Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 15
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ASHLEY

El día luce espectacular, con un sol de esos que brillan en un cielo azul sin fisuras para iluminar la blancura de la arena de esta playa de Orange Beach, una población a veinticinco minutos en coche de Elberta, donde la costa nos recibe con el olor a salitre y la posibilidad de bañarnos y tumbarnos para alentar nuestro bronceado.

Cuando era Madison me gustaba nadar en nuestra piscina al aire libre en cualquier época del año.

La teníamos climatizada y nadar es un entreno perfecto.

Simon solía cronometrarme, tanto en el agua como en mis carreras diarias de running por la propiedad.

Y luego luchábamos en el gimnasio o al aire libre, usábamos las máquinas y me preparaba para enfrentarme a cualquier peligro.

Cierro los ojos obligándome a abandonar el pasado, ese al que deseo volver, a pesar de ser un imposible.

Bajo del coche arrastrando la melancolía. El duelo sigue punzando en mi corazón. Muchas noches lloro en silencio hasta quedarme agotada, pero si quiero sobrevivir, debo mantener encerrado el dolor durante el día. Obligarlo a adormecerse. Aunque algunos estímulos disparen los recuerdos.

Si alguien de mi antigua vida me viera, parpadearía incrédulo ante la visión de una chica sencilla caminando por la arena junto a Dorian, con una nevera portátil y una bolsa de playa común.

Imagino esa pregunta callada que les cambiaría la expresión: ¿Dónde está la sofisticada Madison Gardner? ¿Esa que solo iba a las playas privadas de zonas exclusivas o en el yate de la familia?

Nadie lo sabe, pero ni existía entonces ni lo hace ahora.

Solo era una pose para convencer a Albert de mi frivolidad.

Para mantenerme a salvo. La Madison de verdad, la que ahora tiene una libertad de movimientos increíble, nunca fue superficial ni presuntuosa; fingía.

Era agotador. Una vez salía de la mansión Reynolds, proyectaba una personalidad muy alejada de la mía.

Por eso me gusta la sensación de estar aquí, en una playa pública, rodeada de gente, acompañada de Dorian y sin sentir las miradas en mí.

A mis tres hombres también les hubiera encantado esto…

Siento un pinchazo en el corazón. Y una sonrisa nostálgica se apodera de mis labios. Mi padre sacudiría la cabeza con una de sus expresiones más intensas: «Vigila con este chico, Madison», diría. «Los de su calaña suelen acabar con los corazones de las ingenuas. Y tú no lo eres, cielo».

Suspiro en un intento de alejar de mi mente su voz. El olor de su barbilla recién afeitada. El calor de sus abrazos.

Tendría razón, como siempre. Denton Gardner era un hombre sabio. Apenas habría necesitado una mirada para calar a Dorian. No es de fiar, hay un sexto sentido que me previene contra él. Debería escucharlo. Pero me gusta sentirme cerca de él. Dejarme llevar…

Llegamos a una zona perfecta para pasar la mañana y Dorian acomoda las cosas sobre la arena.

—¿Quieres que ponga la sombrilla? —pregunta.

—Estaría bien. —Asiento—. Tengo la piel muy blanca.

Es el único que ha visto mis pecas. Con él no me alarma perder el maquillaje por un baño, pero prevenir es mi mejor opción.

No tarda ni un segundo en empezar la tarea. Ver sus músculos en tensión es un espectáculo para la vista. Se ciñen más a su camiseta para mostrar los contornos trabajados con mimo y despertarme una oleada de calor sofocante.

No sé qué me pasa con él. Quizá solo se trata de una reacción normal para una chica de mi edad ante un espécimen masculino tan perfecto y sexy , y más cuando nunca he tenido la posibilidad de acercarme tanto a otro adolescente.

Me lo digo un par de veces, pero en el fondo sé que hay más.

Me gusta su forma de ser cuando se desliga de la coraza que ha erigido, como en nuestra cita de anoche.

Hablar con los sentimientos a flor de piel no es fácil, y menos tras sufrir malos tratos o algún giro impactante en tu infancia.

Lo sé de primera mano. Pero él lo hizo, rebajó por unos momentos su chulería natural para mostrarme un pedacito de su corazón.

