Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 13
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ASHLEY

La cena ha sido demasiado íntima y se ha llenado de instantes ansiosos. Por suerte, ha terminado, y ahora nos adentramos en el recinto del baile para compartir la noche con nuestros amigos.

He sentido un pánico abrupto al escucharlo describir mi aspecto real cuando acabábamos de hablar de mi padre, el eterno pelirrojo de ojos azules. Nos parecíamos tanto…

A veces tengo ese tipo de paranoias, como si mi capacidad para reconocer patrones en los demás pudiera traspasarse, y he sufrido un pequeño colapso. Por eso he mentido, aunque conservando una parte importante de mi verdad.

He convertido a Simon y a Garrett en mis padres adoptivos, en vez de en la pareja amiga de mi padre.

En mi familia por derecho y no por sangre.

Ellos lo dejaron todo para venir a apoyarnos cuando nuestro mundo se vino abajo y se instalaron en el apartamento anexo a casa.

Nos protegieron. Nos sostuvieron. Fueron hogar cuando nuestra casa dejó de ser segura.

Cara al mundo, Simon era el guardaespaldas de mi padre y Garrett su asistente.

Dentro de la mansión eran mucho más. Simon me entrenó para sobrevivir.

Garrett me enseñó a conducir, a entender un motor, a ganar en el circuito.

Y mi padre, Denton Gardner, me preparó para el fútbol y para liderar el holding que pronto será mío.

Quizá intuía lo que se avecinaba. Quizá sabía de lo que Albert era capaz.

Albert me lo arrebató todo menos eso: el entrenamiento, los planes de emergencia, el dinero a salvo de sus garras y la complicidad de Tammy, que sigue en la mansión esperando mi regreso.

Mi vida anterior era feliz, pero se llenó de lecciones, de trabajo duro para fortalecerme en mil sentidos, de férrea determinación a ser mejor cada día. Una lucha inquebrantable contra la amenaza constante de Albert.

Pero la adoraba. Era mi mundo, estaba rodeada de amor. En cambio, ahora… Valerme por mí misma es más duro de lo que esperaba.

Hablar de ellos duele. Pero con Dorian ha sido distinto. Tras escuchar sus sueños he recordado los míos, los verdaderos.

Lo miro un segundo y siento un cosquilleo en la piel. Camina a mi lado, abrazándome por la cintura, sin dejar de saludar a muchas personas.

El gesto es natural. Demasiado natural. Y eso me obliga a tensar la sonrisa para que nadie note cómo su mano se hunde un poco más allá de lo fraternal en mi cadera. Somos «hermanos de acogida». Cualquier opción de intimidad entre nosotros entra en lo prohibido.

—Relájate —musita casi sin mover los labios, inclinándose lo justo para que su aliento me roce la sien—. Si no te pones rígida, nadie sospechará.

Lo fulmino con la mirada, pero mi cuerpo no obedece. Se adapta al suyo con una facilidad alarmante.

Ralph nos da un golpe amistoso en el hombro al pasar.

—¡Eh, tortolitos! —bromea—. Recordad que sois familia, ¿vale?

Juliette suelta una risa y me guiña un ojo como si supiera algo que el resto ignora. Yo aparto la mano de Dorian con disimulo, pero él tarda medio segundo de más en soltarme. Medio segundo que se siente como una declaración.

—Ves cosas donde no las hay —le digo en voz baja, más para convencerme a mí que a él.

—Eso intento —responde con esa sonrisa torcida que me desarma.

Nos mezclamos con el resto, manteniendo la distancia prudente cuando alguien nos mira y acortándola cuando las luces bajan. Cada roce parece accidental. Cada contacto tiene excusa. Cada mirada dura más de lo necesario.

Bailamos junto a Ralph y Juliette, bebemos ponche sin alcohol, reímos un montón, alternamos con algunos chicos de la clase, nos relajamos y llegamos al final del baile pegados, sin casi aliento ni palabras, mecidos al son de la música lenta.

Lo miro a los ojos un segundo y mi corazón se salta un latido antes de iniciar una carrera a contrarreloj para alcanzar la cima del Everest. Estamos en la pista, en el gimnasio del colegio engalanado de Halloween, rodeados de nuestros compañeros.

Siento sus brazos en mi piel, su calor, sus latidos a gran velocidad, su respiración rozarme la mejilla.

Y no puedo evitar el anhelo perverso de mover las manos por su nuca, de pasar mis dedos por ese cabello rubio que me vuelve loca de una forma incomprensible, de acercarlo todavía más, de rozar sus labios con los míos…

Es como si entre los dos hubiera un halo espeso de tensión, de necesidad, de deseo.

La canción termina entre aplausos y abucheos teatrales cuando el DJ corta la música de golpe.

—¡Momento de elegir a los reyes del baile! —grita por el micrófono.

Un murmullo recorre el gimnasio. Alguien empieza a corear nombres. Otros silban. Las papeletas que hemos ido rellenando durante la noche se acumulan en una caja transparente junto a la mesa del jurado improvisado.

