Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 23 #2
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Durante una hora me entreno en el gimnasio como de costumbre, con los cascos en los oídos, la música perfecta para darle brío a mi cuerpo y la energía capaz de tonificar mis músculos.

He empezado a luchar de nuevo las tardes en la casita del bosque porque estoy entrenando a Juliette para que sepa defenderse, y me encanta mi rutina, cómo me ayuda a rebajar la carga del desamor, de las pérdidas, de la sensación de vacío.

Tras una ducha larga y relajante, una mirada fugaz a mi padre y la decisión de tomarme un descanso en la salida a correr, me preparo un café bien cargado, un sándwich de Nutella —es mi cumpleaños, puedo permitírmelo— y salgo al porche a observar la naturaleza mientras desayuno.

Es uno de mis momentos preferidos, cuando el sol empieza a alumbrar las lindes del bosque y el rocío todavía humedece las hojas.

—Felicidades. —Doy un brinco al escuchar el susurro de Dorian. Está sentado en el sofá-columpio que hay junto al conjunto de mesa y sillas—. Diecisiete ya…

El café se me ha derramado un poco. Y todavía me tiemblan las manos.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, alterada.

—Te esperaba. — Se levanta para aproximarse a mí, despacio, con una sonrisa tan sexy que mi corazón inicia en un sprint directo a la cumbre—. Quería ser el primero en felicitarte.

Se queda a pocos centímetros de mí, casi rozándome. El aroma a jabón y a aftershave me invade. Es una mezcla con su olor de hombre que me embriaga y me calienta de una forma dolorosa.

Está recién duchado, de su pelo salen gotitas que se deslizan por su cuello hasta perderse en la camiseta negra y ceñida que se agarra a sus músculos.

Mi piel arde.

Escucho su respiración muy cerca, siento su cuerpo a poca distancia, respiro su aire, y apenas soy capaz de dominar mi deseo. Uno fuera de lugar.

Me obligo a recuperar la compostura y doy un par de pasos atrás para colocar la taza y el plato sobre la mesa antes de secarme las manos temblorosas y sudadas en la falda vaquera que he elegido para hoy.

Lo miro tragándome como puedo la reacción de mi cuerpo.

—No eres el primero —digo lo más digna que puedo—. Pero gracias.

Me doy la vuelta para mirar la naturaleza en busca de una calma muy necesaria en estos instantes. Pero él no me da tregua. Se aproxima por detrás, me rodea la cintura con los brazos, apoya la cabeza en mi hombro y acerca su boca a mi oído.

—Lo siento —susurra—. Siento haberte destrozado la bala, haberte engañado, haber convertido tu primera experiencia sexual en algo sucio.

Perdóname, Ash, por favor. —Su voz suplicante me tienta a creerlo—.

Me equivoqué. Y necesito que me des una nueva oportunidad, que confíes en mí, que vuelvas a quererme en tu vida.

Me derrito. Literal. Mi cuerpo se ha convertido en la cera de una vela encendida que se va fundiendo. Esas palabras, esa declaración de intenciones, ese olor…

Exhalo una bocanada de aire con los ojos cerrados, permitiéndome sentirlo un momento. Su cercanía, su aliento, su calidez. Pero al abrirlos busco la clarividencia necesaria para evitar caer de nuevo en sus artimañas.

—¿Por qué debería darle credibilidad a tus palabras, Dorian? —pregunto agarrando sus manos para apartarlo de mí—. La última vez me costó muy caro. Y no estoy dispuesta a volver a pasar por algo parecido.

Camino hacia la mesa y lo encaro.

—No es ninguna treta, Ash. —Sus labios se curvan en una sonrisa fina y ansiosa, casi tímida, como si estuviera caminando sobre vidrio roto.

Veo cómo aprieta sus dedos contra el vaquero y se queda a la distancia marcada por mí, como si quisiera darme espacio—.

A veces me cuesta más de lo normal darme cuenta de mis errores.

Pero lo he hecho. Sé que la cagué, y estoy dispuesto a todo para demostrártelo.

—Ojalá pudiera creerte.

—Lo harás. —Entra en casa dejándome un paquete al lado de mi desayuno—. No me voy a rendir, Ash. Lucharé por ti, ahora y siempre.

Veo cómo desaparece en la casa y se me desboca el pecho.

Me paso la mañana pensando en el contenido de esa caja, en la bala dorada que había dentro y que ahora pende de mi cuello, con las mismas letras de mi tatuaje grabadas en ella.

Mientras el tatuador le da vida a una llama, junto a las otras tres iniciales que completan mis pérdidas, agarro el nuevo colgante y lo desplazo por la cadena.

Juliette ha optado por algo más clásico, una palabra en su nuca.

Hope . Esperanza… Necesito tanta en mi devenir…

La comida familiar en casa del reverendo es preciosa.

Los Stone tienen una manera muy especial de hacerme sentir integrada, y me despiertan deseos de quedarme con ellos para siempre.

Dorian se muestra atento, cariñoso, cercano.

Me habla con dulzura, me mira todo el rato, busca instantes para rozarme con disimulo, para susurrarme al oído sus intenciones, para no alejarse de mí.

Capeo como puedo el temporal que arrecia en mi interior. Tiene la llave para dinamitar todo lo que he reconstruido. Por eso combato contra mi rebelde cuerpo para mostrarme distante. Aunque me muero por sucumbir a él.

Ceno con Jules y Ralph en una hamburguesería, soplo otra vez las velas junto a ellos y sonrío durante un par de horas, compartiendo mi alegría.

No ha sido sencillo ignorar las tentativas de Dorian por acompañarnos, pero me he mantenido firme en mi decisión y al final no le ha quedado otro remedio que dejarme marchar.

Lo veo al llegar, de pie en la entrada, con la mirada ansiosa y el cuerpo encogido.

Está sentado en el escalón de acceso a la casa.

Se levanta cuando desciendo del coche de Ralph con una tensión patente en su cuerpo.

Mete las manos en los bolsillos, como si necesitara esconderlas para evitar tocarme, envolverme en sus brazos, besarme.

—¿Cómo ha ido? —pregunta en un susurro cuando me paro frente a él y el coche de nuestro amigo se pierde en la lejanía—.

Me habría gustado tanto compartir estos momentos contigo…

¿Me has echado de menos? —En su voz se cuela la desesperación.

No sé si está jugando conmigo, ni qué busca, pero estoy cansada de fingir.

Asiento con la cabeza, sin pronunciar ni una palabra. El alivio en su mirada es tan manifiesto, tan real, que una ola de alegría se desata en mi corazón.

—Gracias por el colgante. —Curvo los labios en una sonrisa sincera—. Me ha encantado.

Empiezo a caminar hacia la puerta pasando por su lado, y recibo una bocanada de su olor, ese que desata una fiesta en mis hormonas.

—No pienso rendirme, Ash —susurra—. Quiero que el próximo cumpleaños lo compartas conmigo.

Me estremezco, y sigo caminando. Sin mirar atrás.