Y me encantó.

Solo necesito ver las cicatrices de su torso para imaginar cuánto sufrió. Pero a veces el dolor te fortalece, saca lo mejor de ti.

—Listo. —Sonríe satisfecho mientras se quita la camiseta y despierta un millar de reacciones en mi cuerpo.

Me sonrojo.

Cuando me ha preguntado si ayer fue mi primer beso, no me he atrevido a decirle la verdad.

Quizá mi orgullo ha tenido parte de culpa.

Porque si admitiera que solo había rozado algunos labios sin ganas ni deseo, que incluso me habían intentado obligar a aceptar esas caricias en un par de ocasiones —y gracias a mi entrenamiento había conseguido neutralizar la amenaza—, le habría dado munición para ridiculizarme si alguna vez vuelve a su actitud de capullo arrogante. Y algo me dice que eso pasará.

Me he pasado la noche soñando con ese beso. Y con ir más lejos.

Dormir después de esa revolución de hormonas y sentimientos me fue imposible. Me he tirado más de la mitad de la noche con los ojos abiertos, soñando despierta con lo sucedido, reviviéndolo, sintiendo cómo me temblaba el cuerpo de anhelo.

Alargamos la mañana tomando el sol, salpicándonos en el agua, nadando, riendo, charlando.

No es nada del otro mundo para un adolescente normal, solo un día más en su larga lista de días.

Sin embargo, para mí representa un todo, una primera vez, un maravilloso despertar a una realidad alternativa a la mía.

Los sándwiches nos saben a gloria entre risas y refrescos, con los cuerpos mojados, el cabello chorreando gotitas de ilusión, los ojos chispeantes y la emoción rodeándonos.

Dorian me está mostrando su mejor faceta y a cada segundo me gusta más descubrirla, conocerlo, estar a su lado, tocarlo con disimulo demasiado a menudo, con una necesidad imperiosa de sentirlo.

Me he quemado un poquito. Pero me da igual, no me duele si puedo perderme en esas pupilas azules, que me observan como si fuera comestible .

Una mirada a Dorian me devuelve a Alabama, a mi otro yo, a este paréntesis en mi existencia. Tiene ese punto de rebeldía en el pelo que se está dejando crecer, en el brillo de sus ojos, en ese cuerpazo capaz de atraer a las masas como si fuera un imán con carisma propio.

Se estira sobre la toalla, apoya un brazo bajo la cabeza y entrecierra los ojos por el sol.

Trago saliva.

Quizá podría permitirme esto. Un tiempo. Una tregua real. Ser —por una vez— una chica normal.

El cosquilleo en mi vientre no desaparece. Al contrario, se intensifica. Y entonces el pensamiento me sacude: me estoy enamorando de él. Lo siento expandirse y golpear mis costillas por dentro.

Me incorporo un poco, apoyo el peso en los codos. La arena se me pega a la piel húmeda. El sol quema. Y, aun así, tengo frío. No puedo permitirme ni un simple capricho. Si dejo que esto crezca, si no lo freno ahora, acabaré por convertirme en su verdugo. Y en el mío.

Mi padre decía que el amor verdadero deja marcas que no se borran jamás. Sus incisiones cicatrizan con el tiempo, pero nunca desaparecen.

«¿Amor verdadero?». Se me atraganta la respiración. No es posible sentir tanto en tan poco tiempo. A Dorian no lo conocía de antes. Es poco confiable. El amor no entra en la ecuación. Solo es atracción. Afinidad. Necesidad de cercanía.

El viento levanta un poco de arena y me la arroja contra las piernas. Parpadeo. Respiro hondo.

«Si no cedes, mataré a todos cuantos te importen».

La voz de Albert no es una hipótesis. Es un precedente.

Esa frase regresa como un disparo seco, llena de connotaciones peligrosas. De realidades. Nunca debí venir, fue uno de mis mayores errores. ¿De verdad me creía capaz de ser libre sin consecuencias?

Cierro los ojos un segundo, intentando expulsar el recuerdo de Albert amenazándome, el eco de sus palabras. Pero la memoria no obedece. Sé hasta dónde es capaz de llegar.

