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DORIAN
Entro en el estadio para jugar el primer partido de la temporada y estoy decidido a mantener el ritmo del año pasado, a llevar de nuevo al equipo a la victoria de los playoffs y a asegurarme un puesto en mi universidad soñada.
Durante la pretemporada no hemos fallado en ningún momento, he anotado varios touchdowns en cada partido —sobre todo gracias a mis pases y a cómo he ajustado las jugadas— y hemos conseguido lo impensable: ser el único equipo imbatible.
Este es mi año. El de los Texas Longhorns, como antesala de mis adorados Dallas Cowboys. El salto definitivo. Y no puedo fallar en ningún instante, he de conseguir atraer a los ojeadores para tener un pie en mi lugar anhelado.
Voy al vestuario acompañado de mis colegas, los jugadores más increíbles de Elberta, y me siento ansioso porque no quiero bajar el ritmo ni ser derrotado. Y nuestro rival de hoy es uno de los más fuertes, el único con posibilidades de tumbarnos.
Sasha está apoyada al lado de la puerta, junto al resto de animadoras, esperándome.
Lleva desde el inicio de la pretemporada persiguiéndome de forma implacable, con una clara intención de conseguir su objetivo de salir conmigo.
Es como si estuviera encaprichada y no se diera por aludida ante mis constantes negativas.
Y me la encuentro a cada paso que doy, cada vez más insistente, con una obsesión mayor que el curso pasado.
Parece como si su ruptura con Elijah la hubiera afectado muchísimo y solo se consolara intentando atarme a ella. Se ha vuelto una acosadora, y ahora añade insinuaciones sexuales explícitas en cada ataque.
—Dorian… —Se muerde el labio y me indica con la cabeza que me separe un instante de mis colegas para hablar a solas conmigo.
La ignoro con una sonrisa, pero ella da un paso hacia mí, me agarra con suavidad del brazo y tira de él.
Podría librarme en un abrir y cerrar de ojos; a pesar de estar fuerte y entrenar muchísimo, soy mil veces más fuerte que ella y bastaría un solo movimiento para verme libre sin dañarla, pero no puedo montar un número frente a mis compañeros y exponerme a que Sasha se cabree.
Su padre tiene contactos importantes, así que cedo y la sigo a un rincón solitario.
—Es nuestro último año de instituto —susurra con voz libidinosa mientras su expresión facial es una clara invitación a meterme entre sus piernas—. ¿Cuándo vas a admitir que estás loco por mí?
«¿Nunca?».
Reprimo el deseo de decirlo en voz alta y, en vez de eso, sonrío. No hay nada en ella que me atraiga. Ni en ninguna otra chica desde que Ash entró en mi vida. Es como una maldición.
—No quiero novias, ya lo sabes —explico, lo más suave posible.
—Voy a conseguirte antes o después —sentencia pasándome un dedo de forma sensual por el torso cubierto con la camiseta—. Porque eres mío, Dorian Stone. Y nada ni nadie va a impedirme tenerte en mi cama y a mi lado en todos los bailes del curso.
«Sigue soñando…».
Sus labios se posan en los míos con una intención nada decente. No es la primera vez que intenta besarme, ni tocarme ni excitarme. Y estoy empezando a cansarme.
Podría agarrarla de la cintura y besarla como está pidiendo, tirármela contra la pared, darme el festín al que está invitándome, pero sería un error demasiado peligroso.
Unos meses atrás no me hubiera importado aprovecharme de ella para conseguir al ojeador de los Longhorns, ceder a su insinuación y seguir con mi vida a sus espaldas. Pero no voy a jugarme mis últimos avances con Ashley ni lo que tenemos .
Llevo un mes cortejándola, demostrándole cuánto me importa, pidiéndole disculpas cada mañana y dedicando el día a estar a su lado, a charlar con ella, a despertar sus sonrisas. Y por fin hoy vamos a tener nuestra primera cita.
Cuando acepté mis sentimientos y me decidí a luchar por recuperarla, me empapé de las ideas de Ralph acerca de cómo lograr el perdón cuando la has cagado tanto, y las he puesto todas en práctica: mandarle mensajes a todas horas, dejarle flores en su cama, prepararle el desayuno, llevarla de compras —una tortura—, organizar una salida con más amigos —Ralph y Juls se prestaron voluntarios—, llevarla a tomar un helado, contarle cosas de mi vida —algunas…
—, escucharla, levantarme antes para pasar su hora de gimnasio entrenando a su lado, salir a correr con ella…
Incluso le he pedido que vuelva a las carreras y que entrenemos juntos con los coches en nuestro tiempo libre.
A ver, hay una parte de ñoñería en todo esto y si el Dorian de hace unos meses pudiera verme por un agujerito, me daría un buen mamporro, pero, por muy absurdo que me parezca, Ashley lo vale.
Todo eso y mucho más. Está ayudándome a encontrar una parte tierna en mí, un fondo impensable.
Incluso me ha devuelto la fe en las relaciones.
