16
DORIAN
Han pasado quince días desde nuestra cita de la playa y Ashley no da ninguna señal de querer retomar nuestro idilio. Se ha encerrado en ella misma, como si la gente apestara y no quisiera acercarse a nadie. Pero a mí no me engaña, porque sus ojos rezuman tristeza, dolor y angustia.
Soy un experto en captar cuando alguien está tan jodido como yo. Y Ash entra dentro de ese saco sin dudarlo.
Come sola en el instituto, ha cambiado los turnos en el taller para coincidir lo mínimo posible conmigo, ya no viene a los entrenos y ya no habla con nadie, ni siquiera con su amiga inseparable hasta dos semanas atrás.
Juliette está desconcertada por ese cambio y ha intentado romper la coraza con la que se ha envuelto Ash varias veces, pero con cero resultados.
Es como si hubiera cambiado para aislarse del mundo. Como si mi pregunta inocente mientras le acariciaba el tatuaje hubiera lanzado una bomba sobre ella y de repente se hubiera cubierto con un escudo protector. Incluso ha rebajado su entusiasmo con mi madre y Ernesto.
La veo esconderse, a pesar de sentir la conexión con el mundo que la rodea.
Y no entiendo qué ha podido cambiar. Tengo sentimientos contrapuestos con la situación.
Por un lado me jode renunciar a la misión de venganza.
Por el otro… ¡Mierda…! Por el otro la echo de menos.
Y no, no puedo permitirme algo parecido.
Sigue participando en las carreras y ganando siempre.
Supera récords con una facilidad desconcertante.
Se ha convertido en una persona fría, metódica y letal.
Capaz de no mostrar sus sentimientos y ocultarlos muy bien.
Aunque a un experto como yo no se le trolea con facilidad y sé reconocer su dolor.
No entiendo nada. Pero tengo claro que sufre. Y lo peor es cómo quiero consolarla.
En el taller sigue siendo la estrella. Y en el instituto…
Ese aire misterioso la ha hecho ganar todavía más adeptos, es la puta ama en eso.
Ha alcanzado la popularidad sin mover un dedo.
Además, sigue en forma, entrenando cada día, dándolo todo y aumentando su fama de tía dura debido a que, cuando un chico se le acerca, muestra las garras y no tiene ningún reparo en ponerlo en su lugar si se propasa. Y torea a Sasha sin despeinarse.
Me jode su indiferencia, como si ya no le interesara, como si ese beso no hubiera significado nada. Es que ya ni me mira a ratos.
No la he vuelto a pescar con su atención en mí en ningún momento, como si al preguntarle por el tatuaje en la playa hubiera apagado ese fuego que ardía en sus ojos hace solo quince días. Y eso me raya un montón, porque quiero volver a la situación anterior.
Ya no hay pullas, ni duelos verbales ni bravuconería, ni miraditas ni nada de nada, solo una interacción agradable, pero vacía.
Y es desesperante, joder. Quiero ver fuego en sus ojos, no tristeza.
Quiero responder a sus asaltos con frases hirientes, no ver esa sonrisa falsa saludarme al encontrarnos, como si no fuera nada para ella y se estuviera despidiendo de mí.
Quiero descubrirla observándome como yo a ella, con deseo, no con ese dolor punzante.
Quiero verla sonreír de verdad, enfrentarse a mí, no su suavidad.
Sin todo eso la venganza pierde fuelle y mi cabreo va en aumento.
¿De qué va? ¿Cómo se atreve a tratarme como si no hubiera sucedido nada entre nosotros? Porque ha sucedido, tanto si le gusta como si no.
La deseo.
Mi cuerpo se enciende cuando aparece, se vuelve loco, como si mis hormonas estuvieran dándose un festín con mi libido.
Y sí, quiero hundirme en ella para quitarme esta obsesión de mierda y luego olvidarla.
No vale al revés. Ashley no me lo puede arrebatar todo con esa actitud de «paso de todo y de ti en concreto» e irse de rositas.
Esa corona es mía. Solo mía. Y no pienso perderla.
He intentado reconducir la situación de forma no demasiado evidente.
Incluso la he acorralado varias veces para exigirle respuestas, pero ella se ha limitado a pedirme que la dejara en paz, sin venirse abajo ni ablandarse.
Y claro, yo no puedo perder mi reputación por rebajarme a intentar convencerla.
Además, es contraproducente para mi plan.
No me he follado a nadie en demasiado tiempo. Y lo curioso es que ni siquiera me apetece. Esta noche voy a acabar con esta sequía absurda y a sacármela de la cabeza. Permitirle a Ashley seguir destrozándome las neuronas no es sano.
He quedado con Lara, una chica recién llegada de Missouri para trabajar en el circuito a las órdenes del dueño. Vive en una caravana cerca de ahí y ya se ha pasado por la piedra a la mayoría de mis compañeros.
