Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 28 #2
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—Has estado increíble. —Se adelanta para pasarme la mano por el torso, repasándome los músculos más de lo recomendable—.

Eres el mejor con diferencia, por eso te he traído un regalito.

—Saca su móvil para abrir la aplicación de correo electrónico y mostrármelo—.

Mira, mi padre te ha recomendado a Roger Slavie, uno de los ojeadores más respetados de los Texas Longhorns. Va a venir al partido a verte a ti.

Su mano baja demasiado, casi rozándome la entrepierna, nada excitada por ella.

Es curioso cómo solo reacciona a Ashley últimamente.

Leo el e-mail del padre de Sasha y la respuesta.

Está claro que el alcalde Meyer le ha citado mis estadísticas a Slavie y lo ha animado a venir al partido de mañana para verme en el campo.

Y eso me demuestra que estoy jugando bien mis cartas.

—Dale las gracias a tu padre —contesto apartándole la mano con sutileza, pero cuidándome mucho de enfadarla, ya que me acaba de conseguir algo importante—. Le ha hablado muy bien de mí.

—Recuérdalo cuando pienses en nosotros. —Acerca la cara y me lame el labio—. Si no, le podría hablar mal de ti, y eso sería catastrófico, ¿no crees?

—Sabes que he de ganar una apuesta —susurro más meloso de lo que me gustaría, siguiéndole el juego y sintiéndome asqueroso cuando mis ojos se encuentran con los de Ashley junto a Ralph y Juliette, a pocos metros de mí—. Ayúdame a quedar bien o perderé mi corona.

—Lo sé. —Suspira con resignación, sonriendo, como si acabara de darle un argumento válido para retirarse—. Solo por eso te respeto. Pero podríamos ser novios sin acostarnos. —Se acerca a mi oído para susurrarme—. Hay mil maneras de llegar al orgasmo sin penetración.

Siento una oleada de aversión, y más cuando su mano me agarra la entrepierna y su lengua se introduce entre mi boca sin ser invitada. Los remordimientos me asolan al imaginar la discusión posterior con mi chica.

Mi vida es tan complicada… Oscilo tanto entre las opciones…

—Cielo, contrólate. —Aprieto los labios y busco el tono de voz más adecuado en este instante—. Estabas presente cuando los chicos me retaron. Nada de novias ni sexo hasta mi cumpleaños. Ayúdame a quedar bien.

—Lo siento. —Se retira con una expresión seductora—. Eres irresistible.

—Te veo mañana en el estadio. —Me aparto de ella y le dedico una mirada de circunstancias a Ashley. Al observarla un segundo, me enfrento a su rotura total y una parte de mí sangra. Pero…

—Ahí estaré. —Me da un casto roce en los labios—. Voy a ser la primera en darte el beso de la victoria.

Se va contoneando las caderas, acompañada del silbido de la mayoría de mis compañeros, que aún no han entrado en el vestuario.

Me aproximo a mi novia, pero ella no me da la opción de alcanzarla, ya que se da la vuelta y se va con Juliette a la salida.

Si las siguiera, podría llamar la atención de mi acosadora, así que entro en el vestuario, me ducho lo más rápido posible, escucho la última charla del entrenador para mañana dar lo mejor de nosotros y salgo pitando para la casa de Ash en el bosque.

Hoy hemos pedido fiesta en el taller de Rod para pasar las horas juntos antes de uno de los días más importantes de mi vida.

El hecho de tener ese lugar para vernos es una suerte, aunque me cuesta entender por qué Rod se lo cedió a Ash con tanta facilidad, y estoy tentado a preguntarle.

No lo he hecho para no gafar nuestra suerte.

Es evidente que el garaje está preparadísimo para arreglar el coche de mi chica, que ella es una ganadora nata en el circuito y que el dueño del taller vio un filón en ella para forrarse, y por eso le proporcionó un lugar donde guardar ese Pontiac GTO del 71 al que ella llama Stan.

Aparco fuera, frente a la puerta del garaje. Todavía tenemos unas horas de luz por delante y mi madre nos ha dejado libertad para pasar la tarde juntos, sin preguntarnos nuestros planes ni interponerse en ellos.

Estoy tenso cuando bajo del coche y camino hasta la puerta.

Sé que está cabreada y que necesitaré recurrir a todo mi encanto para revertir su ira, pero la convenceré de que perder la posibilidad de ir a la universidad me destrozaría y lo nuestro acabaría en desastre total porque en mi fuero interno la culparía. Sería inevitable.

Se escucha una música suave en el interior del garaje, compuesta por baladas de esas que Ash solo escucha cuando está angustiada o atacada por algo.

Y en esta ocasión sé exactamente cuál es su malestar.

Me detengo un segundo frente a la puerta, me paso una de mis manos sudadas por los vaqueros para intentar secarla un poco.

En la otra llevo un Toblerone gigante; mi novia los adora y quiero ablandarla lo más rápido posible.

Abro la puertecilla que hay a un lado, junto a la abatible por donde entran los vehículos.

—¿Ash? —Está de espaldas a mí, inclinada sobre el capó del coche, vestida con uno de esos monos llenos de grasa que suele usar cuando desmonta y monta de nuevo el motor para desestresarse.

Me guardo el Toblerone en el bolsillo trasero del vaquero y la abrazo por la espalda, sin importarme la suciedad que se arrimará a mi ropa—.

Lo siento. Ella me estaba esperando y se me ha tirado encima y…

—No podemos seguir así —susurra con rastros de llanto en la voz, como si fuera un disco rayado repitiendo estas palabras una y otra vez.

