26
DORIAN
Está impresionante con ese vestido rojo y casi sin maquillar. Lleva el pelo recogido a un lado, con los rizos cayéndole en cascada, como si quisieran alentar todavía más mi deseo. Es la representación de todas mis fantasías.
Me alejo del coche para aproximarme a ella cuando Ralph emprende la marcha.
Y me siento como un jodido drogata en busca de su chute.
¿Quién es este usurpador de cuerpos y qué ha hecho conmigo?
No me reconozco para nada. Es como si mi cerebro hubiera entrado en una dimensión desconocida y estuviera sumido en un mundo lejano donde querer a Ashley es lo único importante.
—Hace una noche preciosa —susurra parándose a cuatro centímetros de mí.
—Perfecta para cenar frente al océano. —Doy un paso para pegarme a ella—. Y después podríamos pasear un poco.
Su sonrisa se ensancha hasta convertirse en casi lasciva. Me da un tirón en la entrepierna al descubrir esa expresión tan sexy. Y empiezo a hiperventilar.
—¿Y si quisiera saltarme todos los preliminares? —Le tiembla un poco la voz, como si, a pesar de lanzar su propuesta, estuviera nerviosa por lo que significa—. Porque las citas están sobrevaloradas, te lo digo yo.
Le paso el brazo por la cintura para estrecharla contra mí, con el corazón latiéndome en todas partes.
—Llevamos un año de preliminares —musito atragantado de deseo y con la firme determinación a ir a su ritmo, a demostrarle lo mucho que me importa—. Pero puedo esperar. Quiero ir despacio, disfrutar de cada instante.
—La primera vez es la más incómoda. —Acerca los labios a mi boca con más aplomo, decidida a ponerme al límite cuando su cadera se pega a la mía y se restriega contra mi erección—. Es importante pasar por ella cuanto antes para disfrutar después. Y más si estás muerta por los huesos de tu pareja.
—¿Y dónde queda aquello de buscar un hombre experimentado para quitarte el trámite de encima? —Le coloco las manos en el trasero y hablo pegado a sus labios, con mi voz reverberando entre las bocas y acariciándome la piel—. Porque quiero ser más que eso para ti.
Sus besos consiguen que casi pierda el control.
—Me ha tocado la lotería, ya que llevo tiempo suspirando por ti y eres un superexperto. —Me lame el labio—. No puedo pedir más.
La levanto para que enrolle las piernas en mi cintura y la llevo en brazos hasta el coche para colocarla sobre el capó. Y la beso. Con pasión, anhelo, posesión.
Durante toda mi vida he detestado a las personas que etiquetan a sus parejas como «mía». Todo el mundo ha de mantener su independencia, su libertad. Pero con Ashley esa palabra cobra un sentido diferente. Es mía y yo soy suyo. Me acojona esta sensación. Y a la vez llena un vacío que ignoraba tener.
Subo los besos de intensidad, le acaricio la piel, estirándola sobre el capó para colocarme encima de ella, muy juntos, frotándonos.
Ella tira de mi camiseta para quitármela y, cuando lo consigue, se incorpora para pasear sus manos por mis músculos, consiguiendo subir la temperatura hasta una cota imposible.
Me quemo. Y, si sigue así, me comportaré como un principiante y explotaré sin necesidad de que me toque.
—Hay una habitación en la casa. —Me da un beso en el torso, justo en medio de los pectorales—. Con una cama doble. Y baño propio.
—¿Estás segura? —Me separo un segundo de ella para darle tiempo a echarse atrás. Por primera vez en mi vida no quiero un polvo y ya está. Necesito más con Ashley—. No has de demostrarme nada, Ash. Puedo esperar…
Me calla con un beso.
—Ya, quizá tú puedas, pero yo no.
Esa afirmación termina de romper todas mis barreras.
La deseo demasiado para dejar pasar la oportunidad de estar dentro de ella.
Me lanzo a devorar sus labios otra vez, la levanto en brazos y, cuando ella vuelve a rodearme la cintura con las piernas, empiezo a caminar con dificultad debido a mi avidez, a sus besos, a la excitación.
