Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 23
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ASHLEY

Es mi segundo cumpleaños sin ellos, lejos de casa, viviendo una parte de mi sueño y, a la vez, sintiéndome melancólica por echarlos tanto de menos.

Estos últimos siete meses han sido agridulces.

Hay momentos en los que un hecho aislado es capaz de sacar a la superficie los sentimientos enquistados o escondidos.

Dorian lo hizo. Me inundó de sufrimiento.

Pero, sin pretenderlo, también me ayudó.

Su traición me hizo aceptar cómo me sentía de verdad, hablarlo durante horas con Juliette, entenderlo, afrontarlo y darme una oportunidad real de superarlo.

De llegar a las últimas fases del duelo y empezar a sanar. Aunque quizá nunca lo consiga del todo.

No hay rastro de Albert.

Es como si ambos hubiéramos decidido hibernar durante estos dos años mientras la lucha de los abogados deja en suspenso la dirección actual de la compañía y del equipo de fútbol, para retomar el pulso por el poder cuando cumpla los dieciocho.

Antes de desaparecer contraté a un bufete de abogados muy prestigioso de Dallas, con juristas comprometidos con mi causa para que me consiguieran tiempo. Algo muy valioso en mi situación.

Conocía cuáles serían los pasos de Carl una vez me alejara de casa sin dejarles una pista de mi paradero.

Quería la dirección de la empresa, hacerse cargo mientras estaba desaparecida y después arrebatármela del todo, por eso sabía que presentaría una moción para convertirse en mi tutor legal y a la vez albacea de la herencia que me dejó mi abuelo.

Por suerte, la situación es suficientemente convulsa para retrasarlo todo.

Y, aunque mi primo lo consiguiera, sería algo temporal.

Cuando vuelva a Dallas siendo mayor de edad, la única responsable de mi patrimonio seré yo.

El pago de una grandísima fortuna por adelantado al bufete está consiguiendo retrasar de forma admirable los planes de Carl.

Esa parte me tranquiliza bastante, el tiempo corre a mi favor y, a pesar de que llegará el día de retomar la batalla, estos dos años alejada me habrán servido para fortalecerme, madurar y estudiar los entresijos de los negocios.

Mis dotes informáticas, adquiridas gracias a mi curiosidad innata desde niña, me ayudan a mantenerme al día de lo que sucede en la compañía, de las decisiones del consejo, de cada uno de sus movimientos.

A veces me permito enviarle comentarios anónimos a Rupert Evans, el que fue el amigo secreto de mi padre dentro de Reynolds Oil y la única persona confiable de la compañía. Lo hago a través de la red oscura, borrando bien mi rastro y en clave.

Rupert es miembro del consejo, un hombre de cincuenta años muy íntegro con quien mi padre intimó de forma casual en una de las cenas de Navidad de la empresa, pocos meses después de asumir el cargo de presidente.

A Denton Gardner la dirección le venía grande y sus nuevas atribuciones le parecían difíciles de asumir mientras lidiaba con las muertes de sus personas más queridas y con mi educación.

Pero lo hizo para perpetrar el deseo de mi abuelo y de mi madre y gestionar mi herencia lo mejor posible.

Si papá y Rupert no llegan a coincidir en una de las salas privadas del hotel donde se celebraba la gala, mientras los demás invitados se distribuían entre el jardín y el salón, nunca habrían sabido lo cercanos que estaban en pensamiento, ni en ideología ni en la forma de concebir el holding de mi familia.

Con la amenaza de Albert planeando sobre ellos, decidieron aliarse en secreto para apoyarse y seguir con su amistad. Por eso Rupert es el único que sabe algo de mí de vez en cuando, la persona a la que envío mis propuestas y me mantiene al tanto de todos los asuntos concernientes a Reynolds Oil.

Nunca me la jugaría porque me aprecia y quería a mi padre. Aunque, si lo hiciera, jamás me encontrarían gracias a esos mensajes. Soy muy buena borrando mi rastro en la red. Y si algo no le he contado es mi paradero.

He aprendido de la experiencia con Dorian que guardarse el dolor y solo enfrentarlo por las noches e intentar controlarlo, lo agranda.

Tener una amiga me ha dado alas para caminar por el filo de la valentía y, junto con mi fuerza de voluntad, las ganas que tengo de seguir adelante y el recuerdo de las personas más importantes de mi pasado he logrado despojarme de la pena día a día, sin forzarme demasiado, a mi ritmo, buscando momentos para rememorar y atesorar mientras concebía su ausencia.

De eso se trata cuando pasas por esas malditas fases del duelo, de entender su desaparición, de darles un lugar privilegiado en tu memoria, en tu corazón y en tu alma, de dejarlos marchar sin olvidarlos jamás.

Estoy mejor. Eso ya es mucho. Ellos me van a acompañar en todo momento y siempre me enfrentaré a situaciones capaces de disparar la melancolía, de agitar mis recuerdos, de devolverme por un instante al abismo. Pero ahora soy más fuerte y capaz de afrontar su pérdida.

He aparcado las carreras.

