Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 12
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DORIAN

Pero ¿qué mierda pasa conmigo? Me he quedado embobado mirándola y sonriendo como uno de esos tontos enamorados. ¡Cómo si me interesara Ashley para algo diferente a una venganza! Y hace un momento he estado a un tris de confesar mis motivaciones para elegir mi futuro.

Ha sido muy extraño cuando he mencionado a mi ídolo, su mirada se ha oscurecido con sufrimiento y tristeza, como si ese nombre significara algo doloroso para ella, y todavía no comprendo esa reacción.

Se ha recompuesto con rapidez, pero el abatimiento ha seguido en sus pupilas durante mucho rato, a pesar de sus esfuerzos por combatirlo.

¿Por qué actúa así? ¿Quizá también es su fan?

¿La conmueve su muerte prematura? ¿O hay algo más?

Es una chica difícil de leer, suele mantener sus emociones bajo un férreo control, como yo, y no refleja demasiado acerca de ella, quizá por eso ansío probar sus labios, tocar su piel, hundir mi boca en esos pezones rosados que vi en nuestro primer encuentro…

Inspiro con fuerza para quitar esas ideas de mi cabeza, aunque la atracción es muy real y eso me allanará el camino para llegar hasta el final de mi plan.

Le doy un trago largo al refresco para hidratar mi boca reseca y me repito mentalmente qué busco en ella. Una parte idiotizada de mí intenta cambiar mis reglas, y no lo voy a permitir.

—La universidad es un trámite más —admito—. Lo importante de verdad es el fútbol, conseguir llegar a la NFL y conquistarla.

—¿Y si te lesionas como tu abuelo? ¿O no lo consigues?

—No pasará.

Tenso los dedos sobre el mantel, apretándolo con fuerza para dejar salir mi ira. Ashley ha necesitado una sola frase para descubrir mis miedos más ocultos, esos que muestran la posibilidad del fracaso. Sabe que si no logro mis metas, jamás me resarciré.

—El karma es una mierda, Dorian. —Suspira—. A veces piensas que lo tienes todo de cara, que nada te podrá arrebatar el futuro y, de repente, basta un golpe para desmoronarlo todo como si fuera un dominó.

Ese tono, el dolor en sus facciones, la mirada devastada, su postura…

Ashley es mucho más de lo que muestra, tiene secretos, esconde heridas y está tan destrozada como yo.

Lo presiento. Pero no podemos continuar con esta línea de conversación ni entrar en terrenos tan personales sin sentirme tentado a explicarle demasiado. Eso sería catastrófico.

Y no lo estoy consiguiendo ya que me cautiva su voz, me pone su cuerpo, me atrae su presencia, deseo conocerla, abrirle mi corazón…

¡Joder! Necesito cambiar de tema, encontrar algo neutro con lo que sentirme cómodo en vez de darle munición para conocerme, apreciar mi verdadero interior y mapear mis deseos y sueños.

—Me intrigas. —Me obligo a dirigir mis palabras con el cerebro en vez de con la testosterona—. Te gusta la mecánica, correr, el fútbol y un montón de cosas que no son muy de chicas.

—Viví cuatro años con una pareja de dos hombres y uno de sus hermanos.

—Sonríe con melancolía—. Y a ellos les gustaba el fútbol, la mecánica, las carreras y todo lo relacionado con la defensa personal.

Uno de mis padres tenía un pasado en el ejército, el otro en la NASCAR y el hermano había sido futbolista hasta que se lesionó.

—Ahora su sonrisa se vuelve nostálgica—. Me enseñaron todo lo que sé.

—¿Y qué fue de ellos? —Me callo la admiración y la rabia que me produce conocer esos datos.

Ella, a pesar de perder a sus padres verdaderos, tuvo unos años felices con tres personas a su lado que la instruyeron en vez de darle palizas.

—Murieron en un accidente de tráfico hace un año — susurra casi sin voz—. Mis siguientes familias de acogida no fueron tan buenas.

Un silencio denso sigue a su revelación. Pedimos el postre unos minutos después y ella parece más calmada, como si se hubiera rebajado el peso de la confesión que me demuestra cómo de jodida está.

—A mí también me gustan los Dallas Cowboys —comenta intentando hablar de algo inocuo.

Le sigo el rollo y empezamos a charlar de fútbol y de equipos. Repasamos jugadas, tácticas y jugadores de algunos de los partidos de la NFL, la liga nacional de fútbol americano. Y acabamos repasando la temporada de los Warriors.

Es curiosa su afición real por mi deporte favorito.

Me fijo en sus labios cuando envuelven el vaso para darle un nuevo sorbo a la bebida, y quiero lamerlos, besarlos, apoderarme de ellos.

Lo coloca sobre la mesa y se pasa la lengua por el labio inferior para rescatar una gota que se ha quedado ahí.

Un gruñido ronco quiere llenar el silencio, pero lo reprimo con fuerza para no mostrar mi juego antes de tiempo.

Porque ninguna de mis reacciones es real, ni el calor de mi cuerpo ni el cosquilleo en la piel, ni mis constantes descontroladas ni esa tremenda erección que se niega a reblandecerse.

Solo me atrae. Ashley no puede gustarme, es lo opuesto a mi tipo.

