabó —susurro estremeciéndome por el frío atroz que sacude mi cuerpo—. No puedo continuar con esto. No así.

—¿Vas en serio? —Sube la voz con una furia implacable—.

¿Quieres que lo arriesgue todo para demostrarte algo?

¿Tanto me odias? —Adelanta el cuerpo para invadir mi espacio personal, pero ahora en su rostro no hay rastro de ternura ni de desesperación, sino de rabia—.

¡Si me enfrento a Sasha, me quedaré sin nada!

¿Es eso lo que buscas? ¿Hundirme? ¿Todavía estamos jugando a vengarnos?

—Si te odiara, seguiría a tu lado.

El significado de esa frase se clava en mi pecho. Es cierto, si no lo quisiera, seguiría con él hasta el final y lo abandonaría al llegar el momento. Pero lo amo tanto que la idea de compartirlo me ahoga.

—¿De verdad estás diciéndome que se ha acabado?

—El impacto de esta pregunta se refleja en su rostro pálido, en la vena que le late en la sien, en el temblor de su labio—.

¿Esperas que elija entre mi futuro o tú?

¿Podrías vivir conmigo después si me quedara a tu lado?

¡Porque entonces solo sería un jodido despojo!

—Ahora vuelve la ira—. ¿Lo entiendes? ¿Puedes imaginarte hasta qué punto me destrozarías?

¡Eso es odio, Ash! Si me quisieras, no me obligarías a algo así.

Acabas de lanzarme una mierda de ultimátum, y no te lo perdonaré jamás.

Está desvariando. Sus palabras en este momento carecen de sentido, es como si acabara de perderse del todo.

—No es necesario que decidas —susurro, pronunciando el fin de lo nuestro y condenándome a un sufrimiento absoluto—.

Ya lo has hecho con tu forma de comportarte y de contestarme.

—Las lágrimas manan con desesperación de mis ojos—.

Vete, por favor. Consigue tu beca, acuéstate con ella, haz lo necesario para demostrarte a ti mismo que no me necesitas.

—Ash, no… —Su voz ha vuelto a perder fuelle—. No lo hagas. Por favor .

Intenta abrazarme de nuevo, alcanzarme, tocarme, buscar mis labios, pero no se lo permito. Cruzo los brazos sobre el pecho para apartarme de él y caminar hasta encerrarme en la casa, derrotada, rota y a punto de derrumbarme.

Me apoyo en la puerta cerrada, sintiendo cómo todo explota en mi interior, cómo los pocos meses felices con Dorian me atrapan para decirme sin palabras que el destino vuelve a ponerme en mi lugar, en ese donde una bala se ocupó de sellarlo al mantenerme con vida.

Dorian golpea la puerta. Primero con suavidad y después con más efusividad.

—Ábreme, Ash —grita un poco fuera de sí—. No me vas a dejar, ¿me oyes? No lo voy a permitir. —Hay una pausa un poco larga, acompañada de unos golpeteos más tenues, y entonces su voz se convierte casi en un susurro—. Te necesito.

Y yo a él. Desesperadamente. Como las abejas necesitan la miel y las flores el sol. Como los vampiros a la oscuridad. Como…

Se me va la cabeza porque el dolor me parte en dos. No quiero seguir sufriendo ni lamentarme hasta la eternidad por lo que he perdido. ¿Por qué tengo que renunciar a todo siempre? ¿Acaso pesa una maldición sobre mí y Albert solo es parte de ella?

Las lágrimas me mojan cada rincón de la cara, tapada con mis manos.

Resbalo hasta quedarme en cuclillas, con la espalda apoyada en la madera, recordando cada instante con Dorian y sintiéndome morir.

Hay unos cuantos intentos de abrir la puerta por su parte.

Al principio solo son empujones suaves, acompañados de sus palabras, cada vez más subidas de tono, pero las embestidas pronto se descontrolan y la madera vibra.

Pum…

—Cariño, por favor… Ábreme…

Pum, pum…

—¡No me vas a echar así de tu lado!...

Pum, pum, pum…

—¿De verdad esperas que me trague este número…?

Pum, pum, pum, pum…

—¡Joder, Ash, ábreme la puerta…!

Pum, pum, pum, pum, pum…

—¿Quieres hacer el jodido favor de abrir la puerta?

—Siento cómo impacta contra ella para intentar acceder a la casa—.

¡Ash, en serio! ¡Si no me abres, voy a tirarla abajo!

—Más golpes, tan fuertes que noto cómo la madera se mueve—.

¡Haré lo que haga falta! ¡Pero, joder, no me obligues a vivir sin ti!

La última frase es casi un sollozo, un ruego, un lamento.

Debería tener miedo, angustiarme por su forma de actuar, pensar en las consecuencias de escucharlo, pero siento su dolor en cada palabra, en cada golpe, en su escalada a la cima de la ira y su descenso a los infiernos del corazón roto.

Quiero ser firme en mi decisión, pero mi determinación empieza a flaquear mientras hago fuerza contra la puerta para impedirle abrirla.

Porque, en vez de estar aterrorizada por su reacción, solo puedo pensar en nuestros corazones fragmentados, en cómo nos acabamos de herir, en su desesperación y en la mía.

—Ash… —Ahora su tono es suplicante y destrozado, como si estuviera llorando, algo imposible en una persona como él—.

Escúchame, ¿vale? —Los golpes contra la puerta no cesan y la madera cede un poquito más cada vez—.

No puedes tirarlo todo por la borda por Sasha.