Aparte de recordarme mi vida pasada, la presencia de Dorian me destrozaba porque sigo tan enamorada de él como el primer día, y necesito mantener la distancia, alejarme al máximo de él, de la tentación, de mis deseos.

Es otra de las dolorosas lecciones aprendidas: no elegimos de quién nos enamoramos ni hasta qué punto amar puede azotarnos el alma, solo cómo gestionamos nuestros sentimientos.

El odio no es la solución, ya que cuando tu corazón decide latir por alguien, la amargura por sus ataques directos no consigue mitigar los sentimientos, solo los transforma, los llena de agonía, pero subsiste la necesidad, el anhelo, la atracción.

Ojalá pudiera arrancarme a Dorian del corazón. Sería más fácil…

Espero que el tiempo y la distancia logren apaciguar mis ansias de él y las mantengan al margen de mi vida.

Lo he perdonado, porque el rencor es la peor manera de confrontar la vida y no puedo superar a Dorian si no lo rebajo. Pero he decidido no volver a confiar en él. Mi absolución no significa que esté dispuesta a darle otra oportunidad.

Lleva un tiempo intentando acercarse a mí. Siento su arrepentimiento, aunque llega tarde.

Dorian tiene serios problemas de control de la ira y una firme aversión al compromiso. Lo nuestro no saldría bien. Ni yo puedo ser sincera con él ni él es capaz de cambiar sus hábitos. Y acabaríamos enredados en una relación tóxica porque no podemos basarla solo en el amor.

Me levanto de la cama aferrándome a mi sonrisa.

Es mi cumpleaños, tengo a Juliette, mis recuerdos, mi autoestima a tope de nuevo y mi padre sigue presidiendo ese póster y mi corazón, como todos los que se han ido.

Hace siete meses me perdí, pero al fin me he encontrado. Y esta Ashley 2.0 no va a seguir llorando la traición de un chico. Hoy es el primer día de mi nueva versión, una capaz de lograr lo imposible, de seguir adelante, de superar el pasado y encontrar nuevos rumbos para mi corazón.

Me resigno a no olvidar a Dorian, por desgracia mi corazón va por libre. Y encontrármelo hasta en la sopa no ayuda. Pero aprenderé a ser feliz a pesar de él. Sin él. Sin recordarlo a cada segundo.

Estiro los brazos sobre la cabeza para desentumecer los músculos tras la noche y le dedico un beso a papá.

Está tan guapo en ese póster, tan feliz…

Me acaricio el tatuaje como recuerdo a ese día, cuando Albert me disparó y mi abuelo me protegió de una muerte segura.

Antes pensaba que era una maldición, que no merecía estar viva.

Ahora, tras estos meses enfrentándome al pasado, lo veo diferente.

Mi abuelo me brindó la oportunidad de conservar su patrimonio y de mantenerlo alejado del buitre de Albert, a quien había desheredado por culpa de su crueldad de serie.

Y voy a hacer honor a ese desafío, lo aplastaré, aunque tarde años, y me aseguraré de que no consiga arañar ni una acción.

El móvil vibra sobre la mesilla de noche.

—Cumpleaños feliz —escucho a Juliette cantar con esa voz tan alucinante que tiene y suelto una carcajada—. Cumpleaños feliz, te desea tu mejor amiga, cumpleaños feliz.

—Buenos días. —Me meto en el baño con la ropa de deporte en la mano—. ¿Te veo a las ocho? Estoy deseando ir a ese estudio de tatuajes.

—Por fin vas a dejar constancia de tus chicos en ese rinconcito de piel donde está el resto de tu familia. —Siento su sonrisa desde el otro lado de la línea—. Tres letras preciosas.

Mi mirada se pierde en la foto de mi padre.

—Será el mejor autorregalo de cumpleaños de la historia.

—¡Oye! Todavía no has visto el mío… —Me la imagino con los ojos en blanco y me doy cuenta de cómo la conozco y de la importancia que tiene para mí tenerla al lado.

Es muy bonito contar con una persona como Juls en mi vida, en realidad es el mejor de los regalos—.

Además, yo también voy a tatuarme. Ya que me conseguiste ese carnet falso para comprar alcohol y entrar en la discoteca de Foley el día del cumpleaños de Ralph, le podríamos dar más uso, ¿no crees?

Como manchar mi piel con tinta imborrable…

—¿Ya sabes qué elegirás?

—Sip. —Suelta una de sus carcajadas—. Pero te voy a mantener en ascuas hasta el momento justo.

—¡Eres malvada!

—E, incluso así, me quieres.

Cuando cuelgo, me siento acompañada por una gran sonrisa y una felicidad desconocidas desde hace demasiado tiempo.

La antigua Madison vivía enterrada en el miedo, en la sensación de la peligrosidad, en la bruma de la suspicacia ante cualquier persona que se le acercara.

Pero en Elberta he hallado la capacidad para construir una relación sana con alguien ajeno a mi mundo.

He aprendido a no dejarme vencer por el peso de los sucesos de una vida cargada de giros punzantes. Y se siente tan bien…