20
DORIAN
El tiempo a veces es como un agujero de gusano que se traga los días con una rapidez increíble, sin darme tiempo a valorar mis decisiones ni cada uno de esos remordimientos que últimamente quieren atraparme para hacerme sentir miserable.
La cagué.
Pero en mi defensa diré que Ashley me había jodido el coche y me había cabreado con su actitud, sus logros en el circuito y su forma de seguir adelante sin mostrarse ni un mínimo afectada por nuestras bromas cada vez más pesadas, a las que más bien respondía con elegancia.
La noche del veintinueve de diciembre, tras conseguir que mi equipo se proclamara campeón de los playoffs en el Estadio Jordan-Hare, la herí de muerte. Pero no fui capaz de predecir las devastadoras consecuencias que mis actos traerían consigo.
Fue un punto de inflexión en nuestra guerra fría, un jaque mate que destrozó a Ashley y me arruinó cualquier posibilidad de redención. La hundí de una forma despreciable. Y después me destruyó a mí. Solo intentaba neutralizar mis sentimientos. Pero me ha rebotado con una fuerza mayor.
Podría haber detenido las bromas de otra manera, pero jugué sucio. Y me quemé hasta los cimientos .
El amor no se puede combatir con la razón ni con mandatos.
Está ahí, te araña la piel, te estruja el corazón y se niega a desaparecer, a pesar de tus intentos fallidos de arrancarlo de cuajo, de tus salidas nocturnas, de tirarte a otras, de mandarle órdenes directas al corazón y de dañar a la destinataria de tus sentimientos.
Lo he aprendido a las malas, tras luchar con fiereza para cambiar las cosas y quedarme exhausto y sin resultados.
Ashley lleva tres meses sin mostrar ni un ápice de la bravuconería de antes.
Se ha apartado de mí como si no le interesara mantener ningún tipo de relación conmigo.
Ni siquiera esa rivalidad de siempre. Contesta a mis pullas con indiferencia, no me reta, ni me habla mal ni hay agresividad en su forma de actuar, solo dolor.
Y ese comportamiento abre heridas demasiado profundas en mi corazón.
Si lo hubiera escuchado, si me hubiera detenido a pensar en las consecuencias de mis actos. Si hubiera sabido lo que me jugaba…
Todo empezó el veintiséis de diciembre, cuando apareció en mi habitación antes de la cena para hablar conmigo.
—¿Tienes un momento? —preguntó cuando le abrí la puerta—. Me gustaría solucionar las cosas entre nosotros. No podemos seguir así, no es sano.
Mi cuerpo se alteró como siempre al tenerla enfrente. Mis instintos más primarios se apoderaron de la situación, el deseo copó cada parte de mis fibras nerviosas y me nubló la mente.
Ashley McGregor tiene ese efecto en mí. Es verla, olerla o intuirla y excitarme, con una necesidad extrema de tocarla, besarla y entrar en ella.
Caminó hasta la cama para sentarse en ella mientras yo ocupaba la silla del escritorio. Mantenía una actitud comedida, sin enseñar las garras ni nada parecido a nuestras últimas semanas de guerra intensa.
Levantó la mirada hasta mí, con una de sus manos moviendo el colgante de un lado para otro.
Noté enseguida su vacilación, como si le costara mantener la calma y dar ese paso.
Para mi consternación, cuando nuestros ojos se encontraron, saltaron chispas y la tensión sexual no resuelta entre nosotros llenó cada partícula de mi habitación, condensándose en una densa sensación eléctrica.
—Estás acojonada —solté con ironía—. Sabes que te has pasado un huevo con lo del coche y has venido arrastrándote. Pero ya te anuncio, Princesa del Hielo, que no vas a debilitarme. Mi venganza será terrible, prepárate para recibirla.
Sus dedos rodearon la bala.
—Te pagaré la reparación del coche, ya he hablado con Rod para ocuparme yo misma esta semana, y así lo tendrás arreglado para la próxima carrera. —Sonrió con tensión, como si de verdad quisiera solucionar las cosas—. Pero debemos parar con las putadas, Dorian. Se nos ha ido de las manos.
—La has cagado y ahora no sabes cómo arreglarlo… —Ataqué, con un tono picajoso—. Pero no te voy a perdonar en la vida.
—Hemos llegado demasiado lejos. —Negó con la cabeza. Suspiró como buscando fuerzas para pronunciar sus próximas palabras—. Me molestó que te fueras con Lara esa noche, después de nuestro momento. Y por eso me descontrolé. Lo siento. Me equivoqué, así no se arreglan las cosas.
Sus ojos mostraron arrepentimiento real y un anhelo que me estremeció.
Se detuvieron en mis labios y se humedeció los suyos, como si le picaran de deseo, como les pasaba a los míos.
Me levanté para sentarme a su lado en la cama, con una necesidad absoluta de tocarla.
Me acerqué a su oído y le susurré con lascivia.
—No cuela —solté con las neuronas totalmente confundidas.
—Dorian… —susurró con un gemido—. Hay algo entre nosotros, nos comportamos así porque nos da miedo admitirlo, pero quizá deberíamos explorarlo. —Movió la cabeza muy despacio hasta colocar sus labios casi pegados a los míos—. Es mejor que dedicarnos a herirnos. Es más sano, ¿no crees?
