Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 24 #2
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—¿Algún día será Eternal Flame ? —Yo solo esperaba que me regalara mi balada preferida, esa que me ponía siempre el abuelo de niño para explicarme su historia de amor con mi abuela.

Ellos sí tuvieron uno de película y bailaron Eternal Flame mil veces en los ochenta, cuando tenían ya una familia y eran felices. La convirtieron en su canción.

Le había contado la historia a Ashley en una de nuestras charlas acerca de música, aprovechando uno de esos intervalos donde nuestra rivalidad se diluía.

—Puede… —Me dedicó una sonrisa—. Tú solo sigue intentándolo.

Huelga decir que me pasé horas buscando los mejores temas para presentarla como una mujer fuerte, perfecta, maravillosa y un sinfín de características que le demostraran cuánto me interesa.

A esa petición le siguieron: «¿Qué es para ti el amor?

¿La diversión? ¿El fútbol? ¿La tristeza?

¿El dolor? ¿La libertad? ¿La ilusión? ¿Cuáles son tus metas?

¿Qué esperas de una relación? ¿Y de la vida?

¿Si tuvieras que pedirme una cita, cómo lo harías?

». Cada día, al terminar de ponerle los temas que me habían tenido despierto la mitad de la noche, ella me replicaba con uno para escenificar su respuesta.

Y lo escuchábamos de la misma forma, quietos en medio del gimnasio, mirándonos, un poco más cerca cada vez.

Esta mañana tenía un tema muy complicado entre manos, porque su petición era muy específica.

«Si decidiera que no es tarde para aceptar tus disculpas, ¿qué sentirías?

». Tenía un pálpito de que si acertaba con los títulos estaría más cerca que nunca de recuperarla.

Y anoche pasé más tiempo de lo normal buceando en YouTube, en Spotify, en la red…

Ordenando las baladas elegidas… Decidiendo cuáles expresaban mejor mis esperanzas de tenerla entre mis brazos de nuevo y no cagarla…

Ansioso como nunca por el reto… Y sí, muerto de miedo.

Happy , de Pharrell Williams, ha sido la primera en sonar en el gym cuando hemos empezado a entrenar, incluso me he permitido bailar un poco para demostrarle cómo me sentiría si me perdonara.

Le han seguido canciones típicas, como Walking on Sunshine , de Katrina and the Waves, y ese tipo de música tan alegre, entusiasta y puesta de felicidad.

Y, llamadme ñoño, pero, si me da otra oportunidad, me sentiré así, como si caminara bajo el sol, eufórico y como si estuviera viviendo el mejor día de mi vida.

Por eso he reproducido canciones con ese rollo happy que te mueres, esperando con impaciencia su respuesta, ese último alegato de su parte, con mis deseos burbujeando en mi interior.

Su forma de secarse la cara con la toalla tras los estiramientos era la habitual, pero yo sentía los nervios llenarme de ansia mientras seguía cada uno de sus pasos.

Ha dejado la toalla colgada de su cuello, ha dado un largo trago al Gatorade y se ha acercado a su móvil con una expresión indescifrable.

Un poco más y la palmo de un infarto en los segundos siguientes, mientras ella buceaba en la pantalla con el dedo surcando movimientos para encontrar una canción.

Antes de darle al play , ha levantado los ojos con una sonrisa cautivadora, ilusionada, esperanzada.

Me la he quedado mirando embobado, con una taquicardia del veinte, duro como una piedra.

Cuando Eternal Flame , de The Bangles, ha inundado el silencio, mi corazón ha escalado el Everest en un segundo, sin oxígeno, así, a lo bruto.

Durante unos instantes no he reaccionado, había tantas emociones pululando por mi cuerpo que apenas era capaz de centrarme en una porque esa canción solo podía significar una cosa: me perdonaba. Tenía la posibilidad de recuperarla. Me daba una nueva oportunidad. Y no iba a fastidiarla.

Ashley ha dado un paso hacia mí, con lentitud, sin apartar la mirada, tarareando una pregunta de la letra.

«¿Sientes lo mismo?». Sí. Lo hago. En serio.

Aunque no lo he pronunciado en voz alta, solo he avanzado hasta quedarme a pocos milímetros de ella, casi tocándola, en un estado de éxtasis similar a una explosión nuclear.

He cerrado los ojos, como pide en la canción.

Ha sido solo un segundo, el necesario para seguir la letra, coger la mano de Ashley y ponerla en mi pecho.

Al abrir las pestañas y verla, el corazón se ha saltado dos putos latidos.

¡Joder! Era la expresión total de la esperanza.

