Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 7 #2
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—Lleva meses arrepentido. Lo ha intentado todo para reconquistarte, solo le falta comprarte una floristería.

—Sonrío de verdad; me encantaría ayudarla a entender la importancia de vivir el momento y no dejar pasar las posibilidades de ser feliz.

A veces los giros del destino te las arrebatan de cuajo y solo tienes potestad para lamentarte por no haberlas aprovechado cuando podías—.

No te lo pienses más o acabará desistiendo y te arrepentirás.

Confía en que esta vez no volverá a traicionarte.

Te ha demostrado con creces que está dispuesto a cualquier cosa para volver contigo.

—Me encantaría borrar lo sucedido.

—Eso es un imposible, deberás aprender a vivir con ello, hablarlo con Ralph, perdonarlo de verdad y encontrar la manera de seguir a su lado sin que te afecte.

Llegamos al circuito y nuestra conversación se apaga, pero permanece en el aire. Es como si Juliette consiguiera ir resquebrajando el muro de contención donde he escondido mis heridas y guardo cada una de mis verdades.

Es peligroso confiar en ella hasta ese punto, ser vulnerable, enseñarle cómo puede vencerme, porque nunca se sabe quién te dará la estocada.

Sin embargo, quiero ser sincera con ella en algunas cosas, no guardarme más dolores de los necesarios, compartir un poquito de mí y seguir construyendo esta amistad, la más real de mi vida.

—¿Lista para ganar a tu querido hermano de acogida? —Juliette me lanza una mirada picarona y rebaja la intensidad de hace un momento—. ¡Eso es amor, lo demás son tonterías!

—No me vengas otra vez con eso. —Aprieto los dientes—. Dorian y yo no nos soportamos.

—Como Ralph y yo, más o menos. —Me guiña un ojo—. Del odio al amor hay un pasito… Alguien me ha dicho que son el mismo sentimiento visto desde otra perspectiva…

Niego con la cabeza, con los ojos en blanco. Lleva unas semanas insistiendo en eso, pero no tiene ni idea de lo insoportable que es Dorian. Ni de cómo me altera tenerlo cerca, mirarlo, hablar con él, convivir en la misma casa…

Exhalo un largo y profundo suspiro. Ella piensa que estamos colados el uno por el otro y que debería mover ficha para cambiar nuestra dinámica, pero a mí me parece que está amplificando una simple rivalidad.

Dorian no es más que un misterio para mí, alguien con una doble cara que me atrae de una manera nada sensata, pero, al fin y al cabo, solo es eso, un magnetismo físico, una tensión creada entre ambos por la convivencia y los retos constantes.

Hay momentos en los que atisbo su corazón, y es más tierno de lo que aparenta. Verlo tratar a Ernesto con ese afán de protección, jugar con él a los videojuegos, ayudarle con los deberes… Esa parte me descubre a un Dorian muy diferente a su imagen pública.

Ayuda a Sutton sin mostrárselo.

Lo he pescado más de una vez dejándole dinero en la cartera a escondidas o comprando comida para llenar la nevera o incluso acompañando a su hermano a por material escolar sin explicárselo a ella.

Y me gustaría tanto regresar a nuestras charlas de mediodía, verlo relajado conmigo, compartiendo gustos, ideas, debates…

Pero luego cambia de careta, se comporta de forma ruda, me desafía con sus palabras y actos, se muestra hostil.

Y entonces mi yo rebelde solo desea contestarle con su mismo tono y ponerlo en su lugar.

Me ha costado un esfuerzo sobrehumano mantener el control de mis emociones con él, sobre todo tras lo sucedido con Logan. Me prometí no volver a ceder, pero me lleva tan al límite…

Criarme con una leyenda del fútbol, empapándome de sus jugadas, de su potencia, de su gran pasión, me dio muchísimos conocimientos y un gran instinto a la hora de distinguir a los grandes.

Y Dorian lo es, un dios del fútbol. Y, desde que Juliette decidió volver a seguir los partidos al querer ver a Ralph, he disfrutado de cada una de sus victorias.

Antes me colaba en los entrenamientos y me escondía bajo las gradas .

Ha pasado casi un mes y medio desde que me siguió hasta la casa donde tengo montado mi centro de operaciones, y todavía recuerdo cada una de sus palabras, cómo mi cuerpo se incendió al tenerlo enfrente, tan cerca que me rozaba, el nerviosismo por compartir mi espacio privado con él, por si descubría la habitación del piso superior, donde la tecnología ha tomado el control para ayudarme en mi objetivo de neutralizar a las personas que han arruinado mi vida.