Llegamos a la puerta cerrada y la apoyo contra ella para seguir ahondando en mi pasión.
—Las… llaves —pronuncia entre besos—. En… mi… bolso.
La suelto para ofrecerle tiempo de encontrarlas y abrir.
Accedemos a una casa de decoración simple y cálida a la vez. Me toma de la mano para llevarme hacia las escaleras y subir al primer piso, a una de las habitaciones. Acciona la luz y nos metemos en un cuarto de decoración moderna y agradable, toda en tonos crudos. Huele a limpio, a fresco, a ella.
—Algún día tendrás que decirme cómo conseguiste que Rod te prestara esta casa…
—Nadie la usaba. —Me lanza sobre la cama y se sube a horcajadas sobre mí, mostrando un lado salvaje que me pone a mil—.
Yo la he limpiado y arreglado. —Se quita el vestido por la cabeza en un gesto rápido y me deja sin respiración con ese conjunto rojo de ropa interior.
Es casi transparente, de puntilla y tan provocativo que gimo, porque, como no me controle voy a correrme sin necesidad de roce—.
He usado parte del dinero de las carreras.
Cuando sus labios se encuentran con los míos, lo demás desaparece. Solo estamos ella, yo y nuestra química sexual. Las manos recorriendo el cuerpo del otro. Los gemidos inundando el silencio. El hambre de devorarnos.
Se incorpora colocando una de sus manos sobre mi pectoral para mantenerme estirado.
La otra la baja con lentitud por el torso hasta llegar a la cinturilla del vaquero.
Verla morderse el labio con la cara sonrojada mientras me desabrocha la cremallera me lanza una descarga de placer que impacta contra mi miembro.
Quiero perderme dentro de ella, no aguanto un segundo más sin probarla.
Pero es importante darle una primera vez a la altura.
—Despacio —murmuro cuando su mano se mete bajo el bóxer para agarrarme la erección—. Estoy demasiado excitado y, si me tocas así, no aguantaré mucho. —Me muevo para sacarla de encima, tirarla sobre la cama y quitarme los pantalones—. Es tu primera vez, quiero que la disfrutes.
Le desabrocho el sujetador y le bajo las braguitas. Ya había visto su cuerpo una vez, pero en este instante es un subidón verlo así. Acaricio su vientre y me fijo en el nuevo tatuaje. Tres letras más dentro de una llama.
—Te has hecho otro —susurro pasando el dedo por la tinta—. Algún día tendrás que explicarme su significado.
—Algún día…
Bajo la boca a su cuello mientras le acaricio el cuerpo con las manos.
La beso con lentitud, descendiendo con los labios por su piel, tocándola entre las piernas, solo con roces suaves para arrancarle gemidos.
Está muy mojada cuando me meto un pezón en la boca y lo succiono.
Gime y se arquea al rozarle ese nudo lleno de terminaciones nerviosas que disparará su éxtasis.
Pero solo lo acaricio por encima, pasándole el dedo sin quedarme allí, incendiándolo mientras lamo sus pechos.
—Por favor… —suplica sin saber demasiado bien qué necesita.
Introduzco un dedo en su interior, sin abandonar las caricias circulares en su centro de placer, llevándola al límite. Cuando le he devorado los dos pechos, bajo por su vientre con la boca.
—Necesito que estés muy mojada —anuncio al llegar al nacimiento de su pubis.
Contesta con un jadeo. Subo las manos a los pechos y mi cabeza se pierde entre sus piernas.
Las reacciones de su cuerpo son una clara indicación de su grado de deseo.
Se arquea, agarra las sábanas con los puños, gime, resuella, grita mi nombre.
Sus sonidos impactan en mi miembro y es muy difícil rebajar mi necesidad de entrar en ella cuanto antes.
Pero no pretendo precipitarme, deseo que lo disfrute y cambiar del todo su manera de ver la primera vez.
La torturo deliciosamente durante mucho rato.
La acaricio, la lamo, la toco, pero cuando está a punto de estallar, me paro y provoco sus gruñidos de frustración.
