Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 8
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DORIAN

Será capulla… ¿En serio quiere jugar así de fuerte?

¿Yendo directa a la yugular? Pues va lista si cree que puede conmigo, porque la voy a machacar y no me voy a apiadar ni un segundo de ella después.

Recuperaré mi habitación ante sus propias narices y ganaré una pasta en las apuestas. ¿Quién se ha creído?

Me marco una sonrisa de auténtico desafío.

Ya se puede olvidar de ir conmigo al baile de Halloween.

Mi compañera esa noche será Ava, la tía de último curso que me suplicó ser mi pareja tras proponerme una temporadita de sexo muy caliente sin pedirme nada más.

¿Ese es su patético intento de joderme el plan?

—Vamos, princesita, ¿de verdad crees que tienes una mínima oportunidad de ganar y cumplir tus sueños húmedos?

—suelto, sin perder ni un ápice de dominio de la situación—.

El capullo de mi viejo solo me enseñó una cosa válida en su vida, y tiene que ver con los coches y los circuitos de carreras.

—Ensancho todavía más mi sonrisa ladina—.

Esta misma noche quiero que recojas tus cosas de «mi» habitación.

—Enfatizo el «mi»—. Y no te preocupes, te daré tiquets de primera fila para que veas cómo me tiro a Ava después del baile. Es la tía más ardiente del condado.

Le guiño un ojo con una expresión socarrona.

—Bueno… —Su tono condescendiente me enciende la sangre más de lo habitual—.

Está claro que en un concurso de autoestima ganarías de calle, pero en la pista vas a ll orar, rompecorazones.

—Se acerca para pasarme el dedo por mi torso cubierto por una camiseta apretada y me produce un cortocircuito seguido de una oleada de calor—.

Quiero el pack completo para Halloween: cena, flor de muñeca, disfraz a juego y baile en la pista.

—Me guiña un ojo con una expresión malvada—.

Me gusta más DC que Marvel. Lo siento, soy una gran admiradora de los cómics de Arrow…

Me encantará ser Black Canary mientras tú vas con un traje verde, con capucha incluida, marcando paquete.

—Junta mucho los labios en una mueca ladina—.

Además, te haré un favor. Tío, ¿Ava? ¿En serio?

Cumple los requisitos del tópico: rubia, guapa, delgada y sin cerebro.

—Se acerca para susurrarme al oído—. Tú tampoco quieres ir con ella, pero no eres suficientemente hombre para admitirlo, y prefieres venderte barato para no aceptar quien te pone de verdad.

Aprieto los puños e hincho las aletas de la nariz ante su provocación.

—¿Estás loca por mí, Princesa del Hielo?

—Suelto una carcajada—. ¡Qué pena que me parezcas insoportable!

—Levanto el brazo para agarrar uno de sus rizos y deshacerlo en un gesto sensual para provocarla, pero, en contra de mis deseos, se desata un chispazo entre mis piernas—.

Tendrás que buscarte a otro pringado que se ponga ese disfraz porque estoy a punto de destrozar esa sonrisa de autosuficiencia en tu cara ganándote en la pista.

—Le lanzo un beso guasón y lucho por recuperar la compostura—.

Estoy deseando ver tus lágrimas cuando te bajes del Pontiac.

—Bueno, como mínimo te quedará el derecho al pataleo.

—Se da la vuelta y camina rumbo a la sala de dirección de la carrera.

Aprovecho para colocarme bien la entrepierna, reprendiéndome por esa reacción desmesurada de mi cuerpo por alguien como Ashley McGregor—.

No llores demasiado cuando gane —añade cuando ya casi no la oigo—. Aunque te duela.

Me quedo mirándola en la distancia unos segundos, con la respiración bastante acelerada y unas ganas intensas de borrarle la sonrisa de la cara.

Recuerdo con claridad la conversación de la cena de hace unas semanas, cuando a Ernesto le dio por hablar acerca de las diferencias entre el cómic de Flecha verde y la serie de televisión. Me puse muy de culo con esa historia porque me horrorizan los superhéroes, y Oliver Queen se lleva la palma.

De verdad, ¿quién necesita superhéroes cuando la vida real es una mierda?

De niño, siempre que mi padre me ponía la mano encima, suplicaba tener superpoderes para imponerme; entonces adoraba todos y cada uno de esos hombres y mujeres con capacidades fuera de lo común.

Pero ni ellos ni ese Dios al que reza mi familia me han ayudado nunca.

Por eso dejé de creer en todo y ya no pude fantasear más.

Los puños de mi padre lograban devolverme a la realidad de mierda en la que vivía.

