Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 13 #2
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Su sonrisa se afila. Es hambrienta, pero también contenida, como si estuviera decidiendo hasta dónde llegar.

Yo apenas logro mantenerme en pie mientras una corriente de fuego me atraviesa y se ramifica hacia lugares demasiado íntimos e inexplorados.

Bajo la mirada hasta su boca, me humedezco los labios sin darme cuenta y, durante un segundo, estoy convencida de que va a volver a acercarse.

—¡Hasta mañana! —interrumpe Juliette, dándome un beso rápido en la mejilla y susurrándome al oído—. Sé muy mala esta noche.

No sé si lo dice en broma o si ha visto algo en mi cara que yo todavía no me atrevo a nombrar.

Dorian me abre la puerta del copiloto con una galantería casi exagerada, como si necesitara fingir normalidad, y no se aparta cuando me deslizo dentro del coche; nuestros cuerpos se rozan en ese espacio mínimo y el contacto es breve, pero suficiente para que una nueva sacudida me recorra de arriba abajo y me obligue a tragar saliva.

Cuando ocupa su asiento frente al volante, la distancia entre nosotros me resulta absurda, injusta, como si el simple hecho de no sentir su piel contra la mía fuera una especie de pérdida incomprensible.

El motor arranca y la música empieza a sonar, pero apenas la escucho; el único ritmo que percibo es el de mi corazón, que golpea con una fiereza desmedida contra mis costillas.

No hablamos durante el trayecto. No hace falta.

El silencio no es incómodo; es espeso, eléctrico, lleno de palabras no dichas que se arremolinan entre nosotros mientras conduzco la mirada hacia sus manos sobre el volante, hacia el cambio de marchas, hacia esa tentación casi infantil de alargar la mía y posarla encima, como si necesitara comprobar que todo esto está pasando de verdad.

Pero no lo hago. Y el simple hecho de contenerme me duele más de lo que debería.

Sutton nos espera en la puerta cuando escucha llegar el motor del GT. Apenas soy capaz de pronunciar una palabra coherente al saludarla. Solo puedo percibir la presencia de Dorian a mi espalda mientras se aleja con su madre, sin perder la sonrisa, como si él no estuviera igual de afectado.

—¿Estás bien? —pregunta ella. Asiento mientras busco las palabras en mi interior y fuerzo a mis cuerdas vocales a emitir sonidos.

—Cansada —logro pronunciar a trompicones y la paso de largo para dirigirme al interior de la casa.

No insiste. Es como si se diera cuenta de que necesito espacio, correr a mi habitación y recapacitar sobre estas reacciones nada normales.

¿Qué me pasa?

Subo las escaleras con rapidez, acompañada del murmullo de una conversación bastante poco fluida entre Dorian y su madre.

Ella pregunta entusiasmada y él contesta con monosílabos.

Una vez traspaso la puerta de mi habitación, la cierro y me apoyo en ella, respirando a toda velocidad.

Nunca me había comportado así, suelo controlar muy bien mis emociones.

«Solo me ha faltado besarte»… Esa simple frase me ha turbado.

No dejo de fantasear con su boca sobre la mía.

Y debería cesar en mi empeño de imaginar imposibles.

Levanto un brazo para llevar el índice a mis labios y acariciarlos mientras mi mente sigue presa de él, de su aliento rozando mi mejilla, de nuestros cuerpos pegados en la pista de baile, de su voz sugerente, de la fuerza de su presencia en el coche…

Jadeo.

Escucho cómo sube las escaleras, camina por el pasillo y se detiene frente a nuestras puertas.

Mi corazón alcanza una cota imposible mientras me quedo inmóvil, con un ansia desbocada de que mi puerta se abra.

Me acerco, apoyo la frente en la madera, sintiendo el frío atravesarme la piel, y suplico en silencio.

Unos segundos después, la de su habitación se desliza por el suelo y luego se cierra.

Me quedo muy cerca de la hiperventilación, envuelta en una corriente de temblores de necesidad que me asustan por su significado.

Pero prefiero no ahondar en él. Hacerlo es peligroso.

¿Y si es cierto? ¿Y si…? Niego con la cabeza y me obligo a alejarme, a quitarme el disfraz, a colocarme los pantalones cortos de dormir, junto a la camiseta de tirantes.

Me voy al baño para desmaquillarme y peinarme mientras busco la manera de serenarme. Aunque el calor y la decepción circulan todavía por mi interior.

Es mejor así. No debo explorar esa atracción, ni responder a las reacciones de un cuerpo lleno de hormonas, porque está claro que son ellas las que hablan, no mi corazón ni nada parecido.

Reparto la crema desmaquillante por la cara con poca agilidad; todavía me tiemblan las manos.

Luego me la quito con un algodón, desplazándolo sobre todo por los ojos para eliminar bien el rímel e irme a la cama sin rastros de negro.

Mis ojos resplandecen frente al espejo, brillan todavía eclipsados por el deseo.

Ahora son azules, puesto que he guardado las lentillas en su sitio hasta mañana.

Es Madison quien me mira desde el espejo. Y me estremezco.

Cuando tengo la cara limpia, salgo del baño, apago la luz y me interno en la habitación sin accionar el interruptor para mantener la oscuridad, reprendiéndome por mi anhelo de descubrir qué se siente al ser besada por sus labios…

—Has tardado mucho —escucho su susurro a poca distancia y me sobresalto a la vez que mi cuerpo hormiguea con una sensación cálida y necesitada.

Da un par de pasos en mi dirección. Lo veo gracias a la luz de la luna que se cuela por la ventana, pero solo distingo su silueta recortada en la penumbra. Y se queda a pocos centímetros, tan cerca que puedo sentir su calor, escuchar su respiración, intuir sus latidos.

Siento el roce del aire cuando levanta un brazo para posar su mano en mi mejilla. Gimo y la atrapo con el hombro mientras me muerdo el labio para ahogar el jadeo largo y profundo que acude a mis cuerdas vocales.

—Solo me ha faltado besarte —musita con la voz ronca, repitiendo la misma frase que lleva un rato reverberando en mi mente.

—¿Y qué te lo impide? —Me muerdo el labio y me acerco a él.

Avanza la cabeza despacio. Mis labios cosquillean de la anticipación, necesito pasarme la lengua por ellos para aplacar como puedo ese aleteo en el cuerpo, en la piel, en mi corazón.

Nuestras bocas entran en contacto produciendo un chispazo, y entonces me descontrolo.

Lo abrazo por la nuca para aproximarlo más a mí, siento cómo sus manos me agarran por la cintura para estrechar nuestros cuerpos y profundizo en el beso.

Gemimos los dos a la vez, sin dejar de devorarnos, de acariciarnos, de sentirnos. Es una sensación ardiente y perversa. Cuanto más lo beso, más quiero de él, más necesito sentirlo, más anhelo sus caricias.

Mis manos se adentran bajo su camiseta para recorrerle los músculos del vientre.

Él jadea y me levanta un poco la mía para acceder a la piel de mi espalda.

Durante una eternidad nos besamos y nos acariciamos, hasta que Dorian me suelta, da un paso atrás, me mira resollando y se da la vuelta para caminar hasta la puerta.

Sus ojos dicen algo que no entiendo.

—Hasta mañana —musita antes de salir.

Me quedo temblando, jadeando y con ganas de más. De mucho más.