19
ASHLEY
Maldigo el día que decidí convertirme en Ashley McGregor porque me cambió las neuronas, estoy convencida.
Madison jamás hubiera cedido ante las súplicas de Juliette ni a sus argumentos ni a su forma de convencerme para abortar el plan de huida.
Y lo peor son mis malditos sentimientos por Dorian, el dolor que me produjo cuando ese día abrí los ojos en su cama y descubrí que no había pasado la noche en casa, mis deseos encendidos cada vez que lo veo…
Eso me hizo quedarme. Patético.
Despertarme en su habitación con una resaca imposible, medio desnuda y con los recuerdos de la noche anterior, fue suficiente para tomar una decisión alocada y lanzar por los aires mis buenas intenciones.
Eso y las palabras de Juls cuando vino a buscarme, su discurso motivacional acerca de no dejarme intimidar por mis emociones y de mi necesidad de vivir una adolescencia normal.
Todavía no tengo claro si hice bien, pero aquí estoy, pasando los días, buscando una manera de herir a Dorian para devolverle lo que me hizo, con las maletas medio hechas por si cambio de opinión, pero sabiendo que no lo haré.
Su treta de esa noche fue decirle a Sutton que se iba a dormir a casa de Ralph para cederme la habitación, ya que tanto Juls como yo estábamos fatal de la barriga y, tras pasarnos un par de horas vomitando, nos habíamos quedado dormidas, cada una en una habitación.
Sutton se lo creyó, e incluso me dejó quedarme en casa al día siguiente por la mala cara que lucía.
Pero Dorian no durmió con su amigo, sino en la caravana de Lara, donde terminó lo que había empezado conmigo.
Llevo odiándolo por eso desde entonces, cuando la muy perra se dedicó a explicar sus batallitas con mi «hermanito» en la siguiente carrera, loando su alucinante experiencia erótica e invitándolo a repetir.
Aunque él no está muy por la labor… Sus malditas reglas son invulnerables y jamás se tira a una chica dos veces, a no ser que lleguen a un acuerdo claro de solo sexo.
El hecho de sentirme tan destrozada por sus actos es otro claro indicio de lo descontrolada que estoy.
Y que una parte de mi decisión de quedarme en Elberta responda a mi interés por él, a pesar de cómo nos comportamos entre nosotros desde ese día, es alarmante.
Debería examinarme la cabeza para ver cuál de mis transmisiones neuronales se ha averiado.
En vez de protegerlo, de ser una heroína, de reaccionar como una adulta responsable, me he convertido en una villana capaz de todo para estar cerca de él y de mi amiga.
Ha pasado casi un mes y medio desde esa maldita noche, cuarenta largos y dolorosos días en los que el enfado ha ido acompañado de la rabia, la revancha y el sufrimiento de un corazón roto.
Ya que Dorian prefirió largarse con Lara en vez de aclarar lo que pasaba entre nosotros y, desde entonces, hemos vuelto al campo de batalla, a hablarnos con rencor, con pullas, con bravuconería.
Aunque al principio intentó disculparse en diversas ocasiones, como si de verdad se arrepintiera de su forma de actuar, mi rencor nos metió en una guerra campal que no tiene fin, y no sé muy bien cómo gestionarla.
Presiento que acabará convirtiéndose en nuclear si seguimos por este camino.
Pero la idea de perdonarlo no entra en mis planes, ni de ofrecerle el privilegio de decir la última palabra, o más bien el último acto, ni de olvidar su cobardía, porque entre nosotros hay algo y es muy rastrero tirarse a otra en vez de afrontarlo.
Me dolió que actuara así después de nuestro momento, que no sintiera igual, aunque quizá estoy exagerando. Juliette insiste en que así es, pero eso no ayuda a rebajar el cabreo…
Por eso decidí no demostrarle en ningún momento cómo me hirió y enfrentarme a él con sus mismas armas, sin renunciar a vencerlo en el circuito, a nuestras bromas pesadas ni a cualquier ámbito de su vida para establecer que estoy por encima de su gilipollez.
Incluso le planto cara en el tema de las citas.
Y, cada vez que salgo con un chico, le aseguro que ese será el definitivo, el tío con el que voy a perder la virginidad.
Veo cómo su expresión se tensa con mis palabras, cómo le molestan, y eso me da alas para seguir asegurándole mis intenciones, aunque mi corazón va por libre y ha decidido cambiar mis ideas de una forma radical.
En realidad, no he sentido deseos de llegar lejos con ninguna de mis citas, ni siquiera he besado a la mayoría.
Ni he repetido. Es como si toda aquella parrafada sobre estrenarme con alguien insubstancial para esperar a mi hombre ideal fuera una soberana tontería; la pura verdad es que solo quiero hacerlo con uno. Y es el inadecuado por excelencia.
Su forma de contestar a mis actos me destroza, junto con el carrerón de tías a sus espaldas, y más después de llevar a su equipo a la final de los playoffs, que se va a celebrar en un par de días.
