10 #2
Durante este último par de semanas nuestras conversaciones han sido fáciles, cómodas, intensas, y me gusta la sensación…
—¿Ya vuelvo a caer en su embrujo?—. Frunzo los labios de forma casi imperceptible cuando traspasamos la puerta del local y nos acompañan a la mesa.
Está frente al océano, en una terraza iluminada con farolillos y decorada de Halloween, con velas dentro de calabazas en sitios estratégicos, guirnaldas temáticas, telarañas de mentira y calderos como centro de mesa.
—¡Qué chulada! —Sus ojos se abren con un brillo ilusionado—. Tu abuelo ha tenido buen ojo. Este restaurante es perfecto para un día como hoy.
No es un sitio caro ni de esos donde se toma el típico marisco de esta zona a precios desorbitados.
Está lleno de chicos disfrazados de nuestra edad y sirven comida americana de toda la vida: hamburguesas, nachos, patatas fritas con beicon y queso…
Ashley lo observa todo con una emoción inmensa, como si nunca hubiera estado en un sitio parecido, junto a otros muchos adolescentes de nuestra edad.
—Me encanta cómo lo han decorado. —Su expresión se llena de una luz brillante y una emoción casi palpable—. Es… ¡Alucinante!
—Lo dices como si te sorprendiera. ¿A qué clase de lugares te llevaban tus otros padres de acogida? ¿O los tuyos cuando eras una niña?
Mis preguntas inocentes a simple vista le han cambiado el semblante. Parece dolida de nuevo y me fustigo en silencio por volver a llevarla a ese lugar donde nos ponemos serios en vez de distendidos y capaces de hablar sin sentir el peso de la conversación.
Veo cómo lucha para recuperar la compostura y superar la tristeza. Consigue elevar un poco sus labios, pero la sonrisa no le llega a los ojos, se queda a medio camino, en una mueca no demasiado convincente.
—Bueno, era diferente —admite desviando un segundo la mirada a sus manos—.
Con mis padres íbamos a otra clase de sitios, y con los de acogida…
—Se detiene un segundo para tomar una bocanada de aire.
Niega con la cabeza y exhala despacio. Noto vacilación, como si hubiera estado a punto de decir algo, pero se hubiera echado atrás en el último momento—. No salía demasiado, la verdad.
Coge la carta para estudiarla, sin mantener ningún contacto visual conmigo. Es como si necesitara unos instantes para recomponerse. Y se los concedo, porque yo también los requiero.
¿Desde cuándo me fijo en sus sentimientos? ¿O me preocupan?
Las preguntas se agolpan en mi mente sin pedirme permiso.
Basta con rascar un poco para ver lo jodida que está Ash y querer descubrir cada una de sus cicatrices.
En eso nos parecemos, aunque me cueste reconocerlo.
Ambos estamos rotos, quizá por eso nos hemos pasado estos meses lanzándonos a la yugular del otro, como método de autodefensa.
Mis ojos la observan un segundo en silencio, estudian su postura, el pequeño rubor en su piel, la ausencia de esas pecas que esconde bajo capas de maquillaje, sus labios fruncidos con un poco de ansiedad, como si la tensión entre nosotros la acabara de alcanzar, cómo agarra con fuerza los bordes de la carta.
Finge estar enfrascada en leerla, aunque sus ojos muestran emociones convulsas. Intensas. Peligrosas.
Levanta un segundo la mirada y se conecta con la mía.
Siento una sacudida fuerte en el estómago, un tirón en mis pantalones, un fogonazo recorrer mis terminaciones nerviosas.
De repente, todo desaparece. El sonido del restaurante, el olor a salitre, la suave brisa de la noche, la decoración, la realidad.
Es como si un foco acabara de iluminar a Ashley para presentarla como la única actriz presente en la película de mi vida.
Un pitido en el móvil me devuelve a la realidad.
Anuncia la llegada de un nuevo mensaje desde el número que usa mi padre.
Parpadeo obligándome a alejar mi mente de ella, de esa extraña sensación, de ese «algo» demasiado potente que crece en mi alma cada vez que la miro, al estar con ella, al compartir nuestro tiempo.
Porque Ashley solo es un obstáculo que debo aplastar.
Cuando miro la pantalla del móvil y me enfrento a las palabras de mi padre, se me calienta la sangre con una ira irracional a su veneno.
¿Cómo ha conseguido un móvil? ¿Por qué me sigue machacando?
¿Qué espera de mí? Otra vez las mismas frases perforan mi serenidad, sus ataques directos a mi autoestima.
Una voz grita en mi cerebro, ávida por hacerse eco entre mis pensamientos y focalizarme. «¡No soy un mierda!». Lanzo una mirada furiosa a mi acompañante, culpándola de todos y cada uno de mis problemas.
Ella es la única amenaza para conseguir demostrarle a mi padre que está equivocado, para postrarlo en el puto banquillo para siempre.
¿Y me siento atraído por ella? ¿Es importante para mí?
¿Qué narices me he fumado? Tengo metas y nada ni nadie me va a impedir llegar a ellas. Y menos una rubia de ojos grises.
¡Es mi enemiga! MI ENEMIGA. En mayúsculas, joder.
Voy a por ella. Y me la traen floja sus traumas, sus deseos o sus jodidas penas. Y no me voy a desviar de mi camino. ¡Ni en broma!
Mi mente se llena de las palabras venenosas de mi padre, de sus palizas, de cómo su puño encontraba sitios escondidos en mi cuerpo donde impactar para, según él, endurecerme y no verme llorar como un cobarde. Eso me jodió, pero no le voy a ceder la capacidad de dirigir mi vida.
No soy un fracasado ni un perdedor. Y voy a ser un cabrón sin remordimientos, ya que las emociones son una barrera para la supremacía y solo nublan la razón convirtiéndote en alguien débil. Y yo no lo seré nunca más.
Inspiro con fuerza quitando todas las reacciones indebidas de mi cuerpo y de mi mente. Ya basta de compadecerla, de querer descubrirla, de sentir una atracción por ella. Jamás voy a tolerar que las emociones se interpongan en mis planes.
Morderá el polvo y deseará no haberme jodido.