De que al fin podíamos intentarlo. Y, como llevo tiempo prometiéndome, no la voy a cagar, iré a por todas y la mantendré a mi lado hasta el fin de los tiempos.

Aunque me convierta en un panolis de comedia romántica.

Quería besarla. Me moría por acariciar sus labios, por devorarlos, por tocarla.

Pero me he quedado ahí, esperando a que fuera ella quien diera el primer paso, que decidiera cómo quiere llevar esto.

Ella se ha quedado mirándome, con la mano sin moverse de mi pecho, escuchando esos latidos desbocados, calentándome hasta casi resultar insoportable, arrancándome gemidos de necesidad.

Cuando la canción se ha acabado, Ashley ha retrocedido con una sonrisa, sin apartar su mirada de mis labios, mordiéndose los suyos.

—Siento lo mismo —he susurrado.

Ella ha sonreído de nuevo, ha dado un paso y me ha rozado los labios con los suyos antes de alejarse rumbo a la puerta.

—Llévame a cenar esta noche a algún lugar bonito. —Se ha girado un segundo al llegar a la puerta. Un suspiro se ha escapado de sus labios—. Y, Dorian.

—¿Sí?

—No quiero más juegos ni toxicidad, ¿de acuerdo?

Cuando se disponía a salir, la he detenido susurrando su nombre.

—No volveré a fallarte, te lo prometo.

—Gana el partido —ha añadido con una sonrisa.

—Si señalo las gradas significa que te estoy dedicando todos y cada uno de mis puntos de hoy. —Mi sonrisa se ha ensanchado—. Estate atenta, puesto que van a ser muchos.

Ahí estaba la constatación absoluta de que me he convertido en un pringado.

Me he sentido tocando el puto cielo, como si de verdad pudiera caminar entre las nubes de algodón multicolores, bailar en el arcoíris y llenarme de unicornios rosas desprendiendo purpurina.

Pero, por suerte, soy un pringado muy feliz.

Le he pedido permiso a mi madre para salir esta noche si ganamos y Juliette va a ser nuestra cómplice; si algo tenemos claro, es la necesidad de mantener lo nuestro, sea lo que sea, en secreto.

He reservado en el restaurante de la última vez en Orange Beach, donde comimos bien y fuimos capaces de mantener una conversación agradable. Es un sitio bonito, está lo suficientemente alejado como para no despertar sospechas y guarda un recuerdo alucinante de nuestra única cita.

Es el adecuado.

Voy a ir despacio con ella, a permitirle que se tome su tiempo para recuperar del todo su confianza en mí, a conquistarla con todas las de la ley, porque llegará el día de meterla en mi cama y después no la voy a dejar escapar.

Es la primera vez que deseo algo así, repetir, seguir conectado a una tía, salir con ella, no buscar solo un revolcón. Aunque sigue acojonándome eso del amor.

Salgo al campo con mis compañeros dispuesto a ganar.

Verla en las gradas con el número 8 en la espalda, coronado con mi nombre, me vuelve a lanzar una andanada de deseo entre las piernas.

Un instinto de posesión, extraño y difícil de entender, me invade, como si ver esa sudadera en su cuerpo me convirtiera en un troglodita reclamando algo que no debería reclamar. Y me acojono.

Me tiembla todo al darme cuenta del grado de enganche que tengo, de mi necesidad, de cómo se ha apoderado de una parte de mí y de lo que estaría dispuesto a hacer para mantenerla a mi lado.

¿Cómo he podido enamorarme así de ella? ¿Por qué me molesta incluso que los demás chicos la miren?

Nunca me ha importado compartir a mis ligues, ni sentir que me pertenecen, pero con Ash todo se amplifica, se vuelve demasiado intenso.

Ganamos el partido porque estoy a tope. Cada vez que la veo animándome me vengo arriba y soy más agresivo en el juego, más incisivo, más letal con mis rivales.

Como quarterback mi misión es tomar las decisiones ofensivas del equipo, soy el único del ataque que mantiene diálogo directo con el entrenador, ordeno las jugadas al resto de los chicos y decido en qué ocasión pasar la pelota.

Hoy lo he hecho con la única idea de anotar el máximo de puntos.

Y mis compañeros han respondido muy bien a mis jugadas arriesgadas, con pericia, consiguiendo una de las puntuaciones más altas de nuestra historia.

Cada uno de los diez touchdowns se los he dedicado a ella, levantando el índice y señalando las gradas, sonriendo y mirándola en secreto. Y ha sido alucinante, como si por una vez todas mis mierdas no me afectaran y mi sonrisa fuera real.

En el vestuario la euforia estalla como una bomba. Cascos contra el suelo, gritos, golpes en las taquillas.

