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DORIAN
Tener novia es diferente a cómo lo imaginaba.
Ashley roza la perfección. No le asusta nada, suele aceptar todos mis retos y proponerme algunos, y me interna en un mundo adrenalínico, como si estar con ella fuera colgar de una cuerda de puenting a todas horas o sentir el subidón al tirarse en paracaídas.
Y si solo fuera eso… Me he convertido en un romanticón de narices.
A veces me doy hasta arcadas, sobre todo cuando soy capaz de cualquier locura solo para contentarla, incluso de renunciar a mi antiguo yo y cruzar líneas prohibidas antes de ella.
Aunque es una mierda estar siempre pendientes de que no nos descubran, con la ansiedad de percibir el peso de las consecuencias si alguien se diera cuenta.
Contar con el beneplácito de mi madre ayuda a hacerlo más llevadero; así en casa no nos angustia la tensión de fuera, solo disimulamos con Ernesto, y eso es sencillo.
En cambio, en el instituto debo comportarme como siempre, sin mostrar mis deseos de tocarla, de anunciar a viva voz que estamos juntos, de besarla cuando me plazca. A veces eso me mata.
Pero hay instantes —cada vez más— en los que me siento a punto de explotar. Me falta el aire sin motivo, como si alguien me apretara el pecho desde dentro. Me descubro irritado, con ganas de salir corriendo sin saber adónde.
No termino de reconocerme en este Dorian enamorado, tan expuesto, tan blando.
Me asusta depender de alguien hasta el punto de que su sonrisa pueda arreglarme el día o destrozármelo.
Entregarme así, sin red, a unos sentimientos que pueden apartarme de mis metas me deja en carne viva.
Y entonces la ansiedad me traga, como arenas movedizas que se cierran sobre mis piernas mientras intento convencerme de que todavía soy libre.
Y cuando siento que pierdo el control por dentro, intento recuperarlo por fuera.
He descubierto una parte de mí un poco chocante, la de los celos.
El no tener potestad para reclamarla en público me aboca a cabrearme cuando otros tíos pueden acercarse a ella con intenciones románticas.
Aunque Ashley siempre les aclara su postura.
No es tanto el verla con otro como mi necesidad de exponerle al tío en cuestión que está pillada.
Porque, aunque mi confianza en ella es absoluta, me enfurece ver cómo le entran los capullos de mi insti pensando que está soltera.
Vale, hay algo de posesividad. No enfermiza. Solo inevitable.
Si incluso siento celos de Ralph cuando puede sentarse a su mesa en la comida sin llamar la atención.
Quizá por eso soy un kamikaze en el instituto y la escondo en lugares cada vez más arriesgados para besarla, tocarla, sentirla.
Estar alejado de ella me duele hasta de forma física.
Me hormiguean las manos y siento algo extraño en el estómago.
Hemos realizado un montón de actividades juntos que jamás imaginé compartir con una chica.
Como pasar un día en la playa, limpiar los coches con una manguera y acabar los dos mojados al lanzarnos el agua, cocinar en la casita del bosque, celebrar pícnics en zonas solitarias, bañarnos en el lago por la noche completamente desnudos, compartir cenas con nuestros amigos, conducir sin rumbo durante horas, dormir juntos cada noche…
Suelo colarme en su habitación; abrazarla en la cama es el mejor narcótico existente.
Comparto el máximo de tiempo posible con ella. Y eso me asusta demasiado.
Siento a ese Dorian como una versión suavizada del de verdad.
Como si fuera un impostor. Me asusta cómo me comporto con ella.
Bajar la guardia, permitirle dar la cara a ese yo tan protegido por los gruesos muros de siempre.
A veces el deseo de pregonarlo al mundo para poder abrazarla en la calle y darle un beso cuando me apetezca me estremece e inicia una oleada de pánico, ya que veo con claridad cómo pierdo el control de la situación para regalárselo a Ash, y me doy cuenta de que podría acabar conmigo.
Entonces caigo en la rueda interminable de las recriminaciones, del odio manifiesto hacia mi yo enamorado, de la necesidad de romperle el corazón y alejarme de ella.
Algunas tardes conducimos dos horas para caminar por la calle como una pareja normal, cenamos abrazados, incluso nos aventuramos a subir a varias atracciones de una feria de Hattiesburg, en pleno estado de Mississippi.
He mejorado mucho en las carreras gracias a nuestros entrenos y a sus consejos, pero ella sigue liderando la clasificación y los récords. Y no llevo bien sus victorias, ni cómo impacta eso en mi autoestima ni los pensamientos recurrentes que saca a la superficie. Los deseos de aplastarla.
