Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 17
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ASHLEY

Lo tengo todo preparado para mañana. Será el día D, el momento de mi truco de escapismo. Me iré de aquí para proteger a las personas que en pocos meses han logrado meterse en mi piel. Y duele muchísimo.

En realidad quiero quedarme, sentir, ser capaz de querer sin convertirme en un arma letal.

Pero mi vida es una mierda. Injusta. Y la odio.

A veces incluso pienso en cómo me sentiría si la desafiara quitándomela, pero el rencor hacia Albert es demasiado punzante para permitirle salirse con la suya.

Jamás le cederé todo cuanto ansía. Eso sería traicionar a mi madre, a mi padre y a mi abuelo.

He reservado un billete de tren desde una cuenta irrastreable, he borrado las memorias de los equipos de mi casa del bosque, he aniquilado cualquier huella de mi paso por Elberta y he dejado los papeles de todo cuanto poseo aquí preparados para que lo puedan vender y suplir la ausencia de la renta estatal para cuidarme.

También he preparado un sobre con una buena cantidad de dinero en efectivo para Sutton. Se lo dejaré en la cocina junto a una nota de despedida donde me disculparé por cualquier inconveniente que le ocasione.

En cuanto pueda, le haré llegar más dinero para solucionarle la parte económica. Se lo debo. No quiero abandonarla sin recursos para mantenerse. Por eso he dispuesto un mensaje para la trabajadora social en el que me culpo a mí de la escapada.

Para Dorian he escrito otra pequeña carta con instrucciones de cómo vender las posesiones de la cabaña, dónde está cada cosa, cada papel necesario y las páginas web más interesantes para conseguir el máximo de dinero para su familia.

Me gustaría escribirle algo más íntimo, pero no puedo confesarle mis sentimientos ni decirle cuánto me importa. ¿De qué serviría si no puedo quedarme? Es mi adiós más doloroso. Nunca había sentido este cúmulo de emociones tan intensas por una persona. Y todavía no sé cómo lidiar con ello.

Una vez me pierda en el laberinto del anonimato, voy a pasar cada segundo recordándolo, y voy a sufrir. El amor duele, eso me está quedando clarísimo… Ahora me siento rota, devastada, incapaz de enfrentarme a mi plan de escape sin derrumbarme…

¿Cómo sobreviviré lejos de él? ¿Por qué mi tío Albert me ha destrozado de esta forma? Y la pregunta del millón: ¿Cómo he podido enamorarme de Dorian en apenas unos meses?

Si pudiera, me arrancaría ese sentimiento de cuajo.

Para Ernesto he redactado una nota simple de despedida, donde lo animo a seguir sus ilusiones sin desfallecer nunca.

Nos hemos encariñado mucho este tiempo, en él reconozco una parte de mi curiosidad de niña, esa necesidad de desentrañar códigos informáticos y acumular información.

Espero que se convierta en todo un cerebrito.

Me queda Juliette. No sé cómo decirle adiós. Estas últimas dos semanas alejadas, intentando ignorarla, me he dado cuenta de cuánto me importa su amistad, y me duele herirla al desaparecer. No soporta los abandonos y está pasando por un infierno con su hermano.

Me gustaría tanto seguir siendo su amiga, apoyarla… Lo haré en la distancia. No la dejaré seguir sufriendo las represalias de Reese. Una vez me establezca tendré un montón de tiempo para definir una estrategia ganadora.

Por suerte tendrá a Ralph a su lado para superar mi marcha y recomponerse. Él está progresando para ganarse de nuevo su confianza y la protegerá, estoy convencida. La quiere y ella se merece lo mejor.

Estoy sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y las piernas cruzadas, en esta preciosa habitación.

He puesto la música altísima, una de esas listas de baladas romanticonas y tristes, para llenar el silencio.

Cojo la botella de José Cuervo que compré ayer en la gasolinera de Foley, con un carnet falso, y la coloco entre mis piernas, preparada para mi despedida.

Cuando Garrett, Simon y mi padre volaron por los aires, hice lo mismo. En la despensa de mi casa hay un montón de tequila, ellos solían darle a esa bebida en los momentos de inflexión y en algunas celebraciones.

El día del entierro de mi hermano, mi madre y mi abuelo, inauguramos esta tradición.

Nos sentamos los cuatro frente a la mesa de centro del salón de la mansión Reynolds, en el suelo, con las piernas cruzadas, la espalda apoyada en el sofá y cuatro vasos de chupito encima del cristal, junto a una botella de José Cuervo, una de zumo de manzana para mí, limas cortaditas, un salero y sus fotos.

Así les dijimos adiós a tres de las personas más importantes de nuestras vidas.

Ellos acabaron bastante perjudicados, cantando y recordando anécdotas preciosas y emotivas entre risas y lágrimas.

Yo era una niña, estaba muy traumatizada por lo sucedido, todavía tenía la herida de la bala recién cosida y los recuerdos tan vívidos que no era capaz ni de hablar.

Pero esa noche recuperé un poco la fe, el deseo de luchar por dejar atrás el dolor, la necesidad de no rendirme.

La tradición se instauró ese día, pero la abrazamos cada aniversario de su muerte, cada giro doloroso o feliz de nuestras existencias, cada instante importante. Mi primera vez con tequila fue unos días después de su muerte. Y ahora lo necesito para despedirme de una etapa muy feliz.