Sin embargo, mi hermano es un apasionado de los cómics, los colecciona y se los aprende de memoria; incluso es de los que se disfrazan por casa y sueñan con ir a una de esas convenciones de pirados forofos del género.

Aunque él prefiere el universo Marvel y está en contra de los cambios que las productoras introducen cuando llevan las historias a la gran pantalla.

Quizá por eso Ash decidió hablarnos acerca de su pasión por DC y meterse en una estúpida y medida discusión con mi hermano para alentar la eterna rivalidad entre Marvel y DC.

Esta tía es desquiciante, sabe de todo, como si el buscador de Google estuviera parpadeando en su mente para rescatar la información que pulula por ella.

Cuando nos sentamos a ver los partidos en casa de mi abuelo los domingos, tras la misa y la comida familiar, demuestra otra maldita vez su poderío.

Los miembros de mi familia la adoran, como si fuera una diosa.

La muy capulla se conoce las alineaciones y las cifras de cualquier jugador, sea cual sea su equipo.

Cuando viene a nuestros partidos, es capaz de detallar cada uno de los fallos después y de alabar las buenas jugadas con una precisión casi quirúrgica.

Verla en las gradas animando a mi equipo es un subidón de narices, y después me sorprendo esperando sus comentarios, deseoso de escucharlos porque, de una forma altamente desesperante, es infalible que te cagas y me ayuda a mejorar.

Pero su conocimiento no acaba ahí. Si le pones carreras de coches, es la que más sabe.

Si te da por el béisbol, el básquet o el hockey, ahí está la enciclopedia con patas, recitando datos como un puto loro sabelotodo.

En la escuela es igual. Domina cualquier asignatura, aunque intenta no demostrarlo demasiado frente a los demás compañeros.

Pero yo lo sé, veo sus notas, cómo puntúan siempre con dieces sus trabajos, cómo es capaz de responder a cualquier pregunta solo con escuchar en clase.

Y, para colmo, esa destreza en la mecánica me deja asombrado.

Pero ni muerto admitiré cuánto me alucina. Es como si en vez de una infancia normal, se hubiera sometido a un programa de moldeado de máquinas perfectas que se dedica a ponerme la zancadilla siempre que puede, como está intentando ahora.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia las gradas.

Tenemos bastantes carreras antes de la nuestra; en este circuito solo se corre por parejas para aumentar al máximo la competitividad y el nivel de las apuestas.

Muchas de ellas se considerarían ilegales debido a la edad de los conductores, pero los policías de Elberta lo pasan por alto ante los beneficios astronómicos que aporta el circuito a las arcas del pueblo y, además, no hay demasiados menores capaces de enfrentarse a las curvas y a ese trazado de locos durante doce vueltas.

Ralph se queda hablando con Juliette a mi lado en las gradas durante las primeras carreras.

Su lenguaje corporal anuncia que, por primera vez en meses, tienen una conversación sincera, con tintes a solucionar lo suyo.

Y me alegro, ambos lo están pasando fatal separados.

Pero, a veces, cuando la cagas tanto, cuesta encontrar el perdón.

Yo me paso esa hora sentado junto al equipo de fútbol y el grupito de animadoras, escuchando la mierda de discurso de Sasha acerca del disfraz de Catwoman que piensa ponerse para el baile.

Es una plasta que sigue emperrada en que salga con ella de manera formal y no se da por aludida cuando le lanzo casi directas de lo poco que me interesan sus aspiraciones.

Aunque de momento se está comportando con el tema de su padre.

Le ha hecho varias putadas a Ashley a su puro estilo capulla.

Pero mi «hermanita» la ha puesto en su sitio con una elegancia de la hostia.

Cuando Sasha la increpó en medio del pasillo, tras llenar su taquilla de basura y pintarrajearla con la palabra «puta», en vez de ponerse a llorar, Ashley contraatacó encarándose con ella en el comedor.

¡Le tiró una bandeja de comida por la cabeza con una sonrisa triunfal!

Sasha un poco más y se queda afónica de tanto gritar.

Pero su forma de reaccionar consiguió el efecto contrario a lo que esperaba, y todo el instituto coreó a Ash.

Desde entonces se llevan un pulso que suele ganar mi querida «hermanita» en cada round .

Arrugo los labios con asco cuando Sasha me coloca una mano sobre el muslo y me susurra al oído que espera verme disfrazado de Batman en el baile para demostrar cuánto me interesa cambiar a mi pareja por ella.

Ava se aproxima para marcar el territorio, aunque lo nuestro es solo físico y no hay ninguna atadura, quiere asegurarse el polvo de esta noche.

Y le tiene verdadera tirria a Sasha. No la culpo, por eso la siento en mi regazo y la arrimo mucho a mí para comerle la boca.