21
ASHLEY
No me arrepiento de haberme quedado. Necesitaba este baño de realidad, aprender lo que significa una amistad y enfrentarme a mis demonios.
Cuando Dorian me humilló de esa forma hace tres meses, pensaba que jamás podría superar el hecho de haberles dado voz a mis sentimientos para luego escuchar cómo los tiraba al suelo y los pisoteaba, sin un ápice de remordimiento.
Pero mi dolor se ensanchó al ver la bala fundida.
Recuerdo el sonido de mi corazón al astillarse cuando toqué lo que quedaba de ella y supe que no iba a estar de nuevo en mi cuello, al descubrir que me había agarrado a ella con fuerza para ponerle una presa a mi pena y sobrevivir a la inundación de mis verdaderos sufrimientos.
Lloré.
Como nunca lo había hecho.
Por mi madre, por mi abuelo, por Howard, por mi padre, por Garrett, por Simon y por mí. Me convertí en un torrente de angustias, temblores y recuerdos .
Esa noche no dormí, solo anegué la cama de lágrimas, solté sollozos, me abracé con fuerza para espantar los escalofríos, la frialdad de mi piel, la sensación de soledad que se asió a mí.
Las desgracias muchas veces te consumen, y desde ese día las mías lo intentan a cada segundo. Si Juliette no llega a estar a mi lado, no sé dónde estaría ahora.
Ver a Dorian a diario me destruye, como si cada encuentro pudiera aniquilar mis células sin darles posibilidad a regenerarse. Porque, a pesar de mis esfuerzos, sigo amándolo.
No lo entiendo.
¿No dicen en las novelas y en las películas que cuando alguien te traiciona dejas de amarlo? ¿No debería ser instantáneo? ¿De un segundo para otro?
Al principio me agarré a eso. Pero entonces vino el odio, ese que está a un paso del amor y sigue siendo una manifestación distinta de ese sentimiento, y la necesidad no desapareció, más bien se hizo más fuerte, como si saber que no podría tenerlo, incrementara de una forma preocupante esos deseos de mi cuerpo, ese anhelo no correspondido.
¿Cómo fue capaz Dorian de convertir algo tan bonito en algo tan sucio?
Desde entonces lo he abandonado todo. Las carreras, las pullas, las peleas, las bromas… Me he dedicado al taller, a pasar las tardes en mi lugar secreto acompañada de Juls, siempre que le es posible, a buscar a Albert, a ejercitarme, a transitar por los días como un alma en pena.
Al principio Dorian se dedicó a retozar con otras, a restregármelo por la cara, a retarme con socarronería y superioridad, como si se sintiera orgulloso de su forma de actuar.
A medida que las semanas avanzaban y yo no salía de mi tristeza, sus miradas cambiaron.
Se convirtieron en arrepentimiento, incluso en dolor.
Ha acabado alejándose de las otras chicas e intentando acercarse a mí de nuevo, pero no se lo permito. Aunque tampoco soy capaz de lidiar con entereza con mi corazón roto.
Estoy tan perdida…
No puedo seguir así. Nunca había consentido que los sentimientos me ahogaran de esta manera. Tengo varios frentes abiertos en mi canal de penas. Demasiadas flechas clavándose en mi pecho. Pero necesito encontrar la manera de recuperarme.
Si mi padre, Simon o Garrett levantaran cabeza de sus tumbas se llevarían una desilusión tan grande que me haría sentir como un despojo. Ellos se sacrificaron para darme armas capaces de aniquilar la tristeza, la depresión, el desánimo.
Dedicaron años a prepararme.
Cuerpo, mente, tecnologías, conocimientos, motor, fútbol, empresa…
Fue muy duro, ya que mientras las otras chicas de mi edad jugaban, yo solo me dedicaba a ampliar mis conocimientos, a convertirme en hacker , a moldear y fortalecer mi cuerpo, a conducir a toda máquina, a conocer los entresijos de mis futuros negocios.
A ser la mejor en todo. Porque las amenazas de Albert eran reales y no me podía permitir fallar en nada.
No tuve más amigos que ellos y Tammy, no podíamos confiar en nadie. No pasé horas dedicando mis jornadas al ocio. No tuve relaciones amorosas. Ni siquiera fui al cine con una amiga.
Cuando asistía a las fiestas pijas de mis compañeros de clase, fingía y estaba alerta. Candy o Carl, mis primos, estaban siempre cerca, controlándome, no como parientes preocupados, sino como aves rapaces vigilando a su presa para lanzarse a por ella en el momento preciso.
Sé que están con Albert, son parte de su tapadera, de su séquito. Pero jamás he podido probarlo, ni con toda la cibervigilancia dedicada.
Acudía a esas fiestas para mantener mi disfraz y plantarles cara.
Ellos me lo arrebataron todo, y no iba a darles la satisfacción de verme vencida.
Pero mi vida entonces estaba vacía fuera de los muros de protección de la mansión Reynolds, lejos de mis escudos, apartada de mis únicos apoyos. Y, aun así, no lo cambiaría por nada.