—¡Stone, estás on fire ! —brama Tyler mientras me da un empujón en el hombro—. ¿Qué te has metido hoy? Quiero un poco, tío. Has estado de diez.

—Solo quería ganar a toda costa —respondo quitándome las hombreras.

Marcus me da un golpe en el pecho.

—Has leído la defensa como si tuvieras el puto guion del partido. Ese último pase ha sido una salvajada.

El resto de mis compañeros corean sus palabras.

—He visto el hueco. —Sonrío—. Y he entrado a matar.

—Has visto el hueco porque estabas enchufado —corrige Rick, sentándose frente a mí—. Cuando juegas así das miedo.

Me encojo de hombros, pero por dentro estoy ardiendo todavía.

—Y más cuando alguien sabe qué te impulsa —susurra Ralph para que solo lo escuche yo—. Tío, el amor te sienta de miedo.

Lo miro mal. La idea de que alguien descubra mi secreto no me pone nada. Cuando estoy a punto de replicar, el entrenador Maddox entra dando dos palmadas secas.

—Buen partido, chicos. —Nos muestra su mejor sonrisa—. Pero no os flipéis. Es solo el primero de la temporada, todavía nos queda mucho por jugar. —Me mira—. Stone, buen liderazgo. Has mantenido la calma y has arriesgado cuando tocaba. Sigue así.

Asiento.

—Sí, señor.

Cuando el entrenador se va, Tyler vuelve a la carga:

—Te hemos visto señalar las gradas cada vez que anotabas.

Se me tensa la mandíbula un segundo.

—A partir de ahora será mi forma de celebrar cada anotación. Regalársela a la afición.

—Si te hace jugar así, señala hasta a la mascota.

Ríen. Rick me lanza una mirada más seria.

—Sigue así. Cuando estás centrado, nos arrastras a todos.

Eso me golpea más fuerte que cualquier broma. Me pongo la camiseta limpia.

—No pienso bajar el ritmo.

—Más te vale —dice Tyler—. Este año vamos a por todo.

Y esta vez no sonrío por chulería. Sonrío porque lo siento.

—Vamos a por todo.

—Y a por lo que realmente quieres —me susurra Ralph con una sonrisa guasona.

Al salir del vestuario, vuelvo a encontrarme con Sasha. Está apoyada al lado de la puerta, con su traje de animadora y una sonrisa letal.

—Lo he visto, Dorian. —Se acerca demasiado, invade mi espacio personal y me abraza colocando sus manos en mi trasero y agarrándolo con una lascivia que no me pone en absoluto—.

Me has dedicado todos y cada uno de los puntos del partido.

—Su boca se precipita en mi oído para susurrar—.

Soy toda tuya. Solo has de decirme cuándo y reservaré en el hotel más lujoso de Foley para nuestra primera vez.

—Me da un lametazo en la mejilla—. He aprendido cómo dar placer y no voy a escatimar recursos contigo.

Mis ojos se desplazan en busca de un sonido que me llega a pocos pasos y cuando veo a Ashley, mi corazón recibe un golpe durísimo.

Está inmóvil, con la vista fija en nosotros y una expresión de dolor que me parte en dos.

No puedo ser demasiado brusco con Sasha sin cabrearla, es vengativa hasta el sadismo, pero tampoco puedo poner a Ashley en su punto de mira ni exponerme a que sabotee mis posibilidades de beca.

—Te veo mañana. —Me tiemblan las manos cuando la separo de mí con la mayor suavidad posible en este instante—. Mi madre ha mandado a Ash para vigilarme. Me pasé con el alcohol el martes y me ha castigado sin la fiesta postpartido. —Miento. Porque es mi única salida ahora mismo.

—Tu hermanita podría enrollarse un poco, ¿no? —comenta con la voz cabreada. Y me molesta muchísimo el tonillo que ha usado para la palabra «hermanita», pero me lo trago.

—No quiere estar ella también castigada. —La veo darse la vuelta y alejarse a pasos agigantados, como si de repente la persiguiera una tromba de agua—. Mira, se va a chivar a mi madre si no la detengo —añado, con ansiedad—. Debería impedirlo.

—Será cabrona. —Me suelta con reticencia—. Detenla. No quiero que te aumenten el castigo. —Me recorre el cuerpo con su dedo—. Te quiero para mí a todas horas.

Como puedo, finjo una sonrisa y empiezo a correr tras Ashley, desesperado por explicarle mi versión del asunto, por hacerle entender qué es exactamente lo que acaba de ver. Nunca había sentido esta necesidad de convencer a alguien de mis intenciones, de retenerla a mi lado…

Y acojona.