Apoya la cabeza en mi nuca—. Has de actuar de una vez, Dorian.

Dejárselo claro, explicarle que no quieres estar con ella y ponerla en su sitio.

Lo que sea. —Suspira—. Me duele ver cómo te toca y te besa.

Y lo peor es que no hagas nada para que pare.

—Ya lo hemos hablado mil veces. —Le acaricio en el cuello expuesto—. No puedo jugármela…

—Siempre hay alternativa, solo necesitas ser valiente.

—Sacude la cabeza y me separa las manos de su cuerpo para dar un paso al lado y encararme—.

Permitir que te chantajee así no es sano.

¿Qué harás si te pide acostarte con ella cuando termine la apuesta?

¿Si sus exigencias son mayores cada vez?

¿Si no quiere soltarte en ningún momento?

—Todavía falta para mi cumpleaños… Ya pensaré algo entonces.

Cierra los ojos con tristeza, y eso me destroza más que un cabreo, porque es un signo inequívoco de que podría perderla.

La música cambia para traerme The Climb , de Miley Cyrus.

Es como una broma del destino cuando la letra empieza a relatar cómo nos sentimos, cómo ambos luchamos para abrirnos camino entre montañas cada vez más altas y cómo encontramos obstáculos y los superamos a base de sufrimiento.

—Sasha no domina tu vida ni tus decisiones. —Se aleja de mí dando un par de pasos atrás y cruza los brazos bajo el pecho, batallando para no soltar lágrimas—. Has de ser capaz de ser tú quien tome el control. Si se lo cedes a ella, te tendrá siempre en sus manos. Y eso es peligroso.

—Tú no has visto el intercambio de emails entre su padre y Roger Slavie. —Aprieto un segundo los labios e inspiro con fuerza—. Lo conoce, puede ayudarme…

—Eres un jugador increíble. —Descruza los brazos y se acerca un poco a mí—.

No la necesitas, ni a ella ni a su padre.

Roger Slavie te va a elegir por tus estadísticas y por cómo juegas, no por colegueo.

Eso no funciona así. El fútbol en las universidades es un deporte muy competitivo, tú lo sabes.

No se dejarían perder a un jugador por una amistad.

—No lo sabes. —Niego con la cabeza, con un acceso de ansiedad por sus palabras, por la posibilidad de conseguirlo por mí mismo, por la parte no pronunciada—. Y no me voy a arriesgar a averiguarlo.

Ella cierra los ojos para derramar la primera lágrima y, cuando los abre, el dolor le crispa la cara, como si acabara de romperse en mil pedazos.

—Siempre irradias esa sensación de seguridad en ti mismo… —Se da la vuelta para que no la vea llorar; usa un nuevo argumento, lo introduce y me ahoga—. Pero en realidad sigues siendo ese niño asustado por su padre.

—¡Serás capulla! —El cabreo me nubla la razón. ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿A nombrar a mi padre? Avanzo hasta agarrarla del brazo y obligarla a mirarme—. ¡Mi viejo no tiene nada que ver! ¡Que tú no quieras ir a la universidad ni labrarte un futuro no significa que los demás piensen igual!

Le tiembla el mentón.

—Sasha no es el pasaporte para conseguir tus sueños.

—Se zafa de mi mano y rebaja mucho el tono, sin rastro de ira y con unas notas altísimas de dolor y decepción—.

Eres tú. Cada uno de nosotros es dueño de su destino, Dorian.

Eres un buen jugador de fútbol, estás capacitado para conseguir la beca, pero en el fondo piensas que no, por eso te aferras a ella. Y por eso me perderás a mí.

—¿Me estás pidiendo que elija? ¿Es eso? ¿O lo que me ofrece Sasha o tú?

—Mi tono es cabreado. Muy cabreado. Sus palabras han impactado directamente en mi corazón, lo han arrugado, apretado, estrujado.

Es la primera vez que llegamos a este extremo y me siento como si me estuviera quitando el aire de los pulmones—.

¿Te das cuenta de que, decida lo que decida, los dos perdemos?

¡Porque si la aparto de forma definitiva y me hunde, jamás seremos felices!

Siento cómo lucha contra el llanto y el dolor. Y es como si los dos nos partiéramos en muchas astillas en este momento, ya que la parte silenciosa de esa última frase es una sentencia clara a nuestra felicidad.

—Te quiero muchísimo, Dorian. —Se aleja unos pasos, con una mirada herida—. Más de lo que nunca querré a nadie. Y te entiendo, en serio, lo comprendo. Pero no se puede tener todo en la vida, hay que tomar un camino y creer en él, sean cuales sean las consecuencias.

Si me abandona, no lo superaré jamás. Aunque soy yo quien sabotea nuestra estabilidad con mi comportamiento. Es cierto el poder que ostenta el padre de Sasha y hasta qué punto puede ofrecerme el pasaporte directo a mis deseos. Pero también podría buscar alternativas…

—Quiero estar contigo. —La alcanzo en cuatro pasos y la abrazo.

Siempre cede cuando llegamos a este punto, y hoy no será distinto.

Como mínimo Sasha es un escudo perfecto contra mi corazón desbocado y a la vez una baza segura para asentar mi futuro.

Y sé cómo convencer a Ash—. Ten un poco más de paciencia, espera a que consiga la carta de la beca, que lo haya conseguido.

Entonces la pondré en su sitio. Te lo prometo.

Un eco del pasado me estremece. «Te lo prometo»…