Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 11 #2
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—Estoy abierto a otras opciones, pero no es lo que quiero.

—Sus ojos emiten una intención clarísima de conseguir sus metas—.

Mi abuelo jugó un par de temporadas en los Cowboys, conoció a mi abuela en un partido, era fan de sus jugadores, me enseñó todo lo que sé y siempre me comparaba con Denton Gardner.

Decía que tenía su fuerza, su impulso, su juego.

—Sonríe con bastante timidez mientras mi corazón recibe una puñalada capaz de ahogarme—. Quiero seguir sus pasos.

—Por eso tienes ese póster encima de la cama.

—Me sale en tono agudo, tomado por la ansiedad.

Un temblor incontrolable se apodera de mí.

¿Por qué el destino me pone en estos trances?

Escuchar su nombre, cómo lo idolatra, sus intenciones…

Bajo mucho la voz, ya que me resulta imposible hablar con normalidad, tengo un nudo en la garganta—.

Lo que no entiendo es por qué no te lo llevaste al cambiarte de habitación.

—Pensaba recuperarla con rapidez. —Se desprende de un poquito de su incomodidad para hablar otra vez con su tono travieso—. Y decidí que mi aliciente sería tener a Denton Gardner esperándome sobre mi cama para alentarme. Sé que algún día conseguiré lo mismo que él.

«Convertirte en alguien a quien ame, ponerte en el punto de mira de Albert, saltar por los aires y dejarme sola… Lo mismo que él…».

Las lágrimas quieren irrumpir en mis ojos, el dolor me estruja el corazón, lo aprieta tanto que está a punto de romperse.

No puedo hablar de mi padre con Dorian. Me es imposible no sentir cómo se resquebraja mi serenidad.

Porque, si quiere seguir sus pasos, si pretende irrumpir en mi vida, si se queda en mi corazón…

Durante unos minutos intento controlarme, rebajar las connotaciones de su confesión, desligarme de cómo me siento. Me basta una mirada a sus ojos para darme cuenta de que se ha metido en mi piel y está apoderándose de una parte de mí.

«Si no cedes, mataré a todos cuantos te importen».

Las palabras de Albert resuenan en mi mente con una cadencia angustiosa.

Esa fue su última amenaza, pronunciada tres días antes de la explosión que se llevó a Garrett, a Simon y a mi padre.

La cumplió, a pesar de habérselo explicado a mis chicos y de haber tomado la decisión conjunta de plantarle cara.

¿Cómo fue capaz de usar un dron cargado de explosivos para estallar el coche y desatar las llamas que acabaron con ellos? ¿Podría hacerle lo mismo a Dorian si alguna vez se enterara de su existencia? ¿Y a Juliette? ¿Y a Sutton?

«Respira, cálmate. Vas a derrotar a Albert, nadie correrá ningún peligro».

—¿Cuáles son tus planes? —inquiere cambiando el tema y devolviéndome a la mesa del restaurante, a pesar del nudo compacto en mi pecho—. ¿Quieres ir a la universidad?

—Eso está fuera de mi alcance. —Suelto el aire con lentitud por la boca mientras lucho por controlarme y buscar una mentira convincente para argumentar mi afirmación sin mostrar ni un ápice de mi verdad—.

El sistema de acogida termina a los dieciocho años, cuando los cumpla, no habrá ayudas ni nada, así que me tocará trabajar para ganarme el pan.

La universidad no entra dentro de esa ecuación.

Ni de las posibilidades de una Madison Gardner que ese día heredará Reynolds Oil y los Dallas Cowboys, con pleno control sobre ambos. Llevo años preparándome para dirigirlos. Ese es mi destino. Y también mi condena.

Por primera vez desde que llegué a Elberta deseo compartir esa información con Dorian, me encantaría quitarme la máscara y desvelarle mi verdadera identidad, mi futuro, el destino impuesto por la cuna y mi necesidad imperiosa de salvaguardar lo más sagrado para mi abuelo y mi madre.

Aunque a la vez aniquile la posibilidad de ser feliz, como mínimo durante unos años.

—Siempre hay opciones —indica con una sonrisa que saca sus hoyuelos y borra de un plumazo todas mis reticencias a permitirle resquebrajar mis muros—. Podrías pedir una beca, tienes buenas notas.

—No es tan fácil —susurro.

—Si te rindes así de rápido, seguro que no lo será.

La comisura de sus labios se eleva mucho más y su mirada desprende un magnetismo lleno de chispas que desvanecen cualquier pensamiento coherente para inundarme de calor y necesidad. Le devuelvo el gesto con un suspiro.

No me conviene dejarme llevar por la promesa de sus ojos ni por ese cosquilleo en mi vientre, como si un ejército de alas se batiese en su interior, dispuestas a alzar el vuelo.

Me estoy comportando como una tonta. Pero cuando vuelvo a perderme en sus ojos, necesito morderme el labio para reprimir el jadeo ronco que quiere escaparse de mi boca.

Está impresionante esta noche. No es solo el disfraz, ni el peinado ni esos ojos claros ni su voz aterciopelada y sexy.

Hay más. Lo siento cercano, como si por primera vez desde mi llegada estuviéramos conectando de verdad y me expusiera su lado más real, ese donde la bravuconería desaparece para traer a un chico más sensible, divertido e intenso.