Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 14
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DORIAN

Parezco un jodido drogata en busca de su chute diario de esa sustancia prodigiosa que lo lleva al cielo, como si nada más importara y desdibujara toda la mierda de mi vida.

Me odio por sentir atracción por mi víctima.

Y, aun así, me flipó besarla. No he podido quitarme de la cabeza sus labios hinchados, a pesar de no verlos por la penumbra de la habitación, y ni te cuento los sueños eróticos, como si ya me tocara llegar al touchdown después de tanto tiempo planeándolo y portándome bien con ella.

Reaccionó a mis caricias con unos ruiditos demasiado sensuales. Un poco más y la levanto del suelo para llevarla a la cama. Quería devorarla, lamer cada pequeña porción de su cuerpo, enterrarme en ella. Pero no era el momento ni el lugar.

Solo espero que se me pasen las ganas cuando al fin la posea. Y eso me asusta más de lo que debería. Quizá por eso llevo despierto desde las cinco, atento a su «momento gym» para colarme en él y levantar pesas mirándola ejercitar ese cuerpazo de quitar el hipo.

Me convenzo de que solo estoy siguiendo el plan de acoso y derribo cuando los sonidos de su habitación indican su vigilia.

Llevo media hora preparado para ser el primero en llegar a las máquinas.

Si algo le agradezco a mi viejo es esa habitación tan equipada.

El muy capullo es uno de esos adictos a su cuerpo, adoradores de los músculos, lleno de tatuajes en el torso.

Nunca se imaginó que yo fuera capaz de igualarlo en obsesión por estar fuerte y aprender a pegar, a defenderme, a mantener la constancia para definir cada uno de mis músculos y ser cada día más capaz de enfrentarme a él.

A los doce empecé a colarme en el gimnasio cuando él estaba en el taller. Lo tenía cerrado con llave, pero no me costó robársela y conseguir una copia gracias a la complicidad de Ralph y Juliette.

Cuando entro en la habitación y me coloco en la cinta para calentar, recuerdo la cara de mi padre la primera vez que me rebelé.

Ya estaba en el equipo de fútbol. Esa parte nunca fue negociable.

Él me quería ahí, dándolo todo, pero jamás imaginó que pudiera seguir ejercitándome en casa.

Subestimó mi rabia, mi dolor, mis ganas de devolverle todos y cada uno de los golpes.

Ernesto había cumplido los ocho, era un chico despierto, creativo, imaginativo y cero dotado para los deportes o la competición.

Sonreía, era amable, tenía la habitación llena de lápices de colores, de dibujos nada definidos, de sus ideas locas para crear historietas tipo cómic; le gustaban los videojuegos y derrochaba una energía feliz que mi padre quería aplastar.

El muy cabrón no concebía la posibilidad de tener un hijo no competitivo en el terreno de juego.

Y supe que debía encontrar una salida para proteger al enano, conseguir que como mínimo él fuera feliz.

A mí me había condenado a no encontrar nunca la paz, ¿qué necesidad había de destrozarlo a él también?

Trabajé mis músculos con dureza dos horas cada tarde. Sufrí muchísimo, todavía era un crío y no tenía el desarrollo adecuado para las máquinas, ni para el peso ni para ese tipo de adiestramiento. Pero jamás desfallecí porque tenía un propósito.

Busqué las tablas por Internet y las ejecuté. A veces entre lágrimas por la quemazón y el esfuerzo doloroso, otras con eficiencia total.

Me propuse conquistar mis metas físicas en menos tiempo del indicado.

Incluso conseguí algunos anabolizantes y botes de proteínas robándole algo de dinero a mi madre, y adapté como pude la alimentación siguiendo a dietistas online .

Fue una locura. Pero me la sudaba mi salud si podía salvar a mi hermano de correr la misma suerte que yo.

No podía consentir que mi viejo lo machacara por tener otras cualidades. El resultado fue un cuerpazo que a los trece volvió loca a mi monitora de campamentos y me ayudó a ser precoz en el sexo y a enfrentarme al psicópata de mi viejo .

Aunque no todo fue un camino de rosas. En mi piel atesoro cicatrices que lo demuestran. Nuestras peleas acrecentaron su sadismo natural, pero impidieron que sus puños impactaran contra Ernesto y rebajaron su presencia en el cuerpo de mi madre.

