17 #2
—Según cómo lo mires —susurro—. Si le cuentas a alguien tus sospechas, puedes meterme en un lío enorme, y a ti en uno peor.
—¿Sospechas? —Levanta las cejas—. Eres Madison Gardner, no me queda duda.
Gira la pantalla de su móvil para enseñarme una foto donde sale mi verdadero yo.
Maldigo en silencio. Al marcharme borré casi todas las imágenes de la red.
Soy menor, mi padre podía prohibir la publicación de mi cara.
Pero esta la colgó mi «queridísimo» primo Carl cuando publicó un post en su Instagram pidiendo ayuda a la gente para encontrarme.
¡Maldito hipócrita! He intentado retirarla varias veces sin éxito.
La única forma que tendría de conseguirlo les daría pistas para encontrarme.
Por eso decidí no actuar. Carl no tiene ningún tipo de relación con las personas de Elberta y pensaba que jamás buscarían datos de Madison Gardner. Está visto que me equivocaba.
—Es una foto horrible —admito derrotada al aceptar que no hay duda de quién es la chica retratada ahí—.
Llevaba el uniforme de esa escuela privada que odiaba, iba maquillada, peinada y perfecta.
—Tuerzo los labios—. ¡Ah! ¡Y mira lo que cuelga de mi hombro!
¡Puaf! El bolso Prada de dos mil dólares que no falte…
—¿Dos mil dólares por un bolso? —Se coloca las manos en la boca para ahogar un grito—. ¿De verdad esa mierda cuesta dos mil dólares? —Asiento con una sonrisa—. Y ahora me dirás que los zapatos son más caros, ¿no?
—¡Qué va! —Me relajo un poco ante su tono flipado—. Esos valen unos quinientos dólares. Solo son unos La Massine de Christian Louboutin.
—Traduce eso…
—¿En serio no sabes quién es Christian Louboutin? —La miro alucinada y a la vez encantada de tenerla como amiga.
Mi prima Candy, quien de niña pasaba muchas horas a mi lado intentando captar mi amistad, no le perdonaría a nadie este tipo de desconocimiento. A mí me parece perfecto, nunca he sido una fan de las marcas.
—Ni puta idea, la verdad.
Me arranca el José Cuervo, vacía un poco en un vaso, usa el salero para llenarse el dorso de la mano, lo lame y se acaba el chupito para después agarrar un trozo de lima con los dientes. Al terminar emite un jadeo y lanza la lima estrujada sobre la cama.
—A mis antiguas compañeras de instituto les daría un infarto si supieran que alguien en el mundo no sabe lo que son unos Louboutin.
—Sonrío al imaginármelas con Juls—. Y ni te digo a mi prima.
Es la más pija del mundo mundial. —Suspiro—.
Durante un tiempo fuimos amigas, la quería…
Pero la vida tiene golpes escondidos. Como cuando descubrí que solo intentaba acercarse a mí por interés.
—¡Menuda lagarta! Te digo desde ya que no quiero conocerla.
—Y haces bien. Es lo peor.
Nos quedamos unos instantes en silencio.
—De verdad, Ash, pagar quinientos dólares por unas manoletinas de las de toda la vida me parece una aberración —dice de golpe, con un tonillo sarcástico para cortar la tensión ambiental—. ¡Y ni te digo lo que pienso del bolso! Que eres una cría para llevar algo tan caro, tía.
—Es un Prada —contesto en tono de burla—.
En mi vestidor tengo como unos quince. Pero cuando me parapetaban los muros de la mansión, prefería usar conjuntos cómodos, zapatillas de deporte y cosas menos exclusivas.
Incluso me hubiera conformado con una mochila en vez de un bolso.
—Le guiño un ojo—. Aunque los Prada me gustan, tienen su aquel.
Bebemos otra ronda en silencio, estiradas la una al lado de la otra, interiorizando nuestra nueva situación.
—Cuando Dorian me ha dicho que no te encontrabas bien y te habías ido, no tenía la más mínima sospecha de descubrir algo tan fuerte.
—¿Has hablado con él? —Soy patética, la mera mención de su nombre me ilumina.
Asiente.
—En casa de su abuelo. He ido a buscarte y a echarte la bronca. —Coloca los brazos en jarras, con una expresión juguetona—. Estaba harta de tu actitud. Te echo de menos, Ashley. —Se muerde el labio—. O Madison…
—Ashley. Nadie debe saber quién soy en realidad.
—Pues te estás coronando —comenta—. No me has escuchado entrar en la habitación, estabas muy metida en una conversación con tu padre…
Suspiro. Ha llegado la hora de confesarme para que entienda los riesgos de conocer mi secreto.
—Me voy mañana —suelto sin pensar demasiado.
Aprieto el vaso con tanta fuerza que me duelen los dedos—.
He reservado varios medios de transporte para llegar a un lugar lejano e ilocalizable.
He gestionado nuevos documentos de identidad, incluso me he conseguido una careta de silicona para evitar los programas de reconocimiento facial de los aeropuertos.