Cuando Dorian pisoteó de esa forma tan brutal mi dignidad, sentí cómo todo explotaba en mi interior, cómo se desbocaba y cómo la ola de la depresión lo barría todo en plan tsunami.
La temporada de fútbol terminó tras los playoffs , que ganaron los Warriors. Él se ha concentrado en los entrenos físicos y en ganar carreras en el circuito. Conmigo fuera de juego, es el número uno, pero no ha logrado superar mis récords e intuyo que eso lo consume.
Sé que debo superar lo sucedido de una vez por todas. Por fin tengo una amiga, una estabilidad, una existencia más allá de la mansión Reynolds, una oportunidad de disfrutar de un poquito de adolescencia normal. Y no le voy a dar de nuevo las armas de destrucción masiva a Dorian.
¿Quién decía que arrancarse a alguien del corazón era sencillo? Porque quizá debería replantearse esa certeza. Sin embargo, lo he entendido. Debo asumir mis sentimientos, matizarlos, seguir a mi razón y dejar atrás todo este sufrimiento.
El dolor de las pérdidas me acompañará eternamente, pero ya ha pasado casi un año desde la explosión del coche, siete del tiroteo, y apenas me falta uno y cuatro meses para regresar a Dallas y seguir con mi lucha para mantener mi patrimonio lejos de esos buitres.
Tengo a Juliette. También a Ralph, aunque no conozca mi verdadera identidad.
Sutton y Ernesto son una fuente diaria de estabilidad y cariño.
El primer paso hacia la victoria es aceptar tu derrota y levantarte. Así que hoy he decidido cambiar mi actitud, disfrutar de lo bueno y aceptar lo malo. Sin rencores. Sin dolor. Sin pena.
Miro el póster de mi padre en la pared con un encogimiento. Pero también sonrío al saber que él siempre me acompañará.
—Soy fuerte —susurro mirándolo—. Y lo voy a superar.
Me parece oír su voz en la distancia, ver sus labios curvados en una sonrisa, sentir su mano acariciándome el cabello…
«Maddie, cariño, tú eres la chica más fuerte que conozco.
Pero recuerda que la felicidad nos la trabajamos día a día encontrando lo mejor en cada mal momento, sacando siempre la parte positiva de lo más oscuro de la vida. No te rindas nunca».
Un par de lágrimas se deslizan por mis mejillas. Camino hasta posar mi mano en el póster y acariciar las líneas de la cara de mi padre.
—Me he perdido —asumo con la voz aún tomada por la emoción—. Pero voy a reencontrarme. Conseguiré que estés orgulloso de mí y que vuestras muertes hayan valido la pena. Te lo prometo, papá.
Me seco los ojos y me acerco al armario para ponerme mi ropa de deporte. Voy a ir al gimnasio a seguir mi rutina habitual, a no cambiar ni una coma de mi entreno. Y después acudiré al instituto con una actitud distinta, sonriendo en vez de apagada; ilusionada en vez de decepcionada.
Lo haré.
Hoy voy a destruir los malos momentos y a rescatar solo los buenos. A disfrutar de mi amiga y de la tregua de mi papel como Madison.
Se acabó llorar por Dorian. No se lo merece.
Bajo un segundo a la cocina para conseguir un Gatorade y entro en el gimnasio con una toalla al cuello, vestida de deporte, con unas mallas y un top cortito.
—Buenos días. —La voz de Dorian me sobresalta al entrar. Está en la máquina de remo, con unos pantalones de chándal y una camiseta ajustada. Algunas gotas de sudor denotan que lleva un rato con el ejercicio—. ¿Has dormido bien?
Trago saliva para recuperarme cuanto antes del golpe de encontrarlo aquí a mi hora. Creía que había un acuerdo tácito entre nosotros para no coincidir en los entrenamientos.
Mi primer impulso es bajar la cabeza, ignorarlo con tristeza e irme cuanto antes, como he hecho estos últimos meses cada vez que nos hemos cruzado. Pero no lo hago porque hace apenas unos minutos he tomado una determinación, y pienso seguirla. Se acabó mostrarme herida, prefiero ser una roca.
—Buenos días —respondo subiéndome a la cinta y poniéndome los auriculares en los oídos. Acompaño mis palabras con una sonrisa suave.
Durante unos minutos hago ejercicio escuchando música, sin sucumbir a mis deseos de observarlo.
Él también lleva cascos en los oídos y me mira sin cortarse en varios momentos, con una sonrisa.
Cuando termina su serie en la máquina de remo, se levanta, se pasa una toalla por la cara y se sienta en la bicicleta que tengo al lado. Veo cómo sus labios se mueven.
—No te he oído —digo sacándome uno de los dos auriculares.
Esboza una sonrisa un poco ansiosa, y a la vez sincera.
—Lo siento —susurra—. Esa noche… Se me fue de las manos, Ash.
