Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 9 #2
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He visto cómo se entrena en todas sus horas libres con una gran exigencia; muchas veces me reta, como si necesitara superarse con rapidez para demostrar que puede conmigo.

Sigue practicando fútbol y machacando su cuerpo.

Cuando corre, veo una luz en su mirada llena de determinación, como si para él fuera imprescindible demostrar su valía en el circuito.

Quizá por eso en las carreras se muestra distante, sin desplegar sus encantos conmigo como hace el resto del tiempo.

—¡Ashley!

—¡Voy! —anuncio mientras camino por el pasillo cuando consigo por fin domar mis nervios descontrolados.

Sutton ha decorado la casa de Halloween, ha comprado un montón de caramelos para los chicos que llamen a la puerta y está con la cámara en la mano en el recibidor, junto a un Ernesto disfrazado de Thor.

El chico tiene previsto salir con sus primos en busca de dulces en diez minutos.

Preston, el mayor de ellos, será el responsable de la pandilla, y después se quedarán todos a dormir en casa del reverendo para disfrutar del fin de fiesta .

—¡Uauuu! —exclama Ernesto al verme bajar la escalera—. ¡Te pareces un montón a Black Canary!

—Tú también estás increíble —le aseguro con una sonrisa muy emocionada.

Mis ojos pasan de él a Dorian y mi corazón se salta un latido.

Se ha despeinado el pelo rubio de una forma estratégicamente alucinante, con los cabellos un poco en punta.

El traje verde se ajusta a su metro noventa de estatura y resalta cada uno de sus desarrollados músculos, y el arco con flechas cruzado en su pecho me parece lo más sexy del mundo.

Me encuentro con sus ojos y me quedo sin respiración. Mantiene una expresión que despierta de nuevo mis ansias de abalanzarme sobre sus labios para probarlos. Incluso me sonríe con tanta avidez que le asoman sus dos perfectos hoyuelos en las mejillas.

—Ernesto tiene razón —comenta repasándome con la mirada y deteniéndose más de la cuenta en mis labios, que cosquillean de necesidad—. ¡Lo has clavado! Estás alucinante.

—Igual que tú. —Me muerdo el labio para intentar sofocar el efecto de la mirada de Dorian—. Pareces un superhéroe de verdad.

Se acerca, me da un beso en la mejilla y me ofrece una cajita con una flor de muñeca.

—Gracias —susurro casi sin voz cuando me la coloca en su lugar y sus manos rozan mi piel, despertando un hormigueo en ella.

Los aplausos de Sutton preceden a sus exclamaciones emocionadas y rompen el momento. Dorian da un paso atrás y yo necesito unos segundos para recomponerme.

Mi madre de acogida se tomó mucho mejor de lo que me esperaba el cambio de pareja de Dorian.

La semana pasada me confesó su preocupación ante la poca sintonía existente entre nosotros y sus esperanzas en que esta salida como amigos pudiera acabar de limar asperezas.

Porque para todo el mundo, Dorian y yo solo queremos construir una sólida amistad.

Además, Ava no le gustaba ni un pelo para su hijo mayor.

Dorian necesita una mujer fuerte, vigorosa y con ganas de retarlo continuamente para mantenerlo interesado. Y Ava no daba el perfil…

Sutton no tiene ni idea de la atracción surgida entre los dos. Ni se le pasa por la cabeza. Ojalá yo tuviera a mi madre conmigo. También era cariñosa, divertida, cercana, amorosa… La echo tanto de menos en momentos así…

—¡Fotos! —Sutton nos enseña la cámara con la intención de inmortalizar el momento—. Quiero un montón de poses diferentes para mi álbum.

Me sorprende la predisposición de Dorian para posar, cómo me trata con tantísima dulzura, cómo se acerca a mí y sonríe ilusionado. ¿Él también trata esta noche como una cita? ¡Dios! ¿Por qué esa opción me emociona?

Pero… No pierdo ni un instante de vista la necesidad de mantener mis rasgos lo más ocultos posible.

—¿Nos vamos? —pregunta Dorian con una voz aterciopelada cuando su madre da por terminada la larga sesión de fotos—. Tenemos una reserva y no quiero llegar tarde.

El restaurante está a media hora de aquí, en Orange Beach.

Es una terraza frente al océano recomendada por el reverendo.

La familia al completo está exultante por esta salida de «hermanos», con altas expectativas en un acercamiento entre nosotros para aligerar la tensión y conseguir unas reuniones dominicales más cálidas, por eso todos han puesto de su parte para ayudarnos a pasar una velada mágica.

—No olvidéis volver antes de las doce —interviene mi madre de acogida.

Asiento. Por primera vez en meses, no me siento una fugitiva.

El carnet de conducir de Dorian tiene restricciones, como la de no ponerse al volante sin un adulto entre la medianoche y las seis de la mañana. Y la adulta de esta casa es demasiado estricta con las normas, así que nos las recuerda a menudo.

Si conociera nuestras carreras en el circuito…

—Aquí estaremos. —Dorian se acerca a su madre para darle un beso en la mejilla, con un cariño extremo, y se gira hacia mí. Dobla el brazo para ofrecérmelo, como si fuera un caballero mostrándome la mejor versión de sí mismo.

Acepto el ofrecimiento y salimos a la tarde calurosa de Alabama para dirigirnos a su Mustang, donde me abre la puerta. Luego rodea el coche para sentarse frente al volante. Una sonrisa emocionada me quema en los labios mientras me coloco el cinturón de seguridad.

Arranca el motor y enciende el aparato de música para regalarme uno de mis temas preferidos, como si hubiera preparado el momento para convertirlo en perfecto.

—Estás guapísima esta noche —susurra colocando su mano sobre mi muslo—. Me alegro de que me obligaras a cambiar la pareja de baile. —Se acerca un poco a mi oído sin perder de vista la carretera—. Eres cien veces mejor que cualquier otra elección.

Olvido por un instante mis recelos. Necesito creerlo, sentirme cerca de él, dejarme llevar. Solo espero no equivocarme…