Dorian se aparta medio paso de mí, como si recordara de repente que esto es público. Yo hago lo mismo, aunque el frío me invade cuando pierdo del todo su tacto.

—Como os elijan, Sasha prende fuego al gimnasio —murmura Ralph entre risas.

Juliette suelta una risa divertida y se acerca a mi oído.

—Es una arpía de mucho cuidado —susurra—. Ojalá la ganes. Se lo merecería.

La observo. Está en primera fila, rodeada de su séquito, muy cerca de nosotros. Sus ojos devoran a Dorian con una intensidad que me afila las garras. Odio a las personas como ella, las que creen que el poder lo compra todo.

Tras un pequeño discurso, la profesora de historia saca un sobre dorado. Nos lo enseña con una emoción bastante fuera de tono.

—¡Redoble de tambores! —grita mientras lo abre—. Este año, el rey y la reina del baile son…

Sasha se acerca a Dorian, le pasa el brazo por el suyo y sonríe. Expectante.

Ver su gesto desata una ira poco común en mí. Aprieto los dedos hasta que me crujen los nudillos.

Hay un silencio ensordecedor. La profesora alarga el momento con algunos gestos divertidos. Y entonces…

—Ashley McGregor y Dorian Stone —anuncia.

El gimnasio estalla en vítores, silbidos y algún que otro «¡uuuh!». Dorian suelta una carcajada incrédula mientras yo me quedo congelada medio segundo.

Sasha chasquea la lengua con rabia, cruza los brazos y me dedica una mirada cargada de veneno.

—Voy a destrozarte —me anuncia en un murmullo.

No me da tiempo a contestarle, Dorian me agarra de la mano para conducirme al escenario. Pero siento su presencia clavada en la espalda.

La profesora de historia nos coloca las coronas. La suya se ladea y alguien grita que así parece más chulo. La mía casi se me cae cuando Dorian me la ajusta con una sonrisa torcida que no sé si es desafío o algo más peligroso y se encarga de dar un discurso muy a su estilo.

—Prometo reinar con tiranía moderada —bromea, arrancando carcajadas.

El mundo vuelve a estrecharse alrededor de los dos unos minutos después, cuando nos quedamos solos en la pista para inaugurar la coronación.

Quedan apenas unos minutos para finalizar la velada y no quiero irme, ni que terminen mis horas con Dorian ni perderme esta faceta suya tan alucinante.

No tengo clara la razón, pero siento como si estuviéramos viviendo un paréntesis de la realidad, uno de esos respiros que anteceden a una explosión dolorosa.

Cuando lo miro, descubro su interés real en mí. Sus ojos, sus expresiones y su lenguaje corporal muestran deseo, pero también detecto destellos oscuros, capaces de llevarme a temblar, como si sus emociones estuvieran luchando y no acabara de decidir a cuál escuchar.

Quizá habla mi desconfianza habitual, o es el miedo a admitir mis sentimientos, esos que pugnan por apoderarse de mi juicio y llevarme a cometer la locura de arrastrarlo a un rincón solitario y desatar mis ansias de besarlo.

Llega el momento de separarnos. Las luces se encienden para iluminar el gimnasio y anunciar el fin de fiesta tan temido por mí. Nos soltamos con lentitud, acompañados del rumor de las voces de nuestros compañeros, pero con reticencia, como si ninguno de los dos quisiera separarse de verdad.

Juliette y Ralph se acercan para charlar mientras caminamos rumbo a la salida, donde los coches nos esperan en el aparcamiento.

Mi amiga parece tan feliz que me cuesta no sonreír al verla así, como si por primera vez desde la traición de su chico estuviera preparada para perdonarlo de verdad y empezar de nuevo sin rencores, a su ritmo, sin precipitarse.

La observo un segundo, empapándome de esa ilusión que vuelve a asomar en su rostro, y cuando regreso la mirada a Dorian siento que algo dentro de mí se inclina peligrosamente hacia él.

Sus ojos relucen con una intensidad distinta, más oscura, más consciente, y se imantan a los míos hasta hacerme olvidar el murmullo del resto, las risas, los pasos, el frío de la noche.

Su mano se posa en mi cintura en un gesto que debería ser inocente, casi fraternal, pero no lo es; lo sé por la presión leve de sus dedos, por la forma en que me atrae apenas un centímetro más cerca, por ese segundo de más que decide no soltarme.

Requiero morderme el labio para no jadear como una idiota delante de todos.

Me acerca a él con una sonrisa torcida que no sé si es triunfo o advertencia, y cuando sus labios rozan mi mejilla el contacto es demasiado lento, consciente y cargado de intención como para fingir que ha sido casual.

—Una gran noche —susurra en mi oído—. Solo me ha faltado besarte…

Siento su aliento suspendido sobre mi piel, tibio, insinuante, recorriéndome con una delicadeza que me desarma más que cualquier caricia abierta.

Tiemblo cuando por fin se aparta, porque la ausencia se siente más intensa que el contacto, y las zonas que hace un segundo estaban pegadas a él hormiguean como si mi cuerpo no entendiera que ya no está ahí.