Dorian me observa. Habla de algo trivial, de fútbol, de coches, de cualquier tontería que hace apenas unos minutos me hacía reír. Su boca se mueve. Yo apenas escucho. ¿En qué momento me he convertido en una bomba de relojería para él, para Juliette, para todos ?

Uno de sus dedos roza mi tatuaje con cuidado, siguiendo el contorno de la bala, las letras, la cicatriz escondida bajo la tinta.

El contacto me atraviesa.

—H, P, M —susurra acercándose mucho a mi oído—. ¿Qué significan?

«Howard, Priscila y Magnus. Hermano, madre y abuelo».

Por un momento los nombres acuden a mi lengua, decididos a salir, a darse a conocer, a gritarle mi verdad y a abrirle mi corazón del todo, sin fisuras, sin secretos ni miedo.

¿Se quedaría a mi lado después?

Necesito tanto que lo haga… Si no lo hiciera, no sé si podría soportarlo.

Han pasado más de seis años desde esa noche, pero la recuerdo como si fuera ahora.

Los disparos, los gemidos, el dolor; la cara del asesino, la forma en la que mi abuelo me protegió, cómo la bala atravesó mi cuerpo y caí al suelo sin sentido, mi despertar en el hospital dos días después para descubrir las muertes de mis seres queridos…

Regresa todo.

Incluso mi último encuentro con Albert cara a cara, cada una de sus amenazas y cómo terminó perpetrándolas con esa explosión. Se llevó por delante los últimos pedazos de mi vida.

La arena se me cuela entre los dedos. ¿Y a mí se me ocurre jugar a la parejita feliz?

Un vendaval arrasa con la serenidad. Cierro los ojos para reprimir el pánico, la ansiedad y el dolor que aparecen al darme cuenta de cómo me he equivocado al venir aquí.

No puedo amar sin que mis personas queridas sufran las consecuencias.

Ya quiero a demasiados. ¿Y cómo les pago su cariño? ¡Poniéndoles una diana en el pecho!

¿Qué narices me pasa? ¿Y si Albert gana por mi culpa?

No puedo seguir con esto. No puedo enamorarme. Jamás.

Me incorporo con una aceleración visible de la respiración.

—¿Estás bien? —Escucho la voz de Dorian muy lejana porque estoy perdida en mis recuerdos, en ese pasado devastador.

En las consecuencias.

Lo miro casi sin verlo. Recreo cómo me afecta la muerte y cómo sigue asida a mí la culpa de no haber cedido, de no habérselo regalado todo a Albert, de no haberle creído y luchado por mantener a los míos con vida .

Y entonces lo sé. Debo desaparecer antes de que los destruya a todos.

Retiro su mano de mi tatuaje con más brusquedad de la necesaria.

—Quiero regresar —anuncio tomando una decisión, la más sensata desde la muerte de mi padre, Simon y Garrett—. Esto ha sido un error, Dorian. No podemos ser nada. Podríamos meter a tu madre en problemas y acabar separados igualmente.

—¡Me importa una mierda! —Su cara se contrae en un gesto de rabia—. Me gustas, Ash, y no somos hermanos ni nada. ¡No hagas esto, joder!

—A mí me gustas demasiado para seguir adelante con esta locura. —Reprimo las lágrimas—. Llévame a casa, por favor.

Durante unos minutos intenta rebatir mis argumentos, convencerme, pero al final se da por vencido y nos vamos en un silencio tenso, como si ambos nos diéramos cuenta de lo que acabamos de perder.

La música acompaña el trayecto en coche y cada vez que Dorian intenta empezar una conversación, la corto de raíz. Está cabreado, y lo entiendo, pero no voy a retroceder. Nunca seré libre para amar si no neutralizo a Albert.

Una vez en mi habitación, empiezo a idear un plan para desaparecer durante el tiempo que me queda.

Sola. Era el mejor plan desde el principio, pero me convencí de que me merecía un inciso en mi vida y me he dado de bruces con la realidad.

Pronto me iré, solo necesito mantenerme alejada de ellos mientras lo preparo todo…

Espero a que la casa duerma para escaparme por la ventana. Si voy a irme, esta vez no dejaré cabos sueltos. Y para conseguirlo necesito pasar la noche en mi cueva secreta, prepararlo todo con atención.