Y necesito que me perdones. Vivimos juntos, vamos al mismo instituto, trabajamos en el mismo taller…
No podemos seguir así. —Pedalea más despacio—.
Sé lo importante que era esa bala para ti.
Y lo entiendo. Fui demasiado lejos. Pero tú me habías jodido el coche.
Los dos nos pasamos de la raya, ¿no crees?
Quiero gritarle, aflorar una rabia que no conocía y me ha invadido de repente al escucharlo hablar. Es un sentimiento devastador. Una furia sin precedentes. Apago la cinta, me quito el otro auricular, resoplo, coloco los brazos en jarras y le lanzo una mirada letal.
—¿Y qué hay de la puta mamada? —chillo, sin poder contenerme, a pesar del lugar y la hora—. ¿De fingir que te importaba de esa forma? ¿De jugar con mi dignidad?
—Quería devolverte lo del coche…
—¿Humillándome? —Niego con la cabeza al darme cuenta de que la furia se está convirtiendo de nuevo en dolor—. Fui sincera con mis sentimientos por ti y los usaste para destrozarme. Eso es de mala persona, Dorian. —Lo fulmino con la mirada—. No eres mejor que tu padre.
En este justo instante mis propósitos se desploman. El malestar oscila con la ira, el enfado, la sensación de regresar a ese instante una y otra vez y volver a sentirme avergonzada.
La necesidad de decirle a la cara lo que pienso de él es mi mayor motor para mantener a raya mis sentimientos, esa maldita atracción que ejerce su presencia, la reacción traidora de mi cuerpo.
Veo cómo mi último comentario le desfigura el rostro; acabo de asestarle un golpe en su mayor debilidad. Pero no me arrepiento. Creo en mis palabras, y él lo sabe. Se comportó como un auténtico cabrón y nada podrá borrar sus actos.
—Soy mil veces mejor que él. —Se baja de la bicicleta y se acerca a mí con la cara encendida—. ¡Mil veces!
—No siempre se golpea con los puños, ¿sabes?
—No me dejo amedrentar por su gesto, ni por cómo se acerca más, hasta casi rozarme, ni por el brillo mortal de sus ojos—.
Me apaleaste de una forma cruel y despreciable.
Lo hiciste con premeditación, con saña y con deseos de reducirme a cenizas.
Te aprovechaste de mí y traspasaste el límite de las bromas para adentrarte en la crueldad. ¿En qué te convierte eso, Dorian?
Sus ojos muestran el impacto de mi discurso y hasta dónde le afecta enfrentarse a su verdad.
—Solo te la devolví. —Le tiembla la voz, a pesar de intentar mantenerla firme—. Habías llegado demasiado lejos con lo de mi coche, no podía dejarte impune.
—Pues ya lo tienes, rompecorazones. —Pronuncio la última palabra con desprecio—.
Has conseguido tu objetivo. Tocada y hundida.
Me jodiste, me apartaste de las carreras para convertirte en el campeón y me perdiste.
Ahora deberías mantenerte alejado de mí y disfrutar de tus éxitos.
—Suelto un resoplido, intentando rebajar ese ardiente deseo ajeno a mis órdenes directas—.
Limitémonos a eso, Dorian, a ser educados el uno con el otro. Y ya está.
—¿No podemos ser amigos? —Por un segundo hay una pena inmensa en sus ojos—. ¿Olvidarlo?
—A veces no hay vuelta atrás.
—Es mi cumpleaños, Ash. —Su tono se vuelve aterciopelado, provocativo, tierno—. Por favor, regálame un poco de esperanza.
Se acerca a mis labios haciéndolos hormiguear al ritmo de mi respiración.
Una avidez insana me acelera el corazón y me calienta, impacta directamente en mi entrepierna.
El efecto de Dorian en mí es radioactivo.
A pesar de sus acciones y de su maldad, me atrae de una forma magnética.
Mi amor sigue intacto. Y me odio por ello.
Porque no toleraré que vuelva a herirme ni le daré la posibilidad de acercarse a mí de nuevo.
—Tienes una larga lista de tías dispuestas a darte un regalito.
—Consigo modular la voz hasta un tono despiadado, sin mostrar ni un ápice de deseo.
Me retiro, lo que la máquina me permite, y compongo una mueca firme, impenetrable, aunque ardo por dentro—.
No me interesa tener nada que ver contigo.
Como te he dicho, nos limitaremos a ser educados entre nosotros, y ya.
—Pero…
—Dorian, déjalo. No quiero ser tu amiga, ni tu rollo de una noche ni tu nada. Solo que te mantengas a distancia y cada uno haga su vida. —Me permito un segundo de tristeza antes de recomponerme—. Los puñetazos de tu padre te destrozaron más de lo que piensas, deberías plantearte ir a terapia.
Me pongo los auriculares, le doy la espalda y pulso el botón para poner en marcha la cinta de nuevo. Empiezo a correr sin mirarlo, luchando por controlar mis deseos. Y corro hasta que el pecho me arde más que el recuerdo.