Es como si estuviera puesto del subidón de testosterona y de hormonas del amor ya que por primera vez en mucho tiempo me la suda mi padre, el pasado, ganar…
Aunque el fútbol también es muy importante y no puedo fallar en los partidos ni perder de vista mi pasaporte al futuro. Y quizá debería cambiarla por Sasha. Eso sería lo sensato para aumentar de forma real mis posibilidades de obtener el interés de los Texas Longhorns.
Pero, por una vez, quiero abandonarme a la insensatez. El amor me vuelve gilipollas porque me da por pensar en los avances y ponerme en modo emoción on , como si de verdad pudiera alejar a todos mis fantasmas para vivir la aventura de emparejarme.
Ash ha vuelto a sonreírme. Me ha hablado de nuevo con ese brillo en la mirada. Y ayer hasta me dio un beso en la mejilla cuando le regalé la sudadera de los Warriors con mi número en la espalda para verla animarme con ella en el partido de hoy. Y me siento pletórico de narices.
Es curioso cómo aceptar mis sentimientos ha conseguido cambiar mis prioridades.
Estoy muy acojonado con mis reacciones. Para mí lo primero siempre ha sido lograr mis objetivos y en vez de elegir con sangre fría a la persona que puede abrirme la puerta al futuro, me decanto por la única prohibida.
Si la consigo, si lo nuestro puede avanzar, será algo secreto y peligroso para mi familia.
Me separo de Sasha con movimientos pausados, buscando una expresión facial lo más serena posible para no herirla.
—Deséame suerte en el partido —solicito dándome la vuelta.
—No la necesitas —comenta melosa—. Eres el mejor.
Su voz me acompaña antes de perderme en el vestuario y cambiarme para escuchar la habitual charla motivadora del entrenador Maddox.
Salgo al campo con deseos de arrasar y mi mirada se pierde en las gradas, en Ashley, en su sonrisa y en mi número en su espalda, en esa sudadera que me valió un beso en la mejilla acompañado de su rubor.
Me emocionó su respuesta puesto que me dio la pista de lo que ha sucedido esta mañana en el gimnasio, tras entregarlo todo en las máquinas mientras compartía con ella mi lista diaria de canciones.
Es una de las últimas tendencias en mi carrera para recuperarla, la de preparar una playlist en Spotify para reproducirla durante nuestros entrenos matutinos.
Son canciones en las que la letra enmarca cómo me siento y cada una de las palabras que quiero pronunciar.
Empezó como una idea única hace dos semanas, pero le gustó tanto que desde entonces me he devanado los sesos para encontrar temas a la altura de los desafíos.
El primer día, para convencerla de escuchar mi lista, le dije que la había preparado para demostrarle cuánto me arrepentía de mis actos.
Había buscado temas donde el perdón era la temática principal, además del arrepentimiento por haberla cagado.
Fue una tarea complicada e intensa porque necesitaba decirle a través de esas letras cómo me sentía, cómo me arrepentía y cómo deseaba recuperarla.
La primera canción de esa playlist fue Please Forgive Me , de Bryan Adams, en una versión en vivo de un concierto, con los aplausos del público de fondo. Fue una declaración de amor y de intenciones en toda regla, una forma delicada de mostrar mi devoción por ella mientras le pedía mi redención.
Sí, me he convertido en un blandengue de manual —denúnciame—, pero me bastó descubrir su sonrisa durante unos segundos para empalmarme de felicidad.
Escucharla tararear el estribillo con un centelleo en la mirada y descubrir sus ojos en mi boca cuando era yo quien canturreaba el «por favor perdóname» fue la recompensa a mi humillación personal.
Seguí con If I Could Turn Back Time , con una manifestación clara de parte de Cher, como mi deseo de actuar distinto si pudiera darle la vuelta al reloj para volver a empezar.
Cuando la escuchó, se iluminó como si fuera una puta antorcha, y mi libido alcanzó el rojo pasión.
Luego vino The Scientist , de Coldplay. El mítico Hard to Say I’m Sorry , de Chicago…
Y seguí poniéndole canciones hasta que concluimos la serie de ejercicios entre sonrisas, guiños y sonrojos.
Cada una de las letras era una extensión de mis pensamientos, de lo que le quería decir, de cómo me sentía. Y ella lo disfrutó mucho; me miraba como si pudiera entrar en mi alma para reconocer la veracidad de mi arrepentimiento.
Cuando terminó de estirar, se secó el sudor de la cara con una toalla, le dio un larguísimo trago a un Gatorade y cogió su móvil para trastear un momento en su Spotify.
Unos segundos después, sonó Apologize , de One Republic, una canción en la que se giran las tornas y el cantante asegura que es demasiado tarde para pedir perdón.
Fue como un mazazo, ya que pensaba que mi acto romántico había dado en el clavo.
Mientras Ryan Tedder llenaba el gimnasio con su voz y el significado oculto de sus palabras, nos quedamos mirándonos en silencio, solo sintiéndonos.
—Mañana podrías buscar una lista acerca de cómo me ves —susurró acercándose mucho a mí—. Cómo crees que soy, qué significo para ti… Quizá así logres cambiar Apologize …