Él sí llega al final, no tiene mis escrúpulos ni parece interesado en mantenerse célibe para mí.
Y vale, no hay nada entre nosotros, apenas somos amigos.
Pero duele cuando veo el brillo de su mirada, la intensidad, el deseo, incluso los sentimientos escondidos.
Por mucho empeño que pongamos en negarlo, lo nuestro no es una mera atracción ni una simple relación obligada por las circunstancias. Hay mucho más.
A veces me consuelo pensando que es mejor no estar con él ni demostrar cuánto me importa, así el no haberme ido ya no representa un peligro para Dorian, solo para Juliette, quien me convenció con media botella de tequila de ser ella quien decida asumir sus propios riesgos.
Quiere ser mi amiga, me necesita a su lado y está dispuesta a soportar las consecuencias, sean las que sean; además, asegura que no puedo condicionar mi vida al miedo.
Y su hermano ya le ha anunciado los planes para su futuro, y en ellos no contempla la universidad ni desligarla de sus obligaciones con el diner , así que su idea es escaparse al acabar el instituto y, si me la llevo conmigo, como mínimo tendrá capital y un sitio donde vivir.
Si algo me sobra es dinero y espacio en la mansión. Aunque he de ligar muy bien la forma de mantenerla a salvo y no alejarla de Ralph cuando al fin están empezando a arreglar lo suyo. Y para eso necesito tiempo, un plan, seguir en Elberta.
He intentado convencerme de que la única razón de quedarme es Juliette, pero en el fondo sé que no es cierto.
Y sí, parezco una versión descafeinada de lo que era.
Madison no habría dudado, ya estaría muy lejos de Alabama, incluso de Estados Unidos.
Ella no vacilaba, ni se echaba atrás cuando lo tenía todo decidido ni cedía a las emociones.
En cambio Ashley…
Ashley piensa demasiado en esa noche, cuando los besos y los actos de Dorian fueron más que físicos.
Hablaban de emociones, de esperanza, de necesidad de ser una adolescente normal por una vez y permitirme vivir esa experiencia tan colosal, como la vivieron mis padres.
Porque, aunque me duela aceptarlo, me gusta, y necesito estar a su lado el máximo tiempo posible.
Me he enamorado de alguien indigno de ese amor, que solo intenta herirme, y cada día llevamos la rivalidad a un nivel superior, llegando a límites confusos, de esos que no acaban de definir la situación ni de presentarnos como un par de chicos maduros.
Tres días después de su noche con Lara, me colé en su habitación para cambiarle la hora del despertador y que llegara tarde al examen de Matemáticas.
Él me lo devolvió colocando un bote de pintura sobre mi puerta dos días después, para que se derramara sobre mí al abrirla.
Sutton intentó mediar entre nosotros, encontrar una forma de solucionar nuestras diferencias, pero no imagina de dónde emana nuestra agresividad, ni nunca lo adivinará.
Mi respuesta a lo de la pintura fue ponerle tinte en el pelo mientras dormía, y se pasó una semana con el cabello de color rosa chicle. Contraatacó escampando rumores asquerosos acerca de piojos en mi pelo. Como si volviéramos a tener diez años.
Después vino mi idea luminosa de llenarle de picante el sándwich de su almuerzo para ver cómo se ponía en ridículo en medio del comedor, entre sus compañeros y las chicas que le siguen poniendo ojitos y abriéndose de piernas cuando lo ven.
Pero el muy capullo fue capaz de salir del paso con su carisma, para usar laxante en mi comida a la mañana siguiente.
Cada día somos más ingeniosos, o más parecidos a críos de guardería, porque nuestro comportamiento roza lo ridículo, pero ninguno de los dos da su brazo a torcer ni manifiesta cómo le molesta la actitud del otro, más bien nos mostramos desafiantes, manteniendo el tipo, limitándonos a sonreír en presencia del otro, como si comportarnos como dos niños malcriados fuera lo más normal del mundo.
Y yo que me las daba de madura…
El último fin de semana las bromas pesadas subieron el nivel de rivalidad en la pista de carreras.
Le pinché la rueda del coche, le puse aceite en la gasolina, incluso manipulé su motor para que perdiera.
Él consiguió acercarse a mi Pontiac entre las carreras, en un momento de descuido, y pegó una pieza pequeña de aluminio entre el encendedor y el filamento, creando una unión.
Tardé demasiado en averiguar por qué me había quedado sin batería.
¡Perdí la carrera y me quedé tirada! Ni que decir tiene que al día siguiente coloqué mierda de gato en el techo de su GT y lo puse al sol para que se comiera el metal.
De eso hace cuarenta y ocho horas, y me queda saber cuál va a ser su movimiento para resarcirse, me aterra pensar que no ha movido ficha todavía.
El frío impacta en mi piel cuando me levanto de la cama. Alabama es un estado caluroso, pero en diciembre, las temperaturas oscilan entre los ocho y los diecinueve grados, así que en un hogar sin calefacción, por la mañana notas con rapidez el fresco.