19 #2
Desde mi llegada me gusta levantarme temprano, antes que nadie, pasar un rato en el gimnasio realizando mi tabla de ejercicios y después desayunar en el porche trasero, mirando el bosque y apreciando la serenidad de la naturaleza.
En esos momentos siento a todos mis seres queridos acompañándome desde el más allá para desearme una jornada perfecta.
Y cuando salgo a correr por los alrededores unos minutos después, su presencia se convierte en más real, más tangible, más intensa en mi mente.
Hoy cambiaré mi rutina por primera vez en mucho tiempo.
El día de Navidad en casa nunca fue diferente que los otros despertares desde la muerte de mi madre.
La rutina de ejercicios era sagrada, solía practicarla con los tres.
Garrett, Simon y mi padre. Después desayunábamos juntos, en nuestro porche, entre risas y conversaciones perfectas.
Y la media hora de running era compartida antes de ducharnos y sentarnos frente al árbol para darnos los regalos.
Me parte el alma pasar este día sin ellos, no tenerlos conmigo, no sentirlos, no ver sus sonrisas mientras descubren mis sorpresas.
Una de nuestras mayores tradiciones era la de perder un día entero en el centro comercial el fin de semana anterior a Navidad.
Siempre me daban una cantidad bastante generosa de dinero y tiempo a solas en las tiendas para comprarles los regalos mientras ellos se ocupaban de buscar los míos.
Y al despertarnos tal día como hoy, tras nuestra rutina de ejercicio, nos sentábamos frente a un enorme árbol decorado entre los cuatro el día de Acción de Gracias, con tazas de chocolate o de café, para regalarnos la ilusión de estar juntos.
Me envuelvo en una manta y le dirijo una mirada triste al póster de mi padre.
—Nunca lo superaré —susurro—. Echar de menos a mamá, al abuelo y a Howard en estas fiestas era duro, pero ahora, sin vosotros tres… —Mis ojos se llenan de lágrimas—. No podré aguantarlo. Os necesito.
La tristeza me envuelve y me trae esa soledad de siempre, esa sensación de vacío, esa necesidad de volver atrás en el tiempo para encontrar la forma de salvarlos.
Porque no tenerlos me destroza. Y me siento tan culpable por lo que pasó…
Quizá por eso no tengo ganas de hacer nada, ni siquiera de seguir mi rutina este día tan señalado.
Bajo a la cocina envuelta en la manta. Siento el fresco trepar por mi piel al ritmo de los pasos lentos, lánguidos y melancólicos que realizo para prepararme un café cargado, de esos que mi padre adoraba y yo odiaba.
Siempre he preferido un chocolate caliente bien dulce, lleno de azúcar…
Pero él era adicto al café. Quizá por eso me decidí a convertirlo en mi bebida estrella cuando lo perdí.
Salgo al porche envolviendo la taza con ambas manos, sin perder la manta ni la nostalgia. El sol empieza a teñir de tonos anaranjados la franja más baja del cielo.
—Feliz Navidad. —El susurro de Juliette me sobresalta tanto que mi taza de café salpica bastante. Ella me pasa un brazo por los hombros y sonríe antes de bostezar—. Lo sabía. Estaba cantado.
—¿El qué?
—Que en vez de tu rollazo de ejercicio diario estarías aquí llorándolos.
Me apoyo en su hombro con las lágrimas formándose en mis ojos, con ganas de iniciar su periplo por mi piel hasta perderse en mis labios.
—Es un mal día —musito—. No me creo que ya no estén.
—Te voy a dar una tregua de diez minutos para lloriqueos y luego nos vamos a ir a ese súper gimnasio que tienes ahí dentro para empezar la rutina como cada día.
—Se abre el abrigo de lana fino para mostrarme su outfit.
Mallas fucsias brillantes, top ceñido negro y unas zapatillas de deporte—.
No creas ni por un momento que me he vestido así para enseñar mi cuerpo diez.
—¿Vas a entrenar conmigo? —Levanto las cejas con una sonrisa—. ¡Pero si no eres capaz ni de andar un kilómetro sin hiperventilar!
—¡Oye! —Me da una pequeña palmada en el brazo—.
¡Ten amigas para esto! —Finge un puchero y enseguida estalla en carcajadas—.
Ralph lleva un mes ayudándome a entrenar.
Quiero ser como tú. Bueno, tampoco es necesario llegar a tus extremos, pero he decidido levantarme pronto a partir de ahora para ejercitarnos juntas.
—Me guiña un ojo—. Así no los echarás tanto de menos.
La abrazo y le doy un beso en la mejilla con la emoción a flor de piel.
Por su cercanía, por su forma de ser, por tener al lado a alguien como ella.
Y sé que hice bien quedándome para seguir cultivando esta amistad, para llenar un poco el vacío que me provocaron las últimas muertes, para enfrentarme a ello con mayor entereza.
Y también sé que me voy a arriesgar a llevarla conmigo al irme porque vale la pena apostar por Juliette, aunque todavía no se lo he dicho.
