Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 11
30%

11

ASHLEY

El lugar me encanta. Es como entrar en un universo paralelo donde, por primera vez en mi vida, puedo disfrutar de verdad de una velada normal para una chica de mi edad.

Ojalá pudiera aferrarme a este momento para siempre y quedarme en Elberta sin la necesidad imperiosa de volver a Dallas en menos de un año y ocho meses.

El calendario colgado en mi estudio secreto está lleno de tachones rojos, como un reclamo silencioso de mi futuro pospuesto, como si quisiera mostrar el paso inexorable del tiempo para llevarme de nuevo a mi vida, a la de verdad, a esa donde no puedo escaparme a un pueblecito de Alabama para ser yo misma, para vivir como una adolescente normal, para sentir, vibrar, enamorarme, tener amigos…

Le lanzo una mirada a Dorian y me derrito.

Me gusta mucho. Demasiado. Y acabo de pensar en una palabra prohibida, una de esas que solo me pueden traer dolor.

«Enamorarme»… Es algo fuera de mi alcance, un imposible, un error.

Querer a alguien significa ponerlo en el punto de mira de Albert, darle a mi enemigo un arma para conseguir lo que ansía.

Y no puedo permitirlo. Y mucho menos me enamoraré de alguien en quien no confío lo suficiente.

Cuando vine a Elberta creía tener la capacidad suficiente para encontrar y destruir la amenaza antes de volver a casa.

Ahora ya no lo tengo tan claro. Llevo meses rastreando el paradero de Albert, investigando a los suyos, sus finanzas, su pasado…

Y parece haberse esfumado de la faz de la Tierra, como yo.

Sé que me busca, necesita encontrarme antes de mi mayoría de edad para manipularme como desea y conseguir su botín.

Pero lo hace ocultándose bien, sin dejar rastros que me lleven hasta él, sin descubrirse.

El hielo de mi vaso choca contra el cristal y me obliga a volver al presente.

Albert es inteligente, siempre lo ha sido, incluso cuando quiso realizar el trabajo él mismo.

Aunque esa vez le salió rana por algo que nadie podía prever, y yo me convertí en su nuevo objetivo.

Ahora mi único punto débil ante él sería encontrar a alguien que me importara de verdad, mostrarle el camino para volver a destruirme.

Porque esta vez sí me creería sus amenazas y le daría todo cuanto quisiera para proteger a mis seres queridos.

Mi única defensa es edificar muros alrededor de mi corazón.

Solo me permitiré bajarlos con Juliette mientras esté aquí.

Quiero disfrutar de la experiencia completa del instituto siendo una persona anónima, tener una amiga de mi edad por una vez en mi vida, compartir algunos de mis sentimientos con ella.

Cuando me vaya, me costará olvidarla, pero no será devastador como si me enamorara.

Lo vi en mi padre, cómo se quebró al perder a mi madre y se pasó los seis años siguientes luchando por seguir adelante, aunque su naturaleza feliz lo ayudó a ver la vida de un color especial, a encontrar siempre la parte positiva de todo.

El amor verdadero, ese que se te mete en el alma para impregnarse en ella como si hubiera calado en su interior y la tiñera con un colorante imborrable, es doloroso cuando se pierde. Y yo no quiero sufrir esa clase de rotura.

Pero mis ojos vuelven a levantarse de la carta para posarse en los de Dorian y mi corazón se estremece. Mi cuerpo se agita y la respiración se me acelera. Un calor insano me recorre hasta descargar todo su potencial en mis partes íntimas, despertando un deseo demasiado potente para obviarlo.

La aparición de la camarera para tomarnos nota consigue romper el hechizo del momento y rebajar un poco mis pensamientos disparados y nada lógicos. Pido una hamburguesa completa, patatas con beicon y queso, y acepto compartir unos nachos con Dorian. Él tampoco se queda atrás.

Para beber, se decide por un refresco, pero a mí me apetece un poco de ese té dulce del sur, fresquito y buenísimo. Sutton lo prepara de miedo y pienso robarle la receta antes de marcharme.

—Vaya. —Mi acompañante muestra una sonrisa torcida, un poco pícara—. Estás hambrienta, ¿no? Has pedido un montón de comida, ¿te la podrás acabar? Sueles vigilar las calorías y tomar cosas muy sanas.

—Un día es un día. —Le guiño un ojo, juguetona—. Además, tú tampoco te has quedado corto, y como tu entrenador se entere, podría olvidarte en el banquillo en el próximo partido.

—Maddox no va a prescindir de mí. —Su tono se tiñe de diversión—.

Podría comerme todo esto frente a sus narices y seguiría sacándome al campo.

He conseguido lo impensable y ha ganado la temporada gracias a mí, así que en los playoffs no me haría comer banquillo ni que me corriera una juerga en su salón.

Así de importante soy para los Warriors.

—¡No pierdes el ego ni muerto! —Suelto una carcajada.

—Jamás. Soy el mejor jugador de fútbol del estado y nada ni nadie me quitará ese título. —Sus ojos brillan con intensidad, como si estuviera confesándome algo importante—. Es mi futuro, mi billete para salir de Elberta y conquistar el mundo.