Ella no significa nada para mí. Solo la uso.

En cambio, a ti… —El golpe, esta vez, es muy fuerte, tanto que lo siento impactar en mi espalda—.

A ti… ¡Joder! ¿Es que no lo ves? —Si sigue golpeando así, va a astillar la madera—.

¿En serio no te das cuenta de que estoy jodidamente enamorado de ti?

¿De que no puedo ni imaginarme estar lejos de ti? ¿De que te quiero?

Las dos palabras al fin han salido de su boca y es como si me hubieran agitado el alma de una forma intensa.

Se adhieren a mi piel para filtrarse por mis venas en forma de estimulantes capaces de llegar a mis venas e irradiar en cada pequeño átomo de mi cuerpo, encendiéndolo, llevándolo a temblar, colmándolo de emoción, esperanza, ilusión.

Me levanto con rapidez, casi en un impulso.

Y abro la puerta. Porque me quiere, porque no soporto estar enfadada con él ni un segundo más, porque lo necesito.

Está a punto de impactar su hombro contra la madera y se detiene a medio movimiento, jadeando, con los ojos rojos y húmedos, con una expresión de dolor que se convierte en sorpresa, y enseguida en anhelo.

—Ash…

Me quedo inmóvil un segundo, temblando.

—Yo también estoy enamorada de ti —susurro abrazándome por la cintura para intentar rebajar los temblores—.

Pero no puedo compartirte, Dorian. Me merezco tu completa dedicación.

No quiero ser solo un sucio secreto y ver cómo otra te besa o te toca y no le paras los pies cuando coquetea contigo.

¿Te imaginas si fuera al revés? ¿Qué sentirías si fuera yo la que me besara con otro ?

Siento el impacto de conjeturar mis palabras en su expresión. Es como si acabara de abofetearlo y el dolor le contrajera hasta el último músculo facial.

—No voy a cagarla de nuevo. —Se acerca a mí con lentitud, hasta quedarse a pocos centímetros de mi tembloroso cuerpo—.

Solucionaré lo de Sasha, me la jugaré, haré lo que sea.

—Me abraza con fuerza, atrayéndome hacia él, estrujándome tanto que casi me deja sin respiración.

Escucho con claridad sus resuellos y los acelerados latidos de su corazón en nuestros pechos pegados—.

Pero no vuelvas ni a insinuar que vas a cortar conmigo.

Nunca más. Si un día desapareces de mi vida, me vas a destrozar.

Te vas a llevar la poca calidez que queda en mí.

—No me des razones —susurro con el sabor salado de las lágrimas llenándome la boca—. Necesito cero toxicidad, Dorian. Sentirme parte de ti, no en la cuerda floja cada vez que alguien te asegura ser capaz de destrozar tu futuro.

—Nunca más. —Sus labios buscan los míos y se quedan pegados, hablando sobre ellos—. Te lo prometo. Aunque lo pierda todo, solo estarás tú para siempre.

—Eres un gran jugador de fútbol. No necesitas a nadie para conseguir esa beca ni para lograr tus sueños. —Le paso los dedos por su pelo—. Solo confianza en ti.

Él gime como única respuesta, con sus labios apoyados en los míos.

Lo beso. Abro la boca y enredo mi lengua en la suya, con posesividad, con necesidad, con pasión.

Lo abrazo más fuerte, lo atraigo y le levanto la camiseta en movimientos furiosos, como si no pudiera esperar ni un segundo a quitársela.

Dorian se separa un segundo de mí para desprenderse de ella y de la mía, sin abandonar las caricias, resollando.

Nuestras manos palpan cada centímetro de piel, los dedos se clavan en ella, la marcan, la tocan, la sienten.

Me baja los pantalones en gestos furiosos, sin atender a nada más que a nuestra necesidad de devorarnos.

Yo me deshago de su ropa, ansiosa, como si la declaración de un instante atrás requiriera sellarse.

Me levanta en brazos, a pulso, con sus labios creando surcos en los míos.

Me apoya contra la madera, se coloca un preservativo y me penetra, empujando con fuerza, bombeando con ímpetu, sin dejar de besarme, de tocarme, de gemir.

Los dos respiramos a un ritmo acelerado y nos movemos sin pausa, con dureza.

Se clava en mí como si quisiera reclamarme, marcarme, enterrarse en lo más profundo de mi alma, pero a la vez siento como si no fuera real, como si no estuviera dándose por completo, como si una sombra acabara de oscurecer nuestro futuro juntos.

Mi espalda golpea una y otra vez la puerta, resonando.

Sus brazos me aguantan bajo las nalgas y su cuerpo me sostiene contra la madera, vigoroso, apremiante, imperioso.

Lo animo agarrándolo por el trasero, clavándole las uñas, instándolo a ser más fiero, a embestirme cada vez con movimientos más rápidos, más profundos, más intensos.

Las lágrimas me inundan al comprender que quizá solo tenga un tiempo a su lado, que volverá a herirme, que, a pesar de amarme, no se siente capacitado para perder el control.

Un estremecimiento me recorre el cuerpo excitado al entender que el destino nos volverá a separar, que no puedo contarle nada de Madison porque se alejará cuando el peso de amar lo aplaste demasiado.

Pero tampoco puedo renunciar a él ahora. No soy capaz.

La explosión nos llega a la vez, llenando el lugar de voces, jadeos y sonidos repletos de sentimientos, necesidad, urgencia, anhelo, amor desesperado.

Me aferro a él suplicando para que el tiempo esté de nuestro lado.