Bajo la cama tengo una bolsa con el resto de los ingredientes.

La alcanzo y busco en el móvil el collage de fotos que he preparado.

Juliette, Dorian, Ernesto, Sutton, Ralph, el reverendo, Emily, los niños, Rod…

Los echaré tantísimo de menos… Me siento sobre el colchón, de cara al póster de mi padre para sentirme acompañada por él, y distribuyo lo necesario para tomar el tequila frente a mí.

—Ojalá no hubiera venido a Elberta y no los hubiera conocido —digo en voz alta.

Me coloco una buena cantidad de sal en la mano y lleno un vaso de chupito para levantarlo hacia el póster, brindando con el pasado, con mi padre, con mis recuerdos—.

Pensaba que me merecía este descanso, papá, que podía pasar un par de años en un lugar apartado, actuando como me corresponde por mi edad, sin consecuencias ni explicarle a nadie quién era antes ni que el mejor futbolista de todos los tiempos es mi padre.

¡El gran Denton Gardner! Si Dorian lo supiera…

Reprimo un sollozo. Y lo miro con una sensación de vacío en el pecho.

—Dios, papá, te echo tanto de menos… Ojalá estuvieras aquí para abrazarme; me hace falta tu sonrisa, tu positividad, tu alegría contagiosa.

—Lamo la sal, me tomo el vaso de un trago y chupo un cuarto de lima para rebajar el sabor amargo del tequila—.

¿Cómo he acabado en casa de alguien que te idolatra tanto?

¡Y encima quiere seguir tus pasos! —Se me llenan los ojos de lágrimas—. Me he enamorado de él.

Me imagino su expresión si de verdad estuviera enfrente. Primero me miraría con incredulidad, pero al segundo se le ensancharía la sonrisa. Y me abrazaría antes de disparar un interrogatorio larguísimo.

—Además, he hecho una amiga de verdad. Juliette es… No tiene nada que ver con Candy y su forma mezquina de quererme. —Inspiro con fuerza al recordar a mi prima, esa arpía disfrazada de niña buena—. ¿Y sabes lo peor, papá? Que no puedo quedarme a su lado sin ponerlos en peligro…

—¿Denton Gardner era tu padre? —La voz de Juliette me sobresalta—.

¿Eres Madison Gardner? ¿La desaparecida hija del mejor futbolista de todos los tiempos?

¿La heredera de un imperio del petróleo y de los Dallas Cowboys?

—Me giro para verla apoyada en la puerta cerrada, con una mueca de desconcierto pintada en la cara—. Sabía que ocultabas algo… Pero ¿esto?

Dejo el vaso sobre la cama y me giro del todo para mirarla. Estoy inquieta, no tengo ni idea de cómo enfrentarme a esta situación.

—No sé de qué estás hablando —susurro.

Una sonrisa de suficiencia se instaura en sus labios. Niega con la cabeza, camina hasta la cama, se sienta a mi lado y se apoya en el cabezal, agarrando el José Cuervo.

—Esta táctica no funciona conmigo, acabo de escucharte confesar y me sé la historia de la desaparición de la hija de Denton Gardner, la he leído en los periódicos, como la mayoría de ciudadanos de los Estados Unidos.

—Levanta una ceja—. Y no te olvides de la devoción de Dorian hacia el futbolista; cuando te esfumaste del mapa el tío nos lo explicaba cada día, alucinado.

—Niega con la cabeza y me guiña un ojo—. Como algún día descubra tu identidad…

Silba.

—Bueno, tampoco hay para tanto, ¿no?

—Hombre… —Otra vez arquea las cejas—. Estamos ha blando de Dorian y su crush del fútbol…

Gimo.

Durante unos minutos nos quedamos calladas. Ella busca algo en su móvil y yo me limito a trepar por la cama hasta colocarme a su lado, apoyada en el cabezal, intentando procesar lo que acaba de decir.

Me lleno un nuevo vaso hasta los topes para bebérmelo como toca, con sal y lima incluidos. Ella limpia un poco la botella y le da un sorbo corto.

—¡Joder! ¡Esto quema un montonazo! —Sacude la cabeza emitiendo unos ruiditos y me da un codazo—.

Estoy enfadada contigo por mantener las distancias conmigo estos últimos días y por mentirme, pero me alegro de conocer al fin tu secreto.

—Suelta una carcajada—. ¡Bua, tía! ¡Eres una rica heredera!

¿Me vas a sacar de pobre? Soy tu amiga más leal… No me dejarás tirada, ¿verdad?

—Bueno… —No sé hasta dónde contarle, aunque tampoco puedo callarme—. De momento no puedo volver a casa.

—¿Estás metida en un lío? —Me lanza una mirada ansiosa.

Exhalo con profundidad, le doy un trago al tequila a palo seco, como ella, y tras toser un poco por el efecto del alcohol en mi esófago, la miro.

No puedo fingir que no es cierto, hay demasiados indicios.

Mi cambio de pelo, de color de ojos, de piel…

Y el haber escuchado mi monólogo, lo hace real del todo.

No puedo mentirle sin traicionar su confianza.

Y, aun así, me acojona exponerle la verdad.