—Dorian. —Otra vez pronuncia mi nombre como una súplica y me parece tan sexy que un poco más y me olvido de mi contención. Pero me domino, incremento la velocidad de mis lametazos, de mis caricias, y la llevo al orgasmo para escucharla correrse en mi boca.
Oír mi nombre entre los jadeos es como alcanzar el cielo.
Cuando los últimos coletazos del éxtasis se apagan, me quito el bóxer y me pongo un preservativo.
—Todavía puedes echarte atrás —anuncio rezando para que no lo haga.
—Hazlo de una vez. —Levanta las manos para tocarme el torso y esas palabras en su boca acaban de destrozar mi contención.
Su invitación se amplía al abrir las piernas y mirarme con la lujuria escrita en sus facciones. Está roja, tiene los labios hinchados y una mueca de deseo abrasadora.
—Voy a ir despacio. —Coloco la punta en su abertura, luchando contra mi necesidad de ser más duro—. Pero te va a doler un momento.
—Puedo soportarlo —susurra colocando sus manos en mi trasero y empujándome dentro—. Te necesito.
Su cara se crispa de dolor cuando atravieso la barrera, pero enseguida me dedica una sonrisa, como si quisiera asegurarme su deseo de llegar hasta el final. Me quedo quieto hasta que su cara se destensa.
—Muévete —ordena volviendo a usar sus manos para impulsarme.
Y lo hago. Empujo, la penetro cada vez más rápido, con la respiración al límite y mi contención bajo mínimos.
—No voy a aguantar mucho —anuncio.
—Córrete para mí. —Su voz tiene un toque de perversión—. Estoy a punto.
La última frase es apenas un murmullo entrecortado por los jadeos, un segundo antes de estallar en mil pedazos.
Con las contracciones de sus músculos vaginales, mi orgasmo se precipita.
Es más arrollador que otras veces. Grito su nombre, gimo y me descompongo en las oleadas de placer más impresionantes de mi vida.
Es como si acabara de alcanzar el éxtasis más absoluto.
—Te quiero, Dorian —susurra Ashley cuando me estiro sobre ella, besándola—. Ha sido increíble.
«Te quiero…».
Esas dos palabras se repiten en mi mente, arrastrándome a una espiral de ansiedad y pánico.
Debería contestarle que yo también la quiero, dejarle ver hasta dónde llegan mis sentimientos por ella, desnudar mi alma y no sentir miedo ante ello. Debería ser valiente para admitir mi amor. Pero, en vez de eso, me levanto con rapidez, me deshago del condón y suelto un suspiro.
Noto la decepción en su rostro. Solo es un segundo, una mueca rápida, una mancha oscura en sus ojos. Sin embargo, es suficiente para saber que acabo de hacerle daño.
—Hay un baño. —Señala una puerta en la misma habitación—. Puedes limpiarte ahí.
Su tono anuncia que acabo de romper la magia del momento, y me duele no ser capaz de contentarla.
Me meto en el baño dándome cabezazos por mi estúpida reacción.
Porque la quiero y es una gilipollez no admitirlo.
Pero hay tantas connotaciones al exponerlo en voz alta…
tanto detrás de esas palabras… tanto sufrimiento…
tanta frustración… tantas heridas… Me juré no pronunciarlas nunca.
No después de ver lo que hicieron en mi casa.
Cuando vuelvo a la habitación, Ashley se ha vestido y está arreglándose el pelo frente a un espejo que hay sobre el escritorio. La abrazo por la cintura, desde atrás, y coloco la cabeza en su hombro.
—Nunca había sentido algo parecido —admito—. Solo dame un poco de tiempo, ¿vale?
Ashley tarda un segundo más de lo normal en responder. Se pasa la lengua por el labio inferior, evitando mi mirada en el espejo.
—Claro… —responde. Sus dedos aprietan un segundo la tela del vestido antes de soltarla.
No dice nada más. Se limita a mirarme a través del espejo.
La abrazo un poco más fuerte. Como si aún estuviera a tiempo.
Hay algo en sus ojos que no sé descifrar. Siento que quizá acabo de cometer un error.