Venir aquí ha sido un error. No puedes hablar con nadie de mí, Juls.
Si lo haces, tu vida estaría en peligro.
—¡Eh! Rebobina. —Niega con la cabeza—. ¿Cómo que te vas mañana?
—Os quiero. A ti, a Sutton, a Ernesto, incluso a Ralph. —Cierro los ojos aguantando la respiración y, cuando los abro con una exhalación, me muerdo el labio—. Y me estoy enamorando de Dorian. No puedo quedarme.
—¿Por qué?
Suspiro. Juliette necesita escuchar mi historia para conocer la gravedad de su situación, pero me cuesta afrontar la confesión.
Me tomo un nuevo chupito y me decido a hablar casi en susurros.
—Cuando mi vida se truncó, tenía diez años. Apenas he logrado olvidar algunos fragmentos sueltos de esa tarde. —La miro con la cara tensa—. Imagino que conoces la versión oficial; salió en todos los medios de comunicación del país.
—Tu tío es lo peor —responde.
Los recuerdos me invaden y me llenan los ojos de lágrimas.
—Simon y Garrett habían venido a la ciudad a pasar un par de días con nosotros y habían salido con mi padre para tener una de sus noches de chicos.
—Irrumpo en esa Madison del pasado, y me rompo en mil pedazos—.
Mi madre, mi abuelo, mi hermano Howard y yo nos quedamos en casa.
Estábamos en la cocina, preparando una tarta de chocolate de las que mi abuelo estaba tan orgulloso, riendo, pasándolo bien.
Era para cuando los chicos regresaran… Mi madre estaba contentísima y quería sorprenderlos.
Me tapo los ojos con las manos y reprimo como puedo un sollozo desgarrador. Cuando me destapo, la miro con un reguero de lágrimas surcando caminos sinuosos en mis mejillas.
—Es duro cuando los recuerdas. —Juliette me envuelve por los hombros para acercarme a su cuerpo—. Pero también ayuda.
—¿Cómo puede un momento perfecto convertirse en tu peor pesadilla?
—Esta pregunta me ha acompañado durante años.
Sollozo y me agarro a ella—. Un segundo estábamos riendo y al siguiente fuimos víctimas de un tiroteo.
Mi tío Albert vino dispuesto a compensar la deshonra de haber sido excluido de la herencia…
Callo un segundo, le doy un buen trago a la botella de José Cuervo y siento cómo el alcohol me quema en el esófago.
Me apoyo en el hombro de Juliette antes de volver a hablar en un tono casi susurrado, como si las palabras se resistieran a crear frases.
Mi mirada busca la lejanía mientras la película de sucesos se desarrolla en mi mente con una cadencia angustiosa.
Han pasado más de seis años y sigue afectándome de una forma desgarradora.
—Mi abuelo tuvo tiempo de accionar el botón del pánico que teníamos bajo la encimera de la cocina —prosigo—.
Solo los adultos que vivían allí conocían su existencia, por eso Albert no lo había previsto.
Su plan era entrar, matarnos a todos, simular un robo y heredar la fortuna y las acciones de mi abuelo sin que nadie lo relacionara con el asalto.
¿Cómo iban siquiera a imaginarlo? —Una sonrisa triste se apodera de mis labios—.
Si moríamos todos, la ley le otorgaba la herencia.
—¡Capullo! —Se indigna mi amiga.
Chasco la lengua.
—Era un buen plan, pero mi abuelo se lo fastidió.
Y me dejó su carga. —Hago una pausa para ordenar mis emociones—.
Tuvo la suficiente sangre fría como para agarrar el arma que tenía atada con cinta adhesiva bajo la encimera, junto al botón del pánico que había accionado, y dispararle en la pierna.
Era su hijo, pero no se lo pensó dos veces, apretó el gatillo con un grito de dolor.
Fue desgarrador, Juls. —Sollozo sin opción a reprimir mis sentimientos desbocados—.
La bala lo había herido de muerte, y él lo sabía.
—Otra vez el peso de lo sucedido ahoga mi voz—.
No dudó demasiado, consiguió neutralizar a mi tío y, antes de perder el conocimiento, se tiró encima de mí para protegerme.
No recuerdo mucho más puesto que me desmayé, solo sé que cuando los equipos de emergencia llegaron, consiguieron mantenerme con vida hasta que me operaron.
Mi tío me había disparado al vientre, en un lado, justo donde ahora tengo el tatuaje.
Ella emite un gemido y se tapa la boca con la mano, pero no dice nada.
—Recuerdo mi despertar en el hospital —murmuro—, el llanto de mi padre, su dolor y la ansiedad al descubrir que mi tío había huido.
Significaba que estábamos en peligro. Por eso me pasé los siguientes seis años entrenándome y fingiendo ser otra persona, una chica frívola y popular en el colegio privado, preocupada por la moda, mi aspecto, mis amigos…
—¿Por qué? Podrías haberte limitado a ser tú misma.
Sacudo la cabeza.