Es de esas tías desinhibidas a las que les gusta el sexo sin compromiso, está cañón y me esperará a las doce en su cama. Mañana iré al instituto con falta de sueño, y quizá lo pague con un mal entreno, pero con una sonrisa satisfecha de narices.
Sasha sigue incordiándonos a los dos, y quizá podría ser una buena opción para olvidar a mi «hermanita», pero sigo sin querer una relación y Ashley se basta y se sobra para ponerla en su lugar.
Prefiero a Lara. Una desconocida con mi misma premisa: disfrutar y hasta nunca.
Ayer fue mi primer partido en los playoffs . Juliette siguió al autobús en el coche de mi madre para vernos ganar y animarnos, pero Ashley se quedó en casa, o vete tú a saber dónde. Me dolió tanto su ausencia, no poder dedicarle el triunfo, no tenerla ahí…
Mis ojos se desplazan por el banco de la iglesia para mirarla mientras mi abuelo suelta uno de sus larguísimos sermones dominicales. Hoy trata sobre la infidelidad. Es un puto recordatorio de cómo mi viejo se cargó todo cuanto había de sagrado en su matrimonio para disfrutar de otras.
Lo odio.
Pero no es un odio ambiguo como en otros casos, es visceral.
Me repugna, le tengo rencor, quiero dañarlo, anhelo destrozarlo como él hizo conmigo.
Y no me gusta que las palabras de mi abuelo me recuerden cómo descubrí su falta de lealtad a la familia, cómo se llevaba a mujeres a casa por las mañanas mientras mi madre trabajaba en la escuela.
Cómo se las tiraba en su cama. Cómo la engañaba sin perder ni un ápice de su sonrisa.
Lo descubrí de la peor manera. Un martes a las diez de la mañana, cuando tenía trece años, poco antes del verano que cambió mi percepción de la vida al acostarme con aquella monitora y descubrir el mundo del sexo y cómo un polvo conseguía borrar mis recuerdos y convertirme en el amo y señor de la situación.
Ese día, varias profesoras y un montón de alumnos del instituto estaban de baja por una intoxicación alimentaria, debida a una carne en mal estado que se había servido en el comedor el día anterior.
Hubo muchas consecuencias de ello para el encargado de ese servicio, pero yo lo veía venir y por eso no comía ni loco ahí.
Prefería tomar los sándwiches que me preparaba mi madre por las mañanas.
Me marché a casa cuando se decidió suspender las clases de los tres cursos afectados y mi madre se quedó en el colegio para llamar a los padres y con los más pequeños hasta que los vinieran a buscar.
Pedaleé con la bicicleta decidido a pasar una mañana a solas en mi habitación. Pero al entrar en casa escuché los jadeos, el ruido del sexo, las palabras sucias que salían de la boca de mi padre.
Quizá debería haberme mantenido al margen, pero la rabia y la curiosidad me inundaron las venas. Rabia porque en el fondo sabía reconocer lo que estaba pasando. Curiosidad porque quería asegurarme, ver con mis propios ojos la realidad, enfrentarme a ella.
Y lo hice.
Abrí la puerta de su habitación para descubrir a una mujer a cuatro patas y a mi padre entrando en ella con una energía de narices. Fue grotesco, doloroso, devastador. Me quedé ahí, con los jadeos de banda sonora y una ira irracional apoderándose de mí.
Esa fue la primera vez que pegué a mi padre. Tras anunciar mi presencia, su grado de maldad aumentó. No dejó de follarse a esa mujer, lo hizo mirándome con una sonrisa de satisfacción, como si mi presencia lo excitara.
Había decidido ser fuerte y no iba a cambiar en ese instante. A pesar del nudo en el estómago, le sostuve la mirada.
Toda la vida recordaré los gemidos de cuando se corrió, esa expresión, su desafío.
Salió de ella después del orgasmo, sin que le importara el público, se levantó, tiró el condón al suelo, se colocó unos calzoncillos y vino directo hacia mí, con un rictus malvado, de los que usaba para demostrar su intención de descargar su furia en mi cuerpo.
Temblaba. De pánico y de furia. Pero aguanté el tipo. Por Ernesto, por mi madre, por mi futuro.
Cuando su puño impactó con mi estómago, al ritmo de sus palabras denigrantes, levanté mi brazo y descargué toda mi cólera en su torso.
Con ese golpe se desató un torrente de emociones en mi interior.
En cierta medida fue liberador porque había conseguido fortalecerme lo suficiente para no tenerle miedo.
Acabé en el hospital, con cuatro costillas rotas, muchísimos morados en el cuerpo y algunos cortes.
