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DORIAN
Veo cómo se estremece al escuchar mi voz más provocativa y sonrío para mis adentros.
Todo lo que Ash tiene de prepotente y luchadora lo pierde en ingenuidad cuando se trata de amor.
Quizá no he llegado nunca a implicarme emocionalmente con una tía, pero siempre he sido capaz de embaucarlas para conseguir cualquier cosa de ellas. Es un don heredado de mi viejo.
Mi «hermanita» no es diferente a las demás.
Como todas, está dispuesta a quitarse las bragas cuando ejerzo mi magia, incluso si son ellas las que vienen a mí con intención de redimirme.
Solo necesito desplegar mi sonrisa letal y las tengo en el bote.
Aunque nunca miento para conseguir un polvo, prefiero advertirlas de lo que hay antes de sufrir su acoso después. Sin embargo, esta vez es diferente.
La miro un segundo y siento un fogonazo de rabia al apreciar su suspicacia.
Todavía no se fía de mí por completo, y no puedo culparla.
En su situación, yo tampoco lo haría. Pero estoy dispuesto a todo para convencerla, llevármela a mi terreno, cautivarla y hundir ese pedestal en el que se ha subido sin ningún derecho.
No soy capaz de superarla en la pista. Lo he intentado. He entrenado todas y cada una de mis horas libres, he trucado al máximo el motor y he puesto todo mi empeño, pero ella sigue alzándose con los mejores tiempos.
Aprieto los dedos en el volante cuando evoco la nota de voz que recibió mi teléfono al día siguiente de nuestra carrera: «Eres tan patético…
¡Un mierda, joder! ¿Una tía te gana con esa facilidad?
Nunca has valido nada». Las palabras de mi padre me taladran el cráneo desde entonces.
Son un recordatorio constante de su forma de menospreciarme, de cuánto me esforcé para demostrarle mi valía y de cómo siempre acababa escuchando lo mismo, sintiéndome un perdedor ante sus ojos.
No tengo ni idea de cómo consiguió mandarme ese mensaje, pero no fue el único. Desde que corro en el circuito me llegan notas de voz parecidas con frecuencia, siempre recordándome la superioridad de Ashley, su capacidad para ser la mejor y la mía por convertirme en el perdedor que él pronosticaba.
Parece como si haber llevado a mi equipo de fútbol a ser el líder indiscutible de la temporada pasada no le pareciera suficiente, ni mis perfectas estadísticas, ni mis notas ni la posibilidad cada vez más cercana de conseguir una beca en la Universidad de Texas.
—Tu madre estaba muy feliz cuando nos hemos ido —comenta Ashley con una sonrisa titubeante, como si quisiera desprenderse de la desconfianza y por fin creer en mí—. Me alegro de haber contribuido a ello. Cuando nos peleábamos lo pasaba mal, y no se lo merece.
Está bajando las defensas, permitiéndome penetrar en ellas para seguir adelante con mi plan.
Sonrío. ¿De verdad se cree que puede llegar a interesarme?
¿Cómo puede ser tan ingenua y darme una pizca de credibilidad?
No voy a negar su cuerpo de infarto, la atracción que siento al mirarla, el deseo de tocarla y llegar hasta el final.
Soy un tío, me calienta una tía buena. Por eso la miro a menudo, la repaso con lascivia, anhelo, necesidad…
Pero no hay nada más.
Me la quiero tirar, eso queda claro. Está buena que te cagas. Y me pone a mil. Sin embargo, esto solo es un juego donde acabaré llevándome el gato al agua para ahogarlo después en su propia estupidez.
A mí nadie me desafía, ni me deja en ridículo ni se lleva mis medallas sin encontrarse su merecido después.
Le dedico una mirada fugaz, con pretensiones de contestarle con una pulla encubierta, con cualquier cursilería que la derrita y a la vez contenga mi veneno, pero entonces se gira un poquito en el asiento, sonríe con una expresión de empatía total, me lanza una mirada llena de fuego, coloca su mano en mi muslo y…
¡Hostias! Ese gesto consigue que deje de tener el control de la situación por unos momentos.
El deseo de hundirme en ella me nubla los pensamientos. Y no solo es eso…
«¿Qué me pasa?».
—Mi madre necesita olvidar el pasado de una vez para vivir de nuevo —admito sin detenerme a pensar mis palabras. Salen solas, sin más—. El capullo de mi padre le hizo demasiado daño.
¿Qué coño ha sido eso? ¿Por qué estoy contándole mis penas en vez de una trola para salir del paso y parecer profundo?
¿Cómo es posible que, solo posando su mano en mi muslo, muy cerca de mi zona peligrosa, y regalándome una de las sonrisas más sexys que he visto en mi vida, me haga perder el norte?
Debe ser por ese corpiño apretado que marca sus tetas perfectas y se adapta a sus curvas convirtiéndola en una provocación con patas, o por su tono cargado de sensualidad o por su sugestivo cuerpo perfecto que desata mi lado más salvaje.