Valió la pena, pero me anuló por completo para las relaciones duraderas, para confiar en los demás, para abrirme a la posibilidad de querer a nadie fuera de los que considero mi verdadera familia.

Solo soy transparente con Ralph y Juls, las únicas personas que estaban conmigo en el proceso de convertirme en un corazón roto e inservible.

Frío. Inerte para querer a cualquier otra persona.

El amor te condena de por vida a una existencia amarga, te incapacita para pensar solo por ti mismo.

Pierdes el control. Y para mí es básico mantenerlo.

Lo fue cuando necesité disciplina, cuando empecé a pelearme con mi padre y acabé cuatro veces en el hospital, cuando seguía un horario estricto para no dejarlo a solas en casa con Ernesto.

«Control de la situación, control de los daños, control de su ira y control de los sentimientos». Esas premisas me han mantenido cuerdo y a salvo los últimos años.

Nada va a desviarme. Y el primer paso es anular a mi rival.

—Buenos días. —La puerta se abre para mostrarme a una Ashley muy sorprendida al encontrarme en el gimnasio terminando de correr en la cinta, sin camiseta. Me felicito por mi golpe de efecto—. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—No podía dormir. —Esbozo esa sonrisa torcida que suele ponerlas a todas a cien y reduzco la velocidad para bajar el ritmo y mostrarle mi torso desnudo y sudado.

No falla cuando quieres poner a una tía cachonda.

Para acabar de cumplir mi objetivo, modulo la voz hasta el tono más sugerente de mi registro—.

El beso de anoche me dejó con ganas de más.

Se ruboriza.

¡Punto para mí!

Toda la bravuconería de Ashley se desvanece con mi sonrisa mojabragas y mi voz provocativa. La tengo donde quería, a puntito de caramelo, pero mi cuerpo parece poseído por su mirada, y eso es una mierda.

¿Y ese conjuntito deportivo? Ha decidido infartarme, joder.

Le tengo unas ganas… ¿A quién se le ocurre calzarse esos shorts diminutos y ese —¿cómo demonios se llama eso?

¿Sujetador deportivo? Me da igual. Ardo—.

Y, claro, esas trenzas a ambos lados a lo Lara Croft son el sueño húmedo de cualquier tío heterosexual, y seguro que de muchas lesbianas.

Después de mis fantasías de esta noche, con ella como protagonista, la visión me provoca una reacción inmediata.

Pero eso no es lo peor. Me acojono cuando me sonríe y a mi corazón, ese órgano insensible y congelado como un bloque de hielo, le da por acelerarse gracias a la ola de calor que me atraviesa las fibras nerviosas y se apodera de mí.

Mis labios tiran hacia arriba para ponerme a sonreír como un idiota.

¿Qué narices hago? O, quizá, la pregunta correcta sería: ¿en qué me está convirtiendo Ashley?

—Fue increíble —musita con un poco de…, ¿vergüenza? ¿Ashley? ¡Ver para creer!

—Como me digas que fue tu primer beso, lo flipo.

Bajo de la cinta para secarme un poco el sudor con la toalla y cederle el sitio. Ella niega con la cabeza, sin perder la sonrisa, y avanza hasta subirse a la máquina, con sus ojos grises puestos en los míos.

—Ha habido otros antes. —Junta los morros, recupera su natural belicosidad y me lanza un beso—. No soy una mojigata.

¿Por qué me jode escucharlo? ¿Me estoy ablandando? Porque, a ver, ¿qué significa eso de que no es una mojigata? Su discursito acerca de cómo perder la virginidad era claro en ese sentido. Así que…

Freno en seco mis pensamientos. Y me acojono. No me interesa su vida anterior, sus experiencias, cuántos tíos la han tocado o besado. Solo ser yo el primero. Pero no por lujuria, sino por venganza.

Eso es lo que me digo. Me lo repito cuatro veces.

Siento sus ojos en mi torso, devorándolo como si estuviera hambrienta, como si necesitara lamerlo. Y el deseo se vuelve insoportable. Por suerte se da la vuelta cuando un nuevo rubor sube a sus mejillas, y empieza a toquetear la máquina para poner un programa que inicia el movimiento de la cinta.