Pero él también quedó magullado, y eso me ayudó a seguir adelante, a luchar para ganar masa muscular, a sentir cómo el odio se apoderaba de mí para convertirme en una máquina letal, capaz de no sentir dolor y de rebelarse cada vez.
Regreso al sermón de mi abuelo, a la iglesia, a ella.
Los recuerdos han vuelto a despertar los sentimientos de odio y devastación, pero necesito domarlos de nuevo para centrarme en este momento, en mis planes, en cómo voy a doblegar a esa chica de ojos tristes.
Al terminar la misa, salgo con toda la familia para charlar un poco con el resto de los feligreses, felicitar a mi abuelo e irnos juntos a su casa, como cada domingo. A veces, cuando lo miro, lo culpo de su inacción contra mi padre.
Era evidente que nos maltrataba.
Mi madre acababa demasiadas veces en el hospital por «caídas o golpes» accidentales.
Después yo la seguí. ¿Por qué se mantuvo al margen?
¡Podía habernos salvado del tormento! Pero no hizo nada porque mi madre se lo suplicó.
Quería a mi padre… Y mi abuelo siempre ha sido un hombre con una complexión más bien flacucha.
Y luego dicen que el amor mueve el mundo…
A mi madre le hundió la vida.
Cuando lo metieron entre rejas me encaré con mi abuelo, le eché en cara su pasividad mientras mi padre nos machacaba.
Pero él me contó cómo mi madre le había ordenado mantenerse al margen, sus amenazas de alejarse de él para siempre si se entrometía, su absoluta abnegación a mi padre. Tenía miedo de perderla.
Le pegué al escucharlo y acabé llorando como un gilipollas.
En realidad, no quería herirlo, ni culparlo ni perderlo, pero a la vez necesitaba resarcirme.
Lo entendió, y su abrazo cuando dejé de disparar mis puños fue capaz de consolarme un poco, aunque mi corazón se había roto sin remedio.
Mi padre me lo había partido, lo había convertido en papilla y cuando se volvió a ensamblar, era incapaz de sentir amor romántico, de dejarme atrapar por una mujer que me debilitara hasta el punto de estar en sus manos.
Me bastó ver hasta dónde podía llegar con mi rabia para prometerme que no volvería a actuar como mi viejo. Jamás. Con los puños no se arregla nada, y odiaba ser como él.
Poco a poco mi madre ha ido superando su desesperación, sobre todo gracias a unas sesiones de terapia semanales que le recomendó la orientadora del instituto.
Ahora come, sonríe y vive un poco más. Ha vuelto a congeniar con mi tía Emily, a salir algunas tardes con sus nuevas amigas y a recuperar su estabilidad, aunque todavía le falta un largo camino por recorrer.
Llegamos a casa del abuelo y vuelvo a hundirme en mis recuerdos. Ashley lleva un par de semanas sin participar demasiado en la comida de los domingos, ni en la visualización del partido de turno de después ni en nada familiar. Es como si estuviera a muchos kilómetros de nosotros.
Hoy, al sentarnos a la mesa, come sin mirar a nadie, perdida en sus pensamientos.
Y está triste de cojones. Solo levanta los ojos en contadas ocasiones para mirar a cada uno de los miembros de la familia con abatimiento.
Casi puedo ver las lágrimas en sus ojos.
Y un presentimiento extraño me zarandea porque tengo la sensación de que está a punto de desaparecer de mi vida.
Me estremezco al procesar ese pensamiento. No quiero que se vaya.
Durante el partido se muestra taciturna y poco comunicativa.
La prefería luchadora, con esa vena rebelde y su forma tan enérgica de enfrentarse a los obstáculos. La Ash de ahora es una sombra de su verdadera personalidad, y no quiero verla así.
—¿Te pasa algo, Ashley? —pregunta mi madre al verla sentada en el sillón, un poco encogida, con la cara muy pálida y sin prestar atención a la pantalla—. Llevas unos días un poco mustia.
¡Solo a mi madre se le puede ocurrir esa palabreja! «Mustia». Hay que joderse.
—Tengo muchísimo dolor de cabeza. —Tensa una sonrisa—. Me gustaría irme a descansar un poco, si no te importa.
Nuestro hogar no está lejos y puede ir andado, por eso mi madre acepta con facilidad. La despedida se llena de abrazos, como si Ashley estuviera aprovechando el momento para decir un adiós definitivo. No sé por qué lo concibo así.
Cuando la puerta se cierra, siento un vacío en el corazón, una falta, su ausencia. Me asusta llegar a casa y no encontrarla. Algo absurdo ya que vive ahí.
Me saco de la cabeza esas ideas locas. Quedan pocas horitas para ir a la caravana del bombón y atajar mi sequía sexual de las últimas semanas.
Miro la puerta cerrada unos segundos más de la cuenta.
¡Ashley me importa una mierda! Pero no soporto la idea de perderla…