20 #2
Tardé tres noches en colarme en su habitación cuando dormía; antes debía ganar los playoffs y necesitaba toda mi concentración en el campo.
Durante esos días le había robado besos, la había embaucado, la había cortejado.
Y Ashley parecía feliz. La putada era que yo también lo estaba y no quería verlo.
El collar con la bala estaba sobre la mesilla de noche. Había comprado un hornillo potente para llevar a cabo esa parte de mi plan, así que lo cogí y me lo llevé al porche para que el fuego lo fundiera. Sabía que era importante para ella e iba a convertirse en mi arma para herirla.
Eso y una noche con ella…
Cuando el colgante era una masa de metal derretido, lo envolví en papel de periódico para no quemarme y me preparé para mi siguiente movimiento.
Subí a su habitación con sigilo de no despertar a nadie.
Mi madre suele tener un sueño muy profundo y Ernesto también.
Dejé mi ropa sobre su silla, con el «regalito» debajo, y me metí en su cama solo con el bóxer.
Ella llevaba uno de esos pijamas sexys de pantalón corto y camiseta sin sujetador.
Estaba estirada de lado, completamente dormida.
Le acaricié la piel del vientre, colocándome a su espalda y uniendo nuestros cuerpos mientras la besaba cerca del oído.
—Ash —susurré mordisqueándole el lóbulo.
—Mmm. —Se movió un poco, todavía dormida.
—Nena —insistí—. Despierta.
El deseo era fuego líquido en mi piel, en mis fibras nerviosas, en mi miembro. La necesitaba. Aunque intentara convencerme de que solo quería completar mi plan, la quería a ella de una forma desesperante, devastadora, incendiaria.
Todavía la quiero.
Volvió a ronronear sin girarse, pero arqueó el cuerpo para rozar mi erección, y esa caricia aumentó hasta la estratosfera mi avidez. Dejé de pensar con coherencia. Me abalancé a su oreja para besarla, lamerla y usar los dientes para dejar pequeños mordiscos en el lóbulo.
Los sonidos de Ashley eran ardientes.
Mi mano bajó de su vientre para adentrarse por la cinturilla de su pantalón de pijama y alcanzar esa parte palpitante de su cuerpo, para masajearla, hincharla, hacerla vibrar.
Su culo contra mi entrepierna era una tortura placentera y sus gruñidos ahogados un subidón que me calentaba hasta elevarme próximo a la locura.
Levantó los brazos para agarrarme el pelo con una mano e introducir un dedo en mi boca.
Lo lamí con lujuria, enviando azotes de placer y necesidad a mi ya atormentado miembro.
Tiraba y lanzaba descargas desesperadas por entrar en ella.
Apretó la cara contra la almohada para ahogar sus gemidos cuando la oleada del orgasmo la arrastró al abismo.
Sentí cómo se corría en mi mano, cómo sus músculos se contraían para luego explotar, cómo el placer la estremecía.
Fue como si me elevara. Quería más. Mucho más.
Quería enterrarme en ella hasta lo más profundo, abrir las compuertas de mis sentimientos, alejar cualquier idea premeditada de renunciar a ella.
Pero no podía. Me aterraba.
La sentía tan mía, tan parte de mi corazón, tan enterrada en mi alma… Y me odiaba por ello. Porque el amor es una gilipollez, un sinsentido, una fo rma de control. Y yo no podía amarla. No estaba capacitado para ello.
—Ha sido alucinante —musitó, e imaginé el rubor de sus mejillas—. El mejor orgasmo de mi vida.
Esas palabras impactaron directamente con mis músculos para tensarlos.
«El mejor…». ¿Cuándo había tenido un orgasmo antes?
¿Con quién? Me molestaba demasiado la respuesta, como si una oleada de celos me acabara de arrasar.
Se giró para abrazarme y buscar mis labios en la penumbra.
Cuando su lengua encontró la mía, supe que estaba perdido. Completa y absolutamente perdido.
Comprendí de golpe la profundidad real de cómo se había metido en mi piel. Fue como un chispazo de entendimiento. Me cayó encima como una puta jarra de agua fría. Como si quisiera mostrarme de repente mi verdad. Pero no quería verla, ni escucharla ni reconocerla.
Ni. De. Coña.
Supe que estaba enamorado de Ashley. Y me aterró.
No podía rendirme a esa emoción de debiluchos.
Jamás. Por eso iría a por todas. La destrozaría y aniquilaría la emoción.
Le rompería el corazón y erradicaría mi amor con las armas más destructivas: traicionarla, follarme a mil tías y arrancarlo de mí para siempre.
Sus manos bajaron por mi cuerpo, me acariciaron el torso desnudo al son de nuestros besos y enviaron un calor imposible a la entrepierna.
Cuando llegaron a la cinturilla de mi bóxer, supe que no podía tirármela.
No podía porque no sería un simple polvo, habría algo más, significaría demasiado y luego no me la podría quitar de la cabeza.
—Con la boca —susurré sacándole las manos de allí—. Haz que me corra con la boca.
Si me hacía una mamada y luego la avergonzaba, sería igual de humillante que haberla desvirgado, pero mantendría intacta mi capacidad para combatir ese ridículo enamoramiento. Me convertiría en un capullo. Y la dejaría fuera de juego.
—Yo nunca… —susurró.
—Te guiaré. —Le di un beso estimulante—. No quiero que tu primera vez sea escondidos en tu habitación mientras mi madre y Ernesto duermen en la casa. Pero necesito sentirte.
—Vale —aceptó con un hilo de voz—. Te quiero, Dorian. Haría lo que fuera por ti. Enséñame cómo te gusta.
Ese te quiero… Era la primera vez que me lo decía y me destrozó.
No se lo dije de vuelta, jamás admitiré sentir algo más que lujuria. Pero las entrañas se me convirtieron en un amasijo de devastación, anticipando el dolor de reducirla a escombros.
—Sé que no tienes demasiada experiencia en el sexo, pero estoy seguro de que lo harás genial.
Como el cabrón arrogante que soy, me quité el bóxer, coloqué las manos en sus mejillas y la llevé hasta el lugar indicado, explicándole todo el proceso.
La instruí entre gemidos ahogados, le expliqué cómo tocarme, cómo lamer, cómo moverse, cómo llevarme al límite.
La sentí, la deseé, le coloqué los dedos en el cabello y tiré de él cuando un orgasmo brutal me sacudió demasiado rápido.
Al terminar, ella se limpió los labios y subió dándome besos en el cuerpo, un poco cohibida. Sin darle tiempo a reponerse, encendí la luz de la mesilla de noche.
—Quizá no te he desvirgado, pero ser tu primera mamada está a la altura.
Me levanté de la cama, busqué el bóxer en el suelo, me lo puse y caminé hacia la silla donde había dejado la ropa para vestirme.
—¿No lo he hecho bien?
Me miraba con ansiedad, sin entender lo que acababa de suceder. Y entonces le lancé lo que quedaba de su colgante con una sonrisa arrogante, a pesar de que su dolor me atravesaba para abrir heridas sangrantes en mi interior.
¿Cómo se atrevía a enamorarme?
Fui cruel, ataqué a la yugular, le produje el mayor desgarro de su vida. Y la vi despedazarse ante mi mirada unos segundos después. Sigo viéndolo cada noche en sueños.
—Esto va por mi coche, capulla. —Compuse una sonrisa—. Ahí tienes lo que queda de tu bala.
—Dorian… —susurró, con los ojos arrasados en lágrimas.
—Nena, has de practicar eso de las mamadas. —Le guiñé un ojo, con sorna—. No ha estado mal, pero un chico como yo necesita más.
—Dorian, no —repitió mi nombre y me alcanzó—. ¿Por qué?
Me di la vuelta para marcharme, acosado por la desolación de su mirada, más jodido de lo que imaginaba, acompañado de un sollozo casi sordo, ahogado en un intento de silenciarlo. Me sentía sucio, magullado, muerto.
Temblaba cuando agarré el pomo y me deslicé al pasillo con el mayor sigilo posible. ¿Cómo iba a imaginar que me dolería tanto? ¿Que me arrepentiría a los pocos segundos de vengarme? ¿Que tres meses después estaría tan roto como ella?
Desde esa noche todo ha cambiado. No hemos vuelto a nuestra guerra, he perdido a Juliette, Ralph se ha alejado de mí y Ashley está apagada, sin energía; apenas me habla, como si yo ya no existiera y jamás me fuera a perdonar.
Y necesito tanto que me absuelva… Que vuelva a mirarme con emoción. Que me diga «te quiero» otra vez…
No quiero seguir enfadado con ella, ni compitiendo ni con ese mal rollo. Ansío recuperarla. No tengo ni idea de por qué ni para qué, pero necesito restablecer mi relación con Ashley, tenerla cerca, decirle cuánto siento mis actos. Aunque no tenga ni idea de cómo pedir perdón por algo imperdonable.