Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 18 #2
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—Bueno. —Se pasa la lengua por los labios antes de morderse el inferior y componer una expresión libidinosa—. Lo que se dice dormir, nos lo podríamos saltar…, ¿no crees? —Me guiña un ojo—. ¿Vamos a tu cama?

—¡Me largo! —Doy media vuelta distanciándome de ella, rumbo a la puerta, con un calentón potente, deseando sucumbir a sus peticiones. Pero Ashley está como una cuba.

—No te vayas con Lara. —Me atrapa abrazándome por la cintura y colocando su torso contra mi espalda—. Por favor. No lo hagas. Quédate conmigo.

—Si todo este numerito es solo por celos, estás peor de lo que me esperaba.

No me giro, ni la enfrento ni la dejo seguir enganchada a mí. Cojo sus manos para retirarlas de mi piel, y no tardo ni dos segundos en salir de esa habitación para encerrarme en la mía.

¡Voy a necesitar una ducha de agua muy fría para bajar la erección! Aunque tengo una cita capaz de ayudarme con eso…

Por alguna razón desconocida, no me pone pensar en Lara en este momento, es como si solo me interesara Ash, averiguar el significado de sus palabras, estar con ella.

Pongo algo de música en el móvil para quitar de mi cabeza esas tonterías.

Quería ligármela y parece más que dispuesta a pasar por mi cama.

Es lo que buscaba, ¿por qué estoy replanteándome la situación?

¿Por qué quiero algo más? ¿Por qué codicio entenderla?

¿Quitarle la tristeza? ¿Ayudarla a superar sus mierdas?

La he visto de verdad a través de la borrachera, he intuido lo jodida que está, y me ha costado mucho no envolverla entre mis brazos para consolarla y darle una paliza a quien la haya puesto en ese estado.

Me quito la camiseta y la tiro con furia sobre la cama, cabreado conmigo, con la situación y con la dichosa Ashley. ¿Por qué se ha metido bajo mi piel? ¡Joder!

Abro el armario para buscar una muda de recambio.

Voy a meterme bajo una ducha de agua fría, donde mis manitas se ocuparán de mi calentón, luego me acicalaré para visitar a Lara con intenciones muy deshonrosas.

Si mi «hermanita» se regocija en sus celos, mejor.

Así conseguiré puntos para meterla en mi cama.

La canción de rap que he puesto habla de cosas muy chungas.

El cantante nos pinta los barrios marginales, el mundo de las bandas, la brutalidad de vivir en según qué lugares y de no tener demasiada salida.

Me gusta el ritmo, los mensajes de este género musical, la denuncia social que presenta, la realidad escondida entre las letras.

La prefiero a la mierda de romanticismo de la mayoría de canciones y libros, como si el amor fuera el motor del mundo. ¡Ni de coña!

El amor es una patraña. Para dominar el mundo hay que ser fuerte, no sentir, controlar las situaciones, no dejarse arrastrar por algo tan inútil como las emociones.

—No vayas. —Me sobresalta el susurro de Ashley—. Por favor.

Me giro despacio, acojonado, porque esas palabras me han cogido a traspié. Está apoyada en la puerta, con una expresión ansiosa y expectante. Que ella esté en mi habitación no es bueno, podría volar por los aires mi contención.

—Lárgate —digo dándome la vuelta hacia el armario para no mirarla—. ¡Vete a dormir la mona!

—¿Qué pasaría si mañana me hubiera ido? —Escucho sus pasos avanzando y mi corazón se vuelve un jodido loco—. ¿No querrías despedirte de mí ahora?

—Estás borracha — mascullo obligándome a no darme la vuelta, a no ceder a mis deseos más profundos, a no darle cancha.

Llega a mi espalda y vuelve a envolverme la cintura con sus brazos.

—Tenemos toda la noche —susurra poniéndose de puntillas para llegar a mi oído—.

El efecto del tequila se me pasará, podemos esperar, pero a veces solo tenemos una oportunidad para tomar lo que queremos.

—Sus manos se deslizan por mi torso y producen descargas cargadas de deseo—.

Mañana será tarde… ¿Y si te arrepientes entonces de no haber aprovechado el momento?

Cuando una de sus manos se aventura a la cinturilla de mis vaqueros para desabrocharla, reacciono.

No quiero esto, no así, no sin premeditación y sin ella serena.

Soy un cabrón, vale, lo admito, pero si voy a hundirle un puñal en el corazón, será de otra manera, y ella lo recordará todo.

Aunque quizá esta sería mi gran victoria, si me la tirara ahora podría humillarla, hacerla sentir sucia, vulnerable.

Por unos segundos valoro la posibilidad, pero enseguida me doy cuenta de que no voy a jugar tan sucio. Y me planteo si quiero seguir con el plan, si puedo realizar un acto tan ruin. Si voy a caer tan bajo.