Durante la hora siguiente nos dedicamos a nuestras rutinas sin hablar, cada uno escuchando música en sus auriculares. Mis ojos vuelan en su dirección demasiado a menudo, se encuentran con sus pupilas.

Es una tía dura en lo que a ejercicio se refiere. Levanta pesas como ninguna, tiene fuerza y es meticulosa, como si llevara años entrenándose con eficiencia. Sus músculos son poderosos. Están fibrados y definidos, pero sin convertirla en una de esas culturistas demasiado mazadas.

Se coloca en la colchoneta en el suelo para estirar.

Es el final de su tabla, pero muestra una flexibilidad que puede ser una baza en la cama.

Y sí, me la imagino en varias posturas, desnuda, conmigo entre sus piernas.

Termino en la máquina de remo, me seco con la toalla y, sin dejar de observarla, le doy un largo trago al Gatorade sabor limón que me he traído para rehidratarme.

—¿Pasamos el día juntos? —propongo mientras me insto a eliminar cualquier otro pensamiento incoherente con mi situación—.

Hoy no hay entreno, ya hemos conquistado el pódium y el entrenador nos ha dado el fin de semana libre.

—Hemos ganado la temporada y ahora vienen los playoffs .

Necesito que los ojeadores me vean. La temporada es muy corta y quiero llegar a la final en el Estadio Jordan-Hare, en Auburn, en diciembre, para coronar a mi equipo, mi futuro, mi título—.

Podrías llevarme a tu garaje para ver de cerca ese Pontiac con el que te pateas todos los récords de mi viejo.

Y después nos vamos de pícnic a la playa.

—Vale. —Sonríe—. Podríamos hacerlo al revés. Vamos a tomar un baño en la playa, comemos unos sándwiches y luego te llevo a mi garaje secreto. —Me guiña un ojo—. Me apetece un montón tumbarme al sol sin pensar en nada. Y meterme en el agua. —Se calla un segundo y se muerde los labios—. Contigo.

La última palabra es apenas un suspiro, pero la suelta mirándome con una esperanza real de empezar algo intenso.

Me sorprendo deseándolo también. Pero erradico ese pensamiento de mi mente al instante, cabreado con ella por proponerlo.

Sin embargo, los traidores de mis labios se arquean hacia arriba, como si de verdad me emocionara pasar un día con ella para algo más que camelármela.

—Buen plan —contesto, sin ahondar en cómo me ponen esos ojos chispeantes y la sonrisa de sus labios, esos que quiero devorar despacio y después rápido para luego descubrirlos envolviendo mi dureza…

Termina de estirar, se levanta y se acerca con unos pasos sugerentes. Vamos, que estoy pasado de revoluciones al ver el bamboleo de esas caderas, el movimiento suave de sus pechos perfectos, la sensualidad de su cuerpo surcado por pequeñas gotas de sudor tras el ejercicio, esos labios turgentes…

Se queda tan cerca que su olor me invade de una forma desconcertante. Despierta un deseo todavía más intenso que unos segundos atrás.

Acerca despacio la cabeza.

Rompe todo mi autocontrol con una facilidad pasmosa, me desbarata, dispara mi testosterona a niveles ridículos.

Espero un beso. Sí, soy tan patético en este momento que mis labios hormiguean como los de un principiante.

Y me odio por ello. Aunque cierro los ojos igualmente y suelto el aire en un jadeo ronco, colmado de anhelo.

Pero ella se salta mis labios y coloca su boca en mi oído para susurrarme muy despacio y conseguir estremecerme con su aliento.

—Siempre me faltará besarte… —Y la muy capulla se separa de mí, me regala una sonrisa y se da la vuelta para marcharse, abandonándome—. Te veo en un rato para desayunar. Haré los sándwiches.

Ahora me toca una ducha de agua fría con tocamiento incluido.

¡Y dejé de pasar por eso cuando era un crío!

Soy el jodido Dorian Stone, un mito, el tío capaz de provocar más orgasmos en una mujer que cualquiera.

¿Y Ashley se larga así? De hoy no pasa. Voy a explorarla hasta el final. Y después ya veré qué queda de ella.

O de mí.