Lujuria. Pura y dura. Eso es lo que desencadena en mí.
Y es justo lo que necesito para parecer creíble.
Crispo los dedos en el volante y me obligo a calmarme.
Mi objetivo es claro: actuar, encandilar, pero sin mostrar ninguna parte de mí que pueda hacerme vulnerable más adelante.
Jamás le permitiré a una mujer manipularme como mi viejo le hizo a mi madre, ni me colgaré de nadie ni seré tan estúpido para compartir con Ash más que cosas superficiales.
—Saldréis adelante, estoy segura. —Uno de sus dedos se mueve en círculos sobre mi pierna y ese contacto consigue cortocircuitarme con una oleada de calor que anula durante unos segundos mis pensamientos coherentes—.
Eres muy afortunado al tener a uno de tus padres cerca; yo los he perdido a ambos y nunca conseguiré superarlo del todo.
—¿Están muertos los dos? —pregunto dándome una colleja mental por el tono interesado, como si realmente quisiera saber cosas de ella.
Además, la pregunta es estúpida. Es evidente que están muertos, no sería una huérfana si no fuera así…
— Sip —corrobora con un hilo de voz.
—¿Cómo murieron?
Vale, ahora ya me estoy empezando a preocupar por mi tono y el deseo de conocer los datos acerca de su pasado.
Aunque, bien pensado, eso también forma parte del plan, ¿no?
Si ella se abre a mí, tendré munición para derrotarla si es necesario.
Además, si quiero enamorarla, debo mostrar interés en ella.
Es básico. Porque las tías siempre se cuelgan de los malotes, pero acaban locas por los sensibleros.
—Es demasiado pronto para hablarte de ello —musita casi sin voz—. Me cuesta demasiado.
Ahora sí que quiero la historia completa.
La tía es buena. ¿Cómo ha sido capaz de captar mi curiosidad con solo un par de frases? ¿Acaso se huele algo y está tratando de devolvérmela?
Mis ojos se mueven un segundo para mirarla y asegurarme, pero se la ve tan frágil en este instante, tan triste… Una fracción de mí —a la que ahora mismo solo quiero aplastar— ansía abrazarla, arroparla, calmarla y asegurarle que no está sola… Es tan extraña esta sensación…
«¡Céntrate, Dorian! Ashley es un incordio, tu rival en la pista, con tu madre, en el instituto y en tu puñetera casa.
Se ha quedado con tu habitación, con el título de vencedora del circuito, te ha arrebatado tu polvo de Halloween, se ha ganado a tu familia y es una sabelotodo capulla que solo te convierte en un perdedor frente a los demás.
¿Y quieres conocerla? ¿Consolarla? ¿Abrazarla?
¿Besarla?... ¡JODER! ¿Qué parte de seducirla para destruirla después no te queda clara?
Porque me estás dando un miedo de narices» .
Me obligo a repasar mi plan para acabar de convencerme: entrar en su corazón y rompérselo en mil pedazos cuando le suelte con una sonrisa de suficiencia lo poco que me interesa.
Será un acto despiadado, sin dolor para mí, sin sentimientos, rápido y eficaz; perfecto para dejarla para el arrastre y ganarla en un terreno desconocido para ella mientras aprovecho para disfrutar de cada una de las curvas pronunciadas de este camino hacia el infierno de Ashley McGregor.
¿Por qué se me encoje el estómago al imaginarlo?
Subo la música.
Una mirada me basta para saber que presionarla ahora no sería inteligente, es importante encontrar el momento para volver a sacar el tema de sus padres sin ponerla a la defensiva.
Poco a poco recupero el control de mis actos y pongo a raya cada una de mis emociones alteradas.
No va a desviarme de mi ruta con esa atracción salvaje que desprende.
Aprieto los dientes y termino de serenarme mientras decido mi próximo paso.
Debo iniciar una conversación inocua para relajar el ambiente. Hemos empezado demasiado fuerte.
—Al principio me daba mil patadas este disfraz —comento—, pero admito que ahora me mola.
—Te queda alucinante el verde. —Sonríe, esta vez de verdad. Y me salto un latido—. No lo tenía muy claro. Arrow es uno de mis héroes favoritos porque se crea a sí mismo, entrena muy duro para llegar donde está y no tiene poderes.
Quita la mano de mi muslo y se gira un poquito en el asiento para mirar mi perfil con una sonrisa inmensa, como si estuviera disfrutando de estar aquí conmigo.
Me molesta prescindir de su tacto, de esas caricias con el dedo, de su calor…
—«¡Déjalo ya, tío!»—. Noto un tirón de mis labios hacia arriba cuando le contesto iniciando una conversación ligera e interesante acerca de los cómics, los superhéroes, las series de televisión, las películas donde se les da vida, los actores elegidos…
Llegamos al restaurante más rápido de lo que pensaba y, contra todo pronóstico, me lo estoy pasando bien charlando con ella. Tiene unos gustos muy parecidos a los míos, suelta unos comentarios divertidos, incluso con una ironía picante a veces, es ingeniosa…