—Ashley. —Pronuncio su nombre muy despacio mientras le separo otra vez las manos de mi cuerpo—. No voy a acostarme con una borracha. —Me doy la vuelta para encararla—. ¿Lo has entendido?

—Hay mucho más debajo de esos músculos. —Como tengo sus manos agarradas por las muñecas, utiliza sus ojos para recorrerlos e incendiarme como si fuera una llama candente—.

Tienes principios, me gusta. Pero esta noche estoy dispuesta a todo.

—Se acerca a mí y posa los labios en los míos—.

Ya que necesito recordarte. Y quiero que seas el primero.

Ese movimiento sugerente de su lengua me pone en jaque. Pero mantengo la boca cerrada, sus muñecas agarradas, la distancia. Gime bajito, me lame los labios, les da pequeños mordiscos, los llena.

—Bésame —susurra—. Quieres hacerlo tanto como yo, no lo niegues.

Avanza las piernas y se pega a mi cuerpo, impidiéndome rebelarme. Su calor, la cercanía, los besos, su lengua prodigiosa. Le suelto las manos y ella las utiliza para recorrerme el torso e impedirme recuperar el control.

—No te resistas más —musita entre besos.

Odio que una parte de mí quiera hacerlo por algo que no tiene nada que ver con la venganza. Pero, aun así, sucumbo.

La abrazo para abrir la boca y recibirla, para besarla, para levantarla en brazos y obligar a sus piernas a rodearme.

Sabe a tequila, a anhelo, a avidez, a sentimientos.

La llevo a la cama y el mundo se reduce a su piel contra la mía.

Mis manos recorren su cuerpo con una urgencia que me quema por dentro. Sus jadeos me nublan la mente.

Me deshago de su camiseta y del sujetador para llegar a sus pechos.

Gime cuando nuestros torsos desnudos se pegan y nuestros labios desatan una explosión de lava en nuestros cuerpos.

Bajo la boca por su cuello, dejando un reguero de besos al ritmo de sus jadeos extasiados.

Ella me acaricia la espalda con una mano y pasea la otra por mi pelo.

Llego a uno de sus pechos perfectos y mi boca adquiere vida propia explorándolo, lamiéndolo, succionando el pezón para arrancarle gemidos.

Con una mano le toco el otro pecho. Y la otra desciende por su vientre para adentrarse en la cinturilla de su pantaloncito, en busca de tocar su centro de placer, de elevarla hasta el éxtasis.

—Más —susurra cuando mi boca abandona su pecho para dedicarse al otro—. ¡Oh, Dios, sí! —Sus palabras son como música para mis oídos, me alientan a continuar, a dárselo todo, a entrar en ella cuanto antes.

—¿Dorian? —La voz de mi madre me llega desde el recibidor—. ¿Ashley? ¿Estáis en casa?

Me levanto de la cama con rapidez, agobiado. ¿Qué hace mi madre aquí? ¡Debería continuar en casa del abuelo!

Ashley no reacciona, es como si al alcohol le espesara la capacidad de darse cuenta del marrón en el que nos podríamos meter si nos encuentran medio desnudos en mi habitación.

Sigue estirada en la cama, con una sonrisa tonta, los labios rojos e hinchados por mis besos y algunos mordiscos suaves.

Parece ida, inmersa en una espiral de lujuria que me la pone dura y solo incrementa mi deseo de entrar en ella.

—Vístete. —Le tiro la ropa con fuerza, cabreado, tanto con ella como conmigo por sentir estos deseos irrefrenables e imposibles—. ¡Venga!

—Estás taaaaaan guapo cuando te enfadas. —Su sonrisa tonta se convierte en una expresión coqueta—. Me encantas.

—¡Joder! —Cojo la colcha que esta mañana he desatendido en el suelo de la habitación por pereza a la hora de estirar la cama y se la tiro encima, después me pongo la camiseta a toda leche—. Quédate aquí y no hagas ruido. Ernesto y mi madre están abajo.

—Uooo. —Se muerde el labio sin perder la sonrisa—. Nos van a pillar.

—¡Cállate! —susurro.

Su respuesta es quitarse la colcha y pasarse la mano por los pechos desnudos de forma insinuante. Está más pedo de lo que me imaginaba, beberse media botella de tequila la afecta demasiado. Espero que mañana no se acuerde de esta versión suya…

La voz de mi madre vuelve a llamarnos. Aprieto los puños y busco la serenidad en mi interior; me recoloco el paquete en un intento de esconder mi estado de excitación.

—¡Ahora bajo! —grito para que mi madre me escuche—. ¡Un momento!

Un último vistazo a Ashley me la muestra con los ojos medio cerrados, como si el sueño empezara a vencerla.

La tapo de nuevo y salgo con la mente enredada en encontrar una excusa creíble a la situación y luchando contra mis impulsos de regresar a mi habitación sin importarme nada más que Ashley.

Por primera vez no sé qué estoy haciendo.