Cada vez más a menudo me invade la ansiedad del pasado, la necesidad de lograr mis metas, de demostrar mi supremacía, de darle a mi padre donde más le duele y mis defensas vuelven a alzarse, la rabia me posee de nuevo y todas mis buenas intenciones se van por el desagüe, porque la sed de venganza recorre mi cuerpo y abrasa mi cerebro para llenarlo de una necesidad insana de deshacerme de la competencia.
Intento vencer mi rencor, alejar siempre de mí ese tipo de resentimiento para conservarla. La quiero y ella se esfuerza en ayudarme a mejorar. Sin embargo, mi yo del pasado me invade y se convierte en filos punzantes de navaja. Y cada vez me cuesta más aniquilarlo.
Cuando eso sucede me concentro solo en mis sentimientos por Ashley, en sus besos, en sus caricias, en su sonrisa.
Ella es mi salvavidas, la única con poder para erradicar de cuajo las sombras y la oscuridad que me acechan.
Pero no siempre lo consigo, y menos cuando me llega alguno de los esporádicos mensajes de mi viejo desde la cárcel.
Hay tanto dolor en sus palabras, tanto odio…
Enterarse de la relación de mi madre con Miles lo ha vuelto loco.
La llama constantemente para insultarla y, si alguna vez soy yo quien contesta al teléfono, me amenaza con escaparse de la cárcel y matarme por haberlo permitido.
Está trastornado, lo sé. Pero eso no evita mi furia ni que mis heridas se reabran para abocarme a un odio irracional.
Otro punto caliente en mi vida es Sasha y su insistencia en conseguirme.
Eso me origina un montón de discusiones con Ash que de momento capeo con apasionadas reconciliaciones, aunque en el fondo no quiero revertir la situación, porque al no pararle los pies a mi acosadora pongo distancia con mis sentimientos y mi cordura sale a flote.
Ashley tiene razón, le doy alas al seguirle el juego y nunca le he dicho que no tengo interés en ella.
Para mí representa un muro de contención para no desatar a lo grande mis emociones y frenar un poco ese grandísimo lodo llamado amor que intenta obstruir mis deseos de venganza.
Pone en perspectiva quién soy y qué quiero de la vida y me ayuda a distanciarme de mi chica cuando la soga me aprieta demasiado.
Me ayuda a mantener la cabeza fría. Y, de paso, me acerca a mi futuro.
Las últimas dos semanas ha aumentado de forma significativa su estrategia de acoso y derribo, sumándole toqueteos, besos robados, insinuaciones muy poco veladas y comentarios cada vez más lascivos.
No la entiendo, los meses pasan y sigue emperrada en salir conmigo de forma oficial. Incluso ha aceptado no mantener relaciones sexuales hasta mi cumpleaños, día en el que vence la apuesta que conseguí cerrar con mis compañeros de equipo.
Veo con demasiada facilidad cómo estos gestos le rompen el corazón a Ashley, la escucho cuando me recrimina mi pasividad, incluso palpo su dolor.
Sé que debería ponerle límites a Sasha, hablarle claro y dejar de escudarme en su capacidad para joder mis posibilidades de beca.
Sin embargo, prefiero tensar la cuerda, tener una vía de escape, agarrarme a esas pequeñas victorias en mi antiguo camino hacia la venganza…
Y, de paso, asegurarme mi carrera hacia los Texas Longhorns.
Porque Sasha tiene la clave para lograrlo y cabrearla puede significar una pérdida inexorable.
Mañana tenemos el último partido de los playoffs .
Los Warriors no han anotado ni una derrota en toda la temporada, alzándose con todos y cada uno de los trofeos.
Y yo tengo el récord absoluto en la mayoría de estadísticas.
¿Máximas intercepciones? Hecho. ¿Máximas capturas en un juego?
Conseguido. ¿Máximas capturas en la temporada?
Sip. ¿Máximas yardas terrestres? Ese soy yo, tanto en un juego como en la temporada.
¿Máximos partidos como titular? Logrado también.
Lo tengo todo de cara para atraer al ojeador deseado.
El partido se jugará en el estadio Jordan-Hare, en Auburn.
Y estoy nervioso, tanto por el lugar como por lo que significa.
Salgo del entreno con el cuerpo sudado y la sensación de estar a punto de culminar una parte de mis sueños.
Esta temporada he jugado al tope de mi rendimiento, lo he dado todo de mí y ha llegado el momento decisivo, ese donde debo demostrar mi valía para pasar a la siguiente fase.
Los chicos charlan excitados por la sensación de estar a las puertas del último partido como equipo.
Porque, una vez pase la final, cada uno de nosotros tomará un rumbo distinto y dejará atrás una fase de nuestras vidas. La de jugadores de instituto.
Al llegar frente al vestuario me encuentro a Sasha otra vez esperándome apoyada en la pared, al lado de la puerta, con su uniforme de animadora y una de esas miradas lascivas que anuncian una de sus nuevas incursiones para tentarme.