—¡Es el mejor regalo que me han hecho en la vida! —digo con sinceridad—. Gracias por estar ahí, Juls. No lo hubiera superado sin ti. Te has quedado a mi lado incluso conociendo el peligro.
—Si me lo quieres compensar, olvida de una vez la rivalidad con Dorian y aprovecha el tiempo.
—Caminamos juntas hasta el interior—. Os queréis, lo sé.
Él intenta no enfrentarse a sus sentimientos, pero los tiene, y esta guerra que os traéis ha de terminar u os haréis daño de verdad.
¿Por qué no hablas con él y os reconciliáis?
—Le puse mierda de gato encima del coche —comento en un susurro—. Está cabreado y, hasta que no me la devuelva, no se quedará tranquilo.
—Pues sé tú la adulta. Acata lo que sea y dile que basta. No sigas con esto, te mereces ser feliz el máximo de tiempo posible, y lo quieres. ¡Date la oportunidad de amar de verdad y deja de ser una cría!
Tenso un poco los labios y asiento. Tiene razón.
No somos niños ni podemos pasarnos el día gastándonos putadas cada vez más pesadas.
La vida es demasiado corta y mi tiempo con él todavía más, así que debo encontrar la manera de detener esta lucha insana y absurda para hablar como personas responsables.
—Eres muy sabia. —Sonrío—. No sé cómo voy a sobrevivir sin ti cuando me vaya.
—No lo harás. —Me aprieta el brazo—. Llevo un mes y medio ayudándote en tu búsqueda de algún rastro de tu tío, pero es como si se hubiera esfumado.
Las dos sabemos que tiene una red de aliados y que cuando vuelvas a tu mansión para coger las riendas de la empresa y del equipo, no puedes estar sola. Me vas a tener a mí.
—Pero…
—¡Ni lo digas! Voy a ir contigo, así que pon tu cabecita a trabajar para encontrar la forma.
—Me da un beso en la mejilla y se para un segundo antes de subir las escaleras—.
Porque no es negociable. Te has convertido en mi hermana de verdad y estar a cargo de Reese me está matando.
Aunque te digo desde ya que a Ralph no renuncio ni borracha.
Así que tú verás cómo nos lo hacemos para ser amigas inseparables, pero con carabina.
Asiento y lo interiorizo. A pesar de mis miedos, de lo que pueda significar esta decisión y de los riesgos, quiero conservar un pedacito de felicidad mientras mi existencia vuelva a meterse de lleno en una espiral de mentiras y apariencias.
—Buscaré la manera —prometo—. Ojalá pudiera salvarte de tu hermano.
—Reese no es tan malo… —Mi mirada la disuade de continuar defendiéndolo—.
Y Ralph ya se ha ocupado de aclararle las cosas.
Desde que lo amenazó con darle una paliza acompañado de todo el equipo de fútbol si volvía a ponerme la mano encima, mi hermano se está comportando.
Además, paso mucho tiempo aquí, en casa de Ralph o contigo en la casa del bosque. Estamos minimizando el peligro.
—Eso no basta, Juls. Sé que la intervención de tu novio ayudó a acojonar a Reese, pero la violencia no se combate con más violencia. —Suelto un suspiro—. Has de salir de ahí cuanto antes, encontrar una forma de vivir tranquila o acabará hiriéndote de verdad.
—Nunca lo haría. —Se le humedecen los ojos—. Me quiere, pero está frustrado, bebe demasiado y…
—Algún día tendrás que afrontarlo. No puedes seguir defendiéndolo así, no se lo merece.
—Vale. —Sonríe con mucha tristeza—. Algún día. Pero no hoy.
Ambas sacudimos la cabeza y subimos las escaleras dejando atrás el salón engalanado para la Navidad y preparado para recibir los regalos antes de ir a misa y pasar el día en casa del padre de Sutton, donde cenaremos.
Quizá Juls no lo sepa, pero sin su apoyo no creo que hubiera sido capaz de superar este día ni mi absurda rivalidad con Dorian.
Y quiero salvarla. Reese me parece una bomba de relojería peor que yo, alguien capaz de explotar un día de repente y destrozarla.
Sobre todo cuando Juliette sea mayor de edad y él ya no tenga poder legal para retenerla.
Por eso voy a empezar a entrenarla, a enseñarle cómo defenderse, y conseguiré elaborar un plan infalible para sacarla de aquí una vez terminemos el bachillerato.
Al pasar frente a la puerta de Dorian, tengo claro que no voy a seguir alentando el juego.
Se acaba aquí. No puedo consentir que la rabia me consuma ni seguir con esta escalada de agresividad cada vez más fuera de tono.
Voy a ser la mujer cabal que me caracteriza y a hablar con él en cuanto tenga oportunidad para atajar las bromas, las pullas y el rencor.
Si me quiere, podemos intentarlo, pero si me rechaza, aceptaré la derrota como una campeona.
Amar también es saber cuándo dejar de luchar.
Aprieto los puños frente a su puerta. Respiro hondo. Esta vez no voy a huir.