Le mentí respecto a la casa. Es mía, la compré a través de una empresa fantasma —de esas imposibles de rastrear— una semana después de definir Elberta como mi destino y piratear la red de servicios sociales para conseguir mi propósito.

Entonces, volé en secreto a Alabama y me aseguré de que una cuadrilla no ligada a mi nueva familia de acogida la restaurara.

Llené tanto el exterior como el interior de cámaras para estar segura de que nadie accedía a mi lugar secreto.

Gracias a ellas —y a mi vena paranoica, esa que me obliga a controlar cada uno de mis movimientos—, observé la presencia de Dorian en las inmediaciones de la casa con antelación y pude interceptarlo antes de que entrara sin ser invitado.

Me pasé un tiempo presa del pánico, porque si ahonda en cómo la he conseguido, o le pregunta a Rod para confirmar mi versión, estaré jodida.

Pero no ha vuelto a interesarse por ello, y una vez lo gane con Stan en el circuito, la implicación de mi jefe quedará más patente, por lo que mi mentira estará a salvo.

Bajo del coche al lado de los boxes, fuerzo una sonrisa y lucho por apartar de mí los funestos recuerdos y las ansiedades.

La mirada de mi amiga vuela hasta Ralph, de pie junto al Mustang GT de Dorian, a pocos metros de nosotras.

Él también mueve los ojos hacia ella y las comisuras de sus labios se tensan con una expresión de necesidad y tristeza.

—Ve a hablar con él —le sugiero a Juliette—. No te niegues ser feliz.

—Vale. —Gira la cabeza en mi dirección un segundo con un rictus ilusionado, como si por fin fuera capaz de dulcificar su amargura para intentarlo de nuevo—. Voy. Pero tú deberías aplicarte el cuento con Dorian y arriesgarte con él de una vez.

—Ya estamos…

Sonríe con una ternura entrañable.

—Gracias por estar ahí —musita—. ¡Te quiero!

Le doy un abrazo enorme y me maravillo de ser capaz de expresar tal cantidad de afecto por alguien fuera de mi círculo. Albert me prometió arrebatarme todo cuanto me importara si no cedía a sus pretensiones. Y lo hizo. Se llevó a mi padre, a Garrett, a Simon…

Fui lista y escapé con un plan robusto para no allanarle el camino, pero sigo sin encontrarlo ni haber anulado la amenaza.

Está escondido, fuera de mi alcance, buscándome, esperando el momento para ponerme la soga al cuello otra vez.

Siento su aliento en la nuca. La idea de intimar con alguien es peligrosa.

Sin embargo, una mirada a Juliette me basta para saber que, a pesar de las consecuencias, voy a estar a su lado el tiempo que me quede en Alabama.

«Soy una egoísta…».

Mis ojos se desplazan hasta Dorian, y siento un vuelco en el estómago cuando se conectan con los suyos.

Empiezo a caminar en su dirección. De alguna forma despiadada mi corazón palpita con fiereza al perderme en sus iris, al contemplar cómo se acerca a mí con paso firme, al fijarme en esa sonrisa de suficiencia que me calienta la sangre y me arranca un suspiro.

A él también deberé abandonarlo…

¿Y si esto se me está yendo de las manos?

—Bienvenida a tu peor pesadilla, Princesa del Hielo —saluda parándose demasiado cerca de mi cuerpo, a medio camino entre ambos coches—. ¿Preparada para morder el polvo?

—Oh, rompecorazones, no sabes las ganas que tengo de ver tu cara cuando pise la línea de meta en primera posición.

Todavía se acerca más, hasta rozarme el cuerpo con el suyo. En mi pecho se está corriendo una maratón. Siento cada una de nuestras partes casi unidas como una corriente cálida y cosquilleante en mi piel. Y la boca se me seca, obligándome a humedecerme los labios.

—Te lo tienes muy creído. —Suelta una carcajada, aunque es trémula. Él también está atrapado—. No vas a poder conmigo.

—¿Nos apostamos algo?

Me lanza una mirada jocosa y da un paso atrás para dejar algo de aire entre los dos.

—Si gano yo, recupero mi habitación.

—Como voy a ser la primera, conseguiré mi premio. —Le mando un beso con los labios muy juntos y socarronería—. Y vas a ser mi pareja en el baile de Halloween.

Su expresión airada me da una pista de cómo lo cabrea mi petición. Y me encanta haber encontrado por fin dónde duele.