¿Verdad?

Resoplo enfadándome con mis pensamientos, con el deseo perverso que me posee al estar a su lado, con mis palabras demasiado sinceras de antes, y busco la fuerza para suavizar la intimidad del encuentro.

Observo sus iris y me parecen extraños, como si les faltara algo de vida y fueran artificiales…

No había observado sus ojos con detenimiento hasta este instante, pero ahora los veo con nitidez y descubro los trazos de una esfera transparente en ellos.

Ese color gris es demasiado perfecto y carente de vida.

—¿Llevas lentillas para cambiar tu color de ojos? —inquiero dándome cuenta de que no necesito una respuesta, por eso añado la pregunta interesante para mí—. ¿De qué color son en realidad?

Recibe mis palabras empalideciendo de repente, aguanta la respiración y no logra controlar una mueca de pánico.

Le doy unos instantes para recuperar la compostura mientras me fijo en cada uno de sus cambios de expresión. Tengo demasiada experiencia en ocultar mis sentimientos como para no reconocer sus esfuerzos.

Me esconde algo, lo presiento, y es algo grande.

Levanta el vaso otra vez, con la mirada descentrada, sin establecer contacto visual conmigo.

Le da un sorbo al té dulce con mucha lentitud y luego desvía sus pupilas poco a poco hasta las mías.

Siento su vacilación, el nivel de indecisión al que se enfrenta, su batalla interna entre negar lo evidente o darme una respuesta verídica.

Cuando abandona la bebida sobre la mesa, ha tomado una decisión. Vuelve a desviar la mirada, esta vez a la lejanía. Aprieta las pestañas y su voz se convierte en un susurro ansioso.

—Azules. —No tengo ni idea de por qué, pero suponía ese color para ella—. Solo dos personas os habéis fijado lo suficiente en mí para averiguarlo. —Hay unas notas de inquietud en su voz.

Espero unos segundos, a ver si añade algo más, una aclaración más precisa de su comportamiento, pero ella se calla y se dedica a comer en absoluto silencio.

Mis pensamientos repasan algunos datos para rescatar otra pregunta que llevo meses haciéndome, desde que se mostró con todo su esplendor frente a mí.

El color de su vello púbico no cuadra para nada con el de su melena, y eso es raro.

La miro con el deseo de penetrar en sus muros para descubrir la verdad acerca de ella.

Pero su expresión no trasluce nada. Esgrime una expresión hermética, como si no estuviera dispuesta a seguir con esta conversación ni a revelarme nada más.

Quizá por eso me lanzo a seguir pinchando, a intentar desentrañarla, a entenderla.

—Eres pelirroja —afirmo sin atisbo de duda, y el pánico vuelve a apoderarse de ella. Tensa los músculos, su mirada se oscurece y su tez vuelve a ser blanca como el papel—. Pelirroja, con pecas y ojos azules. ¿Por qué has cambiado de aspecto?

No contesta enseguida. Noto cómo intenta dominar el pavor ante mis palabras y, por una vez, me siento poderoso frente a ella, como si me diera nuevas armas mientras me permite saciar mi curiosidad.

Sus facciones se contraen y mueve los dedos por el borde del vaso, rodeándolo una y otra vez, con la mirada un poco perdida en la lejanía.

A medida que avanzan los segundos, estoy más intrigado por su muestra de inquietud.

Le doy tiempo, sin agobiarla, a pesar de mi interés en obtener respuestas.

Separa los ojos de un punto indeterminado, los mueve hasta centrarse en mis pupilas, suelta un suspiro y asiente .

—Necesitaba olvidar quién era y adoptar un nuevo aspecto —musita con la voz un poco temblorosa—. Ser una nueva persona, mirarme al espejo sin ver el pasado.

—¿Tan horrible es recordarlo?

—Más bien doloroso. —Exhala despacio, con profundidad, como si contármelo la afectara demasiado—. Perdí muchísimo. Era el momento adecuado para mirar adelante y alejarme de lo sucedido. Es tan fácil como eso.

Cavilo acerca de sus palabras, de sus gestos, de ese sufrimiento que se siente en cada una de sus frases, del significado oculto, de por qué ha cambiado de esa forma su aspecto físico.

Por extraño que parezca, la comprendo. Es duro encontrarte a ti mismo frente al espejo cuando ves esa huella del pasado.

Yo también cambié. De otra forma, pero lo hice.

Cuando crecí fui capaz de fortalecerme, de moldear mi cuerpo para enfrentarme a mi padre, de cultivar los músculos, la fuerza, la valentía y el rencor suficientes como para pelear contra la persona más oscura de mi vida y derrotarla a veces.

Al mirar mi reflejo por las mañanas, veía a otra persona.

Todavía la veo. Pero no es suficiente, ya que lo sucedido sigue doliendo y dirigiendo mi vida.

Y ahora mismo es lo único importante. Lo demás solo son daños colaterales.

Aunque disfrute de besar sus labios, de tocar su piel, de llevarla a gemir, voy a conseguir apartarla de mi camino a la meta, anularla, sentarla en el banquillo mientras logro todos y cada uno de mis objetivos. Y, cuando lo consiga, alcanzaré mi serenidad y por fin seré libre.