—Tienes unas estadísticas alucinantes —admito jugueteando con la servilleta para mantener las manos ocupadas y evitar un tembleque incómodo cuando lo miro—.

Y te he visto en el campo. No quiero aumentar todavía más tu autoestima, ya elevada de por sí, pero tienes razón, eres muy bueno. Ya te lo he dicho varias veces.

—Llevo desde niño preparándome para conseguir una beca universitaria total de fútbol y comerme el mundo. —Otra vez despliega su sonrisa torcida y me estremece—. Voy a acabar en los Dallas Cowboys y ser profesional. Nada va a impedírmelo.

Es como si acabara de echarme un jarrón de agua fría encima. ¿Ha dicho los Dallas Cowboys? ¿Por qué? ¡Hay mil equipos buenísimos! ¿Y tiene que elegir ese? ¡Joder! ¡No!

Respiro con aceleración, dándome cuenta de lo peligroso que es estar aquí con Dorian, embelesarme con su mirada, con esos hoyuelos perversos que muestra al sonreír, con su cuerpo perfecto…

—¿Por qué los Dallas Cowboys? —pregunto, tragándome como puedo la inquietud.

Noto su indecisión, como si no acabara de querer compartir conmigo la respuesta.

Es una mueca velada, una tensión en los labios, una arruga en la frente.

Un gruñido casi sordo. Y su mirada oscurecida.

Hay algo en su decisión de futuro que le duele y quiere mantener oculto.

Está luchando contra su intención de hablar o su necesidad de mantener silencio.

Lo entiendo, yo también tengo secretos que jamás podré compartir con él. Pero necesito entender por qué, de todos los lugares del país, ha elegido Texas y ese equipo, el único que lo puede acercar peligrosamente a mí…

Quedan muchos años para eso, quizá nunca lo logre o al irse a la universidad acabe aceptando alguna otra oferta.

¿Y si Albert ya no está en mi vida entonces?...

¡Dios! ¡Cuántos condicionales!

—Mi abuelo paterno era de un pueblo cercano a Dallas —contesta con un tono opaco y prudente, proporcionándome una información que ya conocía—.

Era un jugador buenísimo, lo ficharon para los Cowboys, pero se lesionó y acabó de mecánico en Elberta al enamorarse de mi abuela.

Y fue feliz aquí, le gustaba su trabajo, el pueblo, la tranquilidad…

También era el entrenador del instituto y corría en el circuito.

—Aprieta los labios un segundo, con tristeza—.

Han pasado cinco años desde que murió. Fue solo unos meses después de mi abuela.

Mi madre dice que fue de tristeza. —Se desprende del aura melancólica para intentar componer una sonrisa—.

Él fue el culpable de crear a un fan indiscutible de los Dallas Cowboys desde niño y de trazar mis metas.

Quiero convertirme en uno de sus jugadores estrella después de pasar por los Texas Longhorns y graduarme en alguna rama deportiva.

Ese es mi plan. Ralph y yo llevamos años fantaseando con ir juntos a la Universidad de Texas.

Se calla una parte, una importante. Lo percibo en su postura incómoda, en su voz ansiosa, en su mirada. Y también noto que no está cómodo hablando con tanta sinceridad, como si la idea de abrirse a mí o a cualquiera lo perturbara.

Cuando estudié a su familia, antes de decidirme a trasladarme con ellos, también investigué al abuelo a fondo, así que ya conocía su paso por el equipo y me pareció un buen indicio para elegir a los Stone.

Encontré algunos datos reveladores en el pasado de Jason Stone que podrían explicar la decisión de Dorian de dedicarse al fútbol, y si a eso le sumamos la historia de su abuelo, tengo piezas importantes del puzle para reconstruirlo, pero siguen existiendo huecos que muestran una imagen incompleta de Dorian.

Su padre también quiso conseguir una beca de fútbol para la universidad.

Era bueno, pero su carácter provocador y agresivo acabó con su sueño.

Ese fue el principio de su fin, porque marcó su amargura y un doloroso giro hacia la autodestrucción y la aniquilación de su familia.

Dejó embarazada a Sutton en el último curso de instituto, se casaron y se trasladaron a Tuscaloosa, donde ella estudió magisterio y él trabajó como mecánico en un taller para pagar las facturas y colaborar con el cuidado de Dorian.

Jason Stone también fue conocido ahí por correr en uno de los circuitos locales, ganar bastantes carreras y seguir con esa vena agresiva frente a sus oponentes.

Pero nada fue un camino de rosas para la familia Stone.

Revisé los historiales médicos de Sutton y había demasiados traumatismos inexplicables.

También llevaba a Dorian con ella algunas veces y sus fracturas eran evidencias de cómo se vivía en su casa.

Le doy un sorbo a mi té dulce y fuerzo una sonrisa para evitar mostrarle más de lo necesario.

—¿Y solo te valen los Cowboys? —Intento imprimir despreocupación en la pregunta, no quiero revelar cómo me turba esa decisión—. Si viniera cualquier otro equipo a ficharte, ¿te lo pensarías?