Sentí un cosquilleo insano en la boca y en la entrepierna.
Estaba tan cerca, tan dispuesta, tan preparada para mí.
Pero sus palabras danzaron en mi cabeza.
«Explorarlo… miedo… daño…». Tenía razón en parte, ese juego perverso que nos traíamos entre manos avivaba la atracción y el deseo, pero me resistía a aceptar ese cúmulo de sentimientos que moraban en mi interior.
Era mejor jugar.
Sus labios me tentaban como una máquina tragaperras a un ludópata. Quería besarlos, morderlos, invadirlos. Y eso me cabreaba, ya que mi deseo iba mucho más allá del sexual. Lo abarcaba todo.
—Quizá podríamos poner en práctica tus teorías sobre cómo perder la virginidad.
No era la mejor proposición en un momento así, pero quería arrancarle la ropa desde su entrada en mi habitación y, a la vez, mantenerla alejada de mi corazón .
—Tómatelo en serio. —Se retiró un poco hacia atrás, dejando espacio entre nuestros cuerpos—.
El día de la playa deseaba construir algo serio contigo, pero me dieron miedo mis sentimientos.
No quiero seguir negándomelos, Dorian. Estoy cansada de pelear y de ser una cobarde.
—Se acercó de nuevo a mis labios—. Prefiero besarte.
Pegué mi boca a la suya y me deleité con su roce, con su calor, con esa sensación explosiva que provoca en mi cuerpo. Pero ella se retiró para mirarme.
—¿Abandonamos esta guerra absurda? —Respiraba muy rápido y tenía las mejillas coloradas—. ¿Podemos intentar tener una relación sana, aunque sea a escondidas y esté prohibida? Porque me gustas, Dorian. Mucho. Y la manera de demostrártelo no ha sido la correcta.
La palabra «relación» se hizo eco en mi mente disparando todas y cada una de las alarmas. Pero me cegó su proximidad, su cuerpo, sus labios…
—¿Puedo besarte ya? —La envolví en mis brazos para pegarla a mi cuerpo.
—Solo si enterramos el hacha de guerra.
—Por ti, lo que sea.
Besarla me disparó un subidón alucinante, como si yo fuera un adicto a la nicotina y ella mi tabaco.
Me llenó los pulmones, la sangre, el corazón.
Mis manos se perdieron bajo su camiseta para llegar a esa piel que me calentaba.
Ella gimió con tanta devoción que el sonido llegó a mis partes más íntimas en forma de latigazo, tensándolas.
La deseaba. Más que a ninguna otra. Como jamás había deseado a una tía.
Se movió para colocarse a horcajadas sobre mí y me despeinó pasando los dedos de ambas manos por mi pelo.
Fue como si un misil cargado de lujuria impactara contra mí; dejé de pensar para solo guiarme por mis sentidos, por mis anhelos, por mis ganas de ella.
Los besos subieron de nivel, se volvieron pasionales, fieros, casi animales.
Lamí, mordí, chupé, sentí. Le quité la camiseta en dos movimientos rápidos y ella hizo lo mismo con la mía.
Se quedó unos instantes un poco alejada, mirando mi torso desnudo, y pasó sus manos por los músculos, tensándome todavía más entre las piernas, hasta casi producirme dolor.
Mi boca fue directa a su pecho, sobre el sencillo sujetador de algodón que marcaba el pezón erecto.
Lo lamí sin importarme la tela ni el lugar, ni la hora ni nada más que ella.
Se había convertido en mi adicción. En mi perdición.
Pero la realidad no tardó en imponerse cuando mi madre gritó esa clásica frase que consiguió tirar un jarrón de agua fría sobre nosotros.
—¡Chicos, bajad a poner la mesa y ayudadme a terminar la cena!
No hablamos, solo nos vestimos mirándonos, resollando, anhelantes. La vi arreglarse el pelo con las manos y aprecié cómo el rubor no abandonaba sus mejillas; tenía los labios hinchados y enrojecidos. Estaba preciosa.
Esa noche, mientras cenábamos, me percaté de lo que había hecho, de lo que había comprometido, de lo que había admitido. Y el pánico se agarró a mis entrañas. ¿Cómo puede la lujuria borrar los límites de la venganza?
Ashley había destrozado mi coche, mis esperanzas de convertirme en el ganador indiscutible del circuito, mi capacidad de no sentir, mi estabilidad emocional.
Porque, joder, no solo la quería para un polvo.
Había mucho más… Por eso decidí demostrarme que era capaz de olvidarla después de pasar por su cama, capaz de cumplir mis reglas incluso con ella, a pesar de ese ruido de fondo que me alertaba de mis verdaderos sentimientos.
Iba a devolverle lo del coche, iba a destrozarla emocionalmente, iba a hundirle un puñal en su corazón sin pararme a pensar en las consecuencias. Yo no era de los que se enamoraba, ni de coña.
Tracé un plan perfecto y me convencí de mi inmunidad sentimental. Total, el amor solo era una patraña para corazones débiles…
Pero, en realidad, ya era tarde para mis sentimientos.