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ASHLEY
Observo mi disfraz de Black Canary de pie frente al espejo de cuerpo entero de la habitación y exhalo con ansiedad al ver mi reflejo.
Voy toda de negro. Medias de rejilla, body de cuero con escote palabra de honor, una chaqueta cortísima de piel brillante y botas de media caña.
He abandonado mi colgante en el cajón porque, si lo llevo, podría ser visible, aparecer en alguna foto, ofrecerle una pista fiable a Albert.
Pero me siento desnuda sin él, como si abandonarlo en casa fuera igual a olvidar a mis seres queridos. Y eso nunca pasará.
Una de las razones por las que me decidí por este disfraz es por el pelo rubio de Dinah Drake, igualito que el mío ahora y muy alejado del pelirrojo de Madison.
Me cuesta mantener el nuevo color sin que las raíces me delaten, pero lo logro a base de recordarme la importancia de no desvelarle a nadie mi verdadera identidad ni dejarle un rastro a Albert.
Quizá mi paranoia se está descontrolando, pero cuanto más tiempo pasa sin localizarlo, más miedo tengo de que me encuentre él a mí. Si lo hiciera, todo por lo que he luchado se iría por el desagüe.
Mi aspecto actual es una muestra clara de cómo me siento: bien por fuera, pero insegura por dentro.
El maquillaje me cubre las pecas con maestría, ocultándolas al mundo.
Para conseguirlo uso una base carísima que también oscurece un poco mi piel y me da un color muy diferente al mío real.
Le sonrío a la chica del espejo para darle un chute de confianza.
Madison a veces asoma la cabeza por la bruma del pasado, se apodera de mis pensamientos y me recita con demasiada claridad la situación. Eso hace tambalear la ilusión por la cita de esta noche y mi absurda intención de impresionar a un chico del que debería huir.
Resoplo.
Parece sacado de una película de ficción donde una usurpadora de cerebros se ha apropiado del mío. Pero es pensar en Dorian y emocionarme…
—¿Ashley? —me llama Sutton desde el piso de abajo—. ¿Estás lista? Tu Oliver Queen está esperando para llevarte a cenar.
No estoy preparada para asumir mi comportamiento de estas últimas dos semanas, ni mucho menos para encarar unos sentimientos muy fuera de lugar y demasiado imposibles.
Desde la carrera, las cosas entre Dorian y yo han dado un giro de ciento ochenta grados. Su actitud se ha suavizado hasta convertirse en encantadora. Y sí, debería levantar los muros de la suspicacia ante ese cambio tan radical, pero me siento tan bien con sus muestras de afecto…
Cuando acompaña a Ralph durante las horas de comer en el instituto y se sienta conmigo y Juliette para desplegar sus perfectas dotes de conversación, es como si me atrapara en una red de atracción y me anulara la capacidad de razonar de forma coherente.
Siento como si volviéramos a esas comidas compartidas del verano, pero sin la certeza de que se acabarán al levantarnos.
Ya no hay tardes de ardor en su habitación con chicas de paso, ni flirteos con otras ni salidas nocturnas en busca de un revolcón.
Coquetea conmigo, me muestra su lado cariñoso y parece interesado en construir algo más que una simple tregua.
Una parte desconocida de mí no deja de buscarlo con la mirada durante el día, siempre pendiente de él, con un hormigueo constante en el cuerpo.
Su boca llama mi atención con demasiada frecuencia.
También los abdominales que tensan sus camisetas ajustadas y su forma de moverse en el campo, esa seguridad casi salvaje.
Saber que lleva el fútbol en la sangre y que es un campeón nato me derrite .
Dorian suele observarme a menudo; repasa mi cuerpo de la misma forma en la que yo estudio el suyo, y su atención se queda demasiado rato en mis labios.
Cada día intentamos alargar los momentos juntos.
Muchas noches nos quedamos sentados en el balancín del porche trasero, enredados en una charla agradable acerca del día, del instituto, de nuestras vivencias.
Al despedirnos frente a nuestras habitaciones, una tensión densa crepita en el aire.
Nos quedamos demasiado cerca. Sus pupilas me incitan a cometer locuras.
Pero siempre acabo girándome y entrando en mi dormitorio sin atreverme a materializar mis deseos.
Porque una vocecita interna me recuerda que la gente no cambia de un día para otro.
No puedo bajar la guardia ni permitir que me engatuse con su sonrisa torcida, esa aura de chico atormentado o sus palabras.
Y mucho menos tengo derecho a construir algo con él sin valorar el peligro al que lo expongo.
Juliette está convencida de que mi victoria en el circuito rompió de cuajo la contención de Dorian y, ese día, a pesar del cabreo, se dio cuenta de que se siente atraído por mí.
Lo conoce desde la infancia, ha crecido con él y lo pinta como un chico de contradicciones, al que por primera vez le han tocado el corazón.
Para ella su forma de actuar es un anuncio de neón que grita a los cuatro vientos su interés en mí.
Pero un sexto sentido me insta a desconfiar de él.
Por eso estoy tan insegura. Quiero lanzarme a por todas, ser valiente, aceptar que me gusta, experimentar hasta dónde nos puede conducir lo nuestro y, a la vez, necesito seguridad antes de dar un paso, no sentir que todo se tambalea a mi alrededor ni abrazar la culpabilidad por traspasar una línea que podría arrasar con personas inocentes solo por mi capricho.
Aprieto los puños con fuerza y resoplo al darme cuenta de que estoy otra vez dándole demasiadas vueltas a la situación.
Regreso mi atención al espejo con una larga espiración ansiosa.
Llevo el pelo suelto en rizos sobre los hombros.
Me ha crecido estos últimos meses y ha adoptado sus ondas naturales.
Me gusta, consigue darle una forma más alargada a mi rostro.
A veces necesito recordar a Madison —ver esa mirada de ojos azules que, a mi padre, a Garrett y a Simon les llenaba de ilusión, descubrir el rojizo en mi pelo, que los tres solían elogiar— para entender mi prohibición expresa de querer a alguien.
Pero hoy me lo he arreglado para Dorian.
Y es rubio. Y mis ojos son grises. Y esa chica del espejo no es Madison ni nunca lo será para él .
¿Por qué estoy tan nerviosa?
Nos odiábamos hasta hace apenas un suspiro, y ahora estamos intentando redirigir ese sentimiento hacia una amistad. Solo es eso. AMISTAD.
Deslizo las manos por mi cuerpo para colocarme bien la ropa.
Gracias a mis muchas horas dedicadas al entreno lo tengo perfecto, estilizado, capaz de llevar este corpiño tan ajustado.
Pero me siento incómoda mostrando demasiado, con una apariencia excesivamente provocativa, y más para la cena antes del baile.
Quería impresionar a Dorian cuando lo compré, sin embargo, ahora no sé si soy capaz de salir de la habitación con él puesto.
¿Y si me he pasado? ¿Y si no le gusta? ¿Y si… ?
—Ashley, ¿estás lista? —insiste Sutton desde el piso de abajo.
¿Lo estoy? Me giro despacio hasta posar mis ojos en el póster de encima de la cama. Está tan guapo en esa foto. Era tan joven. Tenía tanto talento. Tanta vida por delante…
Las lágrimas se agolpan en mis ojos para humedecerlos sin piedad y ensañarse con mi maquillaje. Duele. Porque a él lo hubiera hecho feliz estar aquí hoy y ver cómo voy a un baile sin ningún tipo de careta, sin ocultar mi verdadera personalidad, con un mundo de emociones reales asomando la cabeza.
Habría disfrutado de sacarme mil fotos mientras sus labios pronunciaban amenazas tangibles para Dorian, advirtiéndole hasta dónde lo machacaría si se portaba mal conmigo, con esa sonrisa tan suya que siempre desplazaba cualquier duda de mi cabeza.
Con su optimismo arrollador y esa felicidad inherente a él, a su forma de ser, a su manera de mirar la vida.
Si estuviera conmigo ahora, no habría querido que me sintiera tan desolada. Su único deseo en la vida era verme sonreír.
—Te echo mucho de menos —susurro acercándome a la foto y acariciándola con un dedo—. Cada día. Cada segundo. Todavía no me hago a la idea de que ya no estás conmigo.
Cierro los ojos, me paso la yema de un dedo debajo del párpado inferior para quitarme el rímel corrido y luego bajo la mano hasta la cicatriz de mi abdomen, esa tapada por un tatuaje.
¿Por qué esa bala no me mató? ¿Por qué tuve que ver cómo Albert me arrebataba a todas las personas que me importaban? ¿Por qué mi vida es un pozo oscuro donde, si traspaso la línea de los sentimientos, puedo perderlo todo de nuevo?
Observo el póster. Me parece escuchar su voz cuando me invadían las ansiedades y le confesaba cómo me sentía: «Que no murieras aquel día fue un regalo para ti y para mí, Madison. No lo olvides nunca».
¿Lo fue? ¿De verdad?
La soledad y las ausencias duelen demasiado ahora que él, Garrett y Simon también se han ido. Son un hueco en mi alma que no puedo llenar sin poner en peligro a quienes quiera a partir de ahora.
Debería quedarme en mi habitación esta noche. Mantener las distancias. Sobrevivir sin intimar con nadie. Pasar desapercibida. Eso sería lo correcto.
—¿Ashley? —me llama Sutton de nuevo—. Se nos echa el tiempo encima.
Cierro los ojos con un largo suspiro, me seco las últimas lágrimas, le dedico otra mirada rápida al póster y camino hasta la puerta.
Puedo conseguirlo. Puedo ir a una cita con Dorian sin buscar nada más, solo pasar un rato juntos, ser feliz por una noche, fantasear con algo imposible…
No pensar en sus intenciones ocultas… Como amigos…
¿Puede servir para eso la dichosa apuesta?
He vuelto a correr varias noches en el circuito, pero no contra él.
Tanto Dorian como yo somos los favoritos, junto a un par más.
Ganamos casi todas las carreras y los premios, pero tras la derrota, él ha descartado la posibilidad de enfrentarnos.
Sigue molesto